Autor: 21 mayo 2009

Ian Gibson
Lorca y el mundo gay
Planeta, Barcelona, 2009

¿Le quedaba algo por decir a Ian Gibson sobre la vida y la muerte de Federico García Lorca después de los miles de páginas que le ha dedicado? Abrimos su nuevo libro con un cierto escepticismo, pero no tardamos en darnos cuenta de que hay algo más que morbosa curiosidad en esta minuciosa indagación en la sexualidad lorquiana, en este recuento de anécdotas no siempre desconocidas.

La homosexualidad de Lorca, que él quiso discreta, nada reinvindicativa, no se reduce a un dato de su vida privada que el admirador de su poesía y el estudioso puedan dejar pudorosamente al margen. Conoció desde niño el desprecio, la brutalidad de una sociedad homófoba y su muerte no fue solo un crimen político; la saña de los asesinos no estaba motivada únicamente por sus simpatías izquierdistas. La misma mañana de su asesinato, ocurrido el 18 de agosto de 1936, Juan Luis Trescastro entró en un bar granadino y dijo en voz alta, para que todos le oyesen: «Acabamos de matar a Federico García Lorca. Yo le metí dos tiros en el culo por maricón».

Todo el mundo sabía en Granada quiénes habían matado a García Lorca, todo el mundo habría podido señalar con el dedo a los asesinos, pero nadie hablaba de ello; tuvieron que pasar décadas, y tuvo que venir alguien de fuera, para que se hiciera público. Lo mismo ocurrió con su orientación sexual: en la revista Hora de España censuraron una estrofa de la elegía que le dedicó Cernuda; la familia del poeta vetaba el acceso a los archivos al investigador que se atreviera a aludir a las preferencias eróticas del poeta. Los Sonetos de amor oscuro, después de una publicación clandestina, tuvieron que aparecer, a mediados de los ochenta, como Sonetos de amor, sin alusión ninguna al carácter de ese amor.

García Lorca vivió en una sociedad homófoba y él mismo se contagió de esa homofobia. Su «Oda a Walt Whitman» rebosa de violento desprecio hacia lo que los demás ven en él, hacia lo que él teme ser. Lorca, al contrario que Cernuda, nunca pudo ni quiso mostrarse «francamente homosexual», como afirma en una carta a propósito de una de sus obras, aunque ciertamente aprovechara las licencias del surrealismo para decir y no decir, para confesarse sin descubrirse. Vivió una doble vida, como Aleixandre, como tantos otros de sus amigos. A la sociedad le molestaba menos la práctica privada de cualquier tipo de sexualidad que su afirmación pública.

Y tan discreto fue Lorca que buena parte de las anécdotas que se refieren en este libro sobre su vida privada son pura chismografía de segunda mano. Inverosímil resulta lo que José María García Carrillo le contó a Agustín Penón en los años cincuenta, aunque solo se publicaría bastantes décadas después. Según García Carrillo, Lorca en Granada hacía lo que le daba la gana, se comportaba de manera escandalosa: «Si veía a alguien que le gustaba en la calle, especialmente si era joven, sencillamente le llamaba, le daba cincuenta pesetas y trataba de citarse con él». Difícilmente podía hacerlo antes de los años treinta, cuando vivía del dinero que le pasaba su familia, y menos en los años republicanos, cuando era un personaje público, con todos los ojos de sus enemigos puestos en él.

Tampoco lo que cuenta el siempre proselitista Luis Antonio de Villena (lo que a él le contó Aleixandre, lo que leyó en una carta que le mostró un momento Rafael Martínez Nadal) resulta demasiado de fiar.

De la vida privada de García Lorca sabemos poco porque él quiso que supiéramos poco y porque los amigos que podrían habernos informado respetaron por lo general sus deseos de intimidad. Los más locuaces (ya hemos citado a García Carrillo) dan la impresión de estar proyectando sobre él sus propias fantasías eróticas.

Ian Gibson, a la hora de analizar la sexualidad de Lorca, saca mucho partido de sus escritos juveniles, en su opinión los más confesionales. En ellos descubre la huella de un primer amor frustrado, el que al parecer sintió por María Luisa Natera, cuando él tenía dieciocho años y ella catorce. Pero todo se queda en conjeturas, en vagas afirmaciones en verso que resulta demasiado aventurado (y Gibson lo hace a menudo) interpretar como directas confesiones.

Bien conocida resulta en cambio la relación con Salvador Dalí, tan decisiva en la obra de ambos. Y los celos que esa relación provocaron en el violento Luis Buñuel. El rechazo de Lorca —por lo que era, por su sensibilidad «femenina», no por sus concretas práctica sexuales— se daba incluso en el medio intelectual. La homofobia es una variante de la misoginia: se admira la virilidad, se rechaza el afeminamiento.

No más afortunada parece la siguiente pasión lorquiana. Emilio Aladrén, su amigo en los años en que componía el Romancero gitano, era un simpático tarambana y un escultor de no demasiado talento que se aprovechó de la amistad de Lorca para promocionarse.

Quizá el único amor correspondido fue el último, el que le unió a Rafael Rodríguez Rapún, el destinatario de los Sonetos del amor oscuro. Rodríguez Rapún, un joven socialista que había nacido en 1912, fue secretario de La Barraca y luego secretario personal de Lorca. Pero es posible que ni siquiera hubiera relación sexual entre ambos. Rodríguez Rapún, según testimonio de los que le conocieron, no era gay. La única carta que de él se conserva a Lorca no deja dudas sobre el afecto entre ambos: «Me acuerdo muchísimo de ti. Dejar de ver a una persona con la que ha estado uno pasando, durante meses, todas las horas del día es muy fuerte para olvidarlo. Máxime si hacia esa persona se siente uno tan atraído como yo hacia ti».

Rodríguez Rapún murió, hay quien dice que se dejó matar, en acción de guerra, exactamente un año después del asesinato de Lorca: el 18 de agosto de 1937.

Federico García Lorca se llevó a la tumba muchos secretos, como cualquier ser humano. Es posible que uno de ellos fuera que su vida sexual y su vida amorosa rara vez coincidieron.

Contemos limpiamente lo que se sabe, no fantaseemos groseramente sobre lo que se ignora. Y lo que se sabe es que sus enemigos se aprovecharon siempre de su condición sexual para denigrarle. Y que sus amigos la ocultaron durante años presuntamente para protegerle. Ian Gibson ha contribuido más que nadie a que se sepa la verdad, incluso alguna verdad que a Lorca no le agradaría demasiado que se supiera. Le ha vuelto más humano, sin disminuir en nada su grandeza.

Tomás Tuero


Introducir comentario

Solo se publicarán mensajes que:
- sean respetuosos y no sean ofensivos.
- no sean spam.
- no sean off topics
- siguiendo las reglas de netiqueta, los comentarios enviados con mayúsculas se convertirán a minúsculas.