Autor: 25 Septiembre 2008

Fernando Pessoa: Diarios

Gadir, Madrid, 2008.

Tenemos motivos para intuir, después del tiempo transcurrido, que Pessoa debía pensar, para sus adentros, que la vida era un artilugio bien difícil de enhebrar. Él mismo viene, de algún modo, a justificar tal argumento, a tenor de lo que dejó escrito en su Diario el domingo 2 de marzo de 1913: «Escribí el principio de la carta a Pascoaes. Por la noche, dormí un poco después de cenar; más tarde leí un rato. No tuve casi ninguna idea. El día fue primaveral». Leído lo cual podemos deducir: prefiere tener argumentos suficientes y racionales, fundados, antes de concluir una carta a la deriva, sin implicación suficiente; procura poner el tiempo a su disposición, sin agobios. Duerme después de cenar, pero despierta y lee; la noche no supone el total de la noche dormida, una vez iniciada, sino que la trata como a un fragmento de vida. No dice, eso sí, qué es lo que leyó: nos resultaría orientativo. Dice que no ha tenido casi ninguna idea, lo que evidencia que sí ha tenido alguna, más al parecer no la juzga de momento importante. Y, sin embargo, es concluyente en la frase final (considerando que no escriba bajo el efecto de la ironía o la metáfora): el día fue primaveral; algo así como una aceptación implícita de su ser como fue, de su validez.

En tal calidad de buen sobreviviente pensador, ha constituido el pensar el ejercicio fundamental de su vivir, pues resulta un hombre de indudable complejidad consciente. Y ello hasta tal punto que todo aquel que lo ha leído con «razón y detenimiento» siempre parece confirmarnos que no solo la lectura le ha sorprendido sino que le ha descubierto algo de sí. (Lo que, en el fondo, dicho sea de paso, no en vano es lo que logra, o pretende lograr, todo gran poeta.)

Pessoa es un hombre original, distinto, y de tanto vivir es como si hubiera hecho ya, en parte, la labor por nosotros. Es como si, en espíritu —expresión que a él seguramente le gustaría—, nos haya de sobrevivir, y es que en ello habría que incluir los posibles lectores futuros. Él va a poder —y saber— decirnos en un momento dado algo que nos alude interior y espiritualmente, algo en lo que no habíamos reparado.

A todo interlocutor le dejó escrito en su Autopsicografía: «Así va por su camino / distrayendo a la razón / ese tren sin real destino / que se llama corazón». El poeta, conocedor de la importancia del corazón como móvil no solo de nuestra actitud sino también de nuestras pasiones —¡ay, las pasiones como razón, fórmula a la que tantas veces se ha aludido como lugar de autoengaño!—, y que defiende a la vez como pocos la idea del amor, se adelanta a señalar que «el hombre no es un animal: es carne inteligente, aunque algunas veces enferma». Quizá como a él mismo —o a su corazón— le había de ocurrir con Ofelia, luego un amor idealizado.

Este Diario —que coincide en el tiempo con una renovada edición del Libro del desasosiego por parte de la editorial Seix Barral y otra, más completa, de Acantilado— es un muestrario reflexivo y cautivo del porqué de las tribulaciones de un hombre que «se vivió tanto» que casi no le queda tiempo para vivir esos «días primaverales» que, acaso, también añoró. Su gran filosofía, sin duda, fue la vida, una filosofía que se vende cara. Más el precio, a la larga, nosotros lectores, por efecto de lo escrito desde la soledad y la consciencia del escritor, vamos pagando ahora un poco en cada línea; a la vez que agrandamos conocimiento y amor a la vida, ponemos nuestra parte en especie para pagar el sacrificio de ese hombre libre, inteligente, sensible y tan atareado por la vida que incluso envió a otros en su nombre —sus heterónimos— a que recabasen información y describiesen qué es ese hermosísimo secreto del vivir, en el que aquí vamos empañados cada día como deudores de Infinito.

¿Pensó en inglés, como han querido ver algunos por lo metódico de sus disecciones y por su elegancia? Pensó con inteligencia y corazón: elementos que laten aún, bajo sus magras pretensiones: «Siempre me pareció que ser era atreverse, que querer era arriesgar. La inercia me supo a santidad, y la carencia de voluntad, a buenas costumbres (…) La exagerada consciencia, que siempre estuvo en mí, de mis momentos, me dolió siempre como misterio y divinidad».

Ricardo Martínez


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