Autor: 25 Septiembre 2008

Susana Benet: Lluvia menuda

La Veleta, Granada, 2oo7

«Como poeta me parecen los hai-kais ni buenos, ni malos. Todo será según los hagan, ¿verdad? La poesía tiene emoción o no tiene emoción, y esto es todo», escribió Federico García Lorca (en Obras completas I. Poesía, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 1996, p. 757), y esas palabras bastan para responder a quienes últimamente se lamentan o incluso se indignan por la frecuencia con la que leemos haikus (o poemas que adoptan su estructura) en libros recientes de poesía española. Es cierto que muchos recurren a las diecisiete sílabas clásicas por capricho o deporte (cuando no por simple imitación de sus amigos), inconscientes de la antiquísima tradición y la dificilísima riqueza de esa estrofa japonesa, pero es igualmente cierto que el haiku es exactamente lo contrario de una moda. Su melodía suena desde hace muchos siglos, y son conocidos y escritos en Europa y América desde hace al menos ciento cincuenta años. En este tiempo ha habido resultados gloriosos y, por otra parte, juegos más bien intrascendentes, como los mismos «Hai-kais de felicitación a mamá» que ilustraban las palabras de Lorca. No creo que fueran esos simples divertimentos los que hicieron soñar a Borges, en su muy citado cuento, que la existencia del haiku fue lo que consiguió que los severos dioses indultasen a la humanidad (en «De la salvación por las obras», incluido en Atlas), pero para saber algo más sobre esta composición y su historia conviene leer Hana o La flor del almendro (Valencia, Pre-Textos, 2007), ensayo del poeta Josep M. Rodríguez, complementado con su artículo «Breve nota sobre el haiku, años 20» (en El Maquinista de la Generación, n.º 14, octubre de 2007, pp. 27-29), aunque abundan los textos teóricos recientes y, especialmente, las antologías que últimamente recogen (o creen recoger) haikus clásicos o modernos, ortodoxos o rupturistas, poéticos o narrativos…, entre las que destaca el minucioso Libro del haiku de Alberto Silva (Madrid, Visor, 2008).

No son todavía muchos, sin embargo, los poetas que han ofrecido libros íntegramente habitados por haikus, y entre estos, por desgracia, no faltan los fallidos, incluso el de un enorme creador como Carlos Pujol (Hai-kais del abanico japonés, incluido en la magnífica y reciente reunión de sus Poemas, Granada, La Veleta, 2007) o el de un autor tan estimable como José Cereijo (La amistad silenciosa de la luna, Pre-Textos, 2003). Mejores (aunque, tal vez, menos ortodoxos) son los que han publicado poetas más jóvenes recurriendo a la métrica más habitual (pero no única) del haiku (un heptasílabo entre dos pentasílabos, por decirlo rápidamente): esas «Agujas de pino» que Juan Antonio Bernier nos regaló en ese maravilloso libro, imposible de sobrevalorar, que tituló Así procede el pájaro (Pre-Textos, 2004, pp. 37 y 47), los que Elena Medel ha susurrado en el silencioso Un soplo en el corazón (Logroño, 4 de agosto, 2007), los del propio Josep M. Rodríguez (especialmente los dos que iluminan La caja negra, Pre-Textos, 2004) o los de Félix Alcántara (aún inédito en libro, pero hay un buen puñado de textos suyos en la revista zaragozana Eclipse, n.º 3, enero de 2004, pp. 89-95).

Me consta, en cualquier caso, que son muchos los que están de acuerdo conmigo al creer que la mejor colección de haikus españoles publicados en los últimos años es ese Faro del bosque (Pre-Textos) con el que la valenciana Susana Benet irrumpió discretamente en el panorama en 2006. En ese precioso libro había pequeñas reflexiones sobre el paso del tiempo (tema central no de los haikus, sino de la poesía y el arte de cualquier época y lugar: «Si parpadeo / se ocultará en la grieta / la lagartija», p. 12), visto a veces con esperanza («Aunque esté muerto / qué vivos los colores / del periquito», p. 24) y otras de modo más descarnado («Leyendo esquelas / se va hundiendo el anciano / en el periódico», p. 47); la salvación por el amor («Ya te has dormido, / mas tu mano despierta / aún me acaricia», p. 42; «Mientras te vistes, / yo cuento los botones / que nos separan», p. 67); o la alegría elemental de la existencia, la celebración y la perplejidad de estar aquí («Ver las petunias / también es una parte / del desayuno», p. 18), aunque sea a merced de cosas inciertas («Vuelo en la bici. / Chillando me persiguen / las golondrinas», p. 16).

Todo esto continúa en Lluvia menuda, la segunda hornada de haikus que ha reunido Benet, ahora en la colección La Veleta, dirigida por Andrés Trapiello en la editorial Comares. Son 177 poemas (en Faro del bosque eran «solo» 70) en los que se vuelve a meditar sobre casi todo lo que importa: la certeza de la muerte en la plenitud de la vida («Un niño juega / a enterrar a su padre. / Día de playa», p. 30) o la tímida esperanza más allá del final («Tumbas abiertas. / La tibieza del sol / sobre los huesos», p. 24; «Iba al entierro / cuando vi aquel arbusto / lleno de flores», p. 52), el refugio del amor («Trénzame el pelo. / Que sienta los tirones / de tu cariño», p. 15), sin olvidar la amargura de la soledad, la compasión ante el dolor, el miedo, la debilidad…, muchas veces encarnados en animales («Buscando el mar / por el suelo, un cangrejo. / Supermercado», p. 58), o la insinuación de la literatura como ambigua suplantadora o salvadora de la vida («Le escribí un haiku. / De pronto esta mañana / no está el olivo», p. 30), junto a impagables miniaturas de sabor más narrativo, como modestos y delicadísimos microcuentos («Pasan los años. / La planta del vecino / ya en mi ventana», p. 22), o metáforas, imágenes, casi al estilo de las greguerías pero con intención más profunda o incisiva («Los adosados, / dentadura postiza / de la montaña», p. 34), y conviene aquí recordar que el propio Ramón Gómez de la Serna dejó dicho (con mayor conocimiento de causa de lo que pudiera parecer) que si a algo se parecían las greguerías era a los haikus, aunque estos parecen más bien incompatibles con el humor (pues el humor caricaturiza más que retrata, rebaja más que expresa, expulsa verdad para ganar efectismo).

A nadie debería extrañarle que el primer libro de una enorme poeta como Susana Benet apareciese tras superar su autora los cincuenta y cinco años de vida. Hay precedentes, y además Benet cultiva una poesía que depende inevitablemente del silencio, de la paciencia, del saber esperar a que las palabras nazcan sin forzarlas. La poesía que más me importa es la que asalta a los autores cuando estos no se lo proponen, y, aunque sé que también se pueden obtener buenos resultados con disciplina, trabajo y tenacidad, esta será necesariamente una poesía creada, no nacida. Si Ramón Eder creía en su aforismo que «Solo somos felices cuando no nos damos cuenta» (en Ironías, Zaragoza, Eclipsados, 2007, p. 73), de los poetas se podría decir algo muy parecido. En ocasiones la poesía es silvestre, y esta no es una afirmación espiritual ni quiere ser misteriosa o inflamada. Es, simplemente, la constatación de una experiencia que todos los poetas conocen: la poesía llega en eso que llamamos inspiración (otros, más solemnes, hablarían de epifanía, revelación, encuentro…) y hay que saber aguardarla y, después, obedecerla, como defendía inolvidablemente Ramón Gaya, refiriéndose a la pintura.

Hay que celebrar, entonces, la aparición de un libro lleno de modesta riqueza, rebosante de pequeños tesoros en forma de palabras e insinuaciones (como en toda gran poesía, lo más importante es lo que no se dice). Es cierto que no todos los textos son perfectos (chirrían especialmente aquellos en los que algún verso se ve trabado con comas y pausas internas, porque transgreden la música del haiku) pero hay tantos que sí lo son que Lluvia menuda es un regalo para los lectores más exigentes. Alta literatura que, además, viene envuelta en una edición prodigiosa (como casi todas las de la colección), completamente libre de erratas (solo se ha escapado alguna en el último título de la solapa) e ilustrada con una preciosa viñeta de Clara Benedicto.

Todo son ventajas, entonces: «Sol amarillo, / no le caben más frutos / al limonero» (p. 33).

Juan Marqués


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