Autor: 15 enero 2006

Carlos Ramos

Ganar el Pulitzer suele ser el resultado de una larga trayectoria en el ojo público. Obtenerlo es casi siempre la culminación de una carrera brillante. Jhumpa Lahiri consiguió en el año 2000 algo extraordinario: lo ganó siendo joven y con su primer libro. Sus amigos enloquecimos con la noticia. Ella parece que no.

El primer indicio que tuvimos quienes la conocíamos de que Jhumpa podía tener por delante una carrera como escritora fue justo al acabar su doctorado, mientras disfrutaba de una beca de creación en Provincetown (Cape Cod, en la costa de Massachusetts), y todos andábamos, con distintas intensidades, preocupados por el futuro y sus incógnitas. En poco tiempo, encontró un agente, vendió su libro Interpreter of Maladies (Intérprete de emociones, Ediciones del Bronce, 2000) y publicó una historia en The New Yorker. Era el año 1998 y lo mejor estaba aún por llegar. La colección se publicó en 1999 y fue recibida con entusiasmo por críticos y lectores. En abril de 2000, la bomba: el Pulitzer.

Intérprete de emociones contiene nueve historias con protagonistas ubicados en India y en los Estados Unidos y frecuentemente a caballo entre los dos espacios. Los desplazamientos culturales que experimentan emigrantes indios de primera y segunda generación y los trasiegos de sus sentimientos dotan a los personajes de una complejidad que no afecta a la prosa, que es siempre limpia y fluida. Decía Chekhov que en un relato corto no era preciso resolver un problema, sólo plantearlo adecuadamente, y eso es lo que consiguió Jhumpa en ese libro con facilidad pasmosa. Se trata de una escritura austera y precisa, pero de una profundidad al tratar los temas de la identidad y las relaciones interpersonales que convirtió al libro y a la autora en revelaciones instantáneas.

Por el éxito extraordinario de su colección de relatos, a Jhumpa le ha tocado vivir una curiosa experiencia editorial: publicar su primera novela cuando ya la atención literaria internacional estaba fijada en ella y tenía el listón altísimo. Sobre esa transición de Jhumpa, de escritora de historias a novelista, nadie ha hablado con más elocuencia que Michiko Kakutani, la influyente crítica de The New York Times: “Ha tomado la inquietante y evocadora música de cámara de su primera colección de historias y ha reorquestado los temas del exilio y la identidad para crear una obra sinfónica, una primera novela tan segura y elocuente como el trabajo de un maestro veterano”.

Se refiere a The namesake (El buen nombre, Emecé, 2004), la novela que cuenta la historia de dos generaciones de una familia de inmigrantes indios en los Estados Unidos. Gogol Ganguli es el hijo nacido en América del matrimonio arreglado entre Ashoke Ganguli y Ashima. Ambos llegan a Massachusetts a finales de los años sesenta. Su adaptación al país y a las nuevas costumbres ocupa la primera parte de la novela. En la segunda, los hijos, y particularmente Gogol, deben encontrar su espacio entre los dos mundos que les confieren identidad.

Jhumpa ha hablado en ocasiones de la situación intersticial del inmigrante y de sus hijos. En su caso personal, la de no ser ni lo bastante india ni lo bastante americana, y de las ventajas que esa ubicación otorga al escritor, en la forma de distancia y perspectiva. Ella nació en Londres, de padres indios, y creció en Rhode Island (EE. UU.). Sus visitas a Calcuta en los veranos, así como la experiencia de vivir en la bi-culturalidad de una familia de inmigrantes en los Estados Unidos la sitúan como una observadora privilegiada del universo que luego recrea en su obra.

A quienes conocemos a Jhumpa desde hace años, nos ha sorprendido menos su meteórico éxito internacional que la capacidad que ha demostrado para resistirse a sus hechizos. Cuando la visité el año pasado, por ejemplo, unas horas después de nuestra charla le esperaba una cena en la casa del presidente de Columbia University (Nueva York) para las personas que, como ella, iban a recibir títulos honorarios en la ceremonia de graduación (¡ante 30 000 personas!). Entre los otros premiados estaba la arquitecta británica Zaha Hadid, pero la idea de la cena con personalidades rutilantes parecía entusiasmarme más a mí que a ella. Sus apariciones públicas las juzgo más concesiones ineludibles que ocasiones deseadas, con el corazón y la cabeza puestos en el ejercicio de escribir, más que en su reverso mediático del agasajo y la promoción.

La baja maternal oficiosa de los últimos dos años parece haber llegado a su fin recientemente: en el número del 8 de mayo de The New Yorker publicó un nuevo relato, “Once in a lifetime” (“Una vez en la vida”). Dos pequeños hermosos alborotan la casa y son ahora el centro y el foco de toda la actividad doméstica. Cuando le pregunto por sus lecturas actuales, me señala con una mezcla de placer y resignación un libro sobre la mesa: Olivia Saves the Circus, un cuento para niños con una encantadora cerdita como protagonista. Luego, un poco más seria, me explica que tiene entre manos las Memorias de Adriano, de Yourcenar.

Como en visitas anteriores, observo que en su casa no hay nada, ni una fotografía ni un póster que pueda dar una pista de lo que ha pasado con la vida pública de Jhumpa en los últimos cuatro años: premios, viajes promocionales por todo el mundo, ceremonias, apariciones públicas, recepciones, reportajes en todas las revistas… De las paredes cuelgan fotos de familia y cuadros similares a los de su apartamento en Boston en la época de estudiante (hasta la música que escuchamos hoy me retrotrae a aquel espacio: Horace Silver, “Sympathy for the devil” de los Stones…). Jhumpa vive ahora en Brooklyn (Nueva York). En el otoño del año pasado cambió Park Slope, el vecindario de Paul Auster y John Turturro, por otra zona del barrio con más color y actividad. En un estante del estudio se acumulan las traducciones de sus libros a múltiples lenguas, único indicio visible de la dimensión de su triunfo (Intérprete se tradujo a 29 idiomas).

Hablamos del éxito tremendo de su primera colección de historias y de cómo ha afectado a su escritura. Con sobrias explicaciones me convence de que escribir un libro y lo que le pasa después a ese libro son cosas diferentes y sólo vagamente conectadas. Me recuerda que la colección de historias Intérprete de emociones, antes de ganar el Pulitzer, fue rechazada por varios editores y premios a los que concurrió: “¡El mismo libro!”, señala abriendo sus ojos un poco más. Esa relativización del aprecio público y el reconocimiento de su naturaleza caprichosa la mantienen centrada y enfocada en ser escritora y no producto.

—Mira, escribir es una actividad solitaria y dolorosa. Tienes que trabajar en medio de todo lo demás y reconocer que no es divertido levantarse cada día y tratar de crear algo. Es duro, muy duro, y el 99 por ciento del tiempo es frustrante y nadie está a tu lado para decirte que está bien, o para hablar contigo y compadecerse. Claro que puedes hablar con otros escritores, pero es una guerra interna y prolongada. Por mucho éxito y atención externa que recibas, esa circunstancia básica no cambia. Sentí la atención, claro, pero le pertenecía a Intérprete de emociones… y eso era ya viejo, estaba hecho, acabado, y no era ya una parte de mí, hablando como creadora. Mi atención debía concentrarse en el nuevo libro.

—Hablando del proceso de escribir y sus mecánicas: en tu experiencia formativa ha sido muy importante el universo del creative writing y los talleres de escritura. Es un modelo muy asentado en los Estados Unidos, pero menos común en otros países. ¿Puedes hablar de para qué te ha servido a ti?

—En mi caso, el programa de escritura que cursé en Boston University me fue enormemente útil. Antes de entrar, la parte de mí que escribía era insegura, secreta y estaba atemorizada. Lo escondía porque casi me avergonzaba. No creía en lo que hacía y lo consideraba irrelevante. Estaba centrada en mis estudios académicos y esa otra parte minúscula de mí que escribía historias era muy vulnerable a extinguirse en ese momento de mi vida. Pero también había un instinto de supervivencia y con el tiempo ese instinto se fue fortaleciendo.

Cuando estaba estudiando mi máster en Literatura Inglesa observé que en el mismo edificio había un departamento de Escritura Creativa. Pensé que tal vez podía matricularme en una clase allí, así que pregunté. La secretaria me dijo que tenía que presentar una muestra de mi escritura. Y pensé: “Dios mío. ¿Una muestra de mi escritura?” Estaba aterrorizada. Finalmente, lo hice y la secretaria me dijo: “Bien. Se lo pasaré a Leslie (Epstein, director del programa de escritura creativa / ficción en Boston University)”. Y recuerdo que andando por Harvard Street vi en el escaparate de Brookline Booksmith un libro de Leslie Epstein y pensé: “¡Oh no! ¡Un autor con un libro en el escaparate de una librería va a leer algo que yo he escrito! Olvídate. De ninguna manera”. Y poco después me llamó y recuerdo perfectamente lo que me dijo: “Tu primera frase es demasiado larga, pero te acepto en mi clase”. Así que me matriculé para ese curso. Ni siquiera estaba aceptada en el programa. No era una estudiante oficial. Pero el apoyo y los ánimos que me dieron los otros estudiantes de la clase que sí que formaban parte del programa fueron magníficos y me sentí muy bien recibida. En ese entorno noté un calor y un refugio que no tenía nada que ver con mis otras clases, en las que no sentía la misma conexión. Fueron los otros estudiantes en la clase quienes me animaron a solicitar la admisión en el programa, aunque yo tenía bastantes dudas sobre ser aceptada.

Así que el modo en que el programa me ayudó fue abriendo una puerta y dejándola abierta. Para una persona como yo, eso tiene un valor incalculable. Hubie­ra sido muy fácil para mí no haber escrito nunca. Habría sido tan fácil continuar con mis estudios académicos y convertirme en profesora… Es una situación curiosa y hasta extraña: mucha gente creativa es tímida, pero al mismo tiempo, es tan osado, requiere una autoconfianza tan grande llegar a decir: “Mírame. Soy importante. Mi trabajo es relevante”. Y esa es una tensión que nunca pude reconciliar fácilmente. Hay una parte muy importante, casi fundamental de mi personalidad que es muy, muy tímida y retraída y que pide “no me miren, por favor no me miren”. No quiero llamar la atención sobre mí misma. Y esa parte estaba siempre en guerra con la parte creativa dentro de mí, que tenía que acallar esas voces, hacer su trabajo y, en última instancia, exponerse. El programa de escritura creativa me ayudó a creer en mí misma como escritora, a trabajar por conseguirlo y a querer aprender verdaderamente a escribir.

Pero claro, hay otro lado de estos programas, que reconozco que se han hecho casi epidémicos, y es que no se trata de un diploma profesional, del mismo modo que los que se obtienen en la escuela de medicina, leyes o arquitectura lo son. Al acabar el programa no eres un escritor del mismo modo que al acabar los otros eres ya un arquitecto o un abogado. Con un programa de escritura puedes llegar a descubrir si tienes o no la fibra para ser escritor. Pero se trata de un trabajo muy exigente. Mucha gente tiene el talento creativo, la visión, la chispa, pero carece de la disposición, la disciplina, la paciencia, la tenacidad, la perseverancia que se requieren para ser escritor. Es un camino largo y solitario, aunque yo no haya tenido que esperar tanto como otros.

—Estaba pensando que tu educación te hace bastante excepcional entre los escritores consagrados. Tienes un máster en Literatura Inglesa, uno en Literatura Comparada, y otro en Escritura Creativa; sin contar el doctorado en Estudios Renacentistas…

—Bueno, lo del doctorado para mí fue una cosa práctica y creo que no me sumergí en él con la misma intensidad que la mayoría de la gente.

—Pero si las cosas no hubieran funcionado del modo tan brillante en que lo han hecho, es muy probable que ahora estuvieras…

—… enseñando en una universidad.

—Sí. Y hay un momento revelador en El buen nombre cuando Gogol asiste a un panel sobre novelas indias escritas en inglés. Se aburre soberanamente, dibuja caricaturas y se asombra del modo en que usan la palabra marginalidad como si fuera una enfermedad. ¿Es así como te sientes tú de distante del mundo académico ahora?

—Incluso entonces, cuando estudiaba. Recuerdo muy bien una clase sobre Faulkner, bastante teórica. La gente en el seminario hablaba de modo muy sofisticado acerca de modos de leer y analizar a Faulkner y me recuerdo sentada en aquel aula pensando: “¿Por qué no podemos hablar de por qué este libro es hermoso? Eso es todo lo que me interesa, no me importan esos modos interpretativos de mirar al texto”. De hecho, no pensaba en un texto, ¡siempre pensé que era un libro!

En ese momento me di cuenta de que algo en mí había cambiado, porque ya estaba leyendo desde la perspectiva de un aspirante a creador, no desde la de un pensador o un académico o analista. Empezaba a verme como un aprendiz y Faulkner era un modelo increíble de algo hermoso, conmovedor y poderoso. Por eso me cautivaba y quería entenderlo. Por supuesto que no descarto la existencia de otros modos de leer. El mundo es un lugar inmenso, con espacio para todo tipo de personas haciendo cosas interesantes y válidas, pero supe entonces que eso no era para mí y que no podría mantener una vida de mirar a los libros de ese modo.

—Ahora que mencionas a Faulkner: hemos hablado a veces de gente a la que lees con devoción. Pienso en Anton Chekhov y en William Trevor. ¿Me puedes hablar de otras influencias?

—Esos son dos importantes. Las historias de James Joyce ejercieron también una influencia poderosa en mí; Flannery O’Connor… Es curioso cómo vuelves a ciertos libros en momentos diferentes de tu vida y se transforman en cosas diferentes. Había leído Ana Karenina en mi adolescencia. ¿Qué sabía entonces? Acabo de releerlo hace unos meses, antes y después de que naciera Noor. ¡El poder de ese libro me dejó barrida! Recuerdo las escenas del parto de Kitty y pensar: esto es la vida, esto es el universo… Tolstoi ha escrito algo que será relevante y significativo mientras existan seres humanos. Es el tipo de cosas que no puedes entender a los diecisiete años. Por eso te digo que mis influencias cambian con el tiempo. Hace veinte años no lo habría considerado a él. Ahora lo leo y pienso en el poder de la escritura; esto es lo que la gran literatura puede conseguir.

—Cuando le preguntó por autores en español, rápidamente cita a García Márquez.

—Es un gigante. Sus novelas son hermosas y entrañables. Aunque recuerdo de modo especial haber leído sus historias en la época en que yo estaba tratando de escribir las mías por primera vez. Todavía tengo ese libro, aunque ya no queda nada de las tapas. Leí esas historias al derecho y al revés porque me parecían tan puras… Su escritura era extremadamente depurada, pero nunca desapegada. Había siempre una luz vibrando en cada frase. Y al mismo tiempo, aséptico, pero no frío. Adoro esa combinación en su escritura. No me gusta la escritura muy ornamentada. A veces resulta interesante, pero mis gustos me llevan ­hacia una estética más reducida. Por eso creo que son extraordinarias.

—Incluyo a Pessoa también ¿no?

—¡Claro!

Responde entre risas. Jhumpa y yo nos conocimos en el otoño de 1993, cuando los dos éramos estudiantes de doctorado en Boston University y coincidimos en una clase sobre el poeta portugués que enseñaba otro entrañable y sabio poeta portugués: Alberto de Lacerda. Ella y yo éramos los únicos estudiantes inscritos en la clase, y tuvimos a Lacerda y a Pessoa sólo para nosotros durante cuatro meses. Uno de esos lujos que justifican la fama de las universidades americanas.

—Pensar en Pessoa y en su compleja obra me lleva a otra cosa: ¿cuál es la fuente más poderosa para tu escritura: la vida o la literatura?

—Para mí, escribir y leer son actividades que están ligadas inextricablemente. Empecé a escribir cuando empecé a leer, imitando lo que leía. Creo que, si no me hubiera sentido profundamente conmovida por ciertas obras literarias, nunca habría escrito. Estoy hablando por ejemplo de leer a Shakespeare. Mi mundo cambió cuando lo leí en la universidad y empecé a entender, aunque sólo fuera un poco, lo que él estaba tratando de hacer. De algún modo, mi preparación académica fue una gran ayuda y hasta una bendición, porque me acercó a libros con la capacidad de alterar tu vida. Sin esos modelos, sin entender lo que la palabra escrita puede llegar a conseguir, creo que nunca lo habría intentado.

Pero también hay algo más allá de la lectura, algo más personal. Está la necesidad de expresar o entender o desarrollar ciertas ideas sobre tu experiencia privada y personal como un ser humano. Así, que supongo que ambas.

—En uno de los fragmentos más citados de El buen nombre, Ashima, la madre de Gogol, “está empezando a descubrir que ser un extranjero es como un embarazo para toda la vida, una espera perpetua, una carga constante, un sentimiento continuo de desvalimiento. Es una responsabilidad continua, un paréntesis en lo que una vez había­ sido una vida ordinaria, sólo para descubrir que esa vida previa ha desaparecido, reemplazada por algo más complicado y exigente. Como el embarazo, ser un extranjero, Ashima cree, es algo que provoca la misma curiosidad en los extraños, la misma combinación de lástima y respeto”.

Quería preguntarte sobre las diferencias generacionales en las reacciones a tus libros. La generación de tus padres, la tuya, la de la gente en la universidad ahora…

—Hablas específicamente de las generaciones de inmigrantes indios, ¿no?

—Sí, de gente que de un modo u otro comparte tu experiencia personal y la de tu familia.

—Es interesante que todas las generaciones parecen haber apreciado que haya puesto en palabras situaciones y circunstancias que habían asumido que nadie podría entender. La experiencia del inmigrante tiende al aislamiento y hay ciertas cosas que te ocurren cuando eres un inmigrante, o el hijo de uno, que no puedes explicarle a la persona media que no conoce ese mundo. Por ejemplo, he recibido cartas de lectores y recuerdo una reciente de una mujer joven de origen indio, como yo, y me decía: “Sabes, después de leer tu libro, por primera vez le pregunté a mi madre cómo había sido para ella llegar a este país, y cómo fueron sus primeros días”, porque en El buen nombre hablo un poco de la llegada de Ashima y de cómo lentamente se va adaptando a las nuevas circunstancias. Cuando leo una carta como esa siempre pienso: bueno, es magnífico si mi libro puede conducir a ese tipo de comunicación entre padres e hijos, porque pienso que esas son las cosas que pueden realmente separar a las generaciones de inmigrantes: la falta de entendimiento, el enfocarse sólo en las diferencias y no pensar que las cosas debieron haber sido muy duras para ellos. Se trata de dar a nuestros padres un poco de crédito por las cosas que han hecho, en lugar de enfocarnos en las cosas que no pueden darnos.

De la generación de los padres oigo cosas similares. Muchos se me acercan y me dicen: “Esta es nuestra vida. Estos son nuestros hijos. Estos éramos nosotros”. Creo que el modo en que escribí el libro hace relativamente fácil que la gente se sienta reflejada, a pesar de que es la historia de una familia específica.

—Claro. Cuando el libro empieza estamos en India, en el entorno compacto que dan la familia, la tradición, el arraigo. Cuando el libro acaba estamos en Nueva York al lado de Mogol / Nikhil, abandonado por su esposa. ¿Es accidental, o es el precio que se paga por querer ser una persona moderna en un mundo moderno? ¿Es una polaridad deliberada?

—Creo que muchos de los personajes en el libro están negociando con la experiencia de la alienación, pero en grados diferentes. La de la madre al principio es una; la del padre, que sobrevive a un accidente en el que podría fácilmente haber muerto, también le marca para siempre. Como humanos, hay múltiples experiencias que nos marcan y cuando son profundas también pueden enajenarnos. Me parece que Moushumi y Gogol están bregando con la alienación a su manera. Son un poco lo mismo: dos mitades de la misma persona que fueron en direcciones diferentes. Pero realmente no pensé en esas cosas cuando escribía la historia. Simplemente, estas cosas pasan. Es la vida ¿no? La gente se casa, se muda, inmigra, se divorcia. Esas son las cosas que pasan en la vida. No es que pensara de un modo estratégico.

—Tienes lectores en todo el mundo. Para muchos escritores imaginar al lector ideal es probablemente más fácil que para ti. A ti se te lee en India, te lee la diáspora del sudeste asiático y seguramente la mayoría de tus lectores no pertenecen a tu misma cultura. ¿Tienen reacciones diferentes a tu trabajo? ¿Cómo ves a tu lector ideal?

—No pienso en ello. No pienso en nadie específico leyendo mis libros. Siempre escribo para mí. Lo que hago debe tener sentido para mí. Y sí, me hacen esta pregunta muy a menudo y no sé cómo explicar que aunque sé que eventualmente hay un lector, es muy reciente para mí publicar lo que escribo. No es que piense que soy una persona en una cueva que escribe algo que nadie lee. Pero escribir es un acto tan privado y solitario… Y aunque hay un aspecto público que conozco, porque ya he publicado dos libros, me sigue pareciendo que no escribes para una audiencia: escribes solo. Y además, he escrito durante mucho tiempo sin ningún tipo de reconocimiento, lo cual es normal, absolutamente normal. Creo que una vez entiendes qué es escribir, las cosas no cambian. Y la atención pública no puede cambiar lo que haces, la esencia de tu trabajo.

—Pedro Almodóvar ha sido un promotor entusiasta de Jhumpa y su escritura. De ella ha dicho: “Como los personajes en sus historias, los padres de la autora nacieron en India, pero son castellano-manchegos para mí. […] Este es el tipo de literatura en la que me gustaría basar una película. Me encantaría ser capaz de escribir historias como las contenidas en esa joya llamada Intérprete de emociones. Historias simples y sutiles sembradas con sentimientos inesperados como un campo de minas”.

Con todo, parece que va a ser Mira Nair, la directora india asentada también en Nueva York (“Salaam, Bombay!”, “Mississippi Masala”, “Monsoon wedding”) quien se lleve el gato al agua. Ya tiene lista El buen nombre, que se ha filmado en los Estados Unidos y en la India y que se estrenará el 3 de noviembre.

Y ¿cómo te sientes acerca de la película?

—Bueno, ha sido una experiencia asombrosa ver mi libro reencarnado por otra persona. No sabía cómo iba a sentirme al respecto, pero Mira tiene algo especial. Siento tal conexión con ella… Ha tomado algo que es mi sangre y mi carne y lo ha convertido en su propia sangre y carne, y esa es una situación a la vez tensa e íntima. Tu trabajo es como tus hijos, estás conectado a él de una manera visceral. Y el que ella lo haya hecho suyo de una manera tan intensa y lo haya trabajado tanto me hace sentirme muy cercana a ella y muy entusiasmada al mismo tiempo. Quién sabe cómo va a quedar, pero de alguna manera, no me importa, porque he visto en ella tanta pasión, devoción, compromiso, respeto por la historia y entusiasmo que eso hace que sea ya una experiencia fascinante.

—Y ¿has participado en el guión o en la selección de actores?

—No. No he participado en el guión. Me enseñó un par de borradores, eso es todo, pero creo que ha hecho un trabajo excelente.

—Imagino que van a tener una escena con el accidente de tren en la película. Esa es para mí una de las escenas más poderosas del libro…

—Sí, sí. Hay un descarrilamiento de tren, pero yo no he tenido mucho que ver en eso. Aunque digo una frase en la película…

—¿Ah, sí? ¿Sales en la película?

—Sí —y ahora habla con voz exagerada mientras gesticula cariñosa a Noor, que acaba de despertarse en su regazo— y mis hijos y mis padres y mi mentor (Leslie Epstein) aparecen en la película. ¡Toda la familia en la película! —dice rozando con su nariz la de su hija, que ríe a carcajadas.

—¡Qué maravilla!

—Sí. Lo ha hecho muy personal, casi como un álbum familiar

—Y los actores ¿son famosos?

—Los padres son dos actores indios muy conocidos y el papel de Gogol lo va a hacer Kal Penn, que se está haciendo muy popular ahora; va a actuar en una película de Superman que saldrá este verano y ha participado en otras. Es magnífico, un americano de origen indio que es actor, y no hay muchos…

—Bueno, seguro que en la próxima edición del libro te van a colocar a los actores en la cubierta. ¿Qué vas a hacer?

—Si lo hacen, ¿qué puedo decir? Este es el tipo de cosas que pronto aprendes que no puedes controlar.

Jhumpa tiene razón. Para mantener la cordura y seguir siendo escritora en este mundo nuestro donde los libros son productos que se venden o textos que se desconstruyen, lo que nos redime es la angustia del creador ante la página en blanco y el entusiasmo del lector ante la escrita. La vieja y poderosa pasión por escribir y por leer. Cuando regreso a casa y hablo con una profesora de literatura de mi universidad de mi viaje reciente a Nueva York y de mi entrevista, me comenta que ha leído los libros de Jhumpa con devoción y que en momentos en que la aridez del análisis literario le cansaba, con ella y sus libros recuperó el placer de la gran literatura. Me pregunta cuándo va a sacar algo nuevo. Cuando le respondo que está de baja maternal, frunce el ceño contrariada: “¿Así que no está escribiendo?”. La angustia del lector ante la página en blanco…


Una respuesta to “Jhumpa Lahiri. Intérprete de emociones”

  1. TIERRA DESACOSTUMBRADA « Club de Lectura Biblioteca La Calzada:

    […] Leí   hace  poco  dos  libros  de  relatos  cortos  de  una escritora  americana originaria  de  la India llamada Jhumpa Lahiri.  Uno  es  Tierra desacostumbrada y el otro Intérprete de emociones. […]

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