Autor: 25 septiembre 2008

Pilar Merino

El día 16 de abril de 2007 se presentaron en Madrid las conclusiones finales del trabajo de investigación Exhumación e identificación de los restos de don Francisco de Quevedo, realizado por la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid, tras un acuerdo suscrito con el Ayuntamiento de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). Han sido muchas las voces que, tras conocer esta noticia, se han alzado para reclamar una explicación, para indagar en el porqué de este estudio, en los motivos por los que ha sido necesario identificar los huesos de Quevedo cuando, según sus últimas voluntades, el destino de su cuerpo no sería una incógnita sino una tumba precisa y bien delimitada. ¿Cuáles son esas razones?

No es extraño que los hombres, viendo cercana la hora de su muerte, llamen al notario y redacten un testamento en el que recoger sus últimos deseos, no solo sobre el destino de sus bienes materiales, sino sobre lo que ha de hacerse en su enterramiento una vez que cierren para siempre los ojos. Si ha habido uno entre estos hombres que se mostró especialmente escrupuloso en ambos aspectos, ese fue don Francisco de Quevedo y Villegas. En su testamento, redactado el 26 de abril de 1645, pocos meses antes de su muerte, y cuyo original se conserva en su Casa-Museo de la Torre de Juan Abad, en la provincia de Ciudad Real, dispone sobre sus posesiones de forma meticulosa, dando instrucciones sobre el destino de bienes de importante valor. Entre ellos habla de «dos pares de casas en la villa de Madrid, en la calle del Niño, con cochera y caballerizas; y asimismo las casas que tengo en la dicha villa de La Torre de Juan Abad, a linde de los herederos de Gonzalo Cañete, vecino de la dicha villa», y «de una venera sobre una esmeralda grande y rica, con una espada de rubíes con cerco de diamantes». En cuanto a otros objetos más cotidianos, dispone el destino de «una jaca con su silla nueva y los demás aderezos Della», de «una escopeta con una llave de rabo de alacrán, con sus herramientas» y también de diversos trajes, baúles, lienzos, arcas, libros, camas, colchones y sábanas, papeles de importancia, una pieza entera de tela de damasquino de la China, una espada de marca y una babilonia pintada, así como de dinero en efectivo. Sin embargo, es la parte que se refiere a sus últimas voluntades con respecto al descanso eterno de su cuerpo la que se reproduce íntegramente a continuación, por ser la que nos interesa para las cuestiones que después se formulan. Se trata del inicio de la carta de testamento —justo antes de indicar el número de misas (ochocientas) que deben celebrarse por su ánima—, que dice:

En nombre de Dios, amén. Sepan cuantos de esta carta de testamento, última y postrera voluntad vieren, cómo yo, don Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la orden de Santiago, señor de la jurisdicción de la villa de La Torre de Juan Abad, Orden de Santiago, en el Campo de Montiel, estante al presente de esta Villa Nueva de los Infantes, enfermo de la enfermedad que Dios Nuestro Señor fue servido de me dar, pero en mi sano juicio y entendimiento natural, creyendo como firme y verdaderamente creo en el misterio de la Santísima Trinidad, otorgo que hago mi testamento e última voluntad en la forma siguiente:

Primeramente encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor, que la crió y redimió con su preciosa sangre; y el cuerpo a la tierra, de la que fue formado.

Ítem, mando que mi cuerpo sea sepultado por vía de depósito en la capilla mayor de la iglesia del convento de Santo Domingo desta villa, en la sepultura en la que está depositada doña Petronila de Velasco, viuda de don Gerónimo de Medinilla, para que de allí se lleve mi cuerpo a la iglesia de Santo Domingo el Real, de Madrid, a la sepultura donde está enterrada mi hermana.

Estos párrafos adquieren especial relevancia cuando en el mes de abril de 2006 los medios de comunicación españoles se hacen eco de la siguiente noticia: «El Ayuntamiento de Villanueva de los Infantes suscribe un acuerdo con la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid para identificar los restos de Quevedo». Lo que en principio puede parecer carente de lógica, ya que si se cumplieron los deseos del ilustre escritor estaría debidamente enterrado y no sería necesario identificar nada, se convierte en una labor de investigación que dura alrededor de un año. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo por el que un grupo de forenses debe rescatar los restos del escritor de entre casi doscientos cadáveres? ¿Cómo trataron los vivos las últimas voluntades de don Francisco? Pues haciendo caso omiso, como veremos más adelante, ya que los restos del escritor han estado, o supuestamente estado, en un buen número de lugares y han sufrido avatares dignos de una película de aventuras. En algunos foros de internet hay incluso quienes piensan que este deambular de su esqueleto no es más que el merecido destino de un hombre cuya azarosa vida le llevó a dar con sus huesos en la cárcel o en el destierro en más de una ocasión. Pero un personaje extraordinario como Quevedo no permite que se le haga la autopsia como si de un cadáver cualquiera se tratara. Por eso, para intentar comprenderlo, vamos antes a caminar un trecho a su lado.

Nace don Francisco de Quevedo en Madrid el 17 de septiembre de 1580. Su padre, Pedro Gómez de Quevedo Villegas, desempeñaba el cargo de secretario de la reina Ana María, mujer de Felipe II, y la madre, María de Santibáñez, el de dama de honor. Aunque se conocen muy pocos datos de su infancia, sí se sabe que la pasó en Palacio —por lo que desde niño pudo conocer el mundo de las intrigas cortesanas—, y que muy pronto perdió a su padre (1586) y a su madre (1601), siendo su tutor desde entonces Agustín de Villanueva, secretario del Consejo de Aragón.

Realiza sus primeros estudios en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús en Madrid, pasando después a la Universidad de Alcalá de Henares, donde cursa lenguas clásicas y Filosofía y comienza los estudios de Teología.

Se traslada a Valladolid en 1602, siguiendo a la corte, para continuar sus estudios de Teología. Al año siguiente, cuando Pedro Espinosa recoge materiales para elaborar la antología Flores de poetas ilustres de España, incluye en ella unos dieciocho poemas de Quevedo, prueba de la fama que se había granjeado ya un poeta que apenas tenía veintitrés años de edad.

En 1606 regresa a Madrid (hecha de nuevo corte desde el año anterior), donde permanece hasta 1613. Para el joven Quevedo es una época de actividad literaria tan fructífera como diversa. Compone su única novela (La vida del Buscón llamado don Pablos), cuatro Sueños y diversas sátiras breves en prosa; obras de erudición bíblica, como por ejemplo su comentario Lágrimas de Jeremías castellanas; de investigación histórica y lingüística, como la España defendida, y de teoría y práctica políticas como el Discurso de las privanzas. También escribe poesía de índole muy variada.

En 1613 marcha a Italia en calidad de secretario personal del virrey de Sicilia, don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, a quien le unirá una estrecha amistad. Lleva entonces una vida de intensa actividad política que le obliga a realizar continuas embajadas por Italia y diversos viajes a la corte española. Desde Sicilia, en 1615 el duque le encarga que promueva en la corte de Madrid su designación como virrey de Nápoles, lo que cumplió con gran eficiencia, siguiendo el método propicio en la corte corrupta de Felipe III: el soborno. De esas gestiones hay claros testimonios en el epistolario, aireados por editores e historiadores.

El virreinato de Nápoles tenía una significación considerable en la geopolítica del sur de Europa. Desde allí Osuna, secundado por Quevedo, concibió planes para acrecentar la grandeza de España, con Venecia —«rival de la casa de Austria en el Adriático»— como uno de los objetivos. En abril de 1617 el duque hizo una entrada con diez galeones en el Adriático, lo que provocó los primeros conatos bélicos. En mayo el poeta-embajador viaja a Madrid. Según Jauralde Pou, «en el mapa político europeo se sabe muy bien que Quevedo es el embajador político del duque, y que marcha a Madrid para informar sobre las aventuras marítimas del virrey»; parece que «el contraespionaje saboyano» envió seis «caballeros con su retrato y señas» para matarle en Niza, donde se estimaba que desembarcaría desde Nápoles para seguir por tierra hasta Madrid. Un mensajero llegó a avisarle a tiempo del peligro y Quevedo pudo salvar así su vida y avanzar desde Barcelona a Fraga de Aragón escoltado por tropas del gobernador de Cataluña.

Por los servicios prestados, a finales de 1617 recibe en Madrid, de manos de Felipe III, el hábito de la Orden de Santiago junto con una pensión de cuatrocientos ducados.

En octubre de 1620 el duque de Osuna vuelve a Madrid, destituido de su cargo de virrey de Nápoles. El 31 de marzo de 1621 muere Felipe III. El nuevo gobierno de Felipe IV radicaliza el proceso de petición de cuentas; se apresa a los duques de Osuna y Uceda, y a sus colaboradores, bajo acusaciones varias. El duque de Uceda muere en el destierro en mayo de 1624; el de Osuna en prisión en septiembre del mismo año. Quevedo, que había sido desterrado de la corte en octubre de 1620 por comportamiento escandaloso con Osuna y mantenido prisionero primero en Uclés y luego en la Torre de Juan Abad, ahora es afectado por los procesos judiciales a través de las pruebas documentales —las cartas— que le vinculan con los acusados y sus hechos delictivos. En septiembre de 1621 se le permite volver a Madrid, pero poco después, en enero de 1622, vuelven a desterrarle: debe mantenerse lejos de la corte, a una distancia no menor de diez leguas a la redonda. Mientras tanto, con el fin de poner en orden los problemas de su hacienda, en abril de 1621, desde su destierro, solicita al Consejo de Castilla que se ordene la venta de bienes y jurisdicción de la villa de la Torre de Juan Abad por deudas mantenidas con él por un crédito heredado de su madre. La petición le es concedida y la venta se hace a favor de Alonso Mesía de Leiva, quien luego traspasa jurisdicción y bienes a Quevedo, que obtiene así la condición de señor de la Torre de Juan Abad, anotada en adelante junto a su nombre en todas sus firmas.

A Quevedo se le deja libre en marzo de 1623. Comienza entonces una etapa de cierto esplendor para él, en la que sirve y elogia al conde-duque de Olivares —valido del rey Felipe IV—, a quien alaba con descaro en la Epístola satírica y censoria y defiende de las críticas su política monetaria en El chitón de las taravillas. Asimismo, acompaña al rey en sendos desplazamientos por España, en 1624 y 1626. Esta creciente estimación de su persona suscita, sin embargo, envidias y odios; de ahí que aparecieran continuas críticas y ataques contra él, a los que contestaba con su saña e ironía habituales.

Presiones diversas, intereses políticos y compromisos económicos le obligan a contraer matrimonio en 1634 con doña Esperanza de Mendoza, señora de Cetina, pero el matrimonio apenas dura tres meses.

Quevedo pasa largas temporadas de estudio y composición literaria en el pueblo de la Torre. Escribe Cuento de cuentos, La cuna y la sepultura, y La hora de todos y la Fortuna con seso, alternando esta actividad solitaria con algunos periodos de residencia en Madrid, hasta 1639, cuando cae de nuevo en desgracia. Se ha dicho que la causa fue una sátira en verso contra el conde-duque —el poema «Católica, sacra, real Majestad»— que el rey encontró debajo de su servilleta. Es más probable, sin embargo, que fuera acusado de espionaje a favor del cardenal Richelieu. Sea lo que fuere, el caso es que le detienen en Madrid la noche del 7 de diciembre e inmediatamente es encerrado en un calabozo subterráneo del convento de San Marcos de León. Allí está preso cuatro años sin que se le instruya proceso alguno, hasta su liberación unos meses después de la caída del conde-duque de Olivares.

Los años de condena deterioran gravemente su salud. En San Marcos llega a decir «yo he pasado muchas veces los Alpes y los Pirineos, y no he padecido de tan profunda destemplanza de frío como en este lugar». Quevedo sale de prisión viejo y enfermo. Después de abandonar Madrid, primero, y la Torre de Juan Abad, después, marcha a Villanueva de los Infantes. Se instala en el convento de Santo Domingo, donde dicta capítulos de la segunda parte de su obra Vida de Marco Bruto y proyecta, por primera vez, una recopilación de sus poemas que nunca podrá realizar, pues fallece el 8 de septiembre de 1645.

El círculo de la vida se cierra para Quevedo y nosotros abrimos los ojos en aquel 8 de septiembre de 1645, con el cadáver en su celda del convento de Santo Domingo de Villanueva de los Infantes. Pese al optimismo que demostraba en su primera carta tras su llegada a la villa el 8 de enero de ese mismo año, dirigida a don Francisco de Oviedo («la porfía de mis enfermedades y lo riguroso de este invierno me obligaron a pasarme a Villanueva de los Infantes donde quedo en busca de algún remedio de la botica y asistencia de amigos. Lo que he hallado muy a propósito a mi necesidad, con alojamiento muy abrigado y voy sintiendo mucha mejoría, y espero en Dios, que en desenojándose el año, podré restituirme al uso deste miserable cuerpo»), sus maltrechos pulmones y una disentería culminarán el trabajo comenzado cinco años antes por el insalubre y húmedo calabozo de San Marcos. Quevedo está entonces alojado en casa de la viuda de Jiménez Patón, con quien había compartido una gran amistad, pero para no dar lugar a habladurías sobre su estancia en casa del amigo sin estar ya él presente, se traslada en abril al convento de los dominicos.

En su celda, parece escuchar el latido de la muerte apenas tres días antes de que venga a visitarle cuando en una carta a su amigo Francisco de Oviedo le dice: «Pocos renglones dictaré por quedar afligido y flaco sumamente de una disentería que me ha sobrevenido y no la puedo atajar. Vuesa Merced me ha de encomendar a Dios, que es el mejor oficio de los amigos». Sintió quizás el mismo latido que vibra en su célebre soneto:

Ya formidable y espantoso suena

dentro del corazón el postrer día;

y la última hora, negra y fría,

se acerca, de temor y sombras llena.

Su premonición se cumple y los presentes conocen su carta de testamento redactada en abril de ese mismo año y firmada ante el escribano y varios testigos de la villa, a quienes cita por nombre, donde indica expresamente su deseo de «recibir sepultura por vía de depósito en la capilla mayor de la iglesia del convento de Santo Domingo desta villa, (…) para que de allí se lleve mi cuerpo a la iglesia de Santo Domingo el Real, de Madrid, a la sepultura donde está enterrada mi hermana».

Sin embargo, ni los frailes dominicos, ni el vicario don Florencio de Vera y Chacón respetaron dicha voluntad y sus restos mortales fueron enterrados en la capilla de la familia Bustos de la iglesia parroquial de San Andrés. ¿Por qué? Entramos, evidentemente, en el terreno de la especulación, cuando unas voces señalan que los dominicos se opusieron a darle sepultura en su recinto por haber estado prisionero tras caer en desgracia con el conde-duque de Olivares, o quizá por ser un personaje que levantaba polémica allá donde fuera. Otros opinan, en cambio, que fue el vicario quien consideró que se le honraba mejor depositándolo en la iglesia de San Andrés y, de paso, se complacía de albergar en su parroquia a un personaje ilustre.

No hacía así más que empezar el azaroso viaje de los huesos de Quevedo, ya que circula la leyenda de que un presumido caballero llegado a Villanueva de los Infantes para participar en un festejo taurino, hurtó en mitad de la noche las espuelas de oro que el cadáver de don Francisco lucía, durante la exposición del cuerpo. Otras versiones apuntan que solo las tomó prestadas, pagando una contraprestación económica al encargado de vigilar el cadáver. Al día siguiente, el caballero engalanado con las lustrosas espuelas no tuvo fortuna y un toro acabó con su vida.

La siguiente etapa de nuestro viaje —aunque luego tendremos que volver atrás en busca de pistas perdidas— nos lleva al año 1868, en que se planea la construcción en Madrid del Panteón de Hombres Ilustres. La fecha elegida para la inauguración es el 6 de junio de 1869, para hacerla coincidir con la promulgación de la Constitución, de manera que «se inauguraría la Constitución haciendo justicia, tardía, pero espléndida, a grandes figuras nacionales». La idea del panteón, sin embargo, tuvo su origen en una ley de 6 de noviembre de 1837, por la que se «establecerá en la que fue iglesia de San Francisco el Grande, de esta corte, un Panteón Nacional, al que se trasladarán con la mayor pompa posible los restos de los españoles, a quienes, cincuenta años al menos después de su muerte, consideren las cortes dignos de este honor». Pasaron aún largos años antes de ver materializada esta idea, hasta que por decreto de 31 de mayo de 1869 se establece la creación de una comisión de expertos encargada de inaugurar dicho panteón.

Se buscaron sin éxito los restos de Luis Vives en Brujas (Bélgica), los de Antonio Pérez (secretario de Felipe II) en París, los de Cervantes, Lope de Vega, Juan de Herrera, Velázquez, Jorge Juan y Claudio Coello en Madrid, los de Tirso de Molina en Soria y los de Juan de Mariana y Moreto en Toledo. Después de la infructuosa búsqueda se llegó a la conclusión de que tales restos se habían perdido definitivamente.

Según el estudio realizado por Carlos Chaparro Contreras (documentado en el Archivo Municipal de Villanueva de los Infantes), a dicho ayuntamiento llega el 2 de junio de 1869 un correo del gobernador civil de la provincia trasladando una orden del ministro de Fomento para la averiguación del paradero de «las cenizas» de don Francisco de Quevedo y Villegas, y su envío a Madrid antes del día 6 del mismo mes para que recibiese junto a varios hijos ilustres de España los honores oportunos. Debían acompañar también un acta de exhumación y una comisión municipal para su traslado.

Previamente, el 31 de mayo, el gobernador había dirigido otra carta al ayuntamiento para que le confirmasen si realmente existían los restos de Quevedo. Se solicitó información al vicario del Campo de Montiel que, según una nota de colecturía, aseguró que don Francisco estaba enterrado en la iglesia de San Andrés, concretamente en la capilla de los Bustos. El pleno del ayuntamiento del día 2 de junio acuerda enviar una copia de la carta del señor gobernador al vicario del Campo de Montiel solicitando permiso para llevar a cabo la exhumación de los restos de Quevedo, que una vez exhumados se levante acta por cuadruplicado y se remitan copias al ministro de Fomento, al señor gobernador de la provincia, a la vicaría de la villa y al archivo del ayuntamiento, que se construya una caja decente para depositar los restos, y que los gastos se carguen al capítulo de imprevistos del presupuesto municipal.

La exhumación debió de producirse entre los días 2 y 3 de junio de 1869, según consta en el archivo municipal «después de haberse encontrado la bóveda que hay en la capilla ahora de la Soledad (…) con los restos mortales que a no dudar deben ser los del célebre poeta don Francisco de Quevedo y Villegas».

La capilla de los Bustos, una familia hidalga de la localidad, había pasado en el primer tercio del siglo xviii a manos del cabildo que la reconocía con el nombre de capilla de la Virgen de la Soledad. Cuando abren la cripta en busca de los huesos reclamados encuentran nueve cuerpos en total. Debido a los enterramientos de clérigos que habían realizado en los últimos tiempos, todos los cuerpos que descubren aparecen vestidos con hábitos. Todos menos uno, que está vestido de civil. Es, por tanto, este esqueleto el que identifican con los restos del ilustre escritor y el que preparan para su envío a Madrid.

Sin embargo, al día siguiente y con todo preparado, a través de la Gaceta de Madrid la corporación se entera de que la inauguración del Panteón Nacional se ha aplazado hasta el día 13 del mismo mes. Deciden, por tanto, posponer los actos organizados para la despedida.

El día 12 el señor alcalde, don Diego Antonio de Bustos puede por fin, junto a otros representantes del municipio, inaugurar la procesión cívica que debe despedir los restos de Quevedo. Los mismos habían sido colocados, envueltos en algodones, en una cajita forrada de veludillo negro con galón de platilla blanco con la inscripción de su contenido en la tapa. Esta procesión hace entrega de la urna, la llave y otros documentos a la comisión que debe trasladarlos a Madrid, hacia donde parten a las tres y media de la tarde.

Pese a todas estas dificultades, a las cinco de la tarde del día 20 de junio de 1869, cien cañonazos inauguraban el Panteón Nacional en la iglesia de San Francisco el Grande, y en la que iban a ser depositados los restos de Juan de Mena, del Gran Capitán, de Garcilaso de la Vega, de Ambrosio de Morales, de Alonso de Ercilla, de Lanuza, de Quevedo, de Calderón de la Barca, del Marqués de la Ensenada, de Ventura Rodríguez, de Juan de Villanueva y de Gravina. Los restos de estos personajes fueron trasladados en carrozas engalanadas para la ocasión y acompañados por bandas de música, unidades del Ejército y de la Guardia Civil, por estudiantes, religiosos, políticos e intelectuales, formando una comitiva de cinco kilómetros de longitud.

Aparte de los cien cañonazos, la procesión de carrozas y la recolección de cenizas, poco más se hizo en torno al sublime propósito del panteón. En este estado de dejadez permanecieron las cosas hasta que la reina regente María Cristina de Austria, viuda de Alfonso XII, ordena la construcción de un nuevo Panteón de Hombres Ilustres. Para ello convoca un concurso de proyectos que incluiría la construcción del panteón y una nueva Basílica de Nuestra Señora de Atocha. Las obras comenzaron en 1891, pero la magnitud del proyecto y la falta de recursos económicos hicieron que se paralizaran en 1901.

Ante semejante panorama, los restos que habían sido reunidos desde diferentes puntos de la geografía española emprenden el viaje de regreso. En concreto, los restos de Quevedo —tampoco con la garantía absoluta de que retornaran los mismos que se enviaron— debieron de ser devueltos entre 1888 y 1900. Cuando llegan a su lugar de destino-origen van acompañados de una nota en la que dice que no creen que sean los restos de don Francisco de Quevedo por tener este esqueleto la dentadura completa y conocerse de sobra que al escritor apenas le quedaban dientes en el momento de fallecer. Para rematar el error, el cráneo pertenece, casi con total seguridad, a una mujer joven. Esta caja que devuelven de Madrid y su contenido de huesos caen en el olvido hasta el año 1920.

De forma fortuita, mientras se prepara una reforma del consistorio, aparece en el Archivo Municipal de Villanueva de los Infantes una caja negra con letras doradas que dicen «Restos de Quevedo». Estamos en 1920 y han pasado más de cincuenta años desde que los restos que contienen fueran exhumados de la capilla de la Soledad. El ayuntamiento, para honrar «como se merece» al insigne personaje, le organiza un entierro con desfile, banda de música y merienda tras el sepelio. El nuevo lugar de sepultura es la Ermita del Cristo de Jamila situada en el Paseo (actualmente Parque de la Constitución). En la placa explicativa que hay a la entrada de la ermita advierten al visitante que se trata de «la sepultura apócrifa de Quevedo». ¿Apócrifa? Por cierto, sigue siendo un misterio lo que contiene la tumba de Jamila, ya que nunca ha sido abierta.

Llegados a este punto, la pregunta es obvia: si los restos que se enviaron a la capital no eran los del escritor, ¿dónde está Quevedo?

Con un nuevo salto en el tiempo aterrizamos en 1955. Vicente López Carricajo, aparejador municipal, había encontrado un acta del cabildo del siglo xvii que atestiguaba la Consagración del Oratorio para Santo Tomás de Villanueva (patrón de la localidad) bajo la Sala Capitular. Ante este sorprendente hallazgo del que no se tenía noticia, se encarga al aparejador que inicie las excavaciones para la búsqueda y recuperación del altar dedicado a Santo Tomás de Villanueva. Es en el transcurso de esta excavación cuando encuentran, por azar, una cripta que había permanecido oculta durante siglos. Indagando en este suceso, Vicente López Carricajo llegó a la conclusión, por los documentos que pudo consultar, de que en el año 1796 se había hecho una limpia de la cripta, después de la cual los huesos restantes se habían trasladado al osario común dentro de la misma cripta.

Resumiendo, los huesos de Quevedo, que había sido inhumado en la cripta que la familia Bustos poseía en la iglesia parroquial habían sido trasladados un siglo después —dicen algunos que en enigmáticas circunstancias— a la cripta bajo la Sala Capitular, que permaneció escondida hasta las excavaciones de 1955.

Cuando en mayo de 2006 los investigadores de la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense, coordinados por el director de esta institución, José Antonio Sánchez, comienzan su labor de identificación de huesos, se encuentran con que el cuerpo de Quevedo está desperdigado entre centenares de restos (unos 167 cuerpos) de niños, adultos e incluso animales. Todo este material se encontraba enterrado en diez fosas bajo el suelo de la cripta, en la que se daba por hecho yacía el cadáver de Quevedo. Los huesos se encontraban revueltos, sin conexión anatómica y entre múltiples restos de madera, cuero, telas, zapatos, metales y piedras. Los investigadores se encontraron con un desbarajuste de osamentas mucho mayor del que esperaban antes de desenterrar las fosas: si tenemos en cuenta que el cuerpo humano está formado por doscientos seis huesos y que el número de esqueletos se aproximaba a las dos centenas, estamos hablando de alrededor de casi cuarenta mil huesos pendientes de clasificar.

Se inició una criba exhaustiva de la tierra con el fin de separar el material óseo, para después descartar mediante un estudio antropométrico y radiológico todo resto que no correspondiera con un varón en torno a los 65 años y un metro sesenta y cinco centímetros de estatura. A falta de descendientes reconocidos con quienes cotejar el adn de los restos, los investigadores se han servido de la descripción que tanto su primer biógrafo, Pablo de Tarsia, como el propio Quevedo, dieron de su aspecto físico. El primero le describió así: «Fue don Francisco de mediana estatura, pelo negro y algo encrespado; la frente, grande; los ojos muy vivos, pero tan corto de vista que llevaba continuamente anteojos; la nariz y demás miembros, proporcionados; y de medio cuerpo arriba fue bien hecho, aunque cojo y lisiado de entrambos pies, que los tenía torcidos hacia dentro; algo abultado, sin que le afease; muy blanco de cara». El escritor se burla de sí mismo llamándose «tartamudo de zancas y achacoso de portante».

Esta cojera atribuida al escritor ha sido clave para atribuirle diez de las piezas halladas, según José Antonio Sánchez, director de la investigación. El fémur derecho está «visiblemente doblado», lo que explicaría su reconocida cojera. También el fémur izquierdo «estaba algo doblado para corregir esa patología». Además, se han hallado muy pocos huesos de personas de edades avanzadas, como los del poeta. A pesar de todo, el director de la investigación se muestra prudente y advierte que no se puede garantizar al cien por cien que los restos sean verdaderamente los de Quevedo, ya que el esqueleto completo estaba muy deteriorado y no se ha podido rescatar. Finalmente, los restos «certificados» del autor han sido: fémur derecho y fémur izquierdo, húmero derecho, clavícula derecha y seis vértebras (dos cervicales, dos dorsales y dos lumbares). Hubo dos cráneos que parecieron compatibles hasta que los últimos análisis ofrecieron dudas razonables y hubo que descartarlos.

Las conclusiones finales del trabajo de investigación Exhumación e identificación de los restos de don Francisco de Quevedo se presentan el 16 de abril de 2007 en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla, en Madrid. Intervienen en el acto el rector de la Universidad Complutense de Madrid, el alcalde de Villanueva de los Infantes y José Antonio Sánchez, director de la Escuela de Medicina Legal y director-coordinador del proyecto de investigación.

Quevedo, o mejor dicho sus huesos, pueden por fin «descansar en paz». En Villanueva de los Infantes organizan la ceremonia de inhumación. Otra más, cuando algunos aún recuerdan con lucidez aquel otro enterramiento de 1920. Esta vez tiene lugar el 18 de mayo de 2007, en la iglesia de San Andrés. El acto se inicia con una breve introducción del párroco para continuar con un concierto de música barroca. Los miembros de la Orden Literaria Francisco de Quevedo recitan varios poemas del autor. Intervienen varias autoridades civiles y eclesiásticas y el evento finaliza con un solemne responso. La urna con los huesos, junto al documento notarial que acredita la autenticidad de los mismos, el informe de investigación, monedas y prensa actuales, es depositada en la capilla de la Virgen de la Soledad de la iglesia de San Andrés. Se cierra con este nuevo entierro la ajetreada ruta de unos huesos que fingen no querer reposar después de la aventurera vida que su amo les dio, peripecias que habrían merecido uno de esos agudos sonetos satíricos que brotaban de su pluma.

Ahora podemos dar carpetazo a este ataque de necrofilia nacional porque disponemos de un informe de la Real Academia de Medicina certificando que existen diez huesos que pertenecen al poeta que escribió «Si me hallo, preguntáis, / en este dulce retiro, / y es aquí donde me hallo, / pues andaba allá perdido», y dedicar nuestro esfuerzo a desenterrar sus versos. ■ ■

Bibliografía

Blecua, José Manuel (ed.): Francisco de Quevedo. Poesía Metafísica y Amorosa, Planeta, 1976.

Campaña, Mario: Francisco de Quevedo, Ediciones Omega, 2003.

Crosby, James O. (ed): Francisco de Quevedo. Poesía varia, Cátedra, 1989.

Valle Muñoz, José E.: Crónicas de Infantes, 1990.

— Balcón de Infantes, n.º 166 y 170.

— Dónde está Quevedo, DVD, Porriño Producciones.


Una respuesta to “Operación Quevedo. La ruta de los huesos”

  1. Gone Missing: The Leading Lights of the Spanish Golden Age « Jenni Lukac's Translation & Editing Blog:

    […] when it was inaugurated. This assertion is repeated in Connell’s biography of Goya. However, more recent accounts of the exhumation of Quevedo’s bones from a common pit in the crypt of Saint Andrés Apóstol […]

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