Autor: 12 Mayo 2009

Silvia Ungidos

Ocurre pocas veces. Me refiero a si has posado el oído sobre el pecho de alguien de repente, mientras está dormido. Y ese simple latido ¿no te dijo esa vez más cosas acerca del mundo y de ti mismo que todas las palabras? Pues eso tan extraño me ocurrió a mí al acercar el oído al corazón de tierra roja de un pueblo que parecía dormido.

Buñol está escondido en una vieja hendidura de la serranía valenciana. Lo guardan unas montañas luminosas de día que por la noche o en un día nublado se hacen las misteriosas, con capuchas azules muy oscuras. A pesar de estar tan cerca del mar vive de espaldas a ese mar, ensimismado sobre su propia luz. Un poco más arriba un vértigo sereno camina sobre los montes que forman la frontera con Castilla.

Pero llegar a este pueblo no es del todo sencillo. Lo primero que uno se tropieza es la fea y hostil figura de una cementera. Al principio parece uno más de esos pueblos dejados de la mano de Dios. Parece más que un pueblo un puñado de guijarros que se han dejado caer sobre la boca de un pozo, como quien dice entre unas manos de terrosa vejez. Ocurre también que por entre los dedos de esas manos viejas trascurre siempre el agua y eso las rejuvenece.

Luego aparece el escorzo del castillo. ¿Quién ha dejado aquí este orgulloso balcón, fortín, torre, muralla, sueño vigía del siglo xii? Dicen que fueron primero los romanos. Los árabes después alzaron, piedra a piedra, la Torre del Homenaje. Veinticinco metros esbeltos y hasta hace poco un algo derrumbados, miran la historia desde quién sabe qué altura verdadera. Yo miro y veo poco. Aún hoy hay casas habitadas dentro de este recinto. Son muy humildes por no utilizar otra palabra con la que definir ventanas rotas, puertas quebradas, pintadas anarquistas, ropa tendida en un alambre.

Se siente algo extraño al pasear aquí una mañana desierta y soleada. Piensas en el tiempo que lleva toda esta piedra altiva aquí, sin caerse de bruces sobre sí misma. En un flanco, allá abajo árboles despeinados, floresta creciendo a su manera, subiendo hacia estos muros. Es el Parque Borrunes. Un poco sucio y a su manera espléndido va descalzo por las piedras del río que aquí adelgaza tanto que es casi inexistente.

Hay cerca otra canción del agua. Solitaria, apoyada en uno de estos muros del castillo está la despojada Fuente de la República. De las muchísimas fuentes de este sitio algunas te salen al paso, otras te asaltan de repente. Están las sencillas, las olvidadas, las repintadas, las que abraza la hiedra y una especialmente que se llama «Fuente de la Alegría» y está en el recodo de una curva peligrosa, como si no pudiera ser de otra manera. ¿No hay siempre, en el acto de beber de esas fuentes cualquiera, algo muy primitivo? Algo que nos conecta con la espontaneidad de ser, de estar sencillamente vivo y sentirse muy ligero. Aquí podrías tener ese espejismo.

Desenredar el nombre de este pequeño pero radiante pecho de tierra, es escuchar trozos de una canción en la garganta, entrecortada de otro tiempo. Fuente de la República. De lejos, de muy lejos, de muy adentro habría que decir, Buñol susurra en casi todo el himno republicano. La identidad de este lugar se sostiene orgullosa en aquellas tres palabras. No es sólo porque aquí las dijeron con fe, las repitieron con audacia, las defendieron con uñas y con dientes. Es porque las pensaron y las sintieron bien antes de decirlas, es algo que se nota. Se les ha quedado, además de mucha ruina, aquella memoria de las cosas. Entonces ¿acaso sería extraño cruzar, allá abajo, el Puente de la República? ¿Sería raro que la Plaza del Pueblo, se llamara también de la República?

No debieron de ser siempre tan tranquilas y limpias esas aguas, sin embargo de algún modo esas palabras irradian más allá de las huellas. Soñó mucho este pueblo y soñó con mucha fuerza. Por aquí pasa un río. Por aquí hubo también un cauce humano. Lo saben también las copas de los árboles, los pájaros, el humo de aquella chimenea, la hierba que pisas, el rumor de la brisa, la luz, que también posa sobre viejos tejados su canción tan risueña. ¿Cómo saben las cosas estas cosas? No lo sé, pero es lo que susurran. Para escucharlo tendrías que venir, tendrías que posar el oído sobre este pecho pequeño de la tierra.

¿Hay algún sonido más enérgico en su melancolía que esa última pieza de dominó que posa, victorioso frente al rival, un jubilado? Y tras los ventanales del café un ligero barullo de media mañana. Un poco más allá está la portada de la Iglesia de San Pedro Apóstol. Dicen que durante la guerra aquí no hubo ningún delito de sangre y que se evitó el incendio de esta iglesia. Puede que eso fuera cierto y que hoy día este pueblo no arme mucho revuelo, pero Buñol fue en muchas ocasiones al unísono el grito, la protesta, la consigna, la mano levantada. Nadie sabe decirme de viva voz aquel suceso de «El hachazo». Fue algo que ocurrió durante una manifestación en la que se protestaba por las deportaciones de los revolucionarios. Una de las reseñas dice:

Cuando el oficial de la guardia civil arrancó la bandera de los manifestantes e intentó pisotearla, uno de estos cogió un hacha de una carnicería próxima y la clavó en la espalda del oficial. La guardia civil comenzó a disparar, mataron a Esteban Tarín que se asomaba por una ventana e hirieron a Claudio Zanón y a Vicente Roca que perdió un ojo. Hubo varios detenidos…

Yo no sé si aquella ventana estaría lejos o cerca de esta iglesia, escenario también de una importante revuelta sindical en los años setenta. Mientras camino por aquí pienso en aquella bala perdida que encontró a un hombre que se asomaba a una ventana. Estas cosas qué son ¿trayectoria azarosa o puntual destino? O quizás no son nada, son simplemente cosas que pasan.

Allá arriba, desde aquí no puede verse, hay una cúpula azul, hay una torre blanca y esbelta y encima una veleta que es la silueta de San Pedro. Lo sé porque conozco una ventana que se abre sobre ellas. Algunas mañanas me asombra la belleza callada de la vieja montaña, la nube, el pájaro que cruza, el aire que refulge de luz y el sol, gato rubio que salta ágil en los tejados. A todas esas cosas que reflejan en mí sencillamente yo las llamo destino. Sin embargo sé bien que es el azar quien me trae algunas noches aquel latido que te dicho. Otras veces me fijo en la veleta y le doy la razón, y me soplo la palma de la mano volteando esas palabras.

El viento es uno de los patrimonios de este pueblo. Por eso los molinos fueron primero. Luego las papeleras. Luego las cementeras. Hay una fuerte tradición obrera, un orgullo de haber sido «la pequeña Rusia». Parece incluso que hasta los perros de mi calle tuvieran experiencia en luchas colectivas. Llega la sangre al río algunas veces y he visto pasar al portavoz, es un perro pequeño y blanco, cojeando de una pata y mohíno el hocico. Y tengo otra sospecha: Son los gorriones los que escriben en los muros caídos, en las tapias «El fascismo solo se cura leyendo» y «Buñol resiste».

¿Qué es lo que resiste? Lo sabrías si vinieras hasta una de aquellas viejas papeleras que aún funcionan de milagro, donde el olor es lo primero que golpea. Verías allí cómo hacen papel de reciclaje con unas máquinas mugrientas. Todo vibra y aturde en esa trituradora de cartón. Papel de estraza. Ver todos estos rollos gigantes de aquel papel para envolver pescado da una infinita pena. Parece que se envolviera en ellas un mundo ya perdido y lleno de miseria.

La Cueva Turche no está muy lejos y tiene su leyenda. Habla de una princesa árabe que subió por ciertos escalones del secreto buscando un espléndido palacio de la sabiduría. Se abrió una grieta luminosa en esa montaña y entró maravillada, pero una vez dentro se le cerraron de pronto las puertas de la tierra. Hubo quien escribió en otra época palabras a las cuevas y fuentes de Buñol. Ahora se leen esas palabras y parecen más fantásticas que la leyenda. Las dijo Carlos Esplá:

¡Fuentes y cuevas de Buñol! En el valle verde y húmedo, donde la libertad es un jugo más de la tierra, se levantará un templo sin dios. Refugio de unos niños a quienes la naturaleza robó la salud y los hombres el bienestar. Ante el pueblo liberal y acogedor nos hemos descubierto. Buñol es un manantial de ideas nobilísimas y la libertad nace en el agua de sus fuentes, roja y deslumbradora como el sol. Y en esas fuentes hemos apagado nuestra sed. El agua ha desterrado el fanatismo de Buñol, ha expulsado de aquellos parajes bellísimos al ejército negro, que vive en los pueblos sin agua y sin alegría, como los parásitos viven en los cuerpos sucios. ¡Fuentes y cuevas de Buñol! ¡Libertad!

Ya sé que no hay derecho a reírse ahora de estas cosas, pero quién no se lo imagina poniendo voz enfática y moviendo los brazos como un mago esotérico. Quizás estas palabras serían para celebrar algo serio. Debió de ser alegre. Una alegría seria la construcción de la Colonia Escolar Blasco Ibáñez. Sigue en pie este edificio. Si escuchara mejor ¿Oiría jugar, reír, a aquellos niños? ¿Oiría las voces de aquellos maestros encontrando el camino de vuelta por los cauces del tiempo o las ventanas?

Entre el pequeño laberinto árabe que es el barrio del castillo hay aún un susurro de luz musulmana. Suben y bajan los estrechos callejones. Las casas se apretujan unas contra otras. Hay en medio de todas estas callejuelas una que es la mía y se llama Calle Quevedo y hay otra que se llama Calle Espartaco y es la de un héroe. En la mía, ya lo he dicho, las voces más poderosas se oyen por las noches, son las de los perros y los gatos. Luego en la madrugada, un gallo que canta destemplado. Quién sabe si lo que canta este gallo es «El mundo por de dentro», advertidor y afónico de soltar cuatro verdades universales al viento. No sé, no puedo saberlo, ya ves que no estamos haciendo caso al lúcido y desengañado reverso de Quevedo.

En la Calle Espartaco nació Peregrín, que fue un héroe comunista. Nacer en una calle con ese nombre y tener ese apellido no puede ser azar. En resumen, las voces que se oyen allí dicen que fue heroico y que sus amigos le consideraban un hombre bueno. Yo no sé si estas dos cosas pueden ser compatibles en según qué contextos. Dicen que le gustaba citar de Antonio Machado: «El hoy es malo. Pero el futuro es nuestro». Como muchos otros trabajó aquí en la Cooperativa Titanic, que construyó algunos caminos por los que pasamos ahora rápidamente, sin saber muy bien si el ayer era malo y si nuestro presente le robó el futuro a alguien, pero acordándonos de Machado al caminar.

En un recodo de la que llaman «La carretera de los comunistas» está el cementerio. Un recinto de muros altos blancos cierra este lugar. No es un cementerio cualquiera. Acerca el oído a este latiente trozo de tierra ¿Oyes una canción que se quiere y no se quiere secreta? Hay muchos símbolos masónicos aquí, sorprendentemente preservados. Pero más allá del estremecimiento de todas estas historias, novela cifrada en cada lápida, está la eterna arquitectura de la luz en el aire. Aquel secreto universal, sin ceremonia, de la brisa. El compromiso natural que establece la sensibilidad con la belleza a través del perfume de la mimosa en un día de verano.

Y por encima y por debajo está la música en Buñol. Dijeron hace tiempo: «La cultura de un pueblo no es ese sólo de flauta que una minoría selecta nos está dando. La cultura de un pueblo la hace todo el pueblo». Aquí hacen realidad esta frase, literalmente, a través de la música. Alguien dirá que eso mismo sucede en muchos otros sitios de Valencia. Pero en pocos lugares del mundo tan pequeños como este se entregan tan apasionadamente, compiten con tal aplicación, ni construyen edificios musicales tan sólidos. La Armónica y la Artística tienen un largo recorrido paralelo. Son como dos brazos de un mismo pecho que fraternalmente se retan, y en cierto sentido, se golpean. Cada dos años organizan el «mano a mano», que es un concurrido duelo musical en su anfiteatro al aire libre. No son sólo dos orquestas sinfónicas de recorrido internacional, son también ese cauce por el que las rencillas de un pueblo pequeño se revelan. Pero son, por encima de todo, un pueblo entero que sabe solfear y que construye una hermosa partitura de todos y para todos. Y esa cultura puede leerse más allá del pentagrama.

Basta sentarse un rato, un domingo tal vez, al aire libre de las mesas de La Acacia, al lado de la Ermita. San Luis Beltrán está muy cerca el pobre, serio y un poco torturado sobre su manantial. Quizás recuerda sus extraños y violentos milagros. Enfrente se cae a pedacitos el merendero «El Puche». El abandono, que está siempre muy cerca de este casi esplendor sobre la hierba. Hay niños jugando enfrente de aquella Colonia Blasco Ibáñez. La luz cae aquí a mediodía muy dulce, muy risueña.

Y de repente ¿se han callado los niños, los pájaros, las cucharillas en los vasos? ¿Escuchas otra vez ese raro latido? No es la sílaba del agua, ni es la brisa meciendo aquellas ramas. No te digo tampoco que sean aquellas tres grandes palabras. Es más bien otra cosa. Yo aún no sé cuáles son mis palabras para esto, pero sé que se acercan a aquellas de Ballard: «Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la bondad de los árboles, en la sabiduría de la luz».

Quizás sólo debiera decir: yo tuve una hermosa ventana aquí, eso es todo. Se veía una cúpula azul y una torre esbelta. En los días de viento giraba una veleta. A veces escuchaba un latido. ■ ■


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