Autor: 16 Noviembre 2006

Bruno Mesa

La raíz de estas páginas nace con una saludable y herética censura, la que realiza Wittgenstein a Shakespeare. Al fondo de esa elevada censura se esconde una pregunta a la vez ingenua y agónica para el juicio de una obra literaria: ¿es suficiente el lenguaje para justificar una obra? ¿Un hermoso juego de palabras, una sentencia brillante, un uso espléndido del idioma bastan para salvar una página?

Wittgenstein, como antes hiciera Tolstoi con mayor violencia, no encuentra en Shakespeare ninguna personalidad ética, ningún atisbo de aquello que llamamos “vida real”. George Steiner analizó esa crítica y decretó, aunque nunca fue propenso a las condenas, que Wittgenstein se equivocaba. No comparto el pesimismo de Steiner. Creo que el lenguaje no es suficiente, que es necesario algo más, y que ese algo más nos lo han entregado otros autores, como Sófocles, Dante, John Donne, Cervantes o Pessoa. Ese algo más puede definirse como una actitud ética. Es lo que exigía Eliot, encontrar en todo autor algo en lo que creer o algo que discutir. Eliot nunca encontró eso en Shakespeare, porque lo admirable del autor de Macbeth es su lenguaje, la extraordinaria musculatura de su léxico, la espectacularidad de sus paradojas, el genio al servicio del juego de palabras.

Creo que nada de lo antedicho denigra a Shakespeare, al contrario, la razón de su fortaleza, que ha soportado severas críticas y estrepitosos elogios, reside tal vez en su sibilina naturaleza, en su capacidad para desaparecer del mundo, dejándonos apenas dos o tres datos biográficos y una inagotable obra que todos admiran y reverencian, excepto unos pocos infieles.

Son muchos los que de una forma u otra, bajo distintas palabras, han intentado resolver esa pregunta esencial. Creo que es en la poesía donde el debate ha sido a la vez más trivial y más profundo. Trivial cuando se han intentado oponer los conceptos de belleza y verdad, de lenguaje y ética; profundo cuando se ha querido juzgar una obra no solo por su fama, sino a pesar de ella, y no solo por el prestigio de su autor, sino por la obra misma.

El poema es el lugar donde con mayor costumbre se suelen confundir un alto ejercicio del lenguaje y una postura ética. Y aquí utilizo “confundir” en su doble acepción, pues el poema es donde se entretejen mejor esos dos conceptos y donde también, con evidente facilidad, se nos engaña, queriendo ofrecernos una agradable música en ausencia de ideas inteligentes.

Podemos amar esa música y admirarla con sinceridad; podemos juzgarla de una forma independiente, como si esas palabras que la sostienen fuesen solo notas de una partitura. Eso es lo que pretende la poesía que escribió muchas veces Cirlot, como ocurre en sus sonetos de amor, ausentes por completo de razón o sentido, empujados solo por la sonoridad de cada verso. No ignoro esa poesía, incluso diría que su música no me es ajena, pero no encuentro en ella nada que atenúe mis dudas, nada que me sirva como ser humano.

Si solo hay música, y por supuesto aquí hablamos del limitado repertorio que es capaz de producir la musicalidad de unos versos (limitado en comparación con una sinfonía de Mozart o una canción de Purcell), es que no hay una sola idea, opinión o examen que ofrecer al lector. Creo que este es un peligro fundamental y común entre los poetas: escribir como si el significado de lo escrito fuera accidental, secundario, algo que va después de las palabras, que brota espontáneo, y no algo que viene antes de las palabras y que en las palabras se confirma.

Un ejemplo sólo a priori paradójico sería el de Pessoa. En su obra se multiplican los poetas, también la poesía. Todos poseen una clara visión del mundo: patética, agonística y exaltada en Álvaro de Campos; a la vez primitiva y refinada en Alberto Caeiro; torturada y metafísica en la obra ortónima. No es improbable que Pessoa se haya refutado a sí mismo por boca de sus heterónimos, es incluso necesario para los fines que él perseguía. Esas contradicciones no entorpecen la belleza de cada poesía, al contrario, enriquecen la multiforme figura de quien las creó. Podemos optar por una visión del mundo o por otra, y silenciosamente lo hacemos al leer, pero además, gracias a Pessoa (también a otros poetas como Edgar Lee Masters o Antonio Machado) y a tantos dramaturgos, podemos comprender de una forma precisa cómo una verdad puede ser opuesta a otra verdad sin que ninguna deje de ser razonable, cierta y humana.

Mantener una postura ética no significa renunciar a ese juego de contradicciones que nos propone la vida y en el que caemos involuntariamente a cada paso. La poesía­ puede ser un reflejo de esas contradicciones. La evolución de la obra de Juan Ramón, de Eliot o de Cernuda, muestra que un mismo autor puede acabar sus días negando lo que un día afirmó por escrito. Juzgo menor ese traslado, me importa más lo que no teme decirme el autor, lo que no puede dejar de escribir incluso a riesgo de ser arrinconado por sus antiguos fieles.

La lista de quienes anteponen el lenguaje a su sentido es sin duda espléndida. En ella hay nombres que el lector teme no reverenciar, obras que parecen indiscutibles, a juzgar por el brillo de los elogios y la fama secular. No evitaré algunos de esos nombres: Mallarmé, el Góngora de las Soledades, Valéry (que sin embargo nos entregó algunos ensayos memorables), Huidobro, Bretón, Swinburne, Conrad Aiken… El lector puede ver que el muro es alto, robusto, inquietante. Puede parecernos hermoso, siempre que no lo pensemos, siempre que no busquemos en ese muro una actitud ética, una filosofía del hombre.

He utilizado la palabra filosofía, alguien podrá objetar que la filosofía y la poesía son dos compartimentos estancos, dos enemigos encarados. Veamos si esa objeción es cierta hojeando un poco la historia de la literatura y de la filosofía.

La primera ontología que conocemos, la de Parménides, es un poema. El gran libro del atomismo antiguo, la mayor epopeya científica que conocemos, De rerum natura de Lucrecio, es también un largo e inagotable poema. No es posible entender la genealogía del gran poema de Dante sin haber revisado antes el tomismo. Pocos ignoran cómo Hölderlin sobrevive y se renueva en las páginas de Heidegger, cómo Schopenhauer insiste una y otra vez en la obra de Borges. La poesía de Tagore se entierra en el panteísmo místico de los Upanishads; la lírica de Yalal al-Din Rumi, el fundador de los derviches giróvagos, el gran místico persa, es a la vez poesía, religión, pero también una ética, una consoladora visión del mundo: “Si quieres tener un espejo limpio —escribe el poeta sufí—, mírate en él, pues él no tiene miedo ni vergüenza de decirte la verdad”. Aquí el espejo es metáfora del corazón. Creo que es imposible examinar la obra de un gran poeta sin advertir en ella una filosofía.

Regreso a la cuestión inicial.

No creo en el poema como una excusa que lleva hacia un texto exegético superior. El poema es autosuficiente o no es un poema. ¿Eso significa que no podemos anotar el poema, que es irrisorio cualquier comentario? Podemos, pero esa nota o ese comentario no pueden justificar el poema, solo lo delimitan, lo sitúan en un contexto. El comentario, como pidió Aristóteles, debe ser algo accidental, secundario.

Quisiera ahora interrogar el singular caso de Unamuno. Me admira y a la vez me exaspera su poesía. Es visible la crudeza con que escribe, la violencia con que maltrata el verso hasta que se pliega, mal o bien, a sus ideas, que son su primer objetivo. Unamuno no renuncia a nada de lo que es fuera de la poesía: no renuncia a su apasionada filosofía, a sus intuiciones verbales, al brusco epíteto o a la exclamación destemplada. La sensación es que nada ha cambiado para conseguir amoldarse al verso. Esa paradoja es un logro, una valentía. Veamos ahora sus frutos.

No es baladí recordar hoy, cuando no son muchos los lectores de su poesía, que Unamuno fue considerado durante muchos años, junto con Antonio Machado, el gran maestro vivo de la poesía española. La opinión no es mía, es de Juan Ramón Jiménez.

Como Juan Ramón, pero sin el virtuosismo del andaluz, sin su complicada naturalidad, como Pessoa, pero sin su lucidez extrema y su brillo aforístico, Unamuno encuentra en la paradoja y en la contradicción el mejor camino para trasladar sus angustias al poema.

La carne, polvo, se la lleva el viento

y luchando mi lucha por tu gloria

quedarme en este, que se queda, siento.

Es fácil tropezar en cualquiera de sus poemas con una palabra que chirría, que amarga el verso, que no sirve al poema; tan fácil como encontrar una intuición feliz convertida en idea. En uno de sus poemas veo con nitidez esas dos caras del poeta. Nos propone en esa página que “las cosas naturales vuelven siempre”, que todo aquello que no es arte, como los vencejos, como la nieve, siempre vuelve. Todo lo que es natural, entiende Unamuno, y en la naturaleza es parte, regresa incesante, y las leyes humanas y el hombre nada pueden contra ese tiempo circular e infinito. Se pierde lo artificioso, el ingenio y las leyes humanas, nos recuerda insistente. El siguiente verso que cito es un buen reflejo de sus virtudes y defectos, aquel donde Unamuno se define. Todo eso que regresa y perdura es “lo que no fue de algún propósito / producto endeble”. Ahí está Unamuno entero, porque solo a él se le hubiera ocurrido elegir la palabra producto, y solo él, a pesar de esa elección, es capaz de salvar el poema.

Pero la razón de traer aquí a Unamuno no es la de juzgar su obra, ya que esa es tarea de cada lector y del tiempo, sino la de comprender su extraña apuesta. Unamuno renuncia a los juegos del ingenio, ignora las modas literarias de su tiempo, es fiel a su carácter y a sus ideas. Unamuno se atreve a pensar en el poema, a exponer en verso una radical visión del hombre. Y lo hace sin negarnos nada, sin recurrir al hermetismo ni al estilo barroco, con una emocionante nitidez. Muchas veces se equivoca, pero sus errores nos parecen más valiosos hoy que los enmohecidos aciertos de algunos de sus contemporáneos.

Dejemos a Unamuno para seguir con el hilo de la cuestión. Juzgo importante una distinción: cuando hablo de ética, de proponer una filosofía o enfrentar un problema, de tomar una actitud ante la realidad en el poema, por tanto, de no de escribir versos decorativos y sonoros, no hablo de hacerlo bajo las leyes de la razón. Se han escrito grandes páginas cuya sustancia es irracional, con personajes que actúan bajo leyes que no son las de la razón, en universos ficticios donde casi todo es posible. Es suficiente con interrogar el atroz y dogmático universo de Dante; el satírico y cruel mundo de Jonathan Swift, donde los hombres son bestias inmundas y las bestias son seres refinados y humanos; o el nihilista retablo del primer Giovanni Papini, donde nadie se salva, donde nadie merece un elogio, ni Dios, ni Cervantes, ni Einstein, tampoco Giovanni Papini, tampoco el lector. Desde el punto de vista de la razón esas tentativas son entretenimientos absurdos. Para el arte en cambio son visiones necesarias, casi ineludibles.

Creo que el poema ideal es aquel cuyo lector no es el mismo antes y después de su lectura. Esa página ideal debe ofrecernos una forma de ver el mundo, pero debe ser también un lugar bello en sí, un recinto donde la verdad y la belleza se entiendan.

En todo caso prefiero un poema cuyas ideas puedo discutir a un poema que no tiene nada discutible, porque en él no hay nada, excepto quizá un retruécano y una vaga música.

No sé si Wittgenstein se equivoca al censurar a Shakespeare, me basta con saber que no comparto su pesimismo. Sin embargo reconozco la materia de esa censura y sé que no es liviana. Wittgenstein pudo fallar en el modelo elegido para sus críticas, pero no falló en la crítica en sí. Lo que me importa es la advertencia que esconde, esa súplica velada, ese grito entre líneas. Wittgenstein nos advierte y nos pide que juzguemos una obra literaria no solo por el aspecto externo y puramente verbal de la misma, sino por algo tan esencial como la ética que defiende, la filosofía que expone o las leyes que predica. Admirar solo el ingenio es quedarse a mitad de camino, es renunciar a todo lo que la literatura tiene de veneno y de medicina para el hombre.

Terminaré citando los versos de un poeta que es paradigma de aquello que he intentado definir en estas páginas. Son versos muy conocidos, pero como son del memorable John Donne, recordarlos no es un pecado.

Muerte, no te envanezcas, aunque te llamen

poderosa y terrible, puesto que nada de eso eres,

porque todos aquellos a quienes creíste abatir

no murieron, triste Muerte, ni a mí vas a poder matarme.

(…)

Esclava del hado, la fortuna, los reyes y los desesperados;

si con veneno, guerra y enfermedad,

y amapola o encantamiento se nos ha de dormir también,

y mejor que con tu golpe, ¿de qué te jactas, Muerte?

Tras un breve sueño despertamos a la eternidad,

y la muerte dejará de existir, entonces Muerte morirás. *


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