Autor: 21 Marzo 2009

Jon Bilbao
Como una historia 
de terror
Salto de página, Madrid, 2008

«Una casa grande, un entorno sin límites visibles, extinguidos por el mal tiempo, y de pronto la proximidad del otro parecía algo de lo que no era posible librarse». «Como una historia de terror», el relato más extenso y el que da título al nuevo libro de Jon Bilbao, supone una revisión de terrores ancestrales: «El bosque no puede hacerlo todo por sí mismo. Es anciano y, a su particular modo, muy poderoso, pero también posee una escasa movilidad, […] solo puede atravesar estas paredes acristaladas en el plano de los sueños. Pero incluso para eso requiere ayuda. Con tal misión entra en juego vuestro maravilloso vecino jorobado. Podemos considerarlo el guardián del bosque, el vestigio viviente de una anciana religión no moral, cuyos dioses son la madera, el follaje y el humus». Con precisión de relojería se ajustan los mecanismos necesarios: un matrimonio sin hijos pero con perro que decide aislarse en un entorno en principio idílico y poco a poco angustioso, una naturaleza oníricamente hostil, una actualización de las casas encantadas, y un desenlace que aúna, sin menoscabos, la línea fantástica con la instrospección psicológica y el análisis de las relaciones humanas. Porque si hay un elemento común a todos los relatos, de muy distinta índole y extensión, estilema del autor desde su anterior novela, El hermano de las moscas, es el interés y la habilidad que muestra en el manejo de los vínculos sociales: conversaciones que encierran un estado latente de revelación o explosión, silencios que implican una información primordial, malentendidos que llevan a nuevas y más auténticas realidades.

Ganador del Premio Ojo Crítico de Narrativa del presente año, estos siete relatos aquilatan aún más el saber hacer que su autor había demostrado, con creces, en su primera novela. Es más, si la tensión narrativa estaba sabiamente dosificada en aquella, con excursos que remansaban la acción y enriquecían el universo ficcional, aquí la condensación, exigida por el género, tienen como finalidad enfocar cómo la interacción entre los distintos personajes en situaciones en principio habituales tensa sus relaciones hasta provocar el conflicto, que o bien se resuelve en el relato o bien se mantiene en un suspenso tanto más eficaz que una consabida o estereotipada conclusión.

En esta ocasión los relatos sí se hallan, en su mayor parte, enmarcados en lugares concretos, tanto geográfica (Londres, el oeste de Estados Unidos), como situacionalmente (una oficina, un vecindario). Como en la novela, el espacio en el que se desenvuelven los personajes es claramente significativo: la desenvoltura sexual de los protagonistas de «Prolegómenos» solo se entendería en Londres o una metrópoli semejante; la tensión del Doppelgänger perdería fuerza en otro ámbito distinto al de la dejadez abúlica de esa innominada isla de «La Fortaleza»; ese relato on the road que es «Después de nosotros, el diluvio» no sería posible sin las implicaciones que el lejano y despoblado oeste americano ofrece; «El ladrón de lencería» adquiere pleno sentido sometido como está a las relaciones de poder dentro de una comunidad de vecinos, de los que se venga precisamente a través del robo fetichista, relaciones que también son la base argumental de «Rata», esta vez situado en una oficina. Por su parte, el relato que da nombre al conjunto comparte con «El hambre en los alrededores del lago» el aislamiento como búsqueda de una salida (a las tensiones en la pareja en el primero, al bloqueo creativo en el segundo) y la relación con una naturaleza hostil, tanto en el paisaje (espesura boscosa-canteras abandonadas) como en los animales (ardillas-palomas). El opresivo clima de angustia vital es similar en ambos, pero el desarrollo narrativo demuestra que no se tratan de meros ejercicios de estilo, variantes, sino relatos plenos y redondos.

No obstante, podemos encontrar algunas otras semejanzas entre los distintos relatos. Así, el final abierto de «La Fortaleza», que insinúa las consecuencias desastrosas de la confusión de su protagonista con su sosias, remite al final de «Rata», en la que la confusión es aprovechada por su protagonista para fingir la defensa de su honor. La falsa redención de «El ladrón de lencería» supone una subversión del perdón que los protagonistas de «El hambre…» muestran hacia el muchacho de las palomas.

Un puñado de excelentes historias, de línea clara, transparentes pero perturbadoras, donde se ahonda desde la verosimilitud en los abismos cotidianos: la necesidad del deseo materializado en un objeto sexual o en prendas robadas, otras posibles vidas encarnadas en dobles sin moral, la progresiva corrupción de la amistad y la necesidad de huir a cualquier parte, a veces donde no conviene.

Ángel Alonso


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