Autor: 26 septiembre 2009

Marta María García Suárez

He vivido casi cinco años en Albania, desde el 2001 hasta el 2004. Al principio, los albaneses que encontraba me saludaban con un rotundo: ¡Hasta la vista! Curiosa, pregunté de dónde salía una forma tan particular de saludar. Me hablaron de Hasta la vista, la novela sobre la guerra civil española, escrita por Petro Marko que, como Hemingway, luchó en las Brigadas Internacionales. Petro Marko es uno de los escritores más conocidos y valorados de Albania. Fascinada por este personaje tan importante como desconocido fuera de Albania, España incluida, comencé a estudiar su figura junto con la lengua y la cultura de su país. Y así descubrí a Ismaíl Kadaré.

No hay un hecho cultural albanés, ni un artista, ni un intelectual que puedan obviar al autor de El palacio de los sueños. Gracias a la traducción de sus obras por Ramón Sánchez Lizarralde ya había leído novelas de Ismail Kadaré, este sí, conocido en España y en todo el mundo. Pero tuve que vivir en Albania, compartir su entorno cultural, frecuentar escritores y otros artistas de su país, hablar con la gente de la calle, para entender lo presente, lo grande y lo discutido que podía ser este hombre enjuto, tal vez tímido que tuve la suerte de encontrar, más de una vez, en Tirana.

En la capital de Albania, solía ir a menudo al antiguo Café Europa que, a pesar de una discutible reforma, continuaba siendo el lugar habitual de encuentro de algunos de los poetas que en otro tiempo eran miembros de la Liga Albanesa de Escritores. La gente lo conocía como el Café de los Poetas y todavía era frecuentado por Xhevahir Shpahiu y otros que, como Pano Taçi, a cambio de sus punzantes poemas, tuvieron que pasar largos años de su vida en las cárceles de Enver Hoxha, el dictador de Albania durante cuarenta años. Entre un sorbo y otro de café, alternando con la lectura de poesías y relatos de anécdotas de la vida en la cárcel, discutíamos mucho sobre literatura y, por supuesto, de Ismail Kadaré. Aunque no siempre los comentarios eran sobre literatura: muchas de las interioridades de la vida del escritor se exponían sin mayor inconveniente. Pero no fue allí cuando hablé por primera vez con el escritor. El encuentro con el pluricandidato al Nobel de literatura se produjo en el centro de Tirana, detrás del Museo Nacional, en el Piazza Café. Un lugar frecuentado por muchos de los extranjeros que entonces pasaban por Albania.

El encuentro fue fortuito y fugaz. Lo reconocí inmediatamente. Tenía muy presente su rostro reproducido en las fotos de las contraportadas de sus libros editados en España. Llevaba una chaqueta de color gris. Gris, como los edificios de Tirana antes de que el excéntrico Edi Rama, alcalde de la capital, los pintara de mil colores convirtiéndolos en la imagen emblemática de la reconstrucción del país. Le saludé en albanés. Tuve la sensación de haberle distraído de sus pensamientos. Su sonrisa me animó a seguir hablando. Continué en francés presentándome como una española que vivía en Albania, acompañando a mi marido que desempeñaba su trabajo en la Embajada de Italia. Le manifesté mi admiración por su obra literaria que había leído, hasta entonces, solo en español. A diferencia de la riqueza de su escritura, su conversación me resultó un poco exigua. No obstante, parecía cómodo con la situación y creo que hubiera seguido charlando tranquilamente si no hubiera sido porque, de pronto, otras personas que también lo reconocieron nos interrumpieron. Cortésmente me retiré. Continué observando cómo se alejaba, tras despedirse de aquella gente, en dirección al Block, el reducto del centro de Tirana donde, en otros tiempos, vivía el politburó del Partido del Trabajo de Albania y adonde, por supuesto, nadie podía acceder. Como si se tratase de una broma del destino, ese lugar es hoy el centro de la vida nocturna de la capital. Allí, en la torre Vodafone, vive Ismail Kadaré.

Después de este encuentro mi interés por el gran escritor se reavivó. A menudo seguía sus noticias a través de los periódicos, preguntaba a los albaneses con los que me relacionaba sus opiniones sobre él. Todos se sentían orgullosos por ser conciudadanos de un hombre tan importante y que proyectaba al resto del mundo la imagen de una Albania culta, moderna, internacional. Aunque algunos no ocultaban sus reservas sobre el papel del escritor durante el régimen de Enver Hoxha.

Habitualmente, los fines de semana, viajaba a Tirana desde Korça, la ciudad donde vivía, situada cerca de las fronteras con Grecia y Macedonia, conocida en Albania por ser la ciudad donde surgió la primera escuela albanesa y que acogía también un prestigioso Liceo Francés, donde enseñó el mismo Enver Hoxha. Tras cuatro horas de viaje a través de la Albania profunda llegaba a la capital donde disfrutaba de la oferta cultural auspiciada, tantas veces, por la colaboración de las instituciones internacionales.

Una noche, en la sala del Teatro de la Ópera y del Ballet de Tirana, asistí a la representación de la, hasta entonces, única obra teatral de Kadaré Stinë e mërzitëshme në Olimp (Estación aburrida en el Olimpo). El teatro no estaba completo. La mayoría de los presentes éramos extranjeros. Acompañada por algunos amigos albaneses que me ayudaron a comprender mejor el significado del texto, ciertamente complejo, asistí a la representación de una obra de ambiente mitológico, la lucha entre Zeus y Prometeo. En ella los dioses, como les sucede también a los dictadores, estaban preocupados: sabían que sus destinos no eran eternos y que dependían del miedo que conseguían inspirar. Prometeo les traicionó y donó a los hombres el fuego robado a Zeus. Así los albaneses tienen ahora en sus manos el fuego de la libertad que están aprendiendo a manejar.

El último encuentro, y el más importante, se produjo en la sala del Teatro del Pueblo. Lugar de hondo significado para los escritores y actores albaneses porque allí residía la cuna del teatro estatal. Se preparaba un homenaje a Petro Marko. Había agitación en la familia del escritor. Safo, la mujer de Petro, conocida como gran ilustradora y pintora, tenía mucha ilusión porque yo asistiera. Su marido iba a ser condecorado con la más alta distinción que se concede a los grandes artistas albaneses. Asistiría el mundo de la cultura, políticos, miembros del gobierno y el presidente de la República, Alfred Moisiu, gran admirador desde su juventud de este autor. Tras la entrega se proyectaría un documental sobre la figura de Petro Marko. Kadaré había confirmado a Arianita, la hija del homenajeado, su asistencia. Estaría allí con su esposa Elena, también escritora. Elena escribía poemas. Muy joven se enamoró de la poesía de Ismail Kadare hasta el punto de escribirle una carta a Moscú, en la época en que el escritor estudiaba en el Instituto Gorky. Posteriormente, trabajó para la editorial Nain Frasheri, donde coincidió con la esposa de Petro Marko. Eran buenas amigas.

El día anterior a la ceremonia, todos los periódicos de Tirana recogían la noticia de la entrega que Ismaíl Kadaré hacía al señor Plasari, director de la Biblioteca Nacional, de algunos de los manuscritos de sus obras. El cinco de diciembre de 2003, día del homenaje al escritor Petro Marko, Kadaré llegó al teatro acompañado de un cortejo de periodistas y de cámaras de televisión. Se sentó, junto con su esposa, al lado de Jamarbert, el otro hijo de Petro Marko, también poeta y también inquilino de las cárceles de Hoxha. Al final de la ceremonia, y tras ser presentada como una española que llegaba directamente de su país para asistir al homenaje, subí al escenario y entregué a Safo Marko unas rosas rojas ligadas por un lazo con los colores de la bandera republicana. Arianita, durante el cóctel que siguió a la ceremonia, me presentó a Kadaré. El escritor esbozó una sonrisa y mostró interés. Ya me había visto en el escenario. Le hablé de mi trabajo, de mi tesis doctoral sobre la figura y la obra de Marko y de la traducción al español de Hasta la vista, su obra más importante. Su mirada se hizo más intensa. Permanecí atenta, a la espera de unas palabras que tardaban unos segundos en salir de su boca. Como en el primer encuentro, pensé en la diferencia que había entre las novelas del ganador del premio Príncipe de Asturias, ricas en personajes, lugares, eventos épicos, mitos, reflexiones, análisis y la escasez de su discurso. Al final me soltó su aprobación:

—Me parece un buen trabajo —dijo—, alguien tenía que hacerlo.

Qué lejos estaba yo en aquel momento de imaginar que un día vería a Kadaré en mi ciudad. No dejo de pensar, con amargura, que Petro Marko nunca pudo cumplir con su deseo de volver a España. ■ ■


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