Autor: 21 Mayo 2009

Javier Cercas
Anatomía de un instante
Mondadori, Barcelona, 2009

La literatura sirve para muchas cosas. A veces es un método de conocimiento, a veces un entretenimiento, en ocasiones solo la «fermosora cobertura», el grato excipiente que nos permite tragar mejor útiles pócimas. A Javier Cercas le ha servido para mentir con la verdad.

Tras renunciar a su intención primera de novelar la novelera historia del 23-F, decidió escribir un reportaje que no renunciara a las amenidades de la ficción. Y ciertamente ha conseguido un libro apasionante, aunque a ratos amaneradamente retórico; un reportaje bien documentado y lleno de detalles exactos, pero sustancialmente falso.

La tesis central de Anatomía de un instante resulta bien conocida. Los que vivimos aquellos días no hemos olvidado las coplas, los chistes, toda la muestra de ingenio popular con que media España, la media España del golpe, se burlaba de la cobardía de los diputados y elogiaba los atributos viriles de Tejero.

Javier Cercas no se burla, pero la pone de relieve una y otra vez, la contrapone al valor de un héroe, Adolfo Suárez, secundado por dos veteranos ayudantes igualmente gallardos, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Y convierte la actuación de los diputados en símbolo de la cobardía del resto del país.

Para que nadie se ofenda, comienza situándose él mismo en el lugar de los antihéroes. En el 2006 le pidieron que escribiera sus recuerdos del golpe de estado: «Accedí; escribió un artículo donde conté tres cosas: la primera es que yo había sido un héroe; la segunda es que yo no había sido un héroe; la tercera es que nadie había sido un héroe». Había sido un héroe, porque en cuanto se enteró del asalto al congreso, salió de estampida hacia la universidad «con la imaginación hirviendo de escenas revolucionarias»; no había sido un héroe porque en realidad su propósito era «localizar a una compañera de curso de la que estaba enamorado» (esta es una de esas absurdas paradojas en las que de vez en cuando se entretiene Cercas). Nadie fue un héroe porque nadie ni en la universidad ni en ninguna parte «se echó a la calle para enfrentarse a los militares rebeldes».

Afortunadamente. ¿Se imagina Cercas que todo el mundo se hubiera echado a la calle pidiendo armas para enfrentarse a los militares rebeldes como en julio del 36? Todavía no habríamos logrado salir de semejante catástrofe. Y sin llegar a esos extremos, ¿qué cree que habría ocurrido si se dan manifestaciones espontáneas en todas partes, si grupos violentos aprovechan la ocasión, si la policía interviene, si hay muertos? No me imagino mejor pretexto para que las capitanías generales dudosas hubieran secundado el ejemplo de Milans del Bosch y declarado el estado de guerra.

Que los españoles se comportaron, nos comportamos, de la mejor manera posible, no me cabe la menor duda. ¿Fui un cobarde yo porque al día siguiente, mientras los diputados seguían todavía en el congreso, di mis clases? En una de ellas, lo recuerdo bien, el conserje, que escuchaba las noticias con un transistor, abrió un momento la puerta del aula, y dijo: «Ya han salido». Todos aplaudimos y luego seguimos hablando de Garcilaso. ¿Qué debía haber hecho? ¿Qué debíamos haber hecho? ¿Fletar autobuses para ir a Valencia a enfrentarnos a los tanques o a Madrid a alborotar frente al congreso?

Afortunadamente los españoles de entonces no tenían la mentalidad de comic que Cercas quisiera que hubieran tenido. No fuimos cobardes los españoles de fuera, no fueron cobardes los españoles de dentro, los diputados. Si en una reunión de hombres desarmados entra un grupo de hombres armados, policías o militares, y comienzan a disparar y nos piden a gritos que nos tiremos al suelo, eso es lo que hay que hacer. Adolfo Suárez no se tiró al suelo. Es un hecho, no un mérito. Gutiérrez Mellado increpó a los militares: dependían de él, era su obligación. Tuvo el mérito de tratar de cumplir con su obligación. No hay por qué negárselo, pero tampoco enfatizar demasiado.

Para Javier Cercas, nadie se portó bien el 23-F, del rey abajo ninguno se salva, salvo Suárez y sus dos ayudantes. Ese instante en que comienzan a disparar los golpistas y Suárez se mantiene sentado es el instante que ha Cercar le permite comprender el golpe, encajar todas sus piezas dispersas. Como ejercicio retórico, resulta admirable; como intento de entender la realidad, un dilatado fraude.

Es consciente Cercas de que su visión de los hechos resulta demasiado maniquea y para compensarlo no disimula ninguna de las sombras de sus héroes, incluso las exagera. Acentúa las responsabilidades de Carrillo en el asunto de los asesinatos de Paracuellos, le convierte en un traidor al comunismo por aceptar la bandera rojigualda. Pero los macabros acontecimientos de Paracuellos no ocurrieron exactamente como los cuenta Cercas; la Junta de Defensa decidió llevar a los presos peligrosos fuera del Madrid cercado y a punto de caer en manos franquistas; la orden de asesinarlos durante el camino todavía no se sabe de quien partió; y nada tuvo que ver con ella el escritor Segundo Serrano Poncela, quien se limitó a firmar la orden de salida de la prisión.

Una película de Roberto Rosellini, El general De la Rovere, le sirve a Cercas para explicar la conducta de Suárez. En la película un pícaro al que los nazis hacen pasar por héroe de la resistencia para que traicione a sus compañeros acaba creyéndose un héroe y muriendo como tal. Semejante sería el caso de Suárez, «un colaboracionista del franquismo convertido en héroe de la España democrática».

Aunque finalmente renunciara a escribir una novela, en Anatomía de un instante Javier Cercas no actúa como historiador ni como periodista de investigación, sino como novelista. Imagina que en una grabación involuntaria, la media hora que siguieron funcionando las cámaras de televisión después de que los golpistas entraran en el congreso, están todas las claves, no ya del golpe, sino de la reciente historia de España, y como buen novelista somete los hechos a esa intuición suya. Busca la verosimilitud del arte, pero nos la ofrece como la verdad de la historia. Por eso miente. Un novelista, en cambio, no miente nunca.

Anatomía de un instante no es una novela, pero sí un libro de ficción «basado en hechos reales». Un honesto subtítulo debería indicarlo.

José Luis García Martín


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