Autor: 6 Mayo 2009

Inmaculada de la Fuente

Matilde Ucelay fue la primera española que se licenció en Arquitectura y que ejerció como tal en España. Una pionera que vivió sin ser demasiado consciente de que lo era, con la naturalidad de quien asume la realidad elegida y olvida las connotaciones que la acompañan. Matilde Ucelay falleció a los 96 años en noviembre de 2008, y su vida atraviesa todo el siglo xx. Fue una de primeras españolas que eligió una carrera considerada netamente masculina en el primer tercio del siglo que le tocó vivir. Nadie podía imaginar entonces que cien años después la iraní Zaha Hadid formaría parte de la elite de arquitectos más célebres del mundo. Ni siquiera podían intuir que Matilde Ucelay cumpliría su sueño de construir y rehabilitar edificios, y que al final de su vida dejaría un centenar de obras. Eso sí, algunas de ellas sin su nombre, al prohibírsele durante cinco años ejercer su profesión.

Ignoradas y no solo olvidadas, asistimos a una necesaria recuperación de mujeres que abrieron caminos en campos muy variados. Explorar sus vidas requiere a veces un ejercicio de espeleología histórica. Con Matilde Ucelay no hay dudas: fue pionera de la arquitectura en una España que se debatía entre el cambio y la tradición. Su trayectoria deja entrever una vida anclada en una aparente normalidad sobre la que se ciernen unas circunstancias históricas excepcionales y ciertas zonas de sombra impuestas por la situación política que le tocó vivir. Por dos razones: porque sus primeras obras como arquitecta se desarrollaron en un tiempo en que la mujer tenía que demostrar que podía crear y organizar el espacio como venía haciéndolo el hombre, y porque, además, gran parte de su ejercicio profesional coincidió con la posguerra y el franquismo, un tiempo en el que el concepto de mujer, a fuerza de asociarse a la maternidad y de supeditarse a las necesidades del varón, quedaba devaluado y vacío. Más aún si se trataba de una española sospechosa, como Ucelay. Tras la victoria franquista fue sometida a un Tribunal de depuración, seguido de un Consejo de Guerra en 1942 que, además de inhabilitarla a perpetuidad para cualquier cargo público o de confianza, le prohibió ejercer durante cinco años su profesión.

Matilde Ucelay nació en 1912 y creció en los felices o, al menos, vehementes años veinte, con toda la carga de cambios que albergaba esa década. Su padre era abogado y se sentía afín a los postulados de la Institución Libre de Enseñanza, así que Matilde y sus hermanas estudiaron en el Instituto-Escuela. De ese mundo recordaba las visitas al Museo del Prado a las que les llevaba el profesor Barnés y las excursiones dominicales en tren a los pueblos cercanos de Madrid. Se fomentaba el ejercicio físico en ambos sexos y chicos y chicas tenían así ocasión de familiarizarse con el atletismo, el esquí o el baloncesto. En esa etapa coin­cidió con Jimena Menéndez-Pidal y Ángeles Gasset, institucionistas y futuras creadoras del colegio Estudio en Madrid. Un colegio heredero de la ILE en unos tiempos en que las ideas pedagógicas de la Institución estaban ya proscritas.

Su padre solía llevar a Matilde y a sus hermanas a los conciertos dominicales de la Orquesta Nacional y a la ópera. No en vano la música le acompañó de por vida. Ella misma estudió piano, aunque dedicaba más tiempo a las matemáticas. Su madre, Pura Maórtua, tenía un perfil inusual en la época. Maórtua fue una de las fundadoras del Lyceum Club en 1926. Misóginos y reaccionarios lo llamaban «el club de las señoras», como si se tratara de un divertimento, pero Pura Maórtua y María Lejárraga se escindieron del club inicial y crearon la asociación Educación Cívica para la Mujer, con un impulso más transformador. Lejárraga se convirtió así en una visitante asidua de la familia Ucelay, una figura admirada que según reconocería más tarde Matilde «sabía de todo y lo hacía todo». Su marido, Gregorio Martínez- Sierra, por el contrario, «no hacía nada», más allá de la puesta en escena de las obras que ella escribía, recordaba Matilde Ucelay. A través de María Lejárraga, que con el tiempo se hizo militante socialista, Pura Maórtua conoció a diversas figuras de la política y la cultura como Fernando de los Ríos y Federico García Lorca. Con este compartía Maórtua la afinidad por la escena. En la terraza del domicilio familiar, en la calle de Libertad 20, se realizaban lecturas de obras dramáticas, muchas de ellas de factura lorquiana.

Además de dirigir el grupo teatral independiente Anfistora, la madre de Matilde Ucelay fue una inapreciable cómplice de Federico García Lorca de cara a la representación de la obra erótica El amor de don Perlimplín y Belisa en el jardín. Gracias a su tenacidad se solventaron ciertos obstáculos administrativos para que la obra se estrenara.

UNA UNIVERSIDAD 
SIN ASEOS FEMENINOS

La joven Matilde Ucelay heredó probablemente la tenacidad de su madre, además de sus ideas liberales. Estaba previsto que Matilde, la hija mayor, fuera a la Universidad. La sorpresa fue que eligiera Arquitectura. Mucho dibujo y bastantes matemáticas, opinó su padre. Pero a ella le gustaba y el padre no se opuso.

Inició la carrera en 1931. En la Escuela de Arquitectura no había aseos para chicas y hubo que adaptar un baño. Con Matilde se matricularon otras dos alumnas, pero las adelantó en un curso. Matilde logró sacarse dos años en uno, al estudiar un verano seguido con Fernando Chueca a fin de acortar los estudios. Eso le permitió terminar en 1936, mientras que su promoción inicial tendría que haberlo hecho en el 37 de no haberse desencadenado la guerra civil. Ucelay no sabía que esa tragedia colectiva iba a influir en su currículo y en el de sus compañeros, pero tenía prisa. Aunque no sabemos si la urgencia por acabar la carrera fue también un ejercicio de responsabilidad. Su familia atravesó en los años veinte algunas dificultades económicas que sin ser graves, pasaron factura. En ese tiempo su padre dejó de ser gerente de Gas Madrid y a la vez se vio afectado por la crisis del marco tras haber invertido en la moneda alemana.

No todos los profesores apoyaron a esta universitaria entusiasta. Uno de ellos la consideraba una intrusa. «Esa chica va bien. Pero cuando llegue a mí, ya veremos», comentó el catedrático en una reunión de profesores en la que la mayoría alababa la aplicación de Matilde, entonces en los primeros cursos. Cuando por fin llegó al exigente profesor y este la examinó, la tuvo un día entero, mañana y tarde, haciendo ejercicios. La citó al día siguiente para continuar y al mediodía volvió a ordenarle que se pasara después de comer. Al aparecer la segunda tarde, el profesor sentenció: «Vuelva usted en septiembre». No podemos saber si, además de tener a gala ser duro, lo fue especialmente con Ucelay por ser esta una chica y considerar que no tenía derecho a pisar aquellas aulas que acabarían seriamente dañadas durante la guerra civil. Muchos de los libros de la biblioteca se usarían como parapetos. Años después de la contienda todavía había libros que guardaban entre sus páginas munición.

De cualquier modo, no deja de ser curioso que sus años universitarios coincidieran justamente con el principio y el fin de la República. Fue por tanto una joven republicana, no sólo en el sentido político y cultural, sino vital. En el segundo curso de carrera se afilió a la FUE (Federación Universitaria Escolar). Abierta a las vanguardias y las estéticas arquitectónicas racionalistas, estaba dispuesta a entrar con propiedad en un mundo profesional que hasta hacía poco era un coto masculino.

Mientras ella finalizaba sus estudios, se gestaba la guerra civil. Por tratarse de la primera mujer que terminaba la carrera, compañeros y profesores le prepararon un homenaje. Al homenaje asistió Amós Salvador, arquitecto y ministro de Gobernación, y otras personalidades republicanas. El homenaje quedaría reflejado en una foto colectiva y pasado el tiempo se volvería en su contra. Quién iba a pensar en ese comienzo de verano que estaba a punto de estallar un golpe militar, y con él la guerra civil… Tras la derrota republicana alguien recordó la imagen y denunció a Ucelay como republicana.

La contienda no solo supuso una catástrofe personal y colectiva, sino el cierre de las instituciones educativas y culturales. Matilde Ucelay era ya licenciada en Arquitectura: ahí estaba el testimonio de la foto en la que se le reconocía haber conseguido el título. Aunque lo curioso es que no dio tiempo a que se lo dieran físicamente. El Colegio de Arquitectos de Madrid quedó clausurado con los primeros tiros. Sin embargo, Ucelay supo que en Barcelona seguía abierto y tuvo la oportunidad de que el responsable de tal decisión, Juan de Capdevilla, novio de una amiga suya, le explicara el procedimiento: «¿Cómo lo hemos hecho? Muy fácil: Teníamos la llave y ya está: hemos abierto…». Así se hizo en Madrid poco después bajo el impulso de Matilde Ucelay. El presidente del Colegio fue Eduardo Robles Piquer, y Ucelay aceptó el cargo de secretaria. Robles Piquer iría después al exilio. Ucelay, por el contrario, se quedó en el interior. La reapertura del Colegio de Arquitectos, junto a la foto del homenaje serviría más tarde de yesca para hacer arder contra ella el fuego de la represalia.

Matilde Ucelay y su familia recalaron en Valencia en 1937. Su padre, enfermo, por el clima, ella y su hermana Margarita para volar ya por sí mismas. Con Matilde se marchó el que era su novio, José Ruiz-Castillo, procedente de una familia vinculada al mundo editorial. Su padre y él mismo publicaron, a través de Biblioteca Nueva, a destacados autores de las generaciones del 98 y del 27. El referente era Ortega y Gasset y por consejo del filósofo la editorial introdujo en España las obras de Freud. Matilde Ucelay y Pepe Ruiz-Castillo se casaron en Valencia en enero de 1937. Poco después, él, funcionario, se integró en el Ministerio de Agricultura, a la vez que Matilde continuó colaborando con la Republica en su vertiente cultural.

REPRESALIADA

Al final de la guerra civil el matrimonio asumió la derrota republicana y retomó su vida en Madrid con sus dos hijos, al igual que otros vencidos de la burguesía ilustrada. Una normalidad imposible, al ser depurada Ucelay. No obstante, a pesar de las restricciones impuestas, la arquitecta se mantuvo activa en la sombra: o bien se ceñía a obras de carácter privado o participaba en proyectos colectivos que firmaban sus compañeros.

Se le adjudican más de un centenar de proyectos, la mayoría viviendas unifamiliares, pero también edificios industriales, tiendas y laboratorios. En algunos de ellos no figura su firma, camuflada en la de otros arquitectos. En otros no quedan imágenes de sus intervenciones. «Era muy mala fotógrafa», se excusaba cuando se le preguntaba por qué no guardaba imágenes de sus obras. Pero no se puede ser invisible durante cincuenta años y sus construcciones van saliendo a la luz.

En ese sentido abrió las puertas a otras mujeres, aunque fuera en silencio. Su primera obra fue la remodelación de su casa de vacaciones de La Granja (Segovia). Otro de sus proyectos iniciales fue la vivienda familiar de José Ortega Spottorno, o las librerías Turner e Hispanoargentina en Madrid. Algunos de sus primeros clientes fueron extranjeros. «Se ve que al principio no se fiaban de mí», decía al evocar sus comienzos. En efecto, en sus inicios realizó la casa Oswald en Puerta de Hierro para un matrimonio norteamericano. Más tarde, la hija del matrimonio le encargó una segunda casa.

Con la democracia llegó el reconocimiento público. En 2004 se le concedió el Premio Nacional de Arquitectura por haber resistido ante los diferentes obstáculos que encontró y haber hecho historia. Es curioso que las mujeres hayan empezado a construir edificios a la vez que salían de la penumbra y abandonaban el interior de las casas, el espacio privado. Carmen Martín Gaite reflejó en Entre visillos esa España sociológica de los cincuenta en la que las mujeres eran eternas menores legales y en la que algunas chicas, como el personaje de Natalia, no sabían cómo decir a su padre que querían estudiar en la Universidad. Más tarde Martín Gaite escribió Desde la ventana, un ensayo en el que reflexionaba sobre la literatura de las autoras de la posguerra. Matilde Ucelay perteneció a la minoría de españolas que dejaron de mirar la calle desde los visillos. Eso sí, como profesional de la arquitectura nunca olvidó planear grandes ventanales en las casas que construía.

No se consideraba a sí misma feminista, pero de algún modo vivió como tal. Tuvo la suerte, además, de estar casada con un hombre abierto a los avances y reivindicaciones de las mujeres. Y a pesar de las cortapisas políticas fue socia fundadora de la Asociación Española de Mujeres Universitarias (AEMU), creada en los años cincuenta. La administración franquista, sin embargo, no la olvidaba, y vetó su nombre para ejercer un puesto directivo en la organización.

A su muerte, el abanico de arquitectas españolas es amplio: desde Beth Galí o Carme Pinós a Patricia Urquiola o la madrileña de adopción Teresa Sapey. Eso no significa que el trayecto que inició Ucelay haya terminado. Aún permanece vivo el debate sobre si la obra realizada por mujeres, a menudo, aunque no siempre, orientada al espacio privado puede considerarse arquitectura con mayúsculas, o si este concepto, identificado con obras de envergadura económica y firmadas por arquitectos estrella, generalmente hombres, se les escapa. Algo que el tiempo va desmintiendo. Y más desde que en esos selectos estudios internacionales empieza a haber mujeres igualmente estelares. ■ ■


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