Autor: 3 marzo 2009

Bruno Mesa

No existe lo imposible: el poema lo niega

Luis Feria

Saber que solo lo efímero nos muestra el sentido preciso de las cosas; que la felicidad es el agua que a nadie sacia; que para estar entero sobre el mundo hay que estar con el hombre, pero también con la tierra, con el pájaro, con el álamo y hasta con la silla y la almohada y la cebolla; que la alegría basta, que no podemos pedir más de lo que ella nos da; que el cuerpo amado es un buen cautiverio; que hay algo hermoso y paradójico en ser cada uno diferente y otro, y a la vez ser, tarde o temprano, lo mismo todos; que la vida es una demencia, y que solo podemos pedir una cosa: que esa demencia nos ofrezca su mano y nos lleve con ella.

De eso y de mucho más nos habla la irreverente y afortunada obra de Luis Feria, y yo no sé si es mucho o poco. Sé que a mí me basta su prodigio.

¿Puedes hacerle un poema al charco, al libro, a la uva negra o al poema mismo, y que ese poema venga como recién nacido, vestidito de fiesta para que tú lo leas, como si nadie hubiera escrito antes cosa alguna sobre el charco, el libro, la uva negra o el poema? Será ese el milagro de Feria.

Va uno y abre ese libro a la vez extenso y breve (muchas páginas, pocos versos) que se titula Cuchillo casi flor. Parece mentira que haya libros así. Qué atrevimiento. Y además se los publican. Eso fue en 1989.

¿Qué le pasaría a Feria para escribir así: estaría enfermo, exaltado, derrotado ya y como último? Nadie sabe. Pero ve el poeta el caprichoso dibujo del humo, se demora mirándolo, y quizá se entiende a sí mismo al verlo. Luego va y escribe:

No te aguardo: desisto:
mi apaleada carne se me arredra;
en ella cansarías tu sustancia
o tu existencia inútil cebarías.
Devánate sin más; quizás te alcance.

Habría que añadir que Feria alcanzó al humo, que mañana lo alcanzaremos nosotros, que no hay talento en ello. Lo difícil era decirlo así, como él lo dice, con un quizás irónico, insolente, que a nadie engaña, que todos entendemos.

Suele proceder el autor de Dinde de esta forma: juega con el referente y con el lenguaje, se desata o se serena, se nos vuelve agua primera, luminosa, o gota última, enferma y desganada, y todo para meternos en su historia, que es la celebración de la vida.

Feria lo celebra todo, y no teme al ridículo. Se embarra con las palabras, se mete de cabeza en el lodazal del verbo y busca por allí, con la lengua fuera, lo que necesita para el poema. Yo diría que casi siempre sale de pie del lodazal, que nos lleva a donde quiere, y luego ya nos habla de las cosas que importan.

En otra página de Cuchillo casi flor, que se titula «Pájaro», escribe:

Mirándolo das fe:
él es tu certidumbre;
existes porque es.

Si esa gradación es cierta (fe, certidumbre, ser), existir viene a ser una comunión con la naturaleza, un dejarse vivir con los otros, en los otros. Pero esos versos son también la afirmación de otra certeza: la escritura es dar fe, con algo de notario y algo de poeta, de ese extraño milagro que sucede en nosotros, que es la conciencia del mundo. Saber que hemos venido todos a un mismo instante, el pájaro y el hombre y el ordenador, y saber que no sabemos otra cosa que vaya más allá de esa confusa verdad.

A Feria no le gustaba describir el objeto de su poema, le gustaba serlo. Pasear con él, hacerle cosquillas, irse a su mundo extraño como un niño que se va a jugar.

A la paloma no la describe, solo le ruega: «vuélame», «cúrame la ceguera», «ceba en mi buche la palabra exacta, / éntrate en mi poema sin abril».

Feria se vino a la poesía para ser las cosas, más que para entenderlas; quizá porque la realidad solo puede ser entendida cuando nos acercamos tanto a una cosa, por minúscula que sea, que ya somos esa cosa.

Es verdad que a veces nuestro poeta se queda en las palabras y no alza el vuelo, se atora en su gusto por ellas, en su melaza. Repetir que no tuvo caídas en su obra, que no se equivoca nunca, no le mejora en nada. Feria quiso ser excesivo y lo fue en casi todos sus libros, excepto en el último, en Arras, donde se quiso distinto, donde se apostó sobrio, aforístico y memorable.

Su virtud era también su vicio: el incesante juego verbal. Sin embargo, de pocos poetas podemos afirmar que jugaron con tanto acierto, que nos emociona tanto su destreza, que aprendemos con su vicio. Pero no por el brillo del juego por el juego, sino por poner ese talento al servicio de una poesía a la vez celebratoria y desolada, donde la luz y la oscuridad están enhebradas en la misma tela.

Si tienes sed, si quieres más literatura, es que lo hice bien, asegura Feria en otro poema de Cuchillo casi flor. Pero esa sed no es el final, es el principio y el camino:

Qué error el del saciado;
no conoce la sed de la sed que no acaba.

La obra del tinerfeño es un ejercicio premeditado y meticuloso, pero también un destino, una fatalidad. Feria no se impone un proyecto general para su obra, se abandona al impulso creativo que vemos en cada libro. Unas veces se quiere un poeta paródico y socarrón; otras meditativo y duro; luego se vuelve zumbón en el siguiente libro, y le hace una oda al azafrán o a la sandía; después se nos hace un poeta amoroso, descarnado y vitalista; y más tarde lo vemos agónico, desolado, estremecido, con el aliento de la muerte en la nuca.

Detrás de sus versos hay quien ve a Juan Ramón Jiménez, a Vallejo, a Claudio Rodríguez, al Neruda de las Odas elementales, a la poesía de los goliardos, incluso quien ve a López Velarde asomando su pajarita barroca. Puede ser, no les digo yo que no. Feria viene de muchos sitios, como todos, pero a su fiesta solo se puede ir con él.

Si es cierta la tesis de Shelley, incluida en su A Defence of Poetry de 1821, por la que todos los poemas escritos son fragmentos de un mismo poema infinito, tesis que luego reescribieron muchos otros, entre ellos Emerson y Valéry, me gusta creer que la poesía de Feria tiene su lugar en ese poema inabarcable.

Hay un texto que el autor nunca reunió en libro, y que leí por primera vez en su Obra poética y cuentos. Se titula «Nocturno en invierno con Manolo Padorno». Más que un poeta hablándole a otro, es un hombre que se siente viejo el que anima a su compadre de senectud a seguir luchando, a no rendirse.

El poema se publicó en la revista Liminar en 1984. Los últimos versos dicen:

¿Oyes? Crecen palomas; aún es tiempo,
no te destrabes, láñate,
traquea la lengua, dime, cuenta,
amorosa el cantar, vayamos mancornados
contra la que bifurca,
aunque nos diera alcance no te angostes,
envíscate la sangre, aúpate la vida,
sigamos trasegando,
copiosos, prescindibles.
Algún día, tú sabes, no nos veremos más.

Extraño poema de aliento el de Feria, que a la vez que enumera las llagas del tiempo, las podredumbres de la carne, propone a su amigo seguir caminando, coserse a la vida, agarrarse a dentelladas a lo que queda, aunque no quede nada.

Otra virtud de nuestro poeta era el epigrama, donde nos dejó su veneno, que no era poco. Un ejemplo: le recomienda al lector que si un libro le parece malo, debe dárselo a un amigo, porque «los necios se acompañan». O aquel otro, titulado «En una lápida», donde asegura: «Su corazón nunca fue de nadie; / justo es que su nombre / esté grabado en piedra».

Los que conocieron a Feria dicen que era un hombre culto y hablador, pero también caprichoso, irascible y misántropo. Me temo que en este caso el hombre explica poco del poeta, y casi nada de su poesía. Yo diría que el autor de Dinde se vivió como pudo, como le dejó la vida y su carácter, y que sólo se premeditó en la literatura, que fue en ella donde se apostó de lleno. Y que ahí, en la página, fue donde quizás alcanzó la otra vida, la que todos soñamos y nunca llega.

Más que el mar es libro de poesía en prosa, y como Dinde, quiere ser el libro que escribiría un niño si pudiera seguir siéndolo cincuenta años después, y si con esa edad tuviera fuerzas y ganas de revivir su primera aventura, su primer sol, su primer miedo. Feria tenía ganas, y alcanzó a escribir lo que buscaba. Hay muy pocos escritores de los que pueda decir lo mismo.

Todo lector de esos dos libros realizan un mismo viaje: no es que vuelvan a la infancia para recordarla, es que el autor les hace niños y transforma lo cotidiano en nuevo, lo conocido en insólito, lo aburrido en espléndido, lo vulgar en maravilloso.

De los dos libros Dinde me parece superior, más sobrio y más feliz. Más que el mar esconde páginas que no puedo olvidar, pero a veces tiene algo redicho, algo de voy a gustarme para que me veas bien, lector. No sé: es como elegir entre dos hermanos cuál es tu favorito.

Al final tenía razón Feria: «No existe lo imposible: el poema lo niega». Cualquier poeta que merezca ese nombre nos entrega esa sensación, la de estar probando por primera vez la fruta que llevamos comiendo toda la vida.

Me quedo con ese Feria que hace magia en la página, que nos devuelve recién hecho lo que venía desde hace años bisunto y magullado.

Me escapo con él, que no me llamen, que tengo prisa por volver. Buscarse allí no es huir, es encontrarse. ■ ■


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