Autor: 25 Septiembre 2008

Silvia Ungidos

Nápoles te robará el corazón, es posible también que la cartera. Sabrás al poco de pisarla que no hay, no puede haber otra ciudad que se le parezca. Nápoles te robará el corazón. Pero si has llegado allí en avión y en el aeropuerto de Capodichin se te ocurre coger un taxi, antes de que la ciudad te robe el corazón se encargará el taxista de subírtelo desde el pecho a la garganta, gracias a una habilidad particular italiana que aquí alcanza su máximo virtuosismo. Es la capacidad que tiene el conductor napolitano para circular por sus carreteras ignorando por completo la convención de las señales y el trazado marcado. Amarás como a ninguna otra la peligrosa creatividad de Nápoles, que ya desde el primer momento se manifiesta con riesgo y vitalidad inigualables.

Comprobarás con gran asombro cómo es capaz ese taxista de inventarse un itinerario personal paralelo a los semáforos en rojo, a las prohibiciones de los stop. Cómo es capaz de adelantar camiones de siete kilómetros de largo en raya continua, mientras te mira por el retrovisor y te habla desenvuelto de su novia, que al parecer vive en el Vesubio. Verás moverse en una brusca sacudida el pequeño cuerno rojo que lleva colgando encima del espejo, atado en un amasijo tintineante y supersticioso junto a tres santitos plateados, una medalla con la cara de Maradona y otras cosas de aspecto brujeril que no sabes qué son, pero que cuelgan allí llamando a voces a la buena suerte. Y desearás que sean eficaces.

El taxista te preguntará si es la primera vez que vienes, mientras en una curva imposible girará con tal maestría el volante que podrás ver el paisaje por las dos ventanillas a la vez, en un solo instante irrepetible de vértigo y belleza. Y alzarás las manos implorantes al techo de ese coche, suplicando a los dioses, tan altos allá arriba, que te donen unos pocos días más de vida para poder postrarte de rodillas ante estas costas tan antiguas. Será tan impaciente tu anhelo de llegar que casi querrás arrojarte en marcha de ese taxi, pues de tal magnitud es la llamada que la ciudad le hará a tu corazón, si sabes escucharla. Pero si tienes un poco de paciencia será el propio taxista el que pronto te arrojará sobre ella en las mismas condiciones de naufragio en las que llegó la sirena Parténope al principio de la historia de este sitio increíble. Y todo por un módico precio sujeto a un regateo igual de creativo que el trayecto.

Así es como Nápoles te avisa de la agitación interior que te espera en aquellas calles donde se dan la mano los mayores contrastes. Para quien ama las paradojas y los caminos no lineales, tan llenos de matices, las contradicciones, los sucesos secretos, los juegos de perspectiva y las cúpulas. Para quien ama el aire, el mar, el sol, el pan, la sal y el vino no puede haber otro sitio mejor en el mundo donde posar los pies. Cuando lo hagas, te lo estoy advirtiendo, Nápoles te robará el corazón.

Yo jamás había visto una ciudad como esta. Jamás vi una ciudad tan vieja parecer tan joven, jamás vi una ciudad tan sucia resplandecer de esa manera, jamás vi una ciudad tan sacudida y maltrecha bailar con tanto brío, jamás vi a la tragedia de vivir alzar una sonrisa semejante, como en esta ciudad. Porque Nápoles exagera la vida en dirección a la vida e incluso la misma muerte se ve que está enamorada de esta ciudad hasta los huesos. Por eso no hay, no puede haber ninguna otra, ninguna ciudad igual a esta para dejarse robar el corazón, es posible también que la cartera.

Esa vocación burbujeante de vida que enseguida notarás es algo que viene de una gran profundidad y emana con tal fuerza, centellea tan deslumbrante, que se puede tocar en el aire anárquico y el caos de las calles. Es como si un corazón oscuro, antiguo, lleno de sabiduría, de amor y de tragedia, se dejara tocar epidérmicamente. Desde esa superficie te llamará la voz de la sirena y te conducirá por este complicado laberinto inagotable. Y tú sabrás elegir los caminos que mejor te convengan, pero vayas donde vayas será difícil que no saques la conclusión de que esta ciudad es mitad sirena mágica, mitad descarada pescadera. Solo vagabundeando un poco, sin necesidad de salir muy lejos del centro encontrarás enseguida a las dos, a la ciudad sonriente que canta o llama a voces, igual que en las películas que viste, y la Nápoles silenciosa, oscura y criminal. Las calles donde se despierta la mañana entre santos, mafiosos, fruteros y pescados con la cola hacia arriba y el subsuelo donde la ciudad duerme con media Grecia y media Roma tendida en pasadizos y en catacumbas que soportan un montón de siglos, terremotos y violencias del volcán por encima.

Verás, aunque no entrases en ninguna de sus mil iglesias, la ciudad católica, apostólica, amante de las procesiones siempre con un cirio en la mano, y la alegre pagana con su carnalidad a flor de piel, que ama, come y bebe con placer. Encontrarás muy cerca el esplendor aristocrático de los palacios y los edificios fastuosos junto a la ciudad de mayor cochambre y miseria, siempre con la basura hasta las cejas. La ciudad en la que la costa es un tranquilo lujo azul para los muy ricos y la del niño traficante que lleva en la vespa un futuro cegado junto a ese paquetito de la Camorra.

Nápoles con su presente ruinoso y conflictivo, con merecida mala fama y sin embargo alegre, con su pasado dorado lleno de música y de elegías de escritores… Nápoles te robará el corazón. Pero a cambio también te dejará que te acerques al suyo, y esta fue para mí una pequeña rendija desde donde atisbar algunos de sus raros secretos: la Capilla de San Severo, a la que también llaman Templo de la Piedad. Una aproximación en diminuto a dos cosas que siempre hay en Nápoles y que simplificando al máximo las dimensiones serían: arriba y abajo.

Esa pequeña caja renacentista guarda dentro mucho del siglo ilustrado y tiene algo mágico. Has entrado allí inocentemente y cuando sales has leído dos libros sin saberlo en media hora, un libro moral y barroco en esculturas y un cuento de terror alquimista. Para entrar tendrás primero que encontrarla semioculta en la maraña urbana, cerca o detrás de la Piazza San Domenico. A la entrada te venderán un billete desde una ventanita que te recordará el torno de un monasterio de clausura y pensarás en el umbral, al ver los serios guardianes que te vigilan nada más entrar, con la Iglesia hemos topado. Pero con quien habrás topado será con el alucinante personaje que la heredó de su familia y que fue quien verdaderamente diseñó su interior, y se trata de un hombre excomulgado: Raimondo di Sangro, el príncipe culto e ilustrado, el excéntrico mago, el inventor más loco, el químico audaz, el soñador más tenebroso, el esotérico y masón, el que está enterrado allí bajo una alegoría a la modestia.

Lo que todo el mundo va a ver a este lugar es un cristo yacente en mármol cubierto por una prodigiosa sábana que ocupa el centro de la estancia. Es el Cristo Velado de Giuseppe Sanmartino. Cuando estés cerca de él te dará un escalofrío pensar en las corrientes de aire y en los milagros, porque tienes la sensación de que si soplaras sobre él el velo de mármol se movería suavemente encima de ese rostro. Debe de ser por eso que la gente que está allí mirándolo junto a ti habla en susurros, con miedo de respirar muy fuerte. Es tan grande la impresión realista de hombre muerto de este cristo que efectivamente la piedad entrará sigilosa en tu corazón. Si levantas la vista habrá por allí la Alegoría al Pudor, que es una mujer desnuda también cubierta por un velo que parece desmentir lo que pregona y es muy hermosa. Hay las alegorías a la tristeza, al desengaño, hay ángeles dolientes, hay la gloria del paraíso, hay la educación, el decoro, la sinceridad, el leve yugo conyugal y el dominio de sí mismo. Todo eso y más te rodea en unos pocos metros cuadrados en los que flota quieta la aspiración humana a la belleza y al valor moral, custodiada por esos guardianes de uniforme. Eso es lo que hay arriba. Luego hay esa pequeña puerta, unas escaleritas inclinadas.

Allá abajo está aquello. El cuento de terror alquimista: dos desconcertantes esqueletos de pie tras unos cristales gruesos, sujetando sobre sí mismos siglos de una leyenda siniestra, mostrando su sistema circulatorio que se ha conservado misteriosamente intacto y que parece una maraña de lana negruzca enredada a los huesos. Fueron encontrados tras la muerte del príncipe en el sótano de esa capilla. No podrás mantener mucho tiempo la mirada sobre aquello sin sentir algo de repugnancia y continuarás el breve sendero hacia la salida, donde en una salita se venden libros sobre este enigmático napolitano dieciochesco, Raimondo di Sangro, el séptimo príncipe de San Severo.

A este personaje, del que ahora piensas que debería descansar bajo una alegoría a la curiosidad insaciable, le rodean las más enrevesadas leyendas. Entre los fantásticos inventos que se le atribuyen constan cosas tan técnicas y prácticas como una especie de carroza náutica, una fina tela impermeable, una imprenta a varios colores o un reloj mecánico con autómatas. Pero en lo que interesa a los amantes de la alquimia, esa cosa que emparenta la fantasía con la ciencia para ofrecernos misteriosos relatos con una mano enguantada en magia, fue aún superior en sus oscuros experimentos, tratando de revivir animales y personas de las cenizas, buscando algo que llamó luz eterna o creando una sustancia capaz de licuar el mármol y otra sustancia seca de apariencia sanguina capaz de disolverse reproduciendo el famoso milagro de la sangre de San Genaro, que viene a ser como el Santo Grial napolitano.

¿Quién no saldría de allí un poco mareado, sintiendo aquel arriba y debajo de la ciudad entera? Es porque habrás rozado allí parte de ese corazón subterráneo, alquimista y supersticioso de Nápoles.

Dos veces al año salen los napolitanos a agitar sus almas complejas y vitalistas delante de un milagro. El sábado anterior al primer domingo de mayo y el diecinueve de septiembre, la fiesta de San Genaro. ¿Te imaginas a una ciudad entera desfilando fervorosa detrás de la Iglesia católica con todos sus ropajes, que lleva en las manos una ampolla de cristal y oro, con supuesta sangre seca que sólo se licúa esos dos días? ¿Te imaginas el Cáliz de Oro, el Collar del Santo, la Mitra decorada con más de tres mil piedras preciosas? Imagínate todo eso saliendo del celoso y barroco nido de la Catedral, recorriendo Via del Duomo, bajando por Via Santa María de Constantinopoli, siguiendo hacia la iglesia de Santa Chiara y regresando a su sitio por una calle llamada San Biagio dei Librai. Naturalmente que hay una explicación química para el asunto de la licuefacción de la sangre, pero ¿quién querría robarle su literatura a este cuento prodigioso y teatral que se desarrolla en la calle? Nadie que haya vibrado con los viejos cuentos populares y de todos, nadie que haya soñado con árboles y animales que hablan o con pasar bajo un arco mágico o con atravesar el mar en busca de aventura. Nadie así paseará sin asombro por las calles de Nápoles y sin encontrar por todas partes, al lado de la verdad más dura, un derroche total de fantasía. ¿O acaso conoces tú otro castillo que se llame como este, Castel dell’Ovo, y que diga de él la leyenda que se sostiene sobre un huevo?

Nápoles te robará el corazón. De eso sabrá Virgilio, que no sé si es verdad que estará enterrado en lo alto de aquel jardín. Allí donde tendrás que subir más de mil escalones por una vereda muy sinuosa y vertical, resbalosa, llena de recovecos. Desde arriba verás ese jardín tranquilo y la estación de trenes. En este chamizo de piedra, alto, solo, con una ventanita, hay un suelo de polvo y una hornacina con laurel. Es aquí donde dicen que duerme el poeta. Querrías que fuera de verdad, pero aun así, aunque no fuera cierto, desde allí podrás ver los trenes que entran y que salen de un túnel, atravesando esa montaña igual que una metáfora del viaje que a todos nos interesa más y a los que duermen ya no mucho.

Y ahí, o en cualquier parte te darás cuenta. En cualquier claustro, en lo alto de la Certosa de San Martino, en la insólita plaza Amedeo, descubriendo en algún lugar un reloj sin manecillas y acordándote de aquel relato de Carson McCullers que sucede tan lejos de este sitio, en otro Sur. Entrando en una torre que es un ascensor, subiendo o bajando escaleras y dimensiones, viendo bailar a un mendigo una mañana de domingo al paso de una pequeña procesión o bajo el monumental crucero de hierro y vidrio de la Galería Humberto I. Te darás cuenta comiendo macarrones o paseando por el Lungomare, pensando más tarde dónde estaría la casa de Ramón Gómez de la Serna, que quiso venir aquí y quedarse a vivir para siempre y se tuvo que marchar. Mirando el mar romper en olas grandes sobre todos esos candados con dos nombres que ponen los enamorados en las farolas y en las barandillas de aquel largo paseo. Aquí o allá, en algún momento sabrás que Nápoles te está robando el corazón y tú le dejaras hacer, porque confías en que al marchar te lo devolverá, aunque no intacto.

Te lo devolverá un poco sacudido, más fantasioso y más saltarín de lo que lo traías al principio, también un poco más maltrecho y más nostálgico, quién sabe si todo eso ya revuelto, junto. Te lo devolverá con las manos abiertas, sonriendo. Nápoles es una ciudad que ha visto mucho mundo y sabe mejor que tú lo mucho que lo necesitarás aún, para el camino. ■ ■


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