Autor: 21 Abril 2008

Rafael José Díaz: Antes del eclipse

Pre-Textos, Valencia, 2007

Para Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1971) resulta imposible vivir sin hacerse una imagen convincente del mundo, en su sentido más universal y totalizador. Pero tal imagen del mundo y del lugar que ocupa el yo en ese vasto entramado nunca se resuelve por la reflexión abstracta (lo cual es tarea más propia del filósofo que del poeta), ni por la reflexión a partir de experiencias sensibles y de imágenes luminosas, como ocurre en la gran tradición de la poesía meditativa, tan cultivada en la lírica española de las últimas décadas. En nuestro poeta nunca ha ocurrido así: su imago mundi siempre ha brotado de una experiencia intensamente sensual, para luego hacerse poesía y expresarse en una palabra tersa, dirigida también a los sentidos (a la vista, al tacto y al olfato, principalmente), a nuestra corporeidad más inmediata; de manera que el juicio y el concepto intelectuales parecen totalmente ausentes, aunque siempre —y he aquí la magia de esta poesía— su verso nos incita, de un modo más jubiloso o elegíaco, a preguntarnos sobre nuestro lugar en el mundo y el sentido de nuestra existencia. Así, todo deleite erótico y sensual —que lo hay, y abundante— alcanza una significación trascendente.

Si en sus tres primeros libros (El canto en el umbral, 1997; Llamada en la primera nieve, 2000, y Los párpados cautivos, 2003), dentro de su particular evolución, trataban de reflejar su comunión con el mundo a través de unas amistades y amores vividos en el presente, saturando al yo poético de una jubilosa plenitud, a partir de Moradas del insomne (2005) Rafael-José empieza a constatar la precariedad de las experiencias eróticas particulares, que al cabo del tiempo no le han proporcionado la plenitud antes vislumbrada. Por eso, y urgido por la necesidad de encontrar un sentido a su pasado y a su futuro, surge espontáneo el fluir de la memoria sobre aquellos fragmentos de vida, para engarzarlos en un hilo de sensaciones coherente y capaz de orientar su existencia venidera. Esta lucidez de la memoria sensual, iniciada en Moradas…, alcanza en este nuevo libro, Antes del eclipse, una resonancia más profunda y madura. Por ello el drama del tiempo, sin restar ambición metafísica, trascendente, a sus inquietudes, agudiza la consideración existencial de la vida: «Sabe, aunque el día / lo ciegue con su brasa, / que la luz más potente es la luz de los rostros / que a veces lo visitan, como sombras / de un tiempo ya perdido», comienza el poema de la página 38. Lo más precioso es lo que queda en el tiempo, es decir, en la memoria, mucho más que «la brasa cegadora del día presente».

Y de ese tiempo el poeta trata de rescatar, ante todo, sus experiencias eróticas: no es casual que el libro comience con un poema dedicado a las sábanas que el protagonista, solitario, abandona una mañana: «sudario del que un cuerpo se evadiera / no para renacer, sino para seguir muriendo» (pág. 9). El amor erótico, vivido a través de distintas experiencias de índole explícitamente homosexual, ha dejado tras de sí una sucesión de rostros que se superponen en la memoria, cuyo recuerdo llega a satisfacer al espíritu, sí; pero cuyo carácter provisional, episódico, no se corresponde con la ambición de infinito que alienta en el poeta. No obstante, tales carencias, lejos de sumirlo en la desesperanza, lo estimulan a seguir buscando nuevos cuerpos en los que anudarse, en los que fundir la esencial soledad del individuo.

No se trata siempre de un erotismo propiamente sexual: la sensibilidad y sensualidad tan poderosas del poeta lo llevan a encontrar rastros del amor en los seres y fenómenos más diversos de las naturaleza (el viento, los pájaros y árboles de diversas especies, los paisajes familiares o novedosos…), en un deseo de trascender las fronteras de la historia personal para integrarse en la historia total del Universo: «Le doy gracias al viento por decir / palabras en silencio, por su modo / de tocarme amoroso sin tocarme, / por hacer, con sus labios, que me sienta una parte / del invisible corazón del mundo» (pág. 55).

El libro es una búsqueda de sentido a la existencia, y ese sentido no es independiente de la conciencia moral con que se la encare. De ahí que, a la hora de fluir la memoria, el poeta también reconozca sus culpas y ansíe recuperar una inocencia que parece ya imposible: «Escucha al pájaro extasiado / y reconoce, entre sus notas, / la que soñaste cuando aún / eras perfecto y puro como un pájaro» (pág. 34).

Otras vertientes de la moral afloran en distintos poemas que es imposible mencionar aquí. Baste tan solo con aludir a la entrañada emoción personal que da vida a un poema fúnebre sobre el brutal atentado terrorista que acabó con tantos madrileños el 11 de marzo de 2004, titulado «Piedra de sangre».

Y todo expresado siempre con el pudor y la contención de quien cree que el misterio de la vida no se resuelve con largos discursos líricos, ni siquiera en los poemas en prosa donde la mayor explicitud de detalles tampoco llega a caer en el confesionalismo impúdico. Una lección de contención que corresponde a un mayor ahondamiento en el misterio de la vida y de la palabra.

Carlos Javier Morales


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