Autor: 25 septiembre 2008

Javier Vásconez

Imaginemos un mundo sin animales ni plantas ni árboles ni ríos ni lagos ni mares ni volcanes, solo nos quedaría la posibilidad del horror, de la desolación, del desamparo, del desconcierto. ¿Cómo podríamos vivir en un mundo de tal naturaleza, mejor dicho, sin una naturaleza que nos sostenga? ¿Cómo pensar, soñar, delirar, amar e incluso escribir en un mundo en el que la naturaleza (gestación de la vida y anuncio de la muerte) esté ausente? ¿Cómo imaginar, por otro lado, la posibilidad de hacer literatura sin la movilidad, precisión y belleza de las palabras? Al parecer la una se alimenta de la otra. Desde una visión convencional a un escritor se lo considera un estorbo y al mismo tiempo un creador. No soy sociólogo. Soy un escritor. Por lo tanto, vivo seducido, deslumbrado por el poder de las palabras, vivo en consonancia con ellas y para ellas. Invento personajes, ciudades, situaciones específicas sostenidas en el marco de las palabras. Supongo que mi deber como escritor es limpiarlas de la contaminación, de la hojarasca provocada por el mal uso que se hace de ellas en los diarios, en el habla de todos los días, en los libros, de este modo un escritor se convierte inevitablemente en el jardinero del lenguaje.

Al recibir la invitación de Luis Sepúlveda para hablar sobre medio ambiente y literatura, precisamente en Asturias —un lugar donde la naturaleza estalla por sus cuatro costados con un verdor inusitado—confieso que, al principio, me sentí confundido y hasta intimidado. ¿Qué sabía yo del tema? Por lo que estuve a punto de rechazar la propuesta de venir. Provengo del país donde se encuentra una de las mayores reservas del mundo de colibríes, murciélagos, mariposas, orquídeas e incluso de ciertas especies insólitas de árboles y flores, por no decir nada de las rosas que aún siguen siendo un motivo de inspiración para los poetas.

Sin duda Ecuador es una potencia para los naturalistas. Pues se lo considera el paraíso de las ranas, las mariposas y las orquídeas. Gracias a la especial situación geográfica de las islas Galápagos, Darwin escribió su célebre libro La evolución de las especies (publicado en Londres el 24 de noviembre de 1859), que sentó las bases de la moderna teoría de la evolución. El viaje del Beagle, barco en el cual Darwin recorrió medio mundo, tardó del 2 de diciembre de 1831 a 2 de octubre de 1836. Por un buen tiempo estuvo anclado frente a las costas de Galápagos, convirtiendo a las islas en un laboratorio de sus observaciones. Y algunos años atrás, había ocurrido lo mismo con Humboldt, que vivió en Quito y desde allí realizó numerosos viajes por la región para ampliar sus estudios sobre geografía y vulcanología. Este ilustre sabio alemán registró y escribió con inteligencia y pasión sobre la naturaleza de América Latina. Realizó cientos de dibujos de la flora, fauna, de los minerales así como de la las costumbres indígenas y del resto de la sociedad, incluso ascendió a algunos volcanes. Existe un hermoso cuadro, pintado por Friedric Georg Weitsch, en el que están Alexander Von Humboldt y Aimé Bonpland al pie del Chimborazo. Otro ilustre viajero y explorador fue el británico Eduard Whymper, nacido en Londres en 1840, quien organizó una expedición a los Andes de Ecuador. Desde entonces, cientos de ecologistas, ambientalistas y naturalistas de toda índole visitan cada año Ecuador. Muchos de ellos acuden como devotos peregrinos a las islas Galápagos, a la selva amazónica, recorren los bosques húmedos, se acercan a nuestras playas, escalan algunos volcanes y nevados, haciendo un balance pormenorizado de nuestras especies, pero rara vez se interesan por otras cosas. En mi condición de testigo, ¿qué es exactamente lo que he podido observar? Sin duda hay algo que me parece evidente. Cuando estos estudiosos se instalan de manera más o menos definitiva en nuestros países, su desinterés, su falta de atención por todo lo que no sea naturaleza resulta bastante alarmante. Sí, todo esto puede ser muy estimulante para los sapos y los vampiros, incluso para sus devotos observadores, pero tirando del hilo es aquí donde creo percibir el origen de mi discrepancia. Con estos antecedentes, como es de suponer, adolezco de una cierta prevención hacia estos nuevos románticos, incluso algo de animadversión —tal vez injustificada, prejuiciosa— hacia las actividades a veces no tan inocentes a las que se dedican. Me atrevería a afirmar que para ellos solo somos o existimos como paisaje.

Sin embargo, conviene recordar a un curioso viajero: el poeta Henri Michaux, quien se traslado a Quito con el poeta quiteño Alfredo Gangotena. En aquel viaje parecía buscar una aventura, una explicación a su agitada existencia, pero en vez de conmoverse ante nuestro paisaje, más bien quedó deslumbrado, fascinado, ante el horror provocado por los habitantes de la ciudad de Quito. Años después, escribió Ecuador, un libro inacabado, cruel, pero sin duda memorable.

Todos sabemos que en literatura el tema en sí puede ser poca cosa en comparación con la importancia que cobra su tratamiento. Desconfío de toda manifestación literaria relacionada con el tipismo. Mi apuesta va por otro lado. Así pues, no me encuentro a gusto con la literatura excesivamente informativa, costumbrista, obediente a las coordenadas del periodismo. A pesar de mi admiración por una novela como A sangre fría, de Truman Capote, nunca he sido un gran entusiasta de ese tipo de literatura, aunque eso me obligue a confesar que esa carencia de interés me ha privado de un entretenimiento muy considerable. No coincido con el gusto por la literatura de esta naturaleza o de novelas tan apegadas al periodismo que no pasan de ser crónicas con personajes. Tampoco he experimentado interés con novelas como Los de abajo o Las uvas de la ira. Una novela debe ser ante todo un viaje y un desafío de la imaginación, «una exploración de parajes desconocidos de la memoria elaborados a solas hasta la saciedad». ¿No constituye ello un prejuicio? Quizá no sea tanto un prejuicio como una elección estética.

Por esta razón, al recibir la invitación de Luis Sepúlveda mi primera reacción fue preventiva porque no dejé de considerar la posibilidad de que este encuentro pudiera convertirse en «la vuelta rastrera a las esencias regionales, el sacrificio del lenguaje en los altares del costumbrismo». Y hasta se me vino a la cabeza una idea de Todorov: «La literatura existe en tanto que esfuerzo para decir lo que no dice ni puede decir el lenguaje corriente; si significara lo mismo que ese lenguaje corriente, la literatura no tendría razón de ser». En mis momentos de duda me preguntaba si en este congreso íbamos a tratar o hablar de literatura propiamente dicha, de la que se ocupa del lenguaje en vez de solo querer informar de forma más o menos explícita sobre el estado del medio ambiente o de cualquier otro tema a la moda.

Pero a pesar de estas dudas, nunca me caractericé por permanecer cerrado a las propuestas de otros. «Somos seres inacabados. Somos seres insatisfechos», dice Carlos Fuentes. Yo añadiría, además, somos seres profundamente contradictorios. A diferencia de los manuales de mecánica o de carpintería, las novelas exigen, piden casi a gritos, varias lecturas e interpretaciones. En mi tentativa por encontrar un camino que me llevara de la literatura al medio ambiente, de golpe caí en cuenta, como quien descubre el rostro revelador de un antepasado en una fotografía descubierta al azar, que algunos de los contenidos fundamentales de la literatura lindaban con las fronteras de la naturaleza y de la ecología. A partir de esta oscura sospecha, y como me gustan los desafíos, decidí aceptar venir a este evento porque deseaba encontrar la misteriosa relación entre literatura y medio ambiente. Si bien no me convencía el tema, o al menos me parecía un tanto rebuscado, opté por darle otra vuelta de tuerca a esta propuesta. De manera que decidí arriesgarme, indagar, hurgar en la literatura de los otros y en la mía a fin de encontrar una afinidad, un puente que me llevara por esa ruta desconocida, es decir, encontrar la posible relación entre medio ambiente y literatura.

Si bien la verdadera literatura es siempre un desafío, sobre todo en un mundo en el cual nadie quiere arriesgarse, pero además es uno de sus privilegios y una de sus más viejas aspiraciones, mostrarse dispuesta a la pluralidad. Porque es siempre la vida la que se expresa en nosotros y a través de nosotros. La vida le dice sí a la vida. En la literatura subyace un miedo atroz a nuestra ilimitada capacidad de destrucción. En eso nos acercamos a los ecologistas —aquí está el lazo invisible—, ya que en muchos aspectos la literatura en sí misma constituye un amplio registro de nuestra violencia. ¿Todo gran poema no lleva implícito dentro de sí el terror obsesivo del acabamiento y contaminación del lenguaje? Me atrevo a decir que el miedo a la destrucción es uno de los grandes temas de la literatura. Muchas novelas, cuentos, poemas lo han abordado de distintos ángulos y construyen sus mejores momentos cuando se ocupan del terror del hombre frente a sí mismo y también frente a la naturaleza. Si uno va más allá de la trama argumental de algunas novelas de Dostoyevski, Melville, Conrad, Faulkner, Stevenson, Kafka o Joâo Gilberto Noll, por poner unos pocos ejemplos, ¿cómo no suponer que en ellas existe un miedo ancestral por la desaparición del hombre de la faz de la tierra? ¿Muchos de estos textos acaso no son una narración soslayada, sutil, una reflexión acerca de esta pesadilla? ¿No existe acaso un tipo de literatura que atestigua, festeja e incluso hace una crónica de este horror?

Para convencerlos de esta hipótesis, sugiero trasladarnos por un momento a La Metamorfosis de Kafka. Aquel episodio tan minimalista como absurdo de la manzana podría ser ilustrativo. El padre lanza una manzana y eso le produce un dolor insoportable a Gregorio, porque ha quedado clavada sobre su espalda, y hasta empieza a podrirse en ella. Conviene analizar este episodio que nos ilustra sutilmente el miedo ante la naturaleza, la repulsión de Gregorio ante la podredumbre de la manzana dentro de su cuerpo.

Ahora bien, ¿de qué trata la ecología? En definitiva, según nos advierte Hans Jonas: «de tomar conciencia del formidable desfase entre la debilidad de nuestras luces y el extraordinario potencial de destrucción de que disponemos».

Si la historia parece haber perdido la memoria, imagino que el escritor tiene la obligación de suplirla con la imaginación. Y si hoy día el medio ambiente se encuentra amenazado por los excesos cometidos contra la naturaleza, también lo están las palabras, cada día más contaminadas y vacías, a las cuales un escritor debe contribuir a devolverlas su verdadero sentido, su camino memorioso hacia la verdad. Si podemos habitar en la tierra es gracias a que poseemos agua, árboles, animales y plantas, en tanto el arte de la literatura aporta palabras, ironía, belleza a nuestra existencia. En definitiva, la literatura nos ayuda a ver la naturaleza, a entenderla. ¿Por qué? Porque nos propone una mirada diferente. Pensemos así en el camino recorrido en Hispanoamérica desde las llamadas «novelas de la selva» a El hablador de Vargas Llosa. Imagino que el medio ambiente se resentiría aún más si no existiera esa mirada extrañada para ver las otras posibilidades de la vida, las más sutiles, aquellos susurros producidos por los árboles en medio de la noche.

2

Tras un breve recorrido por mis libros he descubierto con asombro la importancia que en ellos cobra la naturaleza, incluso algunos animales —caballos, perros, canarios, gatos, sapos, mariposas, ratas, moscas—entendidos como una prolongación de los sueños ante la vida.

Si El viajero de Praga fue un abrazo desesperado, acaso un acto de amor y de exorcismo, también fue un puente tendido a la literatura universal —como debe ser, ya que la literatura siempre es un puente, un proceso, una reflexión íntima e individual— cuya composición me permitió moverme sin vacilar por varias ciudades y culturas a fin de atenuar la asfixia literaria que padecemos en Ecuador. Asfixia debida al exceso de información sociológica, a la falta de riesgo y ambición, al costumbrismo que pretende ser un reflejo de la sociedad, a la insistencia por describir o intentar reproducir la realidad en vez de envolverla, en el sentido que Faulkner entendía el arte de narrar: «no despejando las tinieblas, sino tan solo mostrando su horror». Con esta novela me permití entablar un diálogo, legítimo y sin complejos con ciertos autores a quienes he rendido velada o abiertamente un homenaje de admiración, puesto que un escritor debe mantener un diálogo no solo consigo mismo, sino con toda la literatura. ¿Quién es el doctor Kronz? ¿Dónde situarlo? No creo que se lo pueda imaginar únicamente en Praga ni en las calles de Quito, ni siquiera junto a su gato Elmer, sino que es parte de esa larga lista de personajes enfrentados al pánico de su propia destrucción en el lugar al cual acaban de llegar. Al escribir aquella novela, mi aspiración más íntima, si se me permite el término, fue no sólo que conservara intacto el aroma de la lluvia, del páramo desolado, o de la ciudad andina, sino que trasmitiera la enorme soledad de un hombre y la desesperación del autor por mostrar las andanzas y el temor a la destrucción al penetrar en un territorio desconocido, en una línea imaginaria.

Con La sombra del apostador el estímulo creador fue otro. Esta novela se resistió bastante y no fue el producto de una visión afortunada, más bien constituyó una lucha por superar una serie de obstáculos. Nació con la imagen de una niña encerrada en una casa llena de perfumes. Luego fue creciendo con el desenfrenado galope de un caballo en un hipódromo, al tiempo que escuchaba voces de otros personajes. Aparte de eso, no tenía nada más. Unas cuantas huellas, algunos rostros dispersos, y el latido del lenguaje anunciándome vagamente el camino que debía seguir, aunque el doctor Kronz ya no iba a guiarme por los recovecos de la novela. Se había quedado atrás, solitario y fantasmal, sin intención de acompañarme por este arduo recorrido. Así que dejé correr libremente las palabras, y bajo este impulso creador, escribí los tres primeros capítulos hasta que sobrevino una especie de bloqueo. Padecí bastante. Podía adivinar y sentir aquellas voces torrenciales, desarticuladas, que no sabía de dónde provenían, aunque con el tiempo iba a descubrir que eran ellas las que habrían de configurar ciertas situaciones, como los paseos de Lena por los miradores de la ciudad o las visiones nocturnas del jockey Aníbal Ibarra. Eran esas voces, aparentemente dispersas, las que habrían de darle otro sentido a la llamada anónima dirigida a Roldán en el hotel. Dicho de otro modo, tenía que vérmelas con la «naturaleza» de los seres humanos que cambian poco como muestra la literatura.

Ahora bien, «el verdadero protagonista de una novela moderna no es el héroe que encarna un destino ejemplar, sino el ruido complejo y disperso de la vida que lo rodea, la bruma que sólo se percibe sin anteojos, las palabras sueltas que llegan a un oído débil y perceptivo», nos dice Juan Villoro. En una palabra, las posibilidades interpretativas que una novela ofrece para su lectura son infinitas, pero como la obra literaria carece de horizonte, de propósitos, el escritor actual se repliega con mayor o menor fortuna en los momentos más enigmáticos de la vida. Esa parece ser su naturaleza.

A estas alturas solo puedo decir, tentativamente, que captar esos matices y los episodios donde se registre la lenta y obstinada destrucción del hombre sobre la tierra, tal vez sea la tarea del futuro novelista. Acaso gracias al poder de la literatura, ¿vamos a navegar como el capitán de Conrad o el Maqroll de Mutis por el corazón de las tinieblas y las aguas tenebrosas de un río, indagando cuánta destrucción ha hecho el hombre en la naturaleza? De los distintos refugios de la imaginación, no sé si este accidentado peregrinar en un barco tendríamos que hacerlo a través de la literatura o de la ecología.

Para concluir voy a leer un fragmento del poema La ofrenda del cerezo del poeta ecuatoriano Iván Carvajal, ya que según los japoneses la floración del cerezo es uno de los espectáculos más atractivos de la naturaleza:

Contemplo al cerezo en su milagro.

Florece. Y aunque me embriaga su aroma,

No estaré aquí para probar sus frutos.

Mi vida depende del cerezo apenas

Mientras dure este instante. Un blanco manto

que cae y se mece, un fresco olor,

mi júbilo. Me iré en unos minutos.

Mi vida no depende del cerezo.

Y sin embargo irá el fantasma

del árbol conmigo para siempre. ■ ■


Una respuesta to “La novela como naturaleza muerta. Literatura y medio ambiente”

  1. Jorge Andrés Ramírez Galán:

    Hola, Javier. Buenas noches. Soy un estudiante de Castellano y Literatura en la Universidad de Los Andes en Venezuela y justamente estoy trabajando este tema en un proyecto para mi tesis. La verdad es que la búsqueda de investigaciones y opiniones acerca de este tópico me ha resultado un tanto complicado de encontrar. ¿Existe alguna forma de comunicarme contigo? y así poder indagar un poco más sobre el tema, me interesa sobre todo el trabajo que se está haciendo en Asturias, poder tener acceso a él. De antemano Gracias. ¡Saludos!

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