Autor: 21 Septiembre 2009

Fernando Sánchez Alonso

A Antonio Garrido Domínguez, 
quien indirectamente me sugirió este texto.

¿Qué es un crítico literario?

El crítico literario es un médium a través del cual habla el texto. Expresado de otra manera, el crítico es un poseso, como sostenía Platón al hablar del entusiasmo del poeta y de la locura divina, la única sagrada; alguien, en fin, por cuya boca se manifiesta la voluntad de los dioses. En ese estado de delirio, y abducida la voluntad por las fuerzas de la santa tradición literaria, arropado por sumos sacerdotes, textos muertos y autores que solo él ve, nadie más, el crítico escribe su reseña y aun vaticina y profetiza la suerte que correrá un autor. Y para demostrar que su voz no es su voz, sino la de una instancia suprema, su reseña a menudo adopta unos exquisitos modales esotéricos, como si estuviera a medio camino entre los garabatos de una piedra Rosetta compuesta por un autista con problemas de lateralidad y un fragmento arrancado del I Ching traducido al cristiano directamente de una versión al bielorruso por alguien que solo chapurrea el pakistaní.

Tales reseñas, en efecto, están sarpullidas de misterios oraculares ante los que el profano se llena de temor reverencial, porque esas palabras, que contienen entre el arcano de sus fonemas una sugestión de poder, no deben de ser de hombre mortal, discurre el lector, sino a buen seguro de un dios. Palabras extrañas, como del principio de los tiempos, más antiguas que el OM hindú, la sílaba primordial, y ante las que los inextricables tecnicismos médicos, por ejemplo, retroceden medrosos y apocados, como hacían los nativos al oír el grito justiciero de Tarzán (Johnny Weissmuller) en aquellas películas de nuestra infancia. Y si no, sean sinceros y díganse si no sienten el mismo temor que los mal pagados extras de aquellas películas al oír o al leer palabras como diégesis, heteroglosia, dialogismo, interdiscursividad o bildungsroman. ¿Lo ven? No son voces humanas. Ni siquiera balbuceos dadaístas. Ni como algún mal pensado pueda jumearse, un extracto babélico de la última novela de Javier Marías. No. Estas palabras no son humanas. Están en el origen de todo, más allá del tiempo y del espacio, de la materia y de la antimateria. Ni los cabalistas hebreos, esos maestros del yoga de la paciencia intelectual, han acertado a desentrañarlas. Solo el crítico literario las conoce, solo él puede domesticarlas y emplearlas sin cuidado. En el teclado del ordenador del no iniciado en los misterios eleusinos de la crítica literaria, estas palabras acarrearían su destrucción, la locura, su muerte. Por eso, sabedor del peligro que encierran, el crítico jamás revela, en sus reseñas, qué significan. No, no es arrogancia. Es prudencia.

Inevitablemente unido a su suprema y divina condición de poseso, el crítico literario también se adueña de otro atributo que lo distingue, por ejemplo, del bombero. El crítico literario es un ser ciclotímico. Esto es, un individuo cuyo humor gira como el volante de los coches de choque y al que el acobardado autor no sabe cómo complacer. ¿Por qué? Porque unas veces habla bien de una novela o poemario suyo y otras los reduce a la altura del rastrojo, cuando, según el escriba zaherido, su último texto es mejor que el anterior. Y precisamente esa inestabilidad, parecida a la de un dios caprichoso que debe ser aplacado con sacrificios, lo hace extraño y temible a los ojos del creador, cuyo juicio teme tanto como desea, pues la suerte de su libro depende de las palabras del crítico.

Afianzado, sí, en sus alturas de águila y remedando una convincente actitud de tótem o de oráculo, en el crítico literario se alojan también, no obstante, rasgos mundanos que lo hermanan con el prójimo. Sin ir más lejos, en el crítico literario hay algo de portero de discoteca, uno de esos matones a los que, cuando se cruzan de brazos, les abultan los bíceps narcisistas y chulescos bajo las mangas de la camiseta. Un ser que escruta el calzado del dramaturgo, novelista o poeta, y si descubre que el desdichado lleva unas zapatillas deportivas o unos calcetines blancos, sacude la cabeza reprobador y le señala con el pulgar por encima del hombro un cartel en que se lee: «Reservado el derecho de admisión».

Ahora bien, si el autor sucumbe al iberismo de porfiar con él o al deseo de cambiarse de calcetines allí mismo con tal de entrar, el portero abandona el tuteo y lo sustituye —malo, malo— por un tratamiento versallesco, porque el que hasta hace un instante era simplemente tío, ahora es tratado de señor y caballero. Y si al oír este insulto, el literato aún no se ha percatado de que se le ha hecho repentinamente muy tarde y debe marcharse para no perder el último tren a las Chimbambas, el portero no vacilará en aplicarle dos o tres soplamocos didácticos, o los que sean menester, para sacarlo de su error, mientras anima al ensangrentado escribiente a juntar con sentido las letras del cartel absolutista. Hecho lo cual, le reprenderá paternalmente: «Que no puedes entrar, jod (piiii). Host (piiii), que no os enteráis» (Versión macarra del gongorino castellano del portero de discoteca. Incluso así, mal traducido, este brevísimo fragmento, como cabe observar, contiene un bien elaborado quiasmo. Para que luego duden de la cultura de los porteros de discoteca).

En fin, termine como termine el parlamento entre el portero y el autor, lo cierto es que a partir de entonces este contraerá por aquel un odio que no se apaciguará nunca, y para desahogarse y no morir de una apoplejía pastoreará sus quejumbres y verraqueras por tertulias o revistas ejerciendo de Pitufo Gruñón. «La pataleta de los enanos», razonará el crítico para asegurarse sin ambages en la certidumbre de que el novelista o poeta Fulano de Tal era, en efecto, más imbécil que Don Quijote en el episodio de la venta.

A Dios gracias, y por lo general, el portero de discoteca (perdón, el crítico literario) se toma muy en serio su trabajo y no nota, o prefiere no notar, que su actitud no merece más que una sonrisa burlona o, por el contrario, la admiración inquebrantable del que se rinde sin condiciones a la fascinación del poder, y el crítico literario, como juez que es, tiene poder. No olvidemos la abstrusa jerga iniciática con que condesciende a comunicarse con los mortales, ni pasemos por alto que el término crítico proviene menos del latín malum lacte, como algunos discurren, que del griego kritikós, de modo que etimológicamente significa ‘el que juzga’, ‘el que decide’. De ahí que no sea extraño que haya lectores que entregan quince o veinte euros o el alma entera si cumple a la mano del librero porque el crítico profeta de su devoción ha farfullado una reseña magnífica del libro de Menganítez y, como un nuevo Moisés, les ha prometido a sus seguidores la entrada en la tierra de Canaán de los placeres estéticos. Es más, estos lectores a menudo se esfuerzan en acomodar sus gustos a los del crítico, pensando que si les defrauda el libro que han adquirido, es porque no tienen bien educado el gusto literario, o lo tienen estragado de tanta teleserie, y no saben percibir las bondades que el reseñista ha descubierto y encumbrado al cuerno de la luna en su comentario. Hacen propósito de enmienda, se rompen el esternón a mamporros, entonan el yo pecador, releen como penitencia todas las reseñas del crítico que ellos protegen en una carpetilla de cartón y prometen no volver a adorar a falsos dioses. Todo con tal de no apartarse de la ortodoxia, de no acercarse peligrosamente al sapere aude kantiano.

(Podríamos incrustar aquí, porque viene como anillo al dígito, según diría con su prosa gongorina un portero de discoteca, una sesuda digresión sobre el vértigo de la libertad, sobre la angustia de Kierkegaard, sobre el precio de los carburantes o sobre la vida inauténtica de que hablaba Heidegger; pero resulta que escribo esto cuando aún no ha salido el sol y en consecuencia temo ponerme metafísico como Rocinante, porque no he desayunado, y acumular excesivos disparates en estas páginas. De modo que mejor será que no perdamos el oremus, cerremos el paréntesis y regresemos por donde hemos venido. Háganme caso, que me conozco.)

En fin, hecha esta pausa para la publicidad filosófica y la confesión rousseauniana, prosigamos diciendo que el crítico también es algo así como el dragón de los cuentos infantiles que custodia el tesoro de la literatura o como el cancerbero de la tradición y el canon o como un nuevo ángel que expulsa del paraíso de las letras, de la mesa de novedades de las librerías, con la espada flamígera de su reseña, a un autor o a otro.

Parece mentira, pero muchos críticos que colaboran en los suplementos culturales de los periódicos se atribuyen a sí mismos la función de velar para que no se apague la sagrada llama del sanctasanctórum del edificio literario. Y algunas veces el crítico emplea para ello medios un tanto discutibles. Se olvida de algo esencial, de que un libro merece el mismo respeto que una persona, que un niño, que un árbol, aunque visto como tratamos a las personas, a los niños y a los árboles, mejor borro lo dicho y lo sustituyo por esto: «Se olvida de que un libro merece el mismo respeto que el dinero». Lo cual no significa que no deba mostrar las faltas o defectos de una obra y que tenga que ahumarla siempre de incienso y verdearla de laureles. Los críticos se aprovechan a veces de una obra anémica, con pocas defensas narrativas o artísticas, para sostener su propia fama de censores ceñudos, implacables, descontentadizos, pejigueros y exigentes. Por ejemplo, en uno de los números de El Cultural del pasado julio, un crítico descuartizaba una novela —o, mejor, paranovela— de Susana Fortes, novela —o, mejor, paranovela— con la que la autora gallega acababa de conseguir uno de los premios de más «reconocido desprestigio» (la frase es de José Luis García Martín, creo) del panorama nacional: el Fernando Lara.

Este crítico, que tan lenguaraz se mostró con la novela —o, mejor, la paranovela— de Susana Fortes, no habría predicado lo mismo si la hubiese firmado alguna de las vacas sagradas de nuestras letras. Ya lo demostró en tiempos. Es difícilmente olvidable, por lo antológico, el soberbio ejercicio de prestidigitación lingüística, la excursión larga, sin cantimplora ni GPS que hizo por los cerros de Úbeda y pedanías cuando tuvo que comentar una más que mediocre novela del siempre excelente prosista Umbral, reseña que seguro que resulta fácil de encontrar aún en las alhóndigas de Internet. La novela de que peroraba este crítico era Los metales oscuros, y durante el folio y medio que duraba la reseña se las ingenió para hacer de trilero y esconder debajo del cubilete de la palabrería tanto el argumento del relato de Umbral como, sobre todo, la valoración crítica que a él le merecía. Solo dijo deprisa y corriendo, con la lengua del bolígrafo fuera y echando los bofes, porque se le agotaba el espacio, que la narración se desarrollaba en Madrid, como otras de Umbral, y que esta, a diferencia de otras, transmitía mucho pesimismo.

Quizá recordó lo que le pasó a otro colega, Ignacio Echevarría. A finales de 2004 el suplemento cultural de Babelia, publicaba una crítica en la que ponía como chupa de dómine la novela de Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista. Una novela publicada por Alfaguara, editorial perteneciente al mismo grupo que El País. Esta crítica adversa —una «bomba de destrucción masiva», según las atribuladas e hiperbólicas palabras de Lluís Bassets, entonces director adjunto del diario— provocó, como casi nadie ignora, la defenestración del crítico.

¿Quién, en última instancia, paga los platos rotos? El entusiasta lector que realmente ama la literatura y no ha podido quizá estudiarla universitariamente (conozco bastantes casos así como para tomárnoslos a la ligera) y que fía su deseo de lectura, de buenas lecturas literarias, al crítico que publica en los suplementos culturales, ignorando sus filias y fobias, el amiguismo y el enemiguismo, su concepto de la literatura, el medio en que escribe, los grupos de presión mediática, los grandes intereses económicos, las llamadas de teléfono del jefe de un influyente diario para prevenirlo contra la tentación de hablar mal de la novela de Fulano de Tal, el enfermizo afán de moda y de nuevos autores de las poderosas editoriales con el único propósito de vender más, de lanzar, como ellos dicen, a un autor o muy joven o muy viejo, a cuyo nombre unen, por lo general, el epíteto de «autor de culto o minoritario», los tejemanejes, cenas y trapicheos de los agentes literarios (hoy cualquier escritor, por excelente que sea, lo tiene muy difícil para darse a conocer si no dispone de uno), lo amañado de numerosos premios literarios, en los que no se premia el valor estético de una obra, sino que se invierte en un autor, en una cara, en una mujer bonita (lo cual está muy bien y la vista, o al menos la mía, lo agradecerá, pero no a costa de malvender la literatura), etcétera.

No es extraño, pues, que el papel del crítico periodístico esté siendo cada vez más cuestionado. Se le acusa, y a menudo con razón, de una doble falta de profesionalidad y de independencia, de estar al servicio del mercantilismo de las grandes editoriales, de comentar los libros que le imponen y hasta de aceptar los juicios que los de arriba le insinúan, cuando no le dictan. Por lo demás, su tarea está siendo sustituida por la de las fajas de los libros, en que, más importante que la valoración del reseñista, cuyas palabras se suelen sacar de contexto, es consignar el número de ejemplares vendidos de una novela. O el nombre del premio que se le ha concedido a ese libro. A los magnates de las grandes editoriales solo le importa la caja registradora. La literatura es solo un medio para rebultarla. Y algún crítico, con más frecuencia de la deseada, se presta a ayudarlos.

Con todo, quedan críticos independientes a los que la fama o el dinero no sobornan. Críticos a los que apasiona su trabajo y, sobre todo, la literatura. Esos críticos suelen escribir no en la prensa periódica, sino en revistas literarias. ¿La razón? Sencilla. Una revista literaria, por importante y bien hecha que esté, siempre tendrá un radio de influencia menor en el público que un diario de alcance nacional, entre otras razones porque su tirada es menor, la publicidad que contiene es menor también y la periodicidad es más larga. Pero precisamente de estas limitaciones surge su grandeza. Y así, escribir en una revista supone menos presión, menos cortapisas para el crítico, ya que trabaja con mayor libertad y nadie le obliga, por norma general, a reseñar el libro de moda o pluripremiado. Tampoco está condicionado por un espacio férreo o un número determinado de palabras, como en un periódico, aunque no debe sobrepasarse en exceso. Una reseña periodística no es un estudio a conciencia de una obra, que exigiría más folios. Además, los críticos que escriben en una revista no trabajan para ningún grupo de poder mediático, cuyas directrices, para qué engañarnos, de alguna manera deben seguir. Finalmente, las reseñas que aparecen en numerosas revistas literarias están, a mi modo de ver, mucho mejor escritas, más sopesadas, más cuajadas que las que figuran en los periódicos. En definitiva, muchas de ellas son a menudo pequeñas joyas literarias en sí. Lo único malo es que pasan casi inadvertidas.

En fin, sea cual sea la condición y la estirpe del crítico, bien trabaje en un periódico o en una revista, a todos los emparenta el retruécano de un verso de Carlos Edmundo de Ory. «Soy un poeta que canta y jode», asegura el poeta. El crítico es siempre un poeta al que no dejan cantar y al que todos joden. ■ ■


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