Autor: 17 Septiembre 2009

José M. Prieto
Tanka a trancas y barrancas
Ediciones Vitrubio, Madrid, 2009

Autor también de una colección de haikus publicada en esta misma editorial en 2007, Haiku a la hora en punto, José M.ª Prieto nos ofrece ahora otra, más breve, de tankas. Tanto en este caso como en aquel, las introducciones, producto de su buen conocimiento de la cultura japonesa, son sustanciosas y muy dignas de leerse. Ese conocimiento, sin embargo, arriesga pesar un poco de más a la hora de la creación.

Como les ocurre a otros autores españoles de haikus o tankas, no parece haber una distinción clara entre lo que son los originales japoneses, producto de una cultura de siglos y una visión del mundo que nos son muy lejanas, y lo que puede y debe ser un haiku o tanka escrito, aquí y ahora, por alguien cuya manera de entender la realidad es completamente diferente. Es obvio, o debiera serlo, que la fascinación que el haiku o el tanka pueden producir sobre un occidental resulta de una lectura hecha desde esa mentalidad occidental, factor que es básico tener en cuenta si se quiere que esa misma fascinación pueda estar presente en el resultado de la creación propia. Demasiado a menudo, sin embargo, lo que tenemos es una imitación más o menos servil de los modos japoneses, sin tener en cuenta que ni esa imitación puede, en el mejor de los casos, ser otra cosa que un borroso y deformado eco de los originales ni, sobre todo, será posible encontrar en ella, por la razón ya indicada, más que un vago recuerdo de lo que nos fascinó al leerlos. Si quienes así proceden recordaran, por ejemplo, las adaptaciones de Shakespeare o Dostoievsky firmadas por Kurosawa, verían que lo que en ellas puede haber de sugerente no es, de ningún modo, un intento de convertirse en occidental, de adoptar una mentalidad que no es la suya, sino justamente lo que ningún occidental podría aportarles: la mirada que, siendo profundamente humana por ser auténtica —no una imitación de algo ajeno— es al mismo tiempo otra, una nueva luz sobre la vieja historia: una aproximación distinta, que nos revela algo que sólo así podremos llegar a conocer.

En el caso de Prieto, sus logros más valiosos se producen, a mi parecer, cuando se olvida de su conocimiento de la ortodoxia (y la historia) de las formas japonesas y, atendiendo sólo a su propia interioridad, nos regala un apunte, breve y punzante, de lo que observa, siente o imagina, sin mediaciones. Prueba de que estas pesan a veces demasiado sobre él la tenemos por ejemplo en el modo en que describe, con merecido elogio, los tankas que Borges incluyera en El oro de los tigres.

Dice Prieto que Borges «demuestra haberse adentrado hasta el fondo en el meollo [del tanka] ya que […] describe coloquialmente una situación de la vida cotidiana y una emoción vivida». Y nos propone a continuación dos ejemplos de los tankas borgianos, por los que podemos ver hasta qué punto la expresión es «coloquial»: «Alto en la cumbre / todo el jardín es luna, / luna de oro. / Más precioso es el roce / de tu boca en la sombra». Ese «coloquialismo» que Prieto les atribuye es sólo, evidentemente, una proyección de su propia idea «japonesa» del tanka; Borges, sabiamente, prescinde de algo que su propio estilo —e incluso el sutil toque de exotismo que aquí lo avalora— sentirían como una limitación inútil.

Pero, como digo, hay momentos en que Prieto acierta a olvidar su propia teoría, y pone en lo que cuenta, al margen de toda norma, sólo aquello que mejor permita transmitirlo. Es cuando, por ejemplo, nos dice: «está enfriándose / mi marido en el cuarto / del hospital / el calor de mi cuerpo / ya no calienta el suyo», o hace una sutil observación pictórica (que puede recordar ciertas imágenes de Fernando Zóbel, el creador del Museo de Arte Abstracto de Cuenca): «ruborizada / la neblina en el parque / los automóviles / con las luces traseras / de rojo entre los árboles. O sicológica: echa de menos / a su eterno rival / eran amigos / contrariándose siempre / se hacían compañía…». O, en fin, una viñeta de fina emoción cotidiana: «por el placer / de observarla durmiendo / cerca de mí / en el tren cada día / llego tarde al trabajo». Si ninguna de estas muestras alcanza, sin embargo, al «coloquialismo» de Borges, ello se debe seguramente —además de a la altura del ejemplo— a que pesa también en Prieto la idea de la instantaneidad, tan típica de ciertas formas de la cultura japonesa (recuérdese la definición de Basho: «haiku es lo que está sucediendo en este lugar, en este momento)», sin que tenga suficientemente en cuenta el riesgo que eso supone de trivialidad, de pura anotación impresionista sin trascendencia. Dificilísimo escollo en que naufragan tantos tankas o haikus escritos a la occidental, en una cultura —la nuestra— infinitamente menos acostumbrada a esa idea básica de la trascendencia de lo efímero. (No es en absoluto casual que una de las puertas de entrada de la cultura japonesa en Occidente la constituyera en su momento el impresionismo pictórico.).

Con todo, en estos ejemplos que he citado, como en otros que reproduciré de su libro de haikus de 2007, hay un toque de autenticidad que les permite, como apuntaba, liberarse de algún modo de las cadenas que el Prieto teorizador tiende a hacer pesar sobre su propio impulso poético. Y es que las normas japonesas (que no son tales, sino producto de la evolución secular, espontánea, de unas formas y una cultura que no son las nuestras) pueden ser una guía —y, en ese sentido, las introducciones de Prieto a uno y otro libro, como ya lo señalé, merecen sin duda una lectura atenta—, pero también, si no se sabe olvidarlas después, asimilado espontáneamente de ellas lo que pueda servirnos, convertirse en limitación, en cárcel. Es, naturalmente, ese impulso, esa respuesta instintiva, viva y animada, al contacto de lo real, lo que debe tener el protagonismo, incluso hasta contradecir, si fuera necesario, aquellas presuntas normas. Véanse, como decía, unas muestras de su libro de haikus:

«año tras año / en el rosal las rosas / no cumplen años
cubierto de hojas / el jardín de la casa / pasa el invierno
sigue su aroma / en la almohada después / de su partida con oleaje / a duras penas logra / flotar la luna

el barrendero / con una escoba al hombro / barre la brisa,» ejemplo este último que une, a lo imaginativo y sutil de la observación, una aliteración de erres y bes que refuerza, sin subrayarla en exceso, la idea del haiku. Ese mismo acierto, el de no enfatizar, aparece en alguno de los dedicados a un tema tan peligroso en este sentido, por la tentación de destacar lo atroz, como el de los atentados del 11-M: «se queda en casa / dormida y se despierta / superviviente», aunque ciertamente no falten ejemplos, en éste y otros apartados de ambos libros, de excesiva obviedad, que no sabe por tanto conformarse con la sugerencia suficiente, olvidando así que lo obvio es enemigo de la poesía, y en particular del haiku. Prieto, como buen conocedor de ella, debe saber que el juicio «todo está claro, todo está ahí» no es precisamente elogioso, en una cultura como la japonesa, tan amante del circunloquio y la alusión indirecta —que cuando, sin embargo, es justa, multiplica su fuerza.

Pero estos ejemplos, y otros que podrían citarse, muestran suficientemente que hay en Prieto no sólo el teórico que repetidamente hemos destacado aquí, sino también un poeta que, con un poco más de selección (ambos libros, el de tankas y aún más el de haikus, ganarían sin duda con una exigencia mayor), y olvidándose un poco más de ciertas normas que amenazan con hacer imposible la «naturalidad que procede del corazón», que con tanta razón demandaba Basho, puede lograr auténticos aciertos. A fin de cuentas, para Shiki, el último de los grandes clásicos japoneses del haiku y creador de su tradición (y su nombre) modernos, el haiku era una forma literaria y nada más. No es buena idea querer ser más papistas que el Papa, hasta el punto de olvidar que un buen poema, por más heterodoxo que resulte con respecto a las normas del tanka, el haiku o cualesquiera otras, siempre valdrá infinitamente más que otro mediocre —por demasiado obvio, o trivial, o imitativo, o simplemente falso— aunque este último pudiera servir de modelo escolar de la forma correspondiente.

Y al fin, estos dos libros (el de tankas y el de haikus), tales como son, tienen algo que casi puede compensar la dilución de intensidad en que inevitablemente caen por no ser más breves: podemos ver en ellos no sólo el logro pleno que encontraremos en otros, sino también, y desde la completa inanidad («en calzoncillos / hay once millonarios / y pocos goles»), todas las posibilidades intermedias. Así, la iluminación fugaz que nos deja en un pensativo silencio convive familiarmente aquí con la simple anotación volandera. Ninguna compañía más apropiada, desde luego, para el haiku o el tanka plenamente logrados que el silencio de la página en blanco; pero esta convivencia indiferenciada y casi promiscua, a su modo, también es ejemplar, y nos dice lo que quizá ninguna teoría podría aclararnos tan bien sobre las dificultades de ese logro y el mérito que supone alcanzarlo. Bien puede ser que un libro como éstos nos sirva más, a la hora de apreciar de veras lo mejor de ambas formas, que otro compuesto sólo por cumbres. Y ése no sería pequeño mérito.

José Cereijo


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