Autor: 2 Enero 2009

Fernando Sánchez Alonso

Quien llega al Hades no iniciado y sin haber cumplido los ritos, yacerá en el fango; pero el que llega purificado y cumplidos los ritos, habitará allí con los dioses.

(Platón, Fedón 69 c)

Todo irá bien. No te preocupes. Ya te contaré cuando vuelva.

Inclinado sobre el hule, sobre aquellos cuadritos que no terminaban de sugerir domingos de tortilla de patatas y moscas en el campo, Manuel separó la caperuza del bolígrafo, se sujetó el labio con los dientes para ganar tiempo y comenzó a apoyar las palabras encima de la delgada línea azul del cuaderno. Poco a poco, en los trazos firmes se fue formando, invisible casi y sin querer, un deseo o una esperanza: la de ser bendecido por ella cuando despertase y leyera.

Pensó en Sara, en la curva de su cadera izquierda dibujada en la sábana, y miró el día que aún no había nacido en la fecha del calendario: 15 de julio, festividad de san Buenaventura, luna en cuarto creciente. Después se frotó uno contra otro los pies descalzos bajo la mesa y dejó que la ceniza del marlboro siguiera creciendo en la punta del cigarrillo y el humo deshaciéndose contra la lámpara, interponiéndose entre la taza de café y la chimenea, todavía con un vago olor a hollín de invierno en los ladrillos rojos.

La noche anterior, aturdido por el insomnio, había bajado las escaleras y colocado el libro de Mircea Eliade bajo la luz de aquella misma lámpara, en medio de un silencio que parecía nacer de allí, de la cocina, y extenderse por todo el pueblo, acechando en los soportales del ayuntamiento, en el campanil de la iglesia, en la esquina de la plaza en que temblaba el fulgor de una bombilla, en el barro endurecido por el riego de las mujeres en los zaguanes al atardecer, en la mirada alumbrada de astucia de los gatos. No había un alma en las calles y Manuel estaba allí, insomne, nervioso, leyendo; por tanto ni él ni nadie pudieron ver que aquel silencio como de antes del mundo salía del pueblo por el aserradero de Marcel, transponía trigales y almendros hacia el oeste, entraba en el bosque de El Pego y se acurrucaba, tranquilo y espesándose, en aquel calvero en que, horas después, por la mañana, Manuel iba a encontrárselo dentro del círculo que trazaría con una vara de pino manchado aún de resina.

Pero el silencio todavía no ha llegado allí. El silencio está con él en la cocina, preparándose, asomándose. Nada se oye, ni siquiera el grito del autillo como todas las noches en el soto del Guareña, ni el gañir de un perro medio loco y sin amo que saliva quejas diarias contra la luna. Por eso a Manuel lo asustó tanto el sonido rugoso del lápiz al hacer una marca en el margen del libro como lo que había leído: «El novicio emerge de la dura experiencia dotado de un ser totalmente diferente del que poseía antes de su iniciación; se ha convertido en otro». Abrió y cerró con fuerza los ojos enrojecidos y leyó otra vez la frase. Luego caló el lápiz entre las páginas y se quedó mirando la chimenea. Y aunque no sabía exactamente qué había pasado, le resultó imposible no unir aquellas palabras con las palpitaciones que notaba justo debajo del logotipo deportivo de la camiseta. Sería mejor irse a descansar, la falta de sueño le presentaba a uno espantos y fantasmas, lo hacía en exceso susceptible y, si se descuidaba, hasta le ponía el acompañamiento musical de una taquicardia.

Así que subió al dormitorio y estuvo procurando no molestar a Sara, cuidándola de las vueltas de su insomnio, buscando inútilmente el sueño entre imágenes de aprensión que parecían surgir, con ahínco y paciencia, de la frase de Eliade. Manuel supo no solo que ya no dormiría en toda la noche, sino que no le beneficiaría seguir en la cama, la nuca sobre las palmas de la mano, imaginando historias y perfeccionándolas una y mil veces contra la pared, destruyéndolas luego con un resoplido o una insolencia, condenado a volver a empezar, hundiéndose un poco más en la inquietud con cada esfuerzo por salir de ella, y así hasta que un claror en la ventana le trajese la fatiga o el final del juego.

Decidió levantarse, pero solo logró tranquilizarse un poco cuando, de nuevo en la cocina, se echó media botella de agua por la cabeza encima del fregadero y abrió las ventanas mientras el café se calentaba en el microondas. Respiró hondo y observó la noche, de pie entre los visillos que agitaba el viento de verano, húmedo de relente. Los sarmientos de los parrales sobresalían por encima de la tapia e inclinaban las hojas dentro de la propiedad del vecino. Debería recortarlos. O tal vez fuera mejor dejarlos como estaban. Entregarse y no intervenir. Confiar y respirar. Curarse de la superstición de actuar. Dejar que el sol deshiciera, una mañana y para siempre, el rocío del propio nombre. Confiar, sí, y respirar. Solo eso. Tenía casi cuarenta años y estaba cansado. Cansado, por ejemplo, de que cada vez le resultara más difícil impedirse la certeza de que el ser humano era una pobre bestezuela estúpida, como uno de aquellos bufones medievales de ropaje gritón, con su campanilla zumbona tiritando en la punta del sombrero, que hablaban y odiaban, adulaban y temían, seguros de sus palabras tanto como del cuchillito de madera apretado entre el cinturón y el estómago insaciable, ávidos de dinero o de poder, pese a que fingieran despreciar los fastos de la corte en que actuaban, orgullosos de su desvergüenza y aferrados como garrapatas al mundo o, al menos, al globo terráqueo que llevaban por costumbre bajo el brazo. Pobres bestezuelas que le inspiraban, alternativamente, desdén y misericordia, y que estarían dispuestas a matarlo si lo proclamara. Hombres y mujeres que se ganaban el pan con dolor, se reían con dolor, parían con dolor, fornicaban con dolor, morían con dolor. Y, sin embargo, una lágrima de ellos bastaba para inundar el mundo y eso los redimía y hacía hermoso el vivir. Sí, pese al cansancio y los años, pese al absurdo, aún quedaban misterios y pureza en la mirada de un niño, en el vuelo del águila, en el cuerpo santo de la mujer, en los trabajos de cada día, en la llama de la última vela, en marcharse y en volver.

Una gota de agua le bajaba a los hombros resbalando por la cicatriz que tenía en la nuca. La taza giraba en el plato del microondas dentro de un resplandor anaranjado que le iluminaba un hilo suelto de la camiseta. Lo arrancó retorciéndolo entre el pulgar y el índice. Se oyó un pitido. Manuel sacó el café, alejó el humo soplando contra el borde de loza de la taza y bebió. Fue entonces cuando supo lo que tenía que hacer. De manera que se sentó a la mesa, frente al bolígrafo y el cuaderno que había cogido del mueble en que descansaba el televisor que ni Sara ni él encendían desde hacía meses, y prendió un marlboro. Poco a poco, en los trazos firmes de su caligrafía se iría formando, invisible casi y sin querer, un deseo o una esperanza: la de ser bendecido por Sara cuando despertase y leyera.

Había tomado una decisión y quería comunicársela a ella, a la única persona a la que quería de verdad y que todavía lo vinculaba al mundo; porque solo él era él con Sara o cuando estaba en el bosque o en su cuarto de lectura o haciendo los ejercicios de meditación y al cabo de unos minutos todo detrás de los párpados se transformaba en un lugar vacío, infinito y radiante, un espacio que, lo sospechaba con alborozo, ya existía antes del mundo y de su nombre, y donde parecía residir otro «yo» que desconocía la agitación y la muerte, la maldición de la felicidad y la pena. Y allí, cerradas a cal y canto las puertas de los sentidos, absorto en el recinto sagrado del silencio, sin inquietud ni edad ni atributos, seguro y tranquilo en el valle de las serpientes, pasaba horas y horas.

En efecto, solo con Sara o en aquellos momentos él era él. Para los otros únicamente era Manuel, y más de un tiempo a esta parte en que había ido aprendiendo a repetir en su forma de conducirse esa quietud que descubría en sí mismo o en el bosque de El Pego, en los roquedales, en la laguna, y que se prolongaba en sus gestos, a los que les había ido agregando además, sin seriedad ni soberbia, una displicencia alegre y cortés que lo igualaban a un santo, a un niño o a un loco. Cuando volvió a España, algunos aseguraron que ya no lo conocían, pero titubeaban, se confundían, no acertaban a señalar en qué se cifraba el cambio. Quizá, pensaba algunas veces Sara, en que a todo el mundo le daba la razón, y no por delicadeza o cobardía, sino porque ya no le importaban las victorias ni los fracasos. O tal vez la explicación estaba en que, sencillamente, había logrado apropiarse del miedo y lo había convertido en cenizas con que cubrirse el rostro y sonreír de verdad.

Había solicitado una excedencia en el trabajo y había andado casi un año por ahí; primero, en Grecia, donde no encontró a los dioses, ni siquiera cuando, en Eleusis, se tumbó en la cueva que condujo a Deméter al reino de los muertos; luego, en Holanda, donde se engañó creyendo que aún era posible el regreso a la libertad; más tarde, en Perú, donde le dio pavor conocer y por eso se defendió con una sonrisa de buenos modales de aquel vaso de ayahuasca; finalmente, en la India, donde encontró a los dioses griegos sentados en la postura del loto. Pero según le había confesado a Sara cuando le enviaba correos electrónicos desde los lugares más peregrinos disponiendo en las líneas malandanzas y admiraciones, burlas y penas, no había un lugar en el mundo como el bosque de El Pego, como su santuario, que así lo llamaba para sí mismo y para ella sin exageración sentimental ni teatralidad expresiva.

Y del santuario y de un viaje, de pasar allí unas horas bajo el vuelo de las águilas, le hablará en la nota en cuanto termine la primera frase, una nota que Sara releerá una y otra vez sin entender y mostrará primero a la policía para que, tras cinco meses de investigaciones, solo le multipliquen variantes del asombro inicial y empujará después a la desesperada encima de la mesa de un detective a cambio de un dinero excesivo que no tendrá fuerzas de regatearle y una súplica: «Encuéntrelo, por favor». Y el detective, condescendiente y artero, que tenía experiencia en casos como aquel, señora, que no se preocupara.

Todo irá bien. No te preocupes. Ya te contaré cuando vuelva, escribía ahora Manuel en el cuaderno. Al reloj de pared le quedaban diez minutos para las cinco de la mañana del día 15 de julio, festividad de san Buenaventura, luna en cuarto creciente. Debía darse prisa y hacerlo antes de que amaneciera. Respirar y confiar. Algo, no sabía qué, le decía que debía ser hoy. Encontrarse con aquella frase de Eliade no había sido fortuito. Sorbió el café y, antes de apoyar la taza entre los recuadros del hule, comprendió que debía copiarle a Sara aquella línea que tanto le había conturbado unas horas antes y concluir la nota con la palabra sánscrita que figuraba en el interior de sus alianzas de matrimonio: Nãmãsãteã.

Y era verdad que se inclinaba ante su mujer igual que ahora, aunque en un sentido más mundano, se inclina delante de la puerta entreabierta del frigorífico para coger un par de botellas de agua que dentro de un momento introducirá en una mochila junto con un tarro envuelto en papel de aluminio, una linterna, una toalla, una manta y un reproductor de música. Terminará ocupando el maletero del coche una tumbona.

Antes de salir, se permite una última mirada a la nota y se le endurece una duda en la mano, curvada ya en el picaporte de la puerta de la cocina. Inmóvil en el umbral, rebusca en los bolsillos de los pantalones y vuelve a la hoja del cuaderno, a cuyo lado coloca una almendra. Sara lo entendería. Meses atrás, cuando él se extrañó y preguntó, un gurú anciano le explicó en un inglés imposible y afable que en la India las almendras simbolizaban amor y devoción, también hospitalidad, y por eso el discípulo agasajaba a los dioses y a su maestro con una almorzada de ellas. Manuel agradeció la noticia juntando las manos delante del pecho. El gurú entonces removió la tormenta de sus vestiduras, le cogió una mano y le cerró con la suya los dedos. «Toma esta almendra. Así tus dioses siempre estarán contigo».

Son las cinco en punto cuando el coche se detiene en el cruce de la carretera de Salamanca. En el espejo retrovisor, un gallo, encaramado en las bardas de un corral, se agacha un poco y se yergue a continuación sujetando la lengua dentro del alfanje del pico, alargado, empeñoso y firme el cuello para empujar mejor contra la madrugada una queja interminable de viento viejo. Las ruedas patinan un segundo en la cuesta y un alboroto de gravilla se oye en los bajos del automóvil antes de ganar la carretera. A la derecha, el ciprés entre las tapias del cementerio; más allá, separada por la cuneta, peluda de plantas silvestres, la fábrica de maderas de Marcel. Las luces rojas del coche se alejan entre huertas, viñedos, cebadales, maíces y rastrojeras. Dentro de un furor de polvo, Manuel adivina los faros de una cosechadora en la llanada. Imaginó el Guareña al otro lado, protegiéndose entre la chopera. El río, al pasar por allí, adelgaza sus aguas y deja un salivazo de espuma quieta en las orillas, bajo una nube de violeros y soles de atardecida. De niños los dejaban ir a bañarse a aquel recodo y a incordiar a las ranas. Confía y respira, oyó aquella tarde de sus seis años mientras boqueaba con afán y tosía agua. Confía y respira. Solo confía y respira.

Manuel detiene el coche, se afirma la mochila a los hombros, sujeta la tumbona con una mano y echa a andar pisando un crujido frágil de pinochas, dándole la espalda a la laguna. La claridad del mundo está menos en la media luna del cielo que en el resplandor de la linterna. Unos minutos después, saca el tarro de cristal cubierto de papel de aluminio y estriba la mochila en la base de un pino. Toma una rama, jugosa aún de resina, con la que traza un círculo casi perfecto que acorrala a la tumbona, sobre la que ha dejado el tarro de cristal y el reproductor de música. Manuel respira hondo y se maravilla del silencio, el silencio que estaba aguardándolo desde que se formó horas antes en el pueblo y fue caminando despacito hasta allí, hasta aquel calvero, un silencio ingenuo y sin aprensiones, como si le hubiera sido concedido al bosque y estuviera probándolo, tanteándolo, sin acabar de decidirse a quedarse con él o a lastimarlo con algún chasquido, con el grito de un búho, con un relámpago de liebre en un matorral. Un silencio que coincide con la humildad y aceptación de Manuel.

El viento suena entre los estertores de la maleza, pero él sabe ya que no solo va a renunciar a la manta, sino también a la ropa. Ha comprendido de pronto, con una sabiduría que no nace de las palabras, que la única forma posible de poder entrar en aquel círculo y ser admitido es desnudo. Así que avanza descalzo hasta acomodarse en el asiento de la tumbona. Inservible, fuera del círculo, la camiseta, los pantalones, las sandalias. La luz de la luna es lo único que lleva en el cuerpo.

El tiempo de las apariencias ha terminado. Sabe que frente a él se extiende ahora el puente de la espada. Debe cruzarlo o caer para siempre al río negro y ahogarse, retroceder a la comodidad de las mentiras aceptadas, cargar a hombros con un cadáver, su propio cadáver, convertido definitivamente en un muerto en vida, condenado a alimentarse de los frutos que crecen en los árboles de los cementerios.

Había leído mucho y viajado, sí, y lo habían engañado, lo habían despreciado por ser extranjero, se habían aprovechado de su bolsillo y sus balbuceos en otra lengua; pero la misma violencia, el mismo orgullo, los mismos miedos que había descubierto en los demás y en otras partes del mundo los reconocía en él, y eso era lo único valioso que se había traído de sus viajes. Pero no bastaba. Ni la meditación ni los libros, que nunca supieron explicarle la felicidad o el dolor, tampoco bastaban. ¿La religión? No creía que las aguas que habían lavado a un hombre pudieran lavar a otro y por eso no practicaba ninguna, pero había renunciado a la superchería de suponer, como imponían los dogmas de su cultura, como educaban urbi et orbi los memes de su tiempo, que la muerte acababa con la vida.

Muchas creencias y pocas vivencias. Se vive demasiado en tercera persona cuando uno pronuncia la palabra yo, solía decirle filosóficamente a Sara. Y completaba: del mismo modo que construir una casa no consiste en ir únicamente apilando ladrillo sobre ladrillo, ni hacer el amor en repetir el acto primordial, así tampoco vivir es solo respirar ni morir es dejar de hacerlo.

Confía y respira. Solo eso. Confía y respira.

Y entonces, el tarro apoyado en el vientre, desgarrando el papel de aluminio, manoteando en él sin dejar de mirar la luna cara a cara, consciente de que debía ser así, lentamente, sacramentalmente, se lleva los dos primeros hongos secos de psilocibina a la boca. Aún tomará otros diez más; doce en total, como los meses del año, como los apóstoles, como los trabajos de Hércules, como hacen los indios mazatecos.

Todo irá bien. No te preocupes. Ya te contaré cuando vuelva.

Media hora después, Manuel sorprende un hormigueo en la cara, como un principio de adormecimiento, y una sensación extraña, aunque no desagradable, que va extendiéndose por todo el cuerpo y a la que, tras medirla y compararla, se niega a aplicarle el nombre de ebriedad, o al menos no el de la ebriedad convencional del alcohol, pues se lo impide el saberse más lúcido y extrañamente despierto que nunca.

El silencio, acaba de descubrir maravillado, ya no está entre los árboles, en el azul sombrío de amanecida que se insinúa y comienza a afirmarse despacio en el cielo, sino dentro de él, como si se hubiera retirado del mundo y se hubiera alejado más allá de la creación de los nombres. Y entonces, al confesarse aquello, al sabérselo hondo en la carne, ¡gozo, dicha, arrobo, deleite, eternidad! ¡Felicidad de ser! ¡Destrucción de los mil rostros del lenguaje! ¡Transmutación de lo múltiple en lo Uno! ¡Perfección!

En efecto, destruidas o aniquiladas las palabras en la ascesis del asombro, en las hogueras del silencio, entregado a la contemplación pura de ser, Manuel siente, embelesado el ánimo y agradecido el corazón, cómo se acumulan en él los privilegios del animal o de un dios, porque comprueba con estupor que no depende ya de las palabras para ser feliz o desdichado, que ha deshecho el encantamiento del lenguaje y vive dentro de una alegría tan desnuda como el agua, y balbucea y no entiende cómo ha podido separarse de esa eternidad que debería ser la primera y última.

Confía y respira. Solo eso. Confía y respira.

Y reclinado en el respaldo de la tumbona, ajustados los auriculares, de donde sale un sonido rítmico de poderosos tambores, Manuel advierte que ya no está en sí mismo, sino en los árboles, en los matojos, en la luna, en cada grano de tierra, en cada hombre y en cada mujer, incluso en el asesino y en su víctima, en el reo y en el verdugo, en la puta y en la santa, en el rico y en el pobre, en el oro y en el estiércol, porque todo es hermoso y perfecto y está bien. Porque todo es.

Y entonces respira como nunca ha respirado, levantando el pecho en una inspiración grande de montaña segura y eterna, y ve cómo se rompen las puertas de bronce y se aplastan los barrotes de hierro y se descubre el cuerpo no fuera, sino dentro de la mente, tambores frenéticos, y un espacio dentro de sí que va ensanchándose, tambores, y dilatándose hasta abarcar e incluir después en él no ya a su propio cuerpo, sino al mundo, tambores cada vez más rápidos, tambores frenéticos, a las estrellas y a las galaxias para encogerse después en un punto pequeñísimo, diminuto, casi invisible del que de pronto explota, tambores delirantes, tambores enardecidos, una luz inmensa, blanca y cegadora.

Sí, lo estás consiguiendo, estás atravesando el puente de la espada, avanzando con más seguridad con cada nuevo desgarrón en las manos, con cada grito, con cada gota de sangre que ya no importa, más seguro cada vez, cada paso más lejos de la otra orilla, más lejos de la ropa. Sí, lo estaba consiguiendo, todo estaba bien y aquella luz, sonrió, tambores, un poco más, y ahora una enorme serpiente, la gran pitón, la encarnación de la tierra, enroscada en gruesas raíces de las que surge la vida, toda vida. Y tambores que corrigen el ritmo. Tambores que alteran sus ecos. Tambores que llaman de vuelta.

Manuel abre despacio los ojos. Amanece sobre las copas de los árboles. Detrás de las ramas distingue un águila. Ya no se oyen los tambores ni el estruendo de las aguas bajo sus pies. Manuel sigue avanzando, agarrándose con el vientre al filo de la espada, cada vez más cerca. Comprende de pronto. Ahora lo entiende, ahora entiende aquella cicatriz de nacimiento en la nuca.

No sintió miedo cuando alcanzó el otro lado, cuando llegó a la otra orilla, cuando las garras el águila se hundieron en él, en su nuevo cuerpo y lo alzaron, resplandeciente, ya vacío, ya sin nombre, solo silencio, hacia el sol del este. ■ ■


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