Autor: 2 Marzo 2009

Andrés Pau

La producción narrativa de Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) ha alcanzado —aun en España, donde algunos de sus libros permanecen inéditos— tal importancia que consideramos urgente una aproximación al conjunto de su obra. Siquiera sea un esbozo de análisis del corpus narrativo del escritor salvadoreño nacido en Honduras; aunque tal vez deberíamos escribir escritor centroamericano, una definición también inexacta, si tenemos en cuenta que Horacio Castellanos Moya se ha definido en más de una ocasión como apátrida.

Si observamos el aparato crítico que se ha aproximado a los libros de Horacio Castellanos Moya hasta el momento, encontramos el persistente dominio de tres palabras: violencia, cinismo y oralidad. Tres conceptos que, en mayor o menor grado, sobrevuelan los comentarios críticos, las ponencias en congresos, los trabajos académicos, incluso las entrevistas que ha ido concediendo el propio autor al hilo de la aparición de cada una de sus obras. Violencia, cinismo, oralidad: tres palabras que sugieren, garantizan diríamos, una producción dura, nada propensa a las concesiones; una narrativa eléctrica y electrizante, sin demasiados vendajes morales que coarten su expresividad, a menudo desencajada; una narrativa, en fin, donde los personajes se expresan de viva voz y aun a gritos, para retratarnos —o al menos morir en el intento— la cruda realidad, si es que la realidad existe y se puede aprehender con palabras, de ese pequeño y delgadísimo istmo que la humanidad conoce como Centroamérica.

Las obras de Horacio Castellanos Moya son violentas, sin duda; negarlo o pretender matizar tal afirmación sería adulterar uno de los pilares maestros de su narrativa. Se trata de obras que sacuden la conciencia del lector; una conciencia que resulta malherida ya al inicio de la lectura, y cuya agonía progresa en un ritual de balaceras, degollinas, masacres y dolor inmensos; los frecuentes y arrebatados seísmos sintácticos, cual tiro de gracia, acaban de rematarla.

Horacio Castellanos Moya explica sus orígenes en unas palabras recogidas en el interesantísimo y prometedor proyecto de la universidad de Postdam, Alemania: «Yo vivo una realidad grosera, yo vivo una realidad cruda, fea, donde el crimen es el rey de los valores, donde las peores características del ser humano rigen esa sociedad. […] Busco un estilo que exprese esa realidad. Entonces no puedo tener un estilo gongoriano, digamos, o un estilo barroco, para un par de tiros en la cabeza; es decir, un par de tiros en la cabeza es bum, bum, bum y ya». Antes, sin embargo, en su memorable texto «Breves palabras impúdicas» (ponencia leída en mayo de 2004 en la Casa de América de Madrid, durante un Encuentro de Narradores de Centroamérica), Horacio Castellanos Moya afirmaba con el temor propio y perfectamente lícito de cualquier novelista a ser encasillado en un coto impermeable y de imposible escapatoria: «Por eso nos rebelamos contra las recetas, los encasillamientos, las clasificaciones fáciles. No escribo literatura de la violencia, como más de algún reseñista ha señalado; escribo literatura, a secas».

Así, aunque la violencia se presenta como un invitado permanente en la narrativa de Horacio Castellanos Moya, sería injusto —por incapaz de reflejar toda la riqueza de su universo ficticio— el hecho de apellidar violentas sus obras. Incluso a pesar de que, en el año dos mil, se publica en España el volumen El asco. Tres relatos violentos, cuya explícita presencia en el título parece querer facilitar su trabajo a cierta crítica perezosa, tan proclive a las etiquetas y los esquematismos más simplistas, al titular desechable.

Del mismo modo, se ha utilizado la denominación «generación cínica» o «estética del cinismo» para agrupar a todos aquellos escritores centroamericanos que empezaron a publicar en sus respectivas posguerras. El idealismo izquierdista de los años sesenta, setenta e incluso ochenta, se desvanece con la llegada de una paz que a menudo resulta tan violenta como la guerra que la precedió. Hace muy poco, Horacio Castellanos Moya declaraba al diario bonaerense Clarín en una entrevista de Matilde Sánchez: «Los próceres de la literatura latinoamericana dan una visión que a la vez los justifica dentro de la lengua. Le dicen al mundo “¡Descubran América Latina!” y con ello se confirman portavoces. No dudo de que hubo un momento para describirla, llenarla de bellos adjetivos; por más violencia que existiera, ellos tenían una fe en el mundo, y la contaban. Los que vinimos después entramos maldiciendo una cochinada que, tal como está, ya no sirve para nada. Son dos momentos de la literatura, el momento en que Latinoamérica se descubre y se ve bonita y se difunde. Y este, en que uno dice, “¡Pero si esto apesta!” Esto no nos hace a unos mejores que a otros; hay un fatalismo en ello, uno sale en su época como le toca salir». Esos próceres, catalogados en su día con la etiqueta del realismo mágico, han sido objeto de ciertas bromas en algunas novelas de Horacio Castellanos Moya. En Insensatez, el narrador sin nombre se escuda tras las chanzas para defenderse de las brutalidades que lee mientras corrige un informe sobre los excesos de los militares durante los años más negros de la guerra sucia en Guatemala; incluso proyecta escribir una novela: «[…] algo que el registrador civil de Totonicapán nunca entendió, ni cuando el contingente militar irrumpió en su casa y él supo que su suerte estaba echada, ni siquiera cuando sentía los golpes filosos que rebanaban sus falanges aceptó que tal libro estuviera en sus manos que estaban siendo cercenadas, aunque el libro sí existiera y él lo tuviera escondido debajo de unos troncos en el patio de su casa, según mi versión, porque el testimonio no daba tantos detalles, prefirió morir antes que entregar el libro al teniente de la guarnición local, que de eso trataría la novela precisamente, de las razones por las cuales el registrador civil de Totonicapán había preferido ser torturado y asesinado antes que entregar el libro de difuntos a sus verdugos, la novela que comenzaría en el preciso instante en que el teniente, con un golpe de machete, revienta la cabeza del registrador civil como si fuese un coco al que le sacará la apetitosa carne blanca y pulposa, y no los sesos palpitantes y sangrientos, que también pueden resultar apetitosos para ciertos paladares, debo reconocerlo sin prejuicio, y a partir de ese golpe el alma en pena del registrador civil contaría su historia, en todo momento con las palmas de sus manos sin dedos apretando las dos mitades de su cabeza para mantener los sesos en su sitio, que el realismo mágico no me es por completo ajeno». (Insensatez, pp. 72-73)

Por otro lado, en un supuesto ajuste de cuentas con ciertas potencias narrativas, el periodista metido a detective Pepe Pindonga recuerda a «la niña de catorce años que decía tener dieciocho a quien encontré en Macondo, el más pervertido burdel del barrio San Jacinto». E insiste, un poco más abajo, «poseía esa cantidad de dinero que iría a tirar con ansiedad al Macondo, donde la chica de catorce años que decía tener dieciocho yacería despatarrada, tiesa, pensando en nada que tuviera que ver con el tipo que la penetraba…» (Donde no estén ustedes, p. 194) Disculpen una discreta carcajada.

Esa ausencia de voluntad moralizante, esa desvergüenza, le ha valido el calificativo de cínico. Pero es que no se puede abordar de otra manera una catástrofe de dimensiones tan colosales como las diferentes guerras sucias que los ejércitos de El Salvador y Guatemala libraron contra sus compatriotas. Si Horacio Castellanos Moya se hubiese arrogado un manto moralizante del cual los mortales extrajésemos sabios consejos, su producción no tendría ni la mitad del valor que tiene tal y como se ha ido fraguando: sería una obra bienintencionada y facilita, en consecuencia falseadora. Horacio Castellanos Moya escribe, pues, desde un desen­canto tan crudo y descarnado que jamás podrá denominarse irónico —no puede serlo, jamás, la ironía es para el té de las cinco rodeados de gatas— sino sarcástico, corrosivo, sulfúrico, con un lejano regusto a la visión deformada de los esperpentos de Valle. En el citado texto, «Breves palabras impúdicas», una poética en toda regla, Castellanos Moya pronuncia las dos frases siguientes (nos gustaría que las leyeran en voz alta, subrayando las sibilantes, seseos incluidos, para que rechinen todavía más en la media sonrisa de sus labios): «Somos producto de una carnicería. Por eso a veces reímos tanto y nos ponemos chistositos, para atajar la locura». La media sonrisa al sur de la mirada febril: «Chis-to-si-tos»… «A-ta-jar»… «Car-ni-ce-rí-a»…

El término oralidad se ha utilizado hasta el paroxismo para denominar una de las técnicas narrativas más empleadas desde tiempos inmemoriales: la ocupación por parte de ciertos rasgos propios de la lengua hablada del discurso narrativo escrito. La oralidad jamás puede ser absoluta, sino que —por perogrullesco que parezca— no será más que una transposición de los mecanismos más habituales del lenguaje oral a la escritura, al papel impreso, al viejo pero superviviente negro sobre blanco; también, no lo olvidemos, tienen una importancia vital la voz, el ritmo y el gesto a la hora de tratar la dichosa oralidad. Una oralidad que, a pesar de décadas de sesudos análisis teóricos y de adoctrinamientos sectarios, todavía no aparece en dos de los grandes diccionarios de referencia del español: el diccionario de la Real Academia Española y el diccionario de uso María Moliner.

Las siguientes palabras de Horacio Castellanos Moya pueden resultar clarificadoras al respecto: «Me parece que hay dos tipos de escritores: los visuales y los auditivos. Yo me ubicaría en este segundo grupo, donde lo más importante es el tono, el ritmo y la intensidad de la voz narrativa, la estructura y la velocidad de la prosa, antes que la capacidad para describir espacios o caracteres. No me siento a escribir si no he escuchado e interiorizado la voz que cuenta, ya sea en primera o en tercera persona. Y la voz que cuenta al principio es apenas una intuición, luego un balbuceo con destello, y en seguida un tono y un ritmo precisos. Una vez que esa prosa comienza a andar, la acción y la aventura tienen que cabalgar sobre ella». (Entrevista con Alexandra Ortiz Wallner)

Así, en efecto, podemos decir que la oralidad es uno de los recursos narrativos más frecuentes en la obra de Horacio Castellanos Moya; sin embargo, no se trata de un procedimiento especialmente personal, propio: más bien se trata de una licencia habitual en cualquier narrador del siglo xx, cuando los personajes, al fin, se liberan de la dictadura de los narradores decimonónicos y emprenden el vuelo por su cuenta. Horacio Castellanos Moya se sirve —lo veremos enseguida— de monólogos puros, monólogos narrativos, monólogos insertos en un falso diálogo pues uno de los interlocutores nunca habla…; pero también mediante la narración en primera persona, los diálogos puros —casi teatrales— sin un narrador que los atempere, etcétera. Y la maestría con que los construye sí que merece nuestra atención primero y, enseguida, nuestra admiración.

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Hasta el momento, Horacio Castellanos Moya ha publicado siete libros en España; por orden cronológico, son los siguientes:

• La diabla en el espejo. Novela. Ediciones Linteo. 2000.

• El asco: tres relatos violentos. Una nouvelle, «El asco», y dos relatos, «Variaciones sobre el asesinato de Francisco Olmedo» y «Con la congoja de la pasada tormenta». Casiopea. 2000.

• El arma en el hombre. Novela. Tusquets. 2001.

• Donde no estén ustedes. Novela. Tusquets. 2003.

• Insensatez. Novela. Tusquets. 2005.

• Desmoronamiento. Novela. Tusquets. 2006.

• El asco. Thomas Bernhard en San Salvador. Nouvelle. Tusquets. 2007.

• Tirana memoria. Novela. Tusquets. 2008.

Aunque quedan fuera de este corpus algunos libros muy importantes en su trayectoria —pensamos, por ejemplo, en las novelas Baile con serpientes (1996, 2002) y La diáspora (1998, 2003) pero también en sus cinco libros de cuentos, con Perfil de prófugo (1987) y El gran masturbador (1993) a la cabeza—, este tiene la suficiente importancia —mucho más que suficiente— para conformar por sí solo la base del comentario que sigue.

Hay, creemos, bastantes elementos de peso para dividir la narrativa de Horacio Castellanos Moya en dos grandes grupos: por un lado, las novelas furiosas (El asco, 1997, 2000, 2007; La diabla en el espejo, 2000; El arma en el hombre, 2001 e Insensatez, 2004); por otro, las novelas de la familia Aragón (Donde no estén ustedes, 2003; Desmoronamiento, 2006 y Tirana memoria, 2008).

Tal cesura metodológica se sostiene merced a la conjunción de una serie de marcas muy rigurosas, tanto técnicas —punto de vista narrativo, tratamiento de los personajes, lengua literaria, etcétera— como argumentales. Donde no estén ustedes aparece en 2003, encajada entre dos novelas furiosas, El arma en el hombre (2001) e Insensatez (2004 en México y 2005 en España); es, probablemente, una novela puente que traza una línea de unión entre ambos bloques. En palabras de Horacio Castellanos Moya en un correo al autor de estas líneas: «funciona como una especie de novela bisagra, que mueve la puerta batiente de un lado hacia otro».

Las novelas furiosas presentan un único narrador, siempre en primera persona y siempre respetuoso con el tiempo cronológico; las novelas de la familia Aragón, en cambio, tienen todas ellas múltiples narradores con sus respectivos puntos de vista, están explícitamente estructuradas en partes y no respetan el orden cronológico de los acontecimientos narrados. Además, se trata de novelas más extensas, de más largo aliento.

Por otro lado, y siempre dentro del clima violento de sus novelas —«La violencia es parte de la salvadoreñidad», «Todos somos criminales» o «En El Salvador el que amaga pierde y el que dispara primero gana» ha dejado dicho en diferentes entrevistas—, las que hemos denominado furiosas presentan un tono más agresivo. O, si lo prefieren, noquean al lector en menos tiempo. Son más breves y, desde su visceral laconismo, sajan la acomodada conciencia del lector con la afilada exactitud de un machetazo. Valga este ejemplo como insuficiente muestra: «La sorprendí en la cochera. Venía con sus dos pequeñas hijas. Creyó que era un asalto: me entregó las llaves del auto y me pidió que no les hiciera daño. Les ordené que entraran a la casa. Ella me dijo que podría llevarme lo que quisiera, que por favor no las fuera a maltratar. Estábamos en la sala. Le disparé una vez en el pecho y luego le di el tiro de gracia. Salí de prisa y entré al auto en el que me esperaban Bruno y Saúl». (El arma en el hombre, p. 55)

Son también, narraciones habladas por tipos a quienes ha trastornado, perturbado la realidad que pretenden recrear, contarnos. Y como no están completos de la mente —igual que la memorable frase con que arranca Insensatez—sus relatos angustian, agitan y trastornan un punto más que las novelas de la familia Aragón.

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Decíamos más arriba que las novelas furiosas de Horacio Castellanos Moya están escritas en primera persona y que, dada la mente perturbada o en trance de perturbación de sus narradores, a través de sus respectivos prismas se nos ofrece una visión cada vez más deformada de un mundo que ya lo está de por sí, sin necesidad de que levante acta ningún notario enajenado. La subjetividad del yo se extrema, se tensa hasta el paroxismo de la distorsión semántica y sintáctica. El narrador de La diabla en el espejo es la burguesa Laura, en el mismo límite del desquiciamiento; el narrador de El asco es Edgardo Vega, un sosias de Thomas Bernhard; el narrador de El arma en el hombre es un militar desmovilizado y sin nombre cuyo alias es Robocop; y, en fin, el narrador de Insensatez es un periodista cínico y descreído, anegado en las crecientes acometidas del delirio paranoico.

Cuatro narradores para ofrecernos una visión convulsa —que padece convulsiones— del istmo centroamericano, cuya cotidianidad está dominada por la violencia y la crueldad, junto a una necesidad de romanización de dimensiones cósmicas. La realidad mórbida contagia a sus narradores, unos tipos propensos a la enfermedad mental: sostienen sus mundos a la deriva con ayuda de unos alfileres que, cada poco, se van soltando, y cada vez son menos, y por ello los narradores están menos anclados al mundo, hasta que llega el minuto en que el sostén resulta ya imposible; entonces, los narradores, arrebatados en su enajenación, se despeñan al vacío: la realidad que han pretendido aprehender (y también retratar) les ha contaminado hasta más allá de sus frágiles mentes.

Vayamos por partes: Laura, el narrador de La diabla en el espejo, es un narrador femenino. Una mujer clasista y atravesada por toda clase de prejuicios que, como el narra­dor de El asco, se dirige a un interlocutor; un tú en quien se apoya para que la narración avance y se aproxime hasta el guiño al lector. Presa de unos desvaríos crecientes, manifestados a través de una manía persecutoria similar a la que padecerá el narrador de Insensatez, acaba en un sanatorio asaltada por unos tragicómicos furores uterinos: allí descubriremos quién es esa amiga íntima a quien se dirige.

Edgardo Vega, narrador de El asco, se expresa a través de un monólogo dirigido a su contertulio, Moya, que no puede abrir la boca en todo el tiempo pero que nos desvía la información que le llega mediante puntuales «me dijo Vega». Su visión de la realidad, dominada por un odio visceral y morboso hacia todo lo que ve, animado o inanimado, se va entremetiendo por los meandros del delirio hasta reconocer que, en efecto, su nombre es Thomas Bernhard.

Robocop es el narrador más frío —menos apasionado— dentro de su anomalía: su primera persona, alejada de cualquier presunción estilística, lo convierte en paradigma del hombre de acción: poco pensar, mucho obedecer, ejecutar órdenes sin cuestionarlas nunca. Los escasos momentos en que Robocop parece reflexionar se producen por la activación de su muy desarrollado instinto de supervivencia; no se trata, sin embargo, de un pensamiento articulado, sino surgido de la irracionalidad más instintiva. Incluso allá en las alturas, probablemente bajo los rescoldos de alguna droga, tiene arrebatos líricos de hondo calado. Habla desde una primera persona muy narrativa, propia de un hombre de acción, de un soldado profesional, de un asesino que cumple su trabajo con una eficiencia germánica.

Un periodista crápula y ateo es el narrador de Insensatez, tal vez la novela donde mejor podemos presenciar —junto a La diabla en el espejo— la progresiva enajenación mental de un narrador creado por Horacio Castellanos Moya. Su discurso va adquiriendo —como su sintaxis— la fragmentación expresionista del pensamiento de los indígenas cuyos testimonios son la base para la elaboración de un informe que prepara la Iglesia sobre la guerra sucia en Guatemala. Lejos de concienciarse, solución que nos parecería insuficiente por repetida y convencional, enloquece y huye. Su primera persona, cada vez más inconexa y alucinada, evoluciona desde aquellos «chistecitos» aludidos por Horacio Castellanos Moya más arriba hasta la molicie del terror.

Cuatro narradores, cuatro usos de la primera persona, cuatro distorsiones para recomponer ese imposible escenario humano resultante de unos acuerdos de paz tan necesarios en la teoría como inoperantes en la práctica.

Las novelas de la familia Aragón, a diferencia de las anteriores, se edifican sobre los escenarios privados de una acomodada familia salvadoreña, cuyos miembros viven en sus propias carnes los descarrilamientos de la política nacional, tan perra. A partir de estas tres novelas —y seguro que habrá alguna más— los lectores podemos reconstruir un rompecabezas cuyas piezas no están ordenadas ni tampoco están todas, pero que —o precisamente por ello— nos ofrecen un fresco muy vívido del istmo centroamericano más su hermano mayor, Mé­xico. A diferencia de las novelas furiosas, estas narraciones presentan una multiplicidad de puntos de vista muy interesante; además, como su arquitectura las divide en varias partes, la visión global que nos queda es la de un calidoscopio cuyos diferentes vidrios componen en nuestra memoria una impresión de alta resolución descriptiva y narrativa.

Así, Donde no estén ustedes se divide en dos partes y un epílogo. «El hundimiento» nos es narrada desde una tercera persona que en bastantes ocasiones emplea un estilo indirecto libérrimo infectado por la enajenación mental y los delirios alcohólicos de Alberto Aragón, llamado «El Muñecón» por sus antiguas amantes, hijo de Pericles Aragón y doña Haydée Baldoni. «La pesquisa» emplea la primera persona del singular, cuya voz pertenece a Pepe Pindonga, un atribulado periodista metido a detective por unas semanas. En muchos momentos, su narración se convierte en un monólogo de raíz tragicómica, que comparte muchos elementos de las novelas furiosas. Y, por fin, en «El epílogo» Horacio Castellanos Moya emplea —de forma harto infrecuente en su obra— la tercera persona más clásica y distanciada que podamos imaginar. «Jeremy Irons», sobrenombre con que Pindonga bautiza al personaje nada más contactar con él, toma un trago antes de la cena mientras el narrador anuda los pocos cabos que pudiesen quedar sueltos acerca de una paternidad en entredicho.

Desmoronamiento también se construye en tres partes bien diferenciadas. La primera parte, titulada «La boda» constituye el primer ensayo —que sepamos— por parte de Horacio Castellanos Moya de un recurso narrativo de alto voltaje: la progresiva desaparición del narrador hasta que los personajes se quedan huérfanos, y devienen el único soporte del sólido edificio narrativo. El diálogo, sin la intermediación de un narrador —por poco influyente que este sea—, deviene un monumento a la famosa oralidad que citábamos al principio. La segunda parte supone una incursión de Horacio Castellanos Moya en el género epistolar: mediante un cruce de cartas entre Esther Mira Brossa de Aragón, Teti —casada con Clemente Aragón, Clemen, hermano de Alberto Aragón— y su padre, reconstruimos el turbio asesinato de Clemente Aragón en el contexto de aquella casi guerra entre Honduras y El Salvador, conocida con el lisérgico nombre de «La guerra del fútbol». Y, por fin, la tercera parte, «El Peñón de las Águilas», regresa a la primera persona narrativa; esta vez el criado de doña Lena —la gran manipuladora, el deus ex machina de toda la novela, un personaje movido por el odio—, cuya sumisión es tal que resulta canina.

Y Tirana memoria, hasta el momento la última novela de Horacio Castellanos Moya, abunda en el método fragmentario y de puntos de vista múltiples: la primera parte, «Haydée y los prófugos» consta en realidad de dos partes, simultáneas en el tiempo y que se superponen en el avance narrativo: los datos que no sabemos por el «Diario de Haydée», una nueva aportación técnica, la literatura diarística, los conocemos por «Prófugos», donde vuelve a aparecer la interesantísima propuesta del narrador menguante, tanto que acaba por desaparecer y deja abandonados en un manglar, sin agua ni comida, siempre discutiendo, a Clemen Aragón —el mismo a quien asesinan en Desmoronamiento— y su primo Jimmy, fugitivos de las autoridades militares tras el fracaso de un golpe de Estado en sus albores. La parte final, «El almuerzo», regresa a la primera persona para —mediante diversos saltos atrás en el tiempo y en un emotivo tono crepuscular— conocer el último día en la vida de don Pericles Aragón, el marido de doña Haydée Baldoni y padre de Alberto y Clemente Aragón.

Las novelas de la familia Aragón conforman, pues, todo un catálogo de procedimientos narrativos, un festín de puntos de vista diferentes y dispersos pero, al cabo, forjadores de una visión del planeta centroamericano perfectamente redonda en su compleja variedad. La riqueza en matices, el rigor de las elipsis y también de aquellos sucesos que se nos narran desde diferentes ángulos y, al fin, la enorme variedad de registros lingüísticos permiten una visión cabal del terrible embrollo salvadoreño y centroamericano a partir de la familia Aragón, paradigma de una burguesía nacional atrapada en los sucesivos seísmos históricos del siglo xx. Y son muchos esos seísmos.

Por todo ello, pensamos que no se trata de un hábil ejercicio de estilo ni mucho menos de una impostora demostración de pericia técnica; lo que nos ofrece Horacio Castellanos Moya es la reconstrucción de una época —más de setenta años— mediante la selección de unos momentos puntuales y su posterior narración empleando aquellos puntos de vista que considera más ricos literariamente.

Dicha fragmentación narrativa, paradójicamente, ofrece una inequívoca sensación de unidad: la propuesta de Horacio Castellanos Moya supera con creces la hipotética visión que hubiese podido ofrecernos un único narrador, minucioso y metódico, omnisciente, a la manera de los grandes maestros decimonónicos. Estamos en la era de una banda ancha que descarrila y pierde píxeles de alta definición —de tan descriptiva— a una velocidad vertiginosa, y aquel afán demiúrgico y totalizador por querer describirlo todo, chirría sin remedio: los narradores actuales, si también quieren serlo de su tiempo, deben resolver con audacia este dilema; de lo contrario seguirán escribiendo a la manera de hace 150 años, como si el mundo fuese el mismo y nada en él hubiese cambiado.

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La lengua literaria de la narrativa de Horacio Castellanos Moya viene marcada por dos constantes: los dialectalismos salvadoreños y, más ampliamente, centroamericanos y la variedad de registros. El dialectalismo más notable —y resulta muy llamativo por la extrañeza que produce en una primera lectura— es el voseo. Un localismo que no se reduce al territorio argentino sino que tiene un importante foco de actividad en El Salvador y prácticamente todo el istmo centroamericano. Ese voseo, dada la oralidad manifiesta en todas las obras de Horacio Castellanos Moya, se presenta en boca de prácticamente todos los personajes y también, por supuesto, de los narradores cuando se expresan en primera persona y protagonizan sus propias historias.

En cuanto a la variedad de registros lingüísticos, Horacio Castellanos Moya consigue aprehender, en el conjunto de su obra, el habla de todos y cada uno de los estratos sociales y culturales salvadoreños. Así, el básico mercenario Robocop en El arma en el hombre, o el periodista descreído Pepe Pindonga en Donde no estén ustedes o el otro periodista, el enajenado sinnombre de Insensatez o el universitario Edgardo Vega, el sosias de Thomas Bernhard en El asco, o la burguesa Laura en La diabla en el espejo, se expresan con los tics propios de la clase a la que pertenecen. Pero también lo hacen si se expresan por escrito, como doña Haydée en Tirana memoria en la redacción de sus diarios o Teti en las cartas que redacta y envía a su padre en Desmoronamiento. Si intentamos ilustrar con ejemplos detallados todo lo dicho más arriba, el resultado sería contraproducente y farragoso; sin embargo, sí que queremos ceder la palabra a algunos de los más memorables narradores que aparecen en el universo novelístico de Horacio Castellanos Moya.

Doña Haydée, una señora elegante, educada y comedida, que se expresa desde las apreturas de un corsé cultural que poco a poco cede ante el empuje de las emociones, escribe acerca de su nuera Mila, la primera esposa de Clemen: «Al regresar a casa, María Elena me esperaba con la noticia de que Mila ha despedido a Ana y ha comenzado a desmontar la casa, que la entregará el próximo viernes a los dueños para que no le cobren el siguiente mes y se mudará a donde sus padres. Sentí feo, como si de pronto se me hubiera agriado el día. Pero no puedo hacer nada: a esa mujer la mueve el pecado candente entre las piernas y no hay quien la detenga» (Tirana memoria, pp. 251-252).

Robocop, en prisión, recibe la visita de Guadalupe, su cuñada, esposa de su hermano Alfredo: «Guadalupe llegó después del último interrogatorio […]. Venía arregladita, como si estuviese a punto de partir hacia el cine. Se sentó en el camastro y dijo que debíamos aprovechar el tiempo. Ya despatarrada, gritó de la misma manera, pero ahora no se quejó de Alfredo. Y cuando terminamos me aseguró que ni ella ni mi primo habían tenido nada que ver en mi captura, que los policías aparecieron de pronto y los amenazaron con meterlos presos si no colaboraban. Enseguida empezó a chuparme para que le echara otro; ahora me pareció que sus gritos podían escucharse en todo el Palacio Negro. Al terminar se vistió y se maquilló de prisa» (El arma en el hombre, p. 67).

El periodista sin nombre de Insensatez, mostrando ya los primeros síntomas de su creciente desvarío, habla de sus miedos tras haberse acostado con la española Fátima, novia de Jota Ce, un militar de permiso; nótese la taquicardia rítmica, el atropello sintáctico: «No le irás a contar lo nuestro, murmuré, con cautela, que ya mi susto era demasiado al saber que la chica que empezaba a dormitar a mi lado era el coño propiedad de un milico, caramba, que yo estaba a punto de deslizarme en el tobogán del terror y buscaba a tientas una mínima agarradera para sostenerme, pero Fátima apenas se volteó, con las palmas de las manos juntas como almohada bajo su mejilla, y me dijo que claro que se lo diría, ése era el pacto que habían hecho, contarse siempre la verdad, tenerse toda la confianza, y ella odiaba sobre todo la simulación y la mentira» (Insensatez, pp. 100-101).

En El asco, la propia cadencia de la narración, acelerada como si el narrador se hubiese atiborrado de anfetaminas, además de la utilización de la segunda persona del singular con el consiguiente voseo, hace que la prosa culta y universitaria de Vega se contamine de multitud de elementos coloquiales. Así, en el siguiente extracto: «Y entonces sucedió el acabose, lo inverosímil, el hecho que me hizo entrar en una espiral delirante, en la angustia más extrema que podás imaginar: mi pasaporte, Moya, había extraviado mi pasaporte canadiense, no estaba en ninguna de mis bolsas, lo peor que podía sucederme en la vida, extraviar mi pasaporte canadiense en un inmundo prostíbulo de San Salvador. El terror se apoderó de mí, Moya, el terror puro y estremecedor: me vi atrapado en esta ciudad para siempre, sin poder regresar a Montreal; me vi de nuevo convertido en un salvadoreño que no tiene otra opción que vegetar en esta inmundicia, me dijo Vega» (El asco, p. 121).

El narrador en tercera persona clásico —con una lengua neutra, esto es, alejada de coloquialismos, barroquismos o cualquier otro elemento subjetivo— es muy poco utilizado por Horacio Castellanos Moya en su narrativa. Tal vez sea el «Epílogo», brevísimo por otra parte, de Donde no estén ustedes donde hallamos un buen ejemplo de esa lengua literaria de apariencia fría, por otro lado tan cercana a la personalidad de quien está retratando: «El hombre alto, canoso y elegante llegará a su finca hacia el final de la tarde, como todos los sábados, en el jeep de cristales polarizados, junto al tipo que le sirve de chofer y guardaespaldas, con el ánimo de transcurrir un fin de semana tranquilo y alejado de la ciudad, con ganas de respirar el aire frío de la montaña, de caminar a ratos entre los pinares y los cafetales, de tenderse en el sillón junto a la chimenea a leer, ver una película en la tele o simplemente a dormitar» (Donde no estén ustedes, p. 267).

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Las novelas de Horacio Castellanos Moya nos van dejando un poso cada vez más denso y oscuro, un universo atravesado por personajes que salen, desaparecen y regresan varias novelas después —los miembros de la familia Aragón, por supuesto, pero también Olga María, el subcomisionado Handal, Rita Mena, Pepe Pindonga, Diana Raudales…— por coches todoterreno con los cristales polarizados, por fragmentos del onírico y sin embargo auténtico en su horror Palacio Negro, por carcajadas que brotan de la insania, por fragmentos de munición, por encuentros sexuales nada conyugales en cuartos poco ventilados, con las camas deshechas, por puertas siempre en trance de apertura o de cierre, sin llaves echadas, por ajustes de cuentas físicos, pero también culturales y políticos… Y la rabiosa velocidad que conduce la ira, o el desprecio, o la locura… Son novelas que habitan en el desasosiego, que «derriban» al lector, en una expresión que gusta utilizar Horacio Castellanos Moya para referirse a aquellos libros que de verdad le conmueven. Son novelas, en fin, cuya lectura jamás podrá dejarnos enteros, o con una ceja alzada en señal de sorpresa o inquietud o malestar…, no es posible que así sea.

Si la Literatura —con mayúscula— existe y sobrevive para sacudir las conciencias e impedir cualquier tentación acomodaticia, Horacio Castellanos Moya le rinde el mejor homenaje que hacérsele pueda.

Sin embargo, Horacio Castellanos Moya no entrará —desgraciadamente— en ciertas listas; la verdad es que no creemos que le importe demasiado: los días más perros quedaron atrás y ahora, como él dice «tengo un buen editor y buenos lectores». Una duda sobrevuela, inquietante a pesar de todo, el futuro: ¿desde la calma y cierto acomodo se podrá escribir con ese nervio desatado, con esa ira sin control, con esa visceralidad? La respuesta llega en un correo del propio Horacio Castellanos Moya: «Ojalá que la comodidad no me seque. Sin rabia y sin furia, languidecería. Oremos».

Sea. ■ ■


Una respuesta to “La mirada furiosa de Horacio Castellanos Moya”

  1. RP:

    Buen día. Me gustó mucho su texto, quisiera comunicarme con usted. Estoy haciendo un Phd en CUNY Nueva York y asisto a unos profesores que preparan un libro de artículos sobre Castellanos Moya. Mi correo es rebecapineda82ster@gmail.com. Si me envía el suyo puedo explicarle con más detalle de qué se trata. Saludos.

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