Autor: 21 Junio 2008

Dionisia García: L’Albero (El árbol)

Levante Editori, Bari, 2007

A pesar de la tardanza en publicar sus poemas, Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929), ya desde su primer título, El vaho de los espejos, publicado en 1976, nos mostraba con una voz rotunda y segura el germen en torno al cual giraría toda su obra posterior, que sería mucha, y notable. Aunque, eso sí, de alguna manera, al margen de las generaciones a las que por derecho pertenecía, obviada quizá por no haber publicado en la edad mítica de la veintena como el resto de sus coetáneos. Con una voz cotidiana, elegante, llena de matices, nos fue hablando de su entorno más inmediato, de la naturaleza de la vida y de las cosas y, sobre todo, dejó ya asentado con este título algunas de las constantes que iban a dar a la obra de esta gran poeta carácter de imprescindible a la hora de hacer un recuento de lo mejor de la poesía española: «el dominio de la palabra poética y el gusto, y el paladeo, de su significación», como tan acertadamente nos recuerda Francisco Javier Díez de Revenga en su interesante estudio «Dionisia García: verso y prosa de una escritora singular».

Dionisia García a lo largo de más de treinta años, no solo nos ha hecho disfrutar con la lectura de sus poemas recogidos en más de una decena de títulos, sino que, en menor medida, también ha ofrecido al lector libros de relatos (Antiguo y mate, Imaginaciones y olvidos), de aforismos (Ideario de otoño, Voces detenidas) o de ensayo (Larga vida [Vida y obras de Emma Egea]).

Ahora, después del espléndido poemario El engaño de los días, publicado en el año 2006, Dionisia García vuelve a ofrecernos un nuevo libro, L’albero (El árbol), editado en Italia en edición bilingüe —como ya ocurrió en 2001 con Anche se al buio (Aun a oscuras)— con la traducción inestimable de Emilio Coco y dentro de la colección Levante-Editori, que él mismo dirige desde Bari junto a su hija Lucia.

El árbol es un poemario en donde, haciendo honor a su título, la autora va tejiendo una colección de poemas entorno a ese árbol, a ese tronco del que saldrán ramificaciones que serán parte del mismo. Es su propio árbol genealógico el que nos va describiendo, poema tras poema, verso tras verso. Con la voz elegíaca que la caracteriza y de una forma clara, pero llena de profundidades, Dionisia nos va poniendo al tanto de los abandonos y de las llegadas de seres queridos. De una manera no exenta de tristeza, pero también con una aceptación que a veces resulta balsámica, la autora nos presenta a los seres más cercanos, más importantes de su vida. Por el libro van y vienen la alegría y la pena en función de las pérdidas o de los advenimientos. Aquí y allá se nos habla de ellos. De cómo de ese árbol se van desprendiendo ramas. Unas para siempre, y otras para tomar nuevos rumbos y ser el origen de otros árboles de los que surgirán nuevos brotes, nuevas vidas. Es el flujo constante de la existencia afirmada en torno al tronco del árbol que representa lo más esencial del ser humano: la familia. Y cuatro generaciones dan para mucho. De esta forma, el libro de Dionisia García, según avanza,

va adentrándonos en momentos personales que no nos pueden ser ajenos, porque nos hablan de algo tan universal como que los seres vivos están destinados a nacer para la muerte. Y en ese breve intervalo que va del nacimiento al fin, nos llenaremos de afectos que iremos viendo partir de muchas maneras.

Ya desde el primer poema con el que se abre el libro, titulado «Comienzos», la autora nos va mostrando, verso tras verso, la grandeza de una palabra estética y ética que, en un sabio ejercicio de profundización interior, conmueve, complace y admira. Poemas como «Viajeros», «Celebraciones», «Tarde en el campo», «Golondrinas», «Milagro», «Habitaciones vacías», «Esperanza mantenida», «Búsqueda de unas huellas»… hacen insuficientes las líneas escritas hasta ahora. Juzguen si no por ustedes mismos la belleza de su poesía: «Solo con nueve meses, tan lejano y tan cerca. / La hermosura festiva entre mis brazos. / Sin hablar, ¿qué más puedes? / Un secreto detrás de tu mirada, / que saber no es posible. / Miguel, yo bien quisiera, / penetrar el misterio de tus ojos marrones; / saber que mis caricias no son vanas. / Esta tarde de junio estamos solos. / Con nosotros el mar que no comprendes. / Detenerte quisiera, que no avances. / Retener tu inocencia, las luces que declinan; / el instante feliz junto a la playa. / Mas el tiempo no escucha / y pasa inexorable. / Cuando ya tus pupilas dejen caer el velo / y surjas en los años de tu espacio ignorado, / ya no estaré contigo, ni existirá esta tarde». («Monólogo inédito», p. 45).

Descubran en El árbol la palabra de Dionisia García. A través de ella hallaremos reflexión y lucidez en estado puro. No les decepcionará.

Herme G. Donis


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