Autor: 25 Septiembre 2008

Álvaro Valverde: Desde fuera

Tusquets, Barcelona, 2008

Desde fuera ha titulado, con toda intención, Álvaro Valverde su último poemario. No se trata de contradecir la fórmula de Agustín (noli foras ire…), porque este «desde fuera» es también, o acaso sobre todo, un «desde dentro» mejor. Como óleos, acuarelas, postales, fotografías… podemos considerar muchos de estos poemas, que son, en definitiva, miradas atentas, solidarias y fervorosas sobre un trozo del mundo: paisaje, libro, cuadro, hombre… Se trata así, evitando la impúdica exhibición de sí mismo, de captar mucho más esencialmente lo que uno es, en esa inextricable relación con lo que nos rodea. Somos lo que vemos, podría decir Álvaro Valverde. Pero, en general, no lo dice, lo hace. O, mejor dicho, lo hacen sus poemas. Claro que también, finalmente, en un verso determinado, termina por declararnos abiertamente su principio: «No somos sino aquello que miramos».

Se articulan los poemas de este libro —que resulta a la vez unitario y diverso—en seis secciones o conjuntos: «Desde dentro», «Sur», «Entonces la muerte», «Lugares del otoño», «Imaginario» y «Desde fuera». Observemos el contrabalanceo de los pares, la circularidad que resulta de la apertura y del cierre: desde dentro, desde fuera. Acaso sea todo uno y lo mismo. Lejos del confesionalismo explícito, o de la metafísica abstracta, el poeta ve dentro lo mismo que hay fuera. Se roza la confesión, se llega hasta la filosofía, entendida esta como las preguntas eternas del hombre, pero siempre con la apoyatura de las cosas, con la guía de la mirada. A veces, el salto de lo concreto a lo abstracto, de la naturaleza al ser humano es rápido. En «Sobre un tema de Cardarelli» leemos: «Es septiembre, / pero adviertes / en los signos mudables / de este tiempo / el anuncio / de otro otoño inminente: / el de tu vida». Pero no siempre la traslación es tan directa. En la hermosa sección «Imaginario», constituida por la visión de las dehesas y campos extremeños, y donde el poeta se identifica máximamente con el paisaje («soy el paisaje de esta tierra»), el árbol representa un símbolo más ambiguo y misterioso, en un poemilla que dice sin apenas decir: «Sobre el yermo collado / (que observo con asombro / desde esta encrucijada), / un árbol solo». No se crea, sin embargo, que todo es aquí símbolo o trasunto de otra cosa. No; aquí está el campo extremeño, árido y desolado en apariencia, y Álvaro Valverde ha sabido arrancarle su belleza sorprendente, en una de las visiones menos tópicas y más inesperadas de esos lugares sin demasiado prestigio literario hasta el momento, aunque ya tuvieran su sitio en la pintura del pacense Ortega Muñoz.

Pero el poeta sabe que hoy, incluso aquellos «arraigados a fondo / al suelo de su predio» no «han podido evitar / sucesivos viajes». Desde fuera puede ser considerado también como un magnífico libro de viajes, desde los lugares más familiares o cercanos como los de Andalucía en la preciosa sección «Sur» hasta otros más lejanos, e incluso los más exóticos de todos, que son aquellos imaginados pero nunca visitados realmente («Convento de los ángeles»). Libro de viajes, bitácora de viajero, sí, pero no simple coleccionista de postales, o de ciudades: la unidad del libro, nos parece, está alzada sobre un prestigioso y viejísimo topos literario, el del homo viator, el del hombre como viajero y caminante, la vida como una peregrinación, aunque sea —dice un verso— «sin moverse del sitio». Y es que el arte del poeta no consiste en la novedad, sino en la renovación. Otro tópico viejísimo, tanto como el mundo, es el de la brevedad de la vida, y Álvaro Valverde nos lo vuelve nuevo y palpable en «El viaje de mi vida», un viaje que puede medir muy pocos metros, los que se tardan en atravesar una plaza, desde la casa donde se nació hasta la casa en que se vive.

En el centro del libro, aparentemente desconectada de las demás, se encuentra la sección «Entonces la muerte». Pero también aquí el misterio mayor, el de la muerte, es visto desde fuera, como la muerte del otro, aunque sea un otro muy cercano. Y también aquí el desde fuera es un desde dentro, porque la muerte del otro conduce a la propia, en la misma cadena de la vida. Compuesta de solo cuatro poemas, esta sección resultaba propicia, por su tema, a incurrir en el patetismo: el poeta lo evita sabiamente, desde una mirada a la vez distanciada y afectiva, tan implacable como, a pesar de todo, esperanzadora.

«Descreo de las escuelas, los grupos y las tendencias. Me basta y me sobra el amparo dudoso de una tradición que supongo incesante», declaró alguna vez Álvaro Valverde. A esa tradición se acoge Desde fuera, con su sintaxis clara, con la dicción que fluye con naturalidad, con su asordinada musicalidad de verso blanco, y no cabe duda de que en ella será también acogida esta poesía, tan elegíaca como verdadera.

Enrique Baltanás


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