Autor: 21 julio 2009

Eugenio Fuentes

Por Ruta de la Plata se entiende el trayecto —y las comarcas que atraviesa y alimenta como un cordón umbilical geológico— que va de Cádiz a Gijón, de mar a mar, desde las playas del sur a la cornisa cantábrica, ampliado sobre el trazado básico Sevilla-Astorga. Es un territorio amplio que no tiene una urbe central que aglutine sus partes y las represente, ni unos límites precisos, ni unidad orgánica con una caracterización homogénea. Solo se pueden buscar algunas coincidencias entre sus tierras.

A falta de un estudio comparativo en profundidad, da la impresión de que en la Ruta de la Plata abundan los territorios literarios imaginarios más que en otras regiones de España. Sin ningún ánimo de agotarlos, citaré a vuelapluma algunos de ellos.

De Norte a Sur, Promenadia marca el punto de partida de esta sugerente geografía literaria. La original creación donde Ricardo Menéndez Salmón ha ambientado varias de sus novelas es una ciudad costera, con puerto comercial y siderurgia pujante, con una geografía incierta y variable, aunque mantiene siempre el mismo nombre, en la que se reconoce Gijón. Y las ciénagas y marismas de Doñana, que Caballero Bonald describió de un modo poético, barroco y fascinante en Agatha ojo de gata, constituyen el punto de destino.

Entre estos dos grandes miliarios, por emplear un término ad hoc, hay otras invenciones. La Vetusta donde Fermín de Pas y Álvaro Mesía pelean por el amor y el dominio de Ana Ozores no es exactamente un territorio imaginario. Sus descripciones de la ciudad, desde la panorámica inicial desde la catedral, son un reflejo tan fiel del original que no se puede hablar de creación. Clarín se limitó a camuflar Oviedo bajo ese nombre. Sin embargo, demostró de un modo definitivo algo hasta entonces solo entrevisto en otros textos: que al leer a un escritor comprendemos mejor su ciudad, y que, al mismo tiempo, conociendo la ciudad donde ambienta su obra, comprendemos mejor al escritor.

Sí son, en cambio, creaciones los dos territorios ubicados en León: Región, de Juan Benet, y Celama, de Luis Mateo Díez. La insólita Región de Juan Benet merece sin ninguna exageración el calificativo de mítica, porque posee la riqueza, la precisión, la inagotabilidad y el misterio de los mitos, que posibilitan volver una y otra vez a ellos. Región es el territorio ficticio más original y trascendente de la literatura española. Se trata de un hortus conclusus que no tiene las apacibles virtudes del locus amoenus que con tanta frecuencia van asociadas al primero. Su orografía vagamente ubicada entre Asturias, León y el noreste de Zamora, su sugerente toponimia, su inquietante naturaleza, a la que Benet dota de atributos humanos, de modo que toda la geografía regionata se carga de una tensión extraordinaria que llega al culmen en el bosque de Mantua donde vigila y reina y ejecuta un siempre insomne Numa, configuran un espacio autónomo que no halla un referente directo en la realidad.

También en algún lugar de León está Celama, de quien su creador, Luis Mateo Díez, ha afirmado: «Es un territorio del que no me he ido nunca, que circula por ciudades de sombra donde se desarrollan historias». Celama, ubicada entre los ríos Urgo y Sela, tiene «de Norte a Sur cerca de cincuenta kilómetros», de terrenos ásperos y pobres, con escasez de agua a pesar de asentarse sobre un lago subterráneo, a los que el pantano del Burma enriqueció al convertirlos en terrenos de regadío. Es un territorio «quieto, fuera del tiempo», que genera en sus habitantes una conciencia de vida irreal. Históricamente, «Celama no es el espejo del esplendor del cielo, sino de su ruina».

En Extremadura, Gonzalo Hidalgo Bayal ha creado Murania, situada «en los extremos del oeste nacional», capital de la Tierra de Murgaños, «región próspera en porcus, quercus, arcus». Murania se levanta a las orillas del río Murtes, junto a la Sierra de Santa Bárbara. Tiene catedral, manicomio y una Puerta del Sol. A veces un paisano orgulloso de su tierra recita unos versos: «Que no hay lugar en Hispania / que deje atrás a Murania». Aunque es un evidente reflejo de la ciudad de Plasencia, no lo es tanto el territorio circundante, llamado Tierra de Murgaños, cuya capital es Murania.

Víctor Chamorro ha ambientado algunas de sus novelas —El pequeño Werther— en Hervás y ha creado otros territorios ficticios, Tabaján y Rincón, con ciertos parecidos con esa localidad. Justo Vila ha levantado Artobas, en el sureste extremeño, para alojar a los personajes de Siempre algún día, y José Antonio Leal la ciudad de Parada. Si se me permite, añadiré a esta lista la villa de Breda, que pretende ser un lugar donde se concentran algunas de las características del norte de Extremadura.

De una panorámica sobre estas creaciones se pueden extraer algunas características:

1. Para adquirir el estatus de entidad literaria, un territorio ficticio no puede ser únicamente un disfraz o una máscara de una realidad previa. Cobra autonomía y define su propio rostro cuando se superpone sobre la tierra matriz, la oculta y la modifica, aunque mantenga suficientes vínculos y concomitancias que permitan identificar el modelo.

En su fundación, el escritor se comporta como un conquistador que, como Eneas, al llegar a una tierra ocupada por quienes lo han precedido, los aparta y a base de codos se hace un hueco donde clavar su bandera, levantar su pago y su casa y establecer sus fronteras. La tarea, claro, no termina con esa primera fase de conquista. Eso no basta. Entre la geografía y la literatura se abre la misma distancia que entre un cartógrafo que se limita a trabajar con regla, compás y astrolabio en el dominio de lo contable, y el escritor que trabaja con palabras, análisis y pasiones en el reino de la imaginación. En un segundo paso, el escritor debe escarbar en sus estratos geológicos e inventariar su biota, su clima y su paisaje, subir a sus montañas, bañarse en sus ríos, escudriñar sus cuevas y rincones más sombríos y caminar por el interior de sus bosques.

Una vez definido el paisaje, ya podrá invitar a los inquilinos.

2. Una ciudad imaginaria existe con tanta mayor definición cuanto mayor sea la indefinición de su referente real, que no debe estar muy marcado literariamente. Así, una Sevilla en la que habitan Don Juan, Rinconete y Cortadillo, Carmen y las sombras de los Machado y de Luis Cernuda, difícilmente puede ser recreada con otro nombre. Del mismo modo, Salamanca, por donde deambulan Lázaro de Tormes y Celestina, (y tal vez Calisto y Melibea) y entre cuyas piedras resuenan las palabras de Fray Luis de León, de Torres Villarroel, de Unamuno o de Torrente Ballester, se resiste a ser reinventada como territorio de ficción bajo una máscara. Por decirlo de otro modo, no es viable la creación del territorio literario cuando los inquilinos que lo ocupan son más fuertes y solventes que el escritor intruso que pretende desplazarlos.

3. Nacen cuando el autor, constreñido por las coordenadas de espacio y tiempo, nota una insuficiencia de la realidad para desvelar el espíritu de la comarca apelando a dicha realidad, y por tanto tiende a inventar un ámbito personal donde pueda dar rienda suelta a su creatividad, libre de los rígidos corsés geográficos o históricos con que el realismo más duro aherroja la fantasía, con que la observación conduce a un hartazgo de objetividad y verosimilitud.

Así, estas comarcas imaginarias evitan dar demasiadas pistas sobre su ubicación y se caracterizan por una doble vaguedad geográfica y temporal. Son creaciones instaladas en un tiempo sin límites precisos, y por eso mismo eternas, y en un espacio sin contornos definidos, y por eso mismo infinitas.

4. No se conforman con ocupar un espacio geográfico. También aspiran a dotarse de una dimensión simbólica y moral. Ninguna de ellas ha sido creada como un Eldorado feliz y paradisíaco que sirviera de refugio a quienes la habitan, en medio de una naturaleza ubérrima y de un clima bonancible donde florecieran la Verdad, el Bien y la Poesía. Al contrario, suelen ser terrenos hoscos, duros e incómodos que ponen a prueba la resistencia y la categoría moral de los personajes: una metáfora a escala reducida de la temblorosa Tierra.

5. En los territorios ficticios de la Ruta de la Plata hay una mayor presencia de lo rural que en otros imaginarios urbanos o costeros. Ahora bien, este peso de lo rural ya no se manifiesta mediante tópicos ni costumbrismos y se habla del campo sin ser antiguo. Los campesinos ya no aparecen con un puñado de espigas en una mano y una hoz en la otra, ni los dueños de la tierra vestidos de montería o, de espaldas, marchándose a la capital a fundirse en francachelas las rentas del predio. Por fortuna, han dejado muy atrás la tópica imaginería de los siglos pasados. ■ ■


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