Autor: 31 Enero 2006

Rudyard Kipling: El himno de McAndrew y otros poemas
Edición de José Manuel Benítez Ariza
Renacimiento, Sevilla, 2006

Desde 1993 viene José Manuel Benítez Ariza ocupándose en traducir al castellano la poesía de Rudyard Kipling, primero en la antología Poesía inglesa del siglo XX (Llibros del Pexe, 1993) y más tarde en el volumen Poemas (Renacimiento, 1996), reeditado y ampliado en 2002. Ahora, El himno de McAndrew y otros poemas viene a culminar ese esfuerzo, con la pretensión, según el traductor, de “superar el carácter ‘impresionista’ de las muestras anteriores y ofrecer una panorámica más clara y mejor documentada de la evolución de Kipling”. Además de añadir nuevos textos, Benítez Ariza ha reordenado el conjunto y agrupado los poemas según criterios cronológicos más estrictos. El resultado es un completo recorrido por todas las facetas de la poesía de Kipling, desde la paródica y costumbrista (“El diputado Pagget”, “Mi rival”…) a la deudora de las canciones tradicionales (“La balada de amor de Har Dyal”), pasando por la moralista, la circunstancial, la elegiaca o la dramática. Kipling fue muchos poetas en uno y jamás dejó de evolucionar, al compás de un mundo que también cambiaba, vertiginosamente.

Porque el autor de El libro de la selva, nacido en los imperios británicos del Este, asistió al resquebrajamiento de esos imperios y nunca rehuyó pronunciarse, en prosa o en verso, sobre los conflictos de su tiempo. Benítez Ariza, en la introducción de El himno de McAndrew, no intenta redimir a Kipling de su fama de reaccionario (encendido apologista del poder colonial) pero sí hace notar que “acertó más que otros” en sus observaciones políticas y sociales, prediciendo las guerras que habrían de devastar Europa, la segregación racial en países como Sudáfrica o los odios religiosos en la India. Fue la de Kipling una visión de la Historia concebida como conflicto moral y alegoría del drama cristiano de la salvación. Y si mostró un notable escepticismo hacia el progreso material no templado por valores espirituales, también experimentó la fascinación del maquinismo. La modernidad y lo sobrenatural se encontrarán por fin en poemas como el que da título al libro, “El himno de McAndrew”, oración puesta en boca del fogonero de un vapor.

Pero si el sentimiento de responsabilidad colectiva resulta central en Kipling, también los destinos individuales merecen su atención, como sucede en los “Epitafios de la guerra”, y su cosmopolitismo no está reñido con el amor al terruño y la añoranza de una vida sosegada en la naturaleza (“Sussex”, “El camino que atravesaba el bosque”). Tampoco el sesgo coloquial y humorístico de muchas composiciones (“Un virrey deja el cargo”) impide la aparición de temas legendarios con un fuerte regusto épico (“Las runas de la espada de Weland”, un poema realmente borgiano). Hay que insistir, por tanto, en la variedad de notas y registros que toca esta poesía, emparentada con muy distintas tradiciones. Kipling contribuyó a abrir, a su modo, muchos de 
los caminos que recorrería 
la poesía europea en 
el siglo xx.

Respecto a la traducción, el mismo Benítez Ariza confiesa no haber sido enteramente fiel al autor, incluso habérselo “apropiado”: “El Kipling que se presenta aquí es, necesariamente, un Kipling filtrado por mis propios recursos de poeta […] Estas traducciones son, por lo que a forma y dicción respecta, poemas míos”. Cabe llamarles pues versiones, recreaciones que intentan parecer poemas originales aunque para ello tengan que prescindir, conservando la médula, de algunos rasgos que para el purista serían esenciales: la rima, la melodía, el empaque retórico… Benítez ha logrado algo más importante: que Kipling suene rigurosamente contemporáneo. (Se echan en falta, no obstante, los textos ingleses, que sí contenían las ediciones de 1996 y 2002.)

Excelentes y, a pesar de sus “traiciones”, paradójicamente fiables son estas versiones. En algún caso no ha logrado el traductor conservar el pulso emocional del poema (“Nana de Santa Helena” sería un ejemplo) y tampoco faltan construcciones discutibles (“No lloradme”, comienza uno de los “Epitafios de la guerra”). Pero son las excepciones en un trabajo de recreación mucho más que notable, que nos devuelve con toda su vigencia y frescura, como si fuera nueva, la obra de un gran poeta de hoy y de siempre.

José Luis Piquero


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