Autor: 24 Julio 2008

José Luis Argüelles: Pasaje

Trea, Gijón, 2008

Hace veinte años, silenciosamente entraba en escena un poeta importante, a tener en cuenta. Se trataba de Jose Luis Argüelles (Mieres, 1960). Publicaba un primer libro, Cuelmo de sombras (1988) en la casi secreta colección Versus, del Centro Cultural y Deportivo mierense, que por aquellas fechas dirigía Jose Manuel Cuesta Abad y que también publicó, asimismo, un libro de poemas de Herme G. Donis. Allí también iniciaría sus pasos Jose Luis Piquero, con Las ruinas (1989). Era aquel primer libro un conjunto de poemas estimable, de entre los cuales —si se me permite la referencia autobiográfica— unos cuantos quedaron grabados para mí en la memoria. Trataban, melancólicamente, de la soledad, de la vida en provincias, del desamor, la adolescencia, el alcohol o el amor mercenario heterosexual (del cual no existen demasiadas referencias en la poesía española reciente). Tenía algunos de los mejores sonetos en verso blanco de la época.

En estas dos décadas, y salvo algunos poemas sueltos publicados en revistas y antologías, así como diversas colaboraciones en el diario La Nueva España, bien poco de él supimos. Es ahora, con Pasaje, el volumen que nos ocupa, y que ha recopilado su obra poética de los últimos diez años, cuando regresa a escena, diciendo: «¿Y qué nombre daremos a estos años? / Sólo palabras para hablar del miedo». Como recientemente ha señalado Jaime Priede, en este tiempo se ha mantenido alejado de toda la polémica surgida entre los poetas de su generación, allá por los noventa. Su poesía se encuentra algo próxima a la de Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Carlos Marzal o Vicente Gallego, pero tiene un sello personal. Como ha señalado en una entrevista reciente, para él son más importantes los poetas individuales que las estéticas de escuela. Otras veces se acerca al tono social, al hablarnos de los mineros asturianos. Nos traen a la mente «Asturias, 1962», de Jaime Gil de Biedma, o algunas canciones de Víctor Manuel. Pero nada que ver con lo que últimamente se entiede por poesía de la conciencia, realismo sucio ni nada semejante, pese a que en este libro se halle, precisamente, una cita de un verso de David González y otra de Jorge Riechmann. Hay en los versos del poeta mierense algo más que poesía comprometida al uso, como cuando nos habla, con hondo sentimiento, de todo el sufrimiento que provocará (asfixia, etcétera) la silicosis.

Lamentablemente, su posición alejada de los círculos mayoritarios de la poesía española contemporánea ha provocado que no sea un autor conocido del público lector. Tras estos veinte años de silencio, los premios, las antologías, la capacidad de influir y decidir, la presencia en los medios de comunicación, congresos, etcétera, quedaron para otros. Un poco crítico se muestra con todo esto en su poema «Lectura en el día mundial de la poesía», en el que se dirige a los poetas de éxito, recordándoles: «Aún no saben que hace frío / y que la poesía es intemperie».

Si con Cuelmo de sombras, un poeta importante entraba en escena, con este nuevo libro, amplio, compendio de diversas series de poemas, se ha consolidado. Esperemos que siga ofreciéndonos otras muestras de su buen hacer poético, como ha hecho hasta ahora.

Vicente García


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