Autor: 13 Enero 2009

Ana María Reviriego

Los grandes ausentes de este viaje serían los libros, yo para no irme huérfana, el último día, como la maleta ya rebosaba y no se podía llevar más, eché mano a la estantería y cogí uno al azar, era el libro de poemas Alas, de Inma Chacón, me pareció un buen título pensando que dentro de dos horas echaría a volar por los aires hasta Singapur, así que lo metí deprisa en el bolso de mano y se vino conmigo. Saliendo de Frankfurt, donde habíamos hecho escala, se me ocurrió abrirlo y me encontré con una foto mía y de mi hijo (al que iba a ver) en Dresde, de espaldas a la catedral y al río, y el primer poema en que Inma le dice a Dulce que se volvió a Vietnam y el segundo regálame Berlín, demasiadas coincidencias para yo no pensar que todo tenía que ver con la buena estrella que preveía para este viaje, a mi cabeza acudieron las palabras bueno y bien, de golpe. Seguro que sería el signo del viaje.

Dispuesta a enfrentar así con ojos buenos este viaje, así salió, es verdad que las alas fueron y vinieron y nos llevaron por muchas islas. En Java, Yakarta era el centro de la estancia, una ciudad caótica, sucia, muestra garantizada del desorden de nuestro mundo, donde uno puede encontrar desde el rascacielos más dorado y marmoleado del mundo, hasta la más ínfima chabola, pasando por toneladas de basura, toneladas de comida, toneladas de ejecutivos y oficiantes extranjeros a jornada completa y millones de indonesios que solo saben que amanece y que el sol a la tarde partirá de nuevo. Todo en la ciudad tiene su agujero negro y su moneda que lo compra y lo vende, nada es de allí y todo es de allí, porque es una ciudad que recoge todo y no tira nada, estercolero y arca de Noé, torre de Babel sin puerta de entrada ni salida, donde caminar puede costarte necrosis de pulmones y quedar tan negro como las sandalias.

Pero allí teníamos el centro de acción y por el medio de miles de motos y muestrario variopinto de carruajes buscamos Lola y yo el café Batavia (antiguo fuerte holandés), un café de artistas, con piano y paredes de madera plagadas de fotos de famosos del cine y la canción, comiendo arriba estuve contemplando un partido de fútbol entre niños descalzos que chutaban con absoluta destreza y gracia, porque seguramente cualquier deportiva Nike hubiera ralentizado con mucho sus pasos seguros.

Acabábamos de estar en el museo de pintura y cerámica de la ciudad, unos caserones con su climatizador y todo (ya en desuso) pero desangelados de personal y sin cuidado alguno, ¿quién hacía allí la limpieza, la revisión de piezas?, ¿sabía alguien si allí las piezas expuestas se mantenían o desaparecían?, algunas piezas exquisitas de porcelana China de la dinastía Ming, como en pena, como acordándose de sus viejas glorias y el polvo, la poca luz (por otra parte acertada, no sufrían por esto las piezas), ¿cuántos visitantes tenían al año? Nosotras estuvimos solas en todo el recorrido, solo nos esperaba al final de los pasillos el muchacho-sereno, cargado con su manojo de llaves, grandes como las de un San Pedro despistado.

De Yakarta salíamos y entrábamos, fuimos a los templos de Borobudur y Perambanán. La cercanía de un amanecer suave, conmovedor en su simpleza, sentados muy de cerca mi hijo y yo, como diciendo aquí estamos juntos, por esta puerta de Asia se nos está abriendo el día, una luz que tardará aún en llegar a donde están los otros de los que nos acordamos, sobre estas campanas del templo que podrían resonar ta mbién en la otra parte del mundo y que en su día se hicieron no para ensordecer con su tañido, sino para hacer más patente el silencio, unas campanas bajo las que un padre le dijo a su hijo que había encerrado todo lo que en el mundo se pudiera desear, para que nunca se separara de él. Borobudur negro, pirámide de bronce y aire.

Y Perambanán acrópolis de templos, en la que encontramos un guía inteligente y mágico que nos explicó en español, los tres estadios de la religión, la religiosidad y la espiritualidad y el significado de la religión hindú. Nieto de cristianos, hijo de padres budista e hinduista y él con la risa cantarina pidiendo que no le pidiéramos elegir entre las religiones, porque la religión hindú y Brahma/Visnu y Siva distinguían muy bien entre esas tres cosas, religión, religiosidad y espiritualidad. Se hizo tarde sobre las piedras de Perambanán y entrevimos allí el ocaso de los dioses.

Claro que en Surabaya los veríamos de nuevo renacer junto a los volcanes de Bromo y de nuevo el día abría sus puertas por los balcones del oriente (¿cómo es posible que aquí todo lo libresco sea realidad?), y las calderas del volcán emergían con su belleza y su amenaza.

Vuelta a Yakarta con las alas desplegadas y entrando en aquellos barrios, por donde yo no sabía si estábamos en una ciudad dejada de la mano de Dios, en un pueblo viejo o en un suburbio dickeniano, un barrio con su madame a la entrada, por una puerta, con sus barreras de cierre por otra, con su jefe de barrio al que hay que enseñar los pasaportes, ¿he dicho ya que Yakarta es una ciudad sin servicio de basuras ni alcantarillado? y ¿cómo viven allí veinte millones de personas?, es cuestión de filosofía: todo está hecho en el mundo, es tonto inmutarse, tampoco Sísifo lo hacía, siempre volvía a coger la piedra y comenzaba de nuevo a subir a la cumbre, se sale a la calle y se contempla la calle, se tiene hambre y se come, se siente uno cansado y se duerme, no hay horarios establecidos, no hay obligaciones obligatorias, no hay prisas. Sobre todo no hay prisas, no hay ambición, no hay pérdidas por tanto, porque nadie atesoró (los occidentales viven en sus burbujas y se tapan los ojos para lo demás, que es casi todo y los chinos que manejan dinero, lo hacen como los contadores de monedas, meros cajeros), de resultas no hay dolor, todos sonríen, admirable su sumisión a los hechos, pero rabia por ese poquito de rabia que siquiera les falta a ellos.

Estábamos invitados a una boda, algo expectantes acudimos a ella, lástima que nos perdimos el desfile de invitados y llegamos ya al bufé, los chicos de la embajada y demás amigos de Dani, contentos de vivir en aquel país donde «al blanco» se le reconocen sus derechos al mirarle a la cara. Todo eran flores y jarrones helados para la fruta, cortinajes, techos de cinco metros, proporciones ciclópeas y mucho rosaglasé, chocolate sobre azúcar como en cualquier otra boda del mundo, en la que cambiando la frase de Tolstoi podría rezar: «Todas las familias del mundo se casan de la misma manera, se separan luego cada una por su cuenta», con Carolina, la lectora de español hablé sobre esta frase de Tolstoi y otras cosas de amores que ocurren en Yakarta —cualquiera lo diría— como en cualquier otra parte del mundo; mientras los chicos recogían rosas para Isa que no había podido ir, con rosas sobre pasteles y velas llegamos a casa a las tantas y eso que por la mañana salíamos hacia Medán, otra vez las alas y volando a 1800 km de Yakarta, a la isla de Sumatra.

Medán que parece desván con sus hoteles de lujo entre cachivaches, ratones y techos de mezquitas. Nos hemos acercado al parque, lo que parecía parque con estanque al fondo, y nos hemos sentado en una mesa roñosa y desgastada por la humedad y hemos contemplado el estanque sucio, roñoso también y han venido a preguntarnos si tomábamos algo y hemos pedido un zumo de papaya y agua, que no sabíamos si beber u ofrecérselo a neptuno o a Poseidón para que lloviera o infundiera un poco de ira sobre aquella parsimonia, que no mueve ni un dedo por mejorar lo que tiene a su alrededor.

Pero ya era tarde de nuevo, allí se pone el sol todos los días a las cinco y media, casi trece horas después de que amanece, un día tras otro; ya era tarde y nosotros nos teníamos que levantar de nuevo a las cinco para coger otro vuelo e ir a la isla de Nías, una de las más occidentales del archipiélago, a la que rozó el Tsunami del 2005.

Nos alojamos en unos apartamentos de la Sorake beach, una playa elegida por los surfistas por los bucles y los rizos de sus olas, hasta allí llegan franceses, australianos, americanos, para hacer su deporte (caprichos que tiene el mundo, a otros les gustaría siquiera reunir el importe de tal billete a lo largo de su vida), la gente de allí, no sé si por revistas, o por lo que cuentan los que allí llegan o porque ha tratado de ¿acomodar? unos cuantos enseres al modo de lo que nosotros entenderíamos por apartamento en la playa, y el resultado es de película, ¡ah pero aquí no es un dicho!, suelos de plástico sobre cemento, apartamentos palafitos sobre chiringuitos de playa con hules en las mesas, sábanas rosas… pero si todo eso uno lo tamiza y lo filtra, ya que a fin de cuentas solo son cinco o seis apartamentos y es fácil obviarlos, estaríamos hablando de unas playas vírgenes, donde el hombrecito del pueblo sale del mar con su barca y trae unos cuantos pececitos que los ensarta en un junco y te dice si se los compras para cenar, en una playa donde las aguas te despiertan con su ritmo, ritmo que no ha parado de sonar en toda la noche y hacen bailar a las palmeras de los acantilados y nos dejan que cojamos muchas conchas y hagamos carreras de cangrejos ermitaños.

No hay libros pero los surfistas que estuvieron antes que nosotros en el apartamento, habían dejado varias revistas francesas donde me leo varios artículos sobre el peligro de los móviles y su tutela diaria junto a nosotros, fonodependientes. Yo no me he llevado móvil, sí lo tienen los que giran a mi alrededor, algunos dos, yo vivo feliz todo me lo solucionan.

Han llegado Yoga (un profesor de universidad) y un nativo, van a servirnos de guía mañana, participamos en un programa de turismo que ha planteado por aquí la Unesco para que estos pueblos reciban una donación por admitir el turismo en sus aldeas y ellos les hagan ciertas muestras de su fol­klore, de su artesanía, de su gastronomía y no tengan que abandonar sus costumbres (lo que aquí denominaríamos «turismo sostenible»).

Nos llevarán hasta un punto donde podemos ir en coche y luego tendremos que andar una hora por la selva para llegar a Hilinawalo Fa’u village. Como está tan sereno hemos ido a dar un paseo por detrás de las chozas donde estamos alojados, miramos al cielo desorientados sin la referencia de nuestra osa mayor, sin situar otras constelaciones, pensando si estamos viendo lo mismo que tal vez ven por nuestros lares, enseguida nos damos cuenta de que por allí serán las seis de la tarde y que las estrellas aún no han asomado, pero hay algo en el cielo que nos subyuga y nos hace sentirnos a todos redimidos y cobijados bajo un techo, como la capa de un mago.

Y por la mañana andando por la selva por unas rutas empedradas como las vías romanas, descendiendo por las bosi bawag Öli —escaleras de piedra— entre árboles que tapan el sol, hasta llegar al pueblo de Asterix y Obelix —igualito— Hilinawalo Fau, una calle ancha empedrada —ewali— con las lanchas de piedra -iri newali-, unas casas de madera enormes como barcos, sobre pilares y rematadas por un enorme tejado de paja, lástima los que ya han sustituido esa paja por uralita, nos recibe el jefe y enseguida se acercan dos chicas y nos cogen a cada uno para llevarnos al centro del poblado (al Omo sebua, la casa del jefe) donde se conservan la mesa de ritos y los sitiales de sentarse, este pueblo es reconocido como cortadores de cabezas, no hace tanto tiempo que este lugar fue espectador de alguna cabeza cortada, al sentarme me sobrecoge la sola idea, no obstante el jefe va diciéndole cosas al guía que se las dice a yoga y que este nos traduce al inglés, nos dan la bienvenida y nos reciben como a amigos, van a hacer una danza (Faluaya y Maena) para mostrarnos su música, primero nos entregan una pequeña planta envuelta en una hojita que ellos mastican y que les vuelven los dientes rojos y con el tiempo negros, nosotros desconocedores, uno lo mastica, otro se lo pone en la oreja y otros lo guardan, pero luego lo pierden, no supimos si tenía efectos alucinógenos o al menos eufóricos, para luego danzar, saltar sobre las piedras —el Hombo Batu— que es una de sus especialidades, aquí se entrenan los guerreros «para saltar sobre las murallas fortificadas de las aldeas rivales». Después de la danza, vienen los jóvenes y nos hacen una demostración de estos saltos mientras los demás corean «¡vivas!» y nosotros nos quedamos con la boca abierta, pues no sabemos si aplaudir es allí lo indicado.

Tras estos rituales, nos dejan que vayamos por la aldea y hablemos con la gente, al ir hacia el final del poblado —final de esa enorme calle— dos de las chicas que han bailado se acercan a nosotros y nos invitan a pasar a su casa, nos presentan a su madre, hermanos, se llaman Ita e Iana, ellas son amigas, hablan algo de inglés, su casa es un espacio abierto sin más mobiliario que una alfombra y un banco junto a la pared, del techo cuelgan algunos útiles de cocina y varios tambores, al fondo una pequeña mesa donde veo los primeros libros de todas las vacaciones, les pregunto si leen o escriben y me dicen que son maestras de niños pequeños en la capital de la isla, entonces me enseña unos cuadernos que ponen Unicef y quiere regalarme uno para que vea lo que hacen ellas con los niños, lo miro con atención, parecen copias del alfabeto para aprender a escribir y pequeñas cuentas, en alguna aparecen tantos por cientos, que me sorprende, pero le digo que ellas necesitan más esos cuadernos y que no puedo aceptar ese regalo, (hoy no sé si me arrepiento por no habérselo cogido), a pesar de haber estado hasta entonces teletransportados en el tiempo, de repente brota la chispa y ellas nos dan su e-mail, que tienen desde la escuela, prometemos mandarles unas fotos. De regreso Koba, el guía nativo ( Yoga, el profesor, ya se ha marchado) nos lleva a otra aldea Bawomataluo (voy anotando nombres en la pequeña libreta que se va llenando) y salen a nuestro encuentro los niños y los hombres con la artesanía en la mano, para que le compremos, bolsos tejidos con palma, collares, tallas de madera, vamos sorteando como podemos sus ofertas y al final, en una casa-tienda —Omo sebua— compramos unos instrumentos musicales de caña de bambú, unos collares de madera como los que llevaban al cuello los guerreros para defenderse de posibles mandobles, y una medida de arroz, un cazo de madera hecho de una sola pieza, con el símbolo de estas aldeas «el lagarto». Koba nos vuelve a mostrar la gran piedra volcánica que está en el centro de la calle, que es la piedra de los sacrificios. Los niños siguen rodeándonos, atisbo entre sus gestos, por primera vez, algo de competencia desleal, bien me creo que nuestra enseñanza del comercio les ha infundido este mal.

Cuando regresamos de nuevo, subiendo por estas escaleras empedradas, la luz cae atornasolada entre las ramas y la gente nos mira pasar, los niños dicen adiós con empeño. Soy consciente de estar dejando atrás algo que solo he entrevisto como por entre una puerta desde muy lejos, pertenecemos a un mundo distinto. Para salir del atolladero me veo de vez en cuando de la mano de García Márquez, que sería capaz de describir estos mundos con su irrealidad dando cucharadas a la realidad y de darle la vuelta como quien se la da a un guante, sin quitárselo de la mano.

Las alas timoratas y precarias de Merpati nos devuelven desde la isla de Nías a Sumatra, llegamos al parque natural de Gunung Leuser, una reserva de selva primaria, los alojamientos nos reciben con sus lagartos incluidos, sus ranas saltarinas y sus arañas, ¡no dramaticemos!, los bichos está claro que entran en el pack.

Estoy observándolos, suenan los primeros truenos y amenaza llover, Isa tenía razón, puede que nos caiga por la noche un diluvio de los de la selva, las ranas habían venido a decírnoslo hacía media hora y no les habíamos prestado atención, los rayos disparan su potencial, voy entendiendo el lema de Indonesia, que aparece en símbolos, guías y monumentos, «Unidad en la diversidad» no sé si fue pergeñado política, económica o culturalmente, pero en cualquier caso se me presenta ahora como lleno de acierto, trato de contemplar como cae la lluvia desde el porche de nuestro alojamiento, mientras los demás se han ido a cenar, ayer en los poblados de Nías, luego en las playas de Sorake y ahora esperando adentrarnos mañana en la selva para ir a ver a los elefantes.

Día 5 de agosto: día grande / día de los elefantes. Pensé que podría tratarse de un timo para turistas y que llegaríamos allí y veríamos cuatro elefantes hambrientos, que nos darían una vuelta alrededor de cuatro árboles para que quedáramos como los niños, contentos de haber montado en los caballitos, pero lo que nos encontramos fue algo sorprendente, como casi todo en este viaje.

 

Partimos de la reserva con un jeep destartalado que se nos antojó que nos dejaría tirados a mitad de camino, pero a pesar de tener que arrancar haciendo puente nos llevó pacientemente, durante tres horas por la selva y por muchos miles de hectáreas de selva talada, donde se cultiva la palma de forma intensiva para hacer el mal llamado «bio»combustible.

Solo viendo esto se puede comprender la anormalidad de nuestro mundo, que tala árboles que han tardado en crecer cientos de años, para plantar unas palmeras que solo durarán decenas y habrá que volver a replantar para insinuar que así salvan al planeta haciendo biocombustibles, con los que únicamente se enriquecen las empresas productoras con una mano de obra, allí regalada, y unas condiciones de producción para los obreros impensables en nuestros países, allí vimos a las chicas, adolescentes, cómo sulfataban los pies de las palmeras para que no crezca ni la hierba alrededor con los sulfatadores de mano cargados a las espaldas, sin mascarillas y sin nada y a los chicos recolectores tirando los frutos al suelo y cargándolos en camiones que tenían la apariencia de ser de la II Guerra Mundial.

El recorrido con el jeep, subiendo y bajando cuestas impensables hubiera sido la mejor odisea camino del encuentro con los elefantes, de no haber tenido que contemplar esta tristeza de plantaciones. En realidad íbamos de un lado a otro de la reserva pero para ir de un lado a otro como la selva fue talada para el cultivo de estas palmeras (hay que repetirlo y gritarlo) hay que atravesar por aquí, si es que no se hace el traslado por el curso del río.

Junto al río fuimos a parar y allí llegaron los elefantes —yo seguía con mi desconfianza—, nos repartimos y nosotros montamos en la elefanta más grande, al acercarse perdí todo mi recelo, sus ojos y su actitud regalaban serenidad, cómo describir la subida y el ascenso a la cumbre de la montaña, cómo describir la bajada al borde del abismo mismo, viendo con vértigo el tajo del río en vertical, sencillamente increíble.

En mi ignorancia, solo había visto los elefantes de los documentales andando por la sabana o ciertamente alguna caminata con los elefantes de la India, pero me parecía que caminaban por sitios llanos, aunque estos fueran selváticos. Pero no, nosotros ascendimos en vertical a una montaña, agarrándonos fuerte para no caer, sólo me salvaba pensar que el guía iba en el cuello del elefante, sin atarse a ningún sitio y dirigiéndole solo con golpecitos de los pies en sus orejas y que si él no se caía, nosotros tampoco teníamos por qué. La elefanta se llamaba Epa y nuestro guía Kliwor, nos acompañaban, Yuni y Sari, dos elefantes más pequeños con el resto de tropa, los elefantes en Indonesio se llaman Gajah y nosotros estamos en el centro de Tangkahán dentro de la reserva de gunung Leuser, el nombre de Tangkahán, me ha llevado a pensar en el desierto de Takla makán, pero esto no puede ser más distinto, tras bajar de los elefantes sus cuidadores nos invitan a bañarlos en el río y nos dan un cepillo para cepillarlos, cuando la elefanta se tumba y le doy unas palmaditas en el lomo, tengo la sensación de que estoy golpeando la tierra, tal es su dureza, pero esta sensación no es desagradable, al contrario, proporciona seguridad y tranquilidad, la elefanta entreabre los ojos como consintiendo con esta sensación, será la misma que tenga cuando al día siguiente nos adentramos de marcha en la selva primaria y veamos los gigantescos árboles, cuando me acerco a uno, cuya copa no alcanzo a ver, su corteza me proporciona la misma sensación que al tocar a la elefanta, tengo la sensación de estar tocando los verdaderos pilares de la tierra.

Nos bañamos en el río, en un paraje impresionante, sobre nuestras cabezas «una espesura toda de verde revestida y llena que por el monte llega hasta el altura» cubriendo y protegiendo al río, con su playa y sus arenas. Era irremediable acordarse de Garcilaso, las ninfas parecía que iban a sacar la cabeza de un momento a otro, y tal vez a su canto llamada llegó una chica desprovista de tapices, pero con un cubo de ropa, una tabla y un niño, todo junto lo puso en remojo. El niño de unos tres años, no quiere bañarse con nosotros, se acurruca entre su madre y la tabla de lavar, ella sonríe y continúa jabonando entre la arena, pienso en Vermeer ¿tal vez hubiera pintado esta muchachita?, su parsimonia, su detenimiento.

El guía se metió también en el río con nosotros, como indicándonos, pero no le prestamos mucha atención, chocaron su deseo excesivo —esclavo— de agradar y nuestra desconfianza hacia la demasiada confianza. Adiós Tangkahán, no quieren que se nos haga de noche en el camino, hay que regresar en ese jeep de nuevo por cuestas y barrancas, hubiera dado lo que fuera por poder dormir allí esa noche, protegidos por la selva, pero nuestro desconocimiento es más amenaza que otra cosa, así que me vuelvo con Garcilaso paso a paso y me llevo en la memoria unas estampas que posiblemente no vuelva a ver nunca más.

Faltaba el último paseo por la selva, aprendí el verdadero valor del silencio, se camina y se observa, es cierto que los libros enseñan en silencio, la selva también, había algunos auténticos castillos medievales en los troncos derribados, testigos de muchas batallas desiguales, ficus abrazados por lianas que los estrangulan, y debajo unas faldas con nesgas y vuelo hasta enterrar sus raíces. Hormigas como ciempiés, mariposas y hojas tridimensionales, con las que uno comprende que el padre Adán bien pudo taparse por completo sus impudicias y todas sus nalgas, y aun darse una vuelta. ¡qué pequeñez la nuestra!, qué sensación de obediencia obligada ante sus columnas de Hércules. Los nativos volvieron a darnos la lección de cada día, hicimos parada en un arroyo para comer, sacaron la comida, arroz y pollo (otra cosa hubiera sido traicionar la expedición) envuelto en sus hojas de palma, como si de cestas se tratase, también los huevos, la fruta, con su cuidado, sin manchar nada, sin precisar nada, cualquiera de nosotros habría necesitado una parafernalia de platos, vasos, tenedores y zarandajas diversas para servir todo aquello. Me acordé de Navokov, aquellas mariposas, aquellas expediciones campestres, la gente silenciosa, silenciosa, silenciosa.

Pero como el tiempo hace lo que las lianas, estrangula tanto las prisas como la calma, abandonamos la selva para ir a Bangkok, desde la estación nos llevan al hotel, está en el barrio Chino, un hervidero de calles, lleno de nuevo de tiendas, bazares, puestos de comida, carritos rebosantes de pescado, nécoras gigantes, frutas, castañeros que asan entre piedras unas castañas redondas y pequeñas como avellanas, coches y más coches, autobuses, tuk­-tuks, gente que pasea, que atraviesa, vuelta al tumulto, aunque airoso, lleno de colorido, como un juego animado de niños. El hotel Sanghai Inn está decorado al modo chino, tenues luces, delicatessen a la hora de decorar la habitación, cojines, muebles lacados, pájaros y flores.

Por la mañana, hemos ido hacia el río y hemos atravesado de una bahía a otra, para ver los templos, las algas cruzaban con nosotros, hemos visto sobre todo Wat Pho, inmenso, interminable, con infinitas piezas de porcelana de juegos de té, el colorido, la variedad, daba a las torres un juego de luces precioso y coronando los tejados, los juegos de espejos, las puertas de taracea. Un Buda detrás de otro, el Buda inmenso echado, el levantado, el de la felicidad, los hombres de piedra que guardaban las puertas y daban acceso a los patios de cada templo, con espadas con borlas, con sombrero. En los patios, Budas en las urnas, tambas con las fotos de gente mayor, gente joven, en algún momento me han recordado a los claustros de los conventos nuestros, en algunas puertas de estas la piedra labrada contaba su historia, como en nuestros capiteles se cuenta la huida a Egipto o el nacimiento de Jesús. Había que descalzarse siempre, esto daba grima, los calcetines se habían olvidado, nada de lo presupuestado he cumplido, he olvidado casi todos los «Danger!-Danger!» y he dejado ser, los suelos, no obstante, están más limpios que las personas en muchos sitios. Lola según subíamos a la torre de los elefantes, que tiene escaleras empinadísimas (aquí lo de la bóveda para las escaleras no se les ha explicado), ha encontrado una lágrima de cerámica amarilla y me la ha dado; me ha emocionado el gesto (como en Wanalou Village al llevarme las mujeres). Luego hemos cogido un tuk-tuk hasta el Wat saket, a punto hemos estado de enredarnos en la trama de ser timados como blancos, por los listillos que te ofertan llevarte a los templos y te embaucan y terminas en tiendas para asaltarte, algo de eso vimos luego en internet, la alarma nos saltó cuando el precio que nos cobraban era la mitad del precio ya rebajado y sin regateo, con ánimo de esperarnos en cada templo que nos bajáramos.

Parece que es una práctica habitual y que los incautos caen en ella, después de estar leyendo las tablillas o tejas, que la gente va dejando en los patios del templo (elegí las alemanas y estuve repasando las gracias que daba la familia de Gudrum y otra que celebraba bodas de plata), aquella picaresca nos devolvió al mundo real, uno de los reales, pues de lo que tiene uno la sensación continua en estos viajes es la de que la realidad se multiplica a tu alrededor y tú tienes que abrir mucho los ojos, para ir enterándote de algunas de ellas, otras irremisiblemente se escapan de entre los dedos.

Todo este tráfago, no podría llevarse sin al menos probar alguna vez los beneficios de un masaje bien dado, así que ya en Tailandia nos dejamos agasajar y adormecer por unos masajes largos y parsimoniosos en los que los cuentos entre Bagdad e Isfahan iban y venían: «El fresco de la mañana / podría sonar tan suave como el toque del arpa, / echaría unas monedas en el sombrero de Harpo Marx, para que tocara una melodía / y lograra atravesar el tiempo. / Puedes perderte en cualquier ciudad y seguir siendo tú / puedes abandonarte también y sentir la soledad del viento / El arpa suena en la distancia».

Los libros me faltan, ayer estuvimos a las puertas de la Biblioteca universitaria o al menos eso ponía, pero los del tuk-tuk nos perdieron entre callejuelas, así que hoy hemos buscado una librería, los libros de narrativa son biografías de los reyes, libros religiosos o pedagógicos, me sorprende que haya toda una estantería explicando métodos de escuela, pedagogía inglesa, el método Montessori, Pestalozzi… el resto, libros de animales, plantas, libros de cocina, finalmente encuentro libros de poesía, son hermosos los versos escritos en la grafía thai, me quedo un rato pasando hojas intentando intuir su música «oscura, silenciosa y quieta» su poesía.

Damos un salto y subimos a Phitsanoulok a Sukhothai, más budas, más dioses, toda una ciudad de templos convertida en parque enorme. La lluvia cae como refresco, el parque se visita en bicicleta, cada uno a su ritmo, cada cual ora y calla lo que quiere, miles de ladrillos conforman las edificaciones, las estatuas, las columnas, parece que en las colinas se encontraron más de mil hornos alfareros, pero la pregunta ronda en la cabeza, ¿qué se hizo el rey…, qué fue de tanto…? aquí está escrita la soledad en los muros derrumbados. Admirándonos de su hechura, un tren gris, destripado en sus asientos, pero con azafatas que nos sirven comida y café, nos traquetea tres horas por la campiña otra vez hasta Bangkok

Pero las alas nos llevan al final a Bali, otros hubieran empezado por ahí, nosotros lo teníamos reservado para el final, la playa es de piedras negras, pero el mar es azul y tiene alas, todo completo en un hotel de auténtico lujo, un balcón sobre este vaivén eterno y su mano abierta, las palmeras hacen de revolanderas leves con sus bultos de cocos en la girola. Es un hotel, que regenta un chico alemán, nada más entrar a «la cabaña» veo sobre las estanterías libros, por fin, son best-séllers en alemán, algún clásico. La perla (muy ajustado a la circunstancia), Julio Verne, policiacos, ¡ah! mi Günter Grass Partos mentales. Grass hace un viaje a Bali, este hombre es un precursor y nunca se lo agradeceremos lo suficiente, en el año de 1980 en este librito G. Grass se pregunta qué haríamos si 1000 millones de chinos nos invadieran y los alemanes se extinguiesen, creo que tiene un tino sabio y mucho antes de dedicarse a pelar y a pintar cebollas.

Los chinos han aparecido en forma de amigos, Sendy es un amigo de mi hijo, amable y risueño, un chino que vive en Yakarta y que nos acompaña a tomar un café al piso 45 de un rascacielos que gira mientras la ciudad se va ofreciendo a nuestros pies, también acude a despedirnos y nos pide que nos quedemos algún día más con su cara de niño chino, de sombra china, enredado en su sonrisa, en sus palabras, mientras el rascacielos ajeno a la gravedad va dando vueltas «Enjoy Yakarta mon amour».

Ya va alargándose el viaje y adelgazándose el número de días, Yakarta queda tan lejos de Bali, que ojalá no la encontremos al volver, pero ya todo se mezcla, mientras cenamos sobre este balcón azul sale la luna, la misma que apareció sobre las alas del avión al venir, los versos del pirata de Espronceda no pudo sino escribirlos para esta ocasión, sobre la costa de Inglaterra, de Portugal o de España, Espronceda vio una luna que así se mecía, pero todo está tan silencioso, que parece profanar la noche el estribillo pirata.

Alguien, sin embargo, viene alarmado y vamos todos a ver qué pasa, son los gecos, están en la habitación, en la paja de la techumbre, azules, verdes, otro hay más pequeño a los pies de la cama, su hijo, la madre se pone a la defensiva cuando nos acercamos, abre su boca roja, y yo me acuerdo de Ferlosio, el chico del hotel nos calma, eso solo trae buena suerte, hay que escucharlos hasta siete veces, ge co, ge co, ge co imita separando las sílabas el ruido que hacen, no lo podía creer, por la noche se oían sus gritos, sus ¿chas-qui-dos?, ya no los vemos, ¿se fueron al baño?, ¿volverán luego?, la mosquitera es hoy más necesaria que nunca.

En el otro libro que cogimos de la estantería las termitas habían hecho su agosto, galerías arriba y abajo, se lo enseñamos al mozo del hotel, se encoge de hombros, es algo más que natural, nos metemos por estas galerías y atravesamos hasta Yakarta, me doy cuenta de que he transitado por muchos sitios encogida, no sé si ha sido autoprotección, pero me doy cuenta hoy, no resistía tanta basura, tanta cloaca oscura.

Toca despedirse, último paseo hasta la embajada, «españoles adieu», pero no, por Yakarta no se puede pasear, es impensable nadar en aquella oscura corriente.

Y ahora sí el arpa de Harpo vuelve a mis manos y esta biografía suya, me arranca siempre sonrisas y despierta el ánimo, hay que ir recogiendo las cosas, caemos en hacer unas compras, como no podía ser menos y entre telas, pañuelos e instrumentos no sabemos qué llevarnos, finalmente me compro unas marionetas de Bandung, a las que pongo las alas y regresan con nosotros en una cajita azul. Al aterrizar en Barajas, después de treinta horas de viaje, vemos llegar ambulancias y nos dicen que ha habido un accidente en las pistas, que nos dejan más atrás, lo dejaron caer como un pequeño accidente… al ir enterándonos de regreso a casa de la magnitud de la tragedia, no podíamos más que dar gracias a estas Alas que nos llevaron y nos trajeron con bien.

Y al final no hubo ausentes, todos me acompañaron, de acá para allá tuve a Dulce y a Inma, los versos de Espronceda quedaron en las playas de Bali, al paso me salía García Márquez para ayudarme a embuchar tantas vainas y jeroglíficos, Günter Grass puso el punto político con treinta años de adelanto, Harpo saliendo como siempre de algún bolsillo, y a Garcilaso lo dejé bajo unos sauces en soledad amena, que andaba trastocado desde que Juan Ramón se lo llevó a Nueva York.

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