Archivo de Julio, 2006

El espejo azogado. Acercamientos en los diarios de vejez de Ernst Jünger

Jueves, Julio 6th, 2006

Vicente Duque

Ahora vemos por medio de un espejo, en enigma; pero después veremos cara a cara.

(San Pablo)

Alguna vez nos asombrará el que los vivos no nos vean, igual que hoy nos extraña el que no llegue a nosotros ningún destello del mundo de los espíritus. Quizá esas dos realidades se hallan muy próximas la una de la otra, pero tienen una óptica diferente, como la cara opaca y la cara brillante del azogue en un espejo…

(Ernst Jünger)

Una especie particular de la muerte

“Alcanzada la edad bíblica”, los setenta años que el Salmo 90 atribuye al hombre, Ernst Jünger comienza la última parte de sus diarios1, escritos bajo el opuesto signo de la presencia y la ausencia —la vida y la muerte— unidas como el lado cristalino del espejo a su lado azogado.

Quien vivió en el vértigo del siglo y en su juventud jamás abrigó esperanzas de llegar a los treinta años, el mismo que partió voluntario a los campos de batalla de Europa para ser herido en catorce ocasiones, el titular de la Cruz de hierro de Primera Clase, caballero de la Orden de los Hohenzollern y poseedor de la distinción suprema, la Orden “Pour le Mérite”, el pensador a quien Walter Benjamín reprochó en su día haberse convertido en el adalid de un pernicioso misticismo de la guerra, vive, ya anciano, en el viejo tiempo de las parábolas, siguiendo el curso de los ciclos naturales, de las sucesivas floraciones y letargos de la vida vegetal. La siembra de nuevas simientes, la poda de los árboles frutales y la maduración de las plantas de su jardín ocupan un lugar muy importante entre las preocupaciones de un hombre que pasa morosamente el dedo sobre su vida “como sobre el filo de una espada” y cuenta las mellas que han quedado, pero que a la vez sabe permanecer a la escucha de las manifestaciones del Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo.

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Palabras resucitadas

Martes, Julio 4th, 2006

Eugenio Fuentes

I

En el capítulo 116 del Libro primero de El hombre sin atributos, el protagonista, Ulrich, critica el frecuente uso que Arnheim —el hombre con atributos— hace de la palabra alma. Su reproche, impensable en el mundo romántico de un siglo atrás, dice así: “El que personas como Arnheim hablen tanto sobre el alma es una simple frivolidad; no tienen por qué, para eso está la religión”.

Con su magna y ambiciosa novela, Robert Musil pretendía mostrar el final del mundo racionalista, ordenado, jerárquico y fiado en unos valores universales de la Euro­pa anterior a la I Guerra Mundial: la transcripción de cómo las certidumbres europeas se derrumban a partir del derrumbamiento del imperio austrohúngaro. Junto a la muerte de muchos otros conceptos que a partir de aquel momento quedaban confusos, también se incluía la inconveniencia de utilizar esa difusa palabra. La palabra alma —âme, Seele, soul, ànima…— se vacía de contenido porque el discurso ideológico, moral y cósmico que la incluía, como un fragmento más, también se ha vaciado.

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Literatura y ciudad

Lunes, Julio 3rd, 2006

Luis García Jambrina

1. los escritores y la ciudad

Como es bien sabido, la ciudad —cualquier ciudad— no es tan sólo un lugar geográfico, un territorio urbano. Es también un espacio literario, un ámbito en el que se funden el mito, la invención y la realidad. No en vano las ciudades las construyen también los escritores, los novelistas, los dramaturgos y, desde luego, los poetas. Son ellos los que las crean, configuran y remodelan, libro tras libro y siglo tras siglo, en el imaginario colectivo de las gentes. Dice la filósofa española María Zambrano que “una ciudad sin escritores queda vaciada de su esencia de ciudad, y aparece como un complejo aglomerado, como algo que puede cambiarse, trasmutarse o desaparecer sin que su vacío se note. Una ciudad sin escritor —añade— es un templo vacío, una plaza sin centro, o quizá con el centro desplazado y puesto al margen, esquinado, para dejar su lugar, todo el lugar, a algo cuyo nombre no está siquiera bien catalogado, algo para lo que, en realidad, no hay palabra”. De hecho, podemos pensar que si los hombres no escribieran no existirían las ciudades. El nacimiento de la ciudad está ligado, de alguna manera, a la invención de la escritura, y su posterior crecimiento y desarrollo es inseparable de la evolución de la épica, que es un género narrativo, y, posteriormente, de la novela. Y, a este respecto, no parece casual que el título del primer gran poema épico griego, la Ilíada de Homero, derive de Ilión, que es otro nombre de la ciudad de Troya, así llamada por Ilo, su fundador legendario.

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De poéticas y famas

Domingo, Julio 2nd, 2006

Pilar Rubio Montaner

El manifesto

Leyó a Caldvell: “Para guardar las apariencias, una o dos veces al año, hay que acudir a una reunión y pasar varias horas en compañía de críticos, autores secundarios y gente que lee libros. Todos ellos hablan una jerga que sólo pueden entender los literatos. Únicamente después de proceder a una purificación de fondo puede uno recobrarse y caminar con la cabeza alta, como un ser humano”.

También él odiaba los homenajes, ese un lugar donde se aplaude a los homenajeadores mientras el protagonista permanece muerto sobre el título de la convocatoria.

Le irritaban los literatos que declaraban en las entrevistas: “Yo he escrito esto y he querido decir aquello”, porque sólo hablaban de su obra en su obra y para su obra, pero jamás se habían desvelado por culpa de un verso.

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La dificultad de decir yo

Sábado, Julio 1st, 2006

Sabino Méndez: Hotel Tierra
Anagrama, Barcelona, 2006

Hay quienes utilizan la literatura para evitarse, para no tener que mirarse directamente a los ojos, quizás porque ya no se toleran o porque el único tipo de intimidad que pueden soportar es con las palabras. También hay quienes quieren observarse de cerca, para compartir sus miserias con el lector. En Hotel Tierra, Sabino Méndez es una mezcla de los dos anteriores. Por un lado, invita a participar de sus lecturas con una frialdad y un distanciamiento bastante llamativos, como si a su alrededor hubiese pocas cosas o personas que le interesasen de verdad; y por otro, relata de una manera más humana, con cierta fragilidad, su deterioro físico después de años de adicción a las drogas. Nada de esto tendría especial importancia si no fuese porque estamos ante alguien que formó parte del grupo Loquillo y los Trogloditas, la persona, de hecho, que escribió las letras de algunas canciones que han acabado convertidas en documentos de una época, himnos para varias generaciones. Llama la atención que un testimonio como el suyo, acerca de un tiempo caracterizado por la euforia, la ocurrencia y la ilusión, pueda considerarse cualquier cosa menos eufórico, ocurrente e ilusionado. Él mismo se dibuja como un individuo que al principio se niega a admitir que tenga problemas para relacionarse con los demás, pero que finalmente reconoce su ostracismo vital, su dificultad para cultivar amistades firmes. ¿Para entender? A lo largo del libro se muestra inmune a casi cualquier presencia o emoción. Sus padres son fantasmas que apenas tienen presencia, incluso sus amantes cobran un relieve muy limitado; ni siquiera la mujer con quien acaba casándose ni el hijo que tiene con ella ocupan un lugar de importancia en esta crónica de soledad y lejanía emocional, de frío. Parece que en mitad de los conciertos la cosa no hubiese ido nunca con él, que sólo los libros, las drogas y en estos momentos la política catalana hubieran significado algo en su vida.

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