Autor: admin 6 septiembre 2009

Manuel Neila

Durante la segunda mitad del siglo pasado, la figura de Friedrich Nietzsche obtuvo un reconocimiento inusual, solo conseguido por Karl Marx y Sigmund Freud, los otros dos «maestro de la sospecha», al decir de Paul Ricoeur. La imagen del filósofo había sufrido tras su muerte una deformación interesada desde el punto de vista político, debido a la intervención de Elisabeth Förster-Nietzsche, cuando menos desafortunada, en la publicación de los escritos inéditos y la correspondencia de su hermano. La edición que Karl Schlechta presentó en 1956 contribuyó a restablecer la verdadera imagen nietzscheana, en contra de las dudas manifestadas por Kaufmann al respecto, mediante la inclusión de numerosos escritos inéditos de innegable interés y la denuncia de las insensatas falsificaciones perpetradas por la hermana del filósofo.

Autor: admin 1 noviembre 2008

Manuel Neila

A finales de los años cuarenta, Juan Ramón Jiménez se extrañaba de que el aforismo, tan popular en España bajo la forma de refranes y sentencias, y tan frecuente en la escritura de algunos clásicos españoles, «no sea semilla propia de más escritores españoles contemporáneos, como lo ha sido y lo sigue siendo en la escritura jeneral europea». Al mismo tiempo, declaraba haberlo cultivado desde sus diecinueve años, es decir, desde el año inaugural del siglo, y reclamaba «la satisfacción disgustora de escitarlo de diferente manera en la escritura española contemporánea». Respecto a la escasa incidencia del género aforístico en la literatura española de su tiempo, no parece que el lírico de Moguer estuviera en lo cierto, a juzgar por el número y la calidad de nuestros aforistas, que a la sazón ya habían hecho públicas algunas de sus obras más significativas. Respecto a su primacía y a su influencia posterior como aforista, solo admite la comparación con el innovador Ramón Gómez de la Serna, que pretendía haber creado en 1910 la greguería, esa suerte de aforismo alado y risueño.

Autor: admin 2 mayo 2007

Manuel Neila

Se puede hacer el tonto en cualquier otra cosa, pero no cuando se trata de poesía.

Michel de Montaigne

I

Desde el romanticismo para acá, la poesía es una suerte de confesión que el poeta emplea para expresarse a sí mismo; es decir, una presentación de la realidad empírica del sujeto individual. Está regida por el principio de una identidad pura, para la cual el poema es ante todo el medio de invocación.

Pero ese sujeto trascendental, heredado de la filosofía moderna, pronto se revelaría incompatible con la realidad empírica e individual de su portador, sometido a condicionamientos sociales que no rige ni controla. Tanto es así que el poeta romántico no tardó en descubrir “le malheur d’être poète”, es decir, la alienación del sujeto empírico respecto a la realidad natural y, consecuentemente, respecto a sí mismo.

John Keats, sensible a este problema, alude al “carácter camaleónico” del poeta, que es “lo más antipoético del mundo, porque no tiene identidad, continuamente está llenando otro cuerpo.” George Büchner va más allá, y ve en la conciencia del vacío la experiencia central del moderno sujeto desdichado.