Autor: 14 Julio 2008

Cristina Grande: Naturaleza infiel

RBA Libros, Barcelona, 2008

«Sólo se inventa mediante el recuerdo», decía el francés Alphonse Karr. Sin embargo, la desigual manipulación de los recuerdos aleja a la buena literatura de la que no lo es. Predominan los fraudes con vitola de novela que sólo son relatos, más o menos bien expuestos, de experiencias que no trascienden, de anécdotas familiares que podríamos encontrar en la biografía de casi cualquiera que se propusiera escribirla. Por el contrario, ejemplos de feliz fusión entre ficción y memoria nos remontan a Homero y excederían el espacio de esta reseña. Es la habilidad de injertar recuerdos —ficticios o no— dentro de una historia, cual hilo invisible que vertebra lo narrado, lo que realmente discrimina y a la postre nos depara una lectura estimable.

A este segundo grupo pertenece la breve y primera novela de la aragonesa Cristina Grande, Naturaleza infiel. Desde el primer capítulo sabemos que se avecina una historia familiar, pero pronto se hace evidente que no se trata sólo de fabular con un álbum de familia. La historia de la España de los últimos veinte años queda apresada en este álbum, trascendido a memoria colectiva de los que ya sobrepasamos los cuarenta.

La infancia y adolescencia de Renata, protagonista y narradora, transcurre en un impasible pueblo aragonés a la espera de un destino que nunca excede la cartografía de Zaragoza. Por sus venas discurre una indolencia espesa y fatalista, nacida del convencimiento de que el futuro vendrá como tenga que venir, con independencia del empeño que ponga uno en intentar desviarlo de sus cauces. Su actitud, como la de su gente, viene a ser una especie de neoestoicismo que opone resignación ante lo que ella llama «los golpes de mar», la adversidad en cualquiera de sus manifestaciones. Renata está genéticamente preparada para sobrellevar el infortunio y reponerse de su secuelas antes de que en el horizonte empiece a bosquejarse el siguiente.

Nada relata la protagonista que, en esencia, parezca materia novelable, pero se las ingenia Grande para instalar en el lector una alarma, una inquietud de precataclismo similar a la que infunden algunos relatos de Chèjov, Benedetti, Màrai o a Mansfield. Lo verdaderamente relevante casi siempre llega esquinado, bajo la cáscara de la inocuidad; otras veces, se aplica la técnica expresionista de describir mediante trazo perentorio: «mi madre ordenaba armarios porque no sabía cómo ordenar su vida», (pág. 60). Pero si admirable es la dosificación de información, mucho más impactan las elipsis que proporcionan caricaturas psicológicas rotundas de personajes de los que no sabemos casi nada. Así, en el capítulo titulado Geneviève, Renata rememora los amores de su tía Genoveva con un tal Jerónimo. De este apenas nos revela lo imprescindible, y de repente asesta un comentario tangencial sobre cómo, durante cierto trayecto en coche, sorprendía al pretendiente de su tía mirándola fijamente por el retrovisor. Exigua información pero potente en carga subliminal para el lector atento. Otras veces la autora juega al despiste, como en el caso de la identidad de María, hermana gemela (?) de Renata, donde combina insinuaciones, disimulos y maledicencia para erigir una sospecha que no llega a despejarse.

Las permanentes alusiones al cine cumplen un doble propósito: por un lado las películas se presentan como purpurina sobre el gris de la era franquista, como única ventana de la generación de nuestros padres, y de muchos de nosotros, all mundo libre que discurría en otra parte. Pero son también jalones que, como las migas de pan del cuento infantil, van marcando el camino de retorno de nuestra memoria mediante el poder evocador de clásicos como Al este del edén, Testigo de cargo, Cuando ruge la marabunta, El imperio de los sentidos, El hombre elefante, Barry Lyndon. El gatopardo, Atlantic City. A estos títulos vamos asociando hitos como los primeros indicios del sida, la irrupción del televisor en color, los abortos en Londres, los escarceos con las drogas, las primeras caladas de Ducados o la conmoción nacional por la muerte de Nino Bravo. No hay secuencia temporal en la narración. No hace falta. Aquellos años ochenta son un páramo de sobra reconocible, por el que los coetáneos sabrán moverse prescindiendo del timón cronológico.

Todo ello viene servido con encomiable austeridad, a través de un lenguaje despojado en el que las palabras se escogen por su virtud de precisión. Esta parquedad proviene seguramente de la dilatada práctica de la escritora en ese espacio de entrenamiento en la concisión que es el relato breve.

Como no podía ser de otra forma para garantizar su eficacia, Cristina Grande envuelve su espléndida novela en un humor a la medida de la sobriedad autoimpuesta. Pese a los efluvios nihilistas que se perciben todo el tiempo, el tono nunca escora hacia lo amargo sino hacia un escepticismo socarrón que recogemos en la paráfrasis «siempre cabe la duda porque la duda es lo último que se pierde».

Lale González


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