Autor: 4 noviembre 2007

Iñaki Uriarte

Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo.

Leer el periódico hasta la última coma, o prescindir absolutamente de él, entretenerme con novelas baratas, seguir con atención programas birriosos en la tele, ser afable con todo el mundo, esos son mis síntomas más claros de bienestar.

Me llaman de ETB para que acuda a un debate en euskera en nombre del Foro de Ermua. Ni sé euskera ni me importa nada el Foro de Ermua, del cual firmé su manifiesto inicial porque no me parecía mal, no tenían firmas y E. insistió en que lo hiciera. Pero el Foro se convirtió enseguida en algo que no tenía mucho que ver con el manifiesto.

Un documental de la tele muestra una aldea de masais hartos de los elefantes. Les comen las cebollas, los tomates, los puerros, destrozan sus poblados, matan a gente. Los masais quieren acabar de una vez con esta especie en extinción. No son pocos los que opinan lo mismo con respecto al euskera.

Ama ha tardado casi una hora en contarme su operación de cataratas. No me ha preguntado por lo mío. No quiere saberlo. No se lo he impuesto. Borges dijo una vez que el único deber que tienen los hijos con sus padres es el de ser felices, no el de obedecerlos o respetarlos. «Ese médico está chiflado», le dijo a María su madre cuando se enteró de que su hija tenía cataratas.

Dos días después de la muerte de la suya, Borges escribió un poema que comienza con unos versos célebres: «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no he sido feliz». Más tarde, María Kodama dijo que se había quedado descontento con ese poema porque le parecía demasiado sentimental. Esos primeros versos no lo son. Tal vez resulten algo aparatosos los siguientes. Supongo que a quien no le gustan es a María Kodama, que no soportaba a lamadre de Borges.

No veo claro que el único deber que tengamos con nuestros padres sea el de ser felices. Ni que constituya un deber nuestro, ni que ellos se conformen con eso. Suelen querer otras cosas, por encima de nuestra felicidad. Por ejemplo, que nos convirtamos en personas prestigiosas, importantes, y que nuestro relumbrón les alcance, aunque solo sea para presumir delante de sus amigos. «El Estado son las amigas de mi madre», he comentado a veces. Las mayores presiones para que te mantengas dentro del sistema y logres un lugar importante en él provienen de las relaciones sociales de tu madre. Recuerdo una película de James Cagney que termina con el pobre hombre rodeado por la policía, subido al tejado de una refinería en llamas y a punto de explotar, mientras grita: «¡Mira, “mam”, mira! ¡Estoy en la cima del mundo!»

La primera vez que me encontré con los versos de Borges: «He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no he sido feliz» fue en un drugstore que había en la calle Velázquez de Madrid, a las cinco o seis de la madrugada. Estábamos allí un grupo de amigos con muchas copas encima. Algunos se acercaron a una máquina que por unas monedas proporcionaba «tu horóscopo personalizado». Yo fui hacia la mesa donde se exponían las novedades literarias. Había un libro nuevo de Borges. Lo abrí por una de sus páginas al azar y leí esos dos versos. Aquello sí que me pareció un «horóscopo personalizado». No sin cierta aprensión, lo compré y me lo llevé a casa como un tesoro.

Muchas personas han pedido a lo largo del tiempo consejo o augurio a la Biblia, al I Ching, a las obras de Virgilio, abriendo esos libros por cualquiera de sus páginas. En general, creo que es verdad lo que sucedía en una película de Godard de la que no recuerdo el título. La escena es más o menos así: varios personajes se encuentran discutiendo apasionadamente en un salón. De pronto, uno de ellos se levanta, alcanza un libro cualquiera de la biblioteca y lo abre al azar. Lee un párrafo en voz alta, todos los personajes asienten con respeto y se acaba la discusión. «Los buenos libros funcionan siempre», sentencia el que ha leído mientras devuelve el libro a su estante. Tal vez lo que sucede es que los buenos libros tratan siempre de lo mismo, de unas pocas cosas que no solo son las más importantes, sino que son las cosas que nos pasan todos los días.

San Agustín se convirtió una mañana al abrir la Biblia por una cualquiera de sus páginas y leer unas palabras que creyó dirigidas expresamente a él. A Petrarca le sucedió algo semejante al abrir al azar las «Confesiones», de San Agustín, mientras descansaba en la punta del Mont Ventoux después de una penosa ascensión. Pero la verdad es que ni siquiera hace falta que el libro sea bueno para que se produzcan estos milagros. No hay lector con algún problema muy particular que no lo encuentre mencionado en la primera novela que se decida a leer. La novela no es «un espejo a lo largo del camino», como dijo Stendhal. Es un espejo que nos ponemos delante para mirarnos. Es como una foto o una película en la que también salimos nosotros. Aunque en ella aparezcan Claudia Schiffer o el Papa en pelotas, lo primero que hacemos es buscarnos y mirarnos.

M. E. le regaló a su madre una novela que describía la relación entre una chica maravillosa y su malvada progenitora. M. E. me dijo: «Así se va a enterar por fin esa bruja de lo que pienso de ella. Se va a ver exactamente retratada en la novela». Unos días más tarde, cuando la madre terminó de leer el libro, le comentó encantada a M. E.: «Qué novela tan estupenda me regalaste, hija. Refleja exactamente la relación que yo tuve con mi madre».

Todos estos párrafos podría resumirlos con el título: «Sobre la imposibilidad de tener madre».

Hubo una época en que no bostezaba nunca. Los nervios y la tensión me mantenían siempre alerta y entretenido. Bostezar me llegó a parecer un lujo solo al alcance de la gente feliz. Un día vi por la ventana a un hombre que abría la boca en un gran bostezo mientras esperaba el cambio del semáforo. Sentí tanta envidia que escribí: «Bostezaba mientras leía el periódico, bostezaba en las conversaciones con sus amigos, bostezaba al ver la TV o pasearse por la playa, bostezaba cuando estaba con su novia, bostezaba hasta en la ducha, bostezaba mientras le insultaban o le dolían las muelas. Era imbatible. Bostezaría ante el pelotón de fusilamiento, ante el mismo Dios habría bostezado».

Leo que en 1962 hubo una epidemia de risa en Tanganica. Empezó en una escuela con dos chicas que comenzaron a reírse como histéricas. Se extendió a los demás alumnos, luego al pueblo, al distrito, al país entero. Solo remitió totalmente seis meses más tarde. ¿Cómo no se conoce más este bendito episodio de la historia?

La gente más activa, la más enérgica y dinámica, es la que más se queja. Los que más se mueven, los que más hacen, son quienes más despotrican.

«En el principio fue la acción», escribió Goethe. No me extraña que una vez le confesara a Eckerman que en toda su vida solo había sido feliz durante cuatro semanas. Por mi parte, si un día hago muchas cosas, vuelvo a casa angustiado y con la sensación de que me han robado un día. Aunque me lo haya pasado bien, es un día menos.

Abderramán III fue todavía más coqueto que Goethe. Dicen que a la hora de su muerte mandó escribir: «He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz, amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación, he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce».

Pero, para coqueterías, prefiero la de La Fontaine, que escribió este «Epitafio»:

Jean s´en alla comme il était venu,

Mangea le fond avec le revenu,

Tint les tréssors chose peu necessaire.

Quant à son temps, bien su le dépenser :

Deux parts en fit, dont il soulait passer

L´une à dormir, l´autre à ne faire rien.

Se lo enseñé un día a Tere y me insinuó lo que yo también pensaba, que eso lo podía decir La Fontaine, pero no un mindundi como yo. ¿Quién eres tú para tomarte en serio, incluso al pie de la letra, a tipos como Epicuro, Montaigne o La Fontaine? me digo a veces. Pero el caso es que lo hago. A menudo creo que he sido incluso más perfecto que mis maestros, que eran un poco hipócritas al acusarse, o al presumir, de sus defectos.

«En este país». Recuerdo mi primera estancia en Londres. Todos los charlatanes de Hyde Park Corner comenzaban sus peroratas así: «In this country…» Era casi lo único que les entendía.

Casualidades. Me llamó Enrique Vila-Matas. «No te llamo para nada, solo para charlar». En ese momento me encontraba releyendo un cuento de Roberto Bolaño dedicado a él. Y el libro de Bolaño se titula Llamadas telefónicas.

De todos modos, la mejor casualidad que me ha ocurrido con Vila-Matas hizo que me lo ganara para siempre. Desde entonces lo tengo como en prisión provisional. Fue en Boccacio, en Barcelona, hace más de quince años, el día que nos presentaron. Hablamos de un libro suyo, el primero o el segundo. Le comenté que la descripción del apartamento donde vivía uno de sus personajes era igual a la que hacía Truman Capote en ya no recuerdo qué novela. Se sobresaltó. Pero la casualidad había querido que yo leyera su libro y el de Capote con dos días de diferencia. «Es que no se me dan muy bien las descripciones», dijo y, según me ha recordado alguna vez él mismo, salió corriendo. Supongo que plagiar algo de vez en cuando no es tan grave. Supongo, incluso, que habrá algún gracioso que diga que nadie es un buen escritor si no ha plagiado nunca.

Compra libros de viejo carísimos, primeras ediciones de millones de pesetas. Me habla de no sé qué Biblia que solo la tienen cinco o seis en España. Como se las da de muy católico, le indico: «Comprar eso es pecado». Ni me oye. «Un vicio como otro cualquiera —dice—. Otros se van al bingo, o se gastan el dinero con mujeres. Hay días que pierdo en la bolsa 40 o 50 millones. Hoy no he querido ni mirar las cotizaciones, con esta puta guerra de Kosovo. Tengo un libro de Juan de Icíar». «¿De quién?», le interrumpo. «De Juan de Icíar, el polígrafo de Felipe II. El mejor polígrafo del mundo». «¿Calígrafo?», insinúo. «Sí, eso, calígrafo. Los japoneses pujan muy alto por estos libros». «¿Y dónde los tienes?» «Los guardo en cajas fuertes. O en el banco». «Eso es tristísimo». «A veces los saco», dice.

Par coeur, by heart, o sea, «de corazón», así se dice en francés y en inglés «de memoria». En Benidorm, en el piso 19 de un edificio de apartamentos, como en una nave espacial sobre el mar, me llega el recuerdo del poema «De vita beata», de Gil de Biedma, y los versos de Rimbaud: «Elle est retrouvée. Quoi ? L’eternité. C’est la mer allée avec le soleil». Palabras almacenadas de corazón en la memoria y que vienen de vez en cuando. Creo que las de Gil de Biedma me llegaron por los versos «en una casa junto al mar» y, sobre todo, «no leer…» Llevaba unas horas sin leer, mirando el mar y el cielo del atardecer. Cómo me agarro a la lectura, hasta acabar medio mareado, cuando no estoy bien.

Huyo de desarrollar las ideas. Como si tuviera miedo, impaciencia, pereza, incapacidad para la lentitud. Solo es falta de talento. No sé quién ha dicho que escribir es hablar sin ser interrumpido. Pero yo me interrumpo de continuo a mí mismo. Tampoco soy lo suficientemente charlatán, ni me gusta mucho escucharme. Hablo a trompicones. Escribo de la misma manera. Y como dijo Machado: «Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito lo contrario».

El azar y la necesidad me llevaron a hacer crítica literaria en los periódicos. Llegar a Bilbao deprimido, sin dinero, trabajo, casa, novia ni amigos, me había hundido. Pasar directamente del más impresentable «fracaso» a exhibir mi firma en el periódico fue un buen modo de saltarme muchos pasos y aparentar «ser alguien». Resultaba una buena coartada. Lo cuento tal como fue, pero se ríen cuando digo lo de la coartada. Creen que es un chiste. Ahora que ya no publico prácticamente nada en el periódico, debería inventarme que estoy escribiendo un libro.

Un tipo brillante, de no mucha inteligencia, con muy mala leche, rápido y plástico en su manera de expresarse, pasa por ser alguien gracioso, entretenido, que anima las conversaciones, pero nunca alcanza el respeto social que obtiene, con las mismas artes, un escritor. La gente, como no tiene práctica de escribir, otorga más mérito a lo dicho por escrito que a lo hablado.

Otra presentación de Juaristi. Una novela de Juan Infante. Como es su costumbre, Juaristi la pone mal, ironiza sobre el autor, que empalidece poco a poco ante el asombro y la piedad del público. Juaristi concluye asegurando que escribir novelas es una tarea baladí, que lo que hay que hacer es lo suyo, escribir ensayos. Al final del acto, alguien sugiere tomar unas copas. Juaristi dice que sí, encantado. Su mujer lo coge del brazo y se lo lleva, advirtiéndole: «Aquí no podemos quedarnos. No vamos a seguir haciendo el ridículo».

Leo lo que sea. Con los libros me sucede como con los amigos: no tengo muchos que conozco bien y a los que recurro de continuo. Pero cuento con infinidad de amistades menores, muchas de ellas puro lumpen, o de esas que a la gente le parecerían sin interés.

Lo mismo que quien pasa gran parte de su tiempo en sociedad conoce a personas muy variadas, yo he conocido de todo entre los libros. Tengo amigos hoy famosos con los que me sucede lo que supongo le ocurre a la gente con los suyos. Los conocimos hace muchos años, y no con una gran intimidad, pero luego, como se hicieron célebres por llegar a ministros u ocupar otros puestos de relevancia en la sociedad, y los vemos constantemente en los periódicos o en la tele, nos convencemos de que son muy amigos nuestros. Hablamos de ellos como si fueran íntimos, pero no es verdad. Algo de eso me ocurre con ciertos escritores. Cervantes y Shakespeare, por ejemplo, no digamos Dante u Homero. Una vez, hace ya mucho tiempo, dedicamos diez o doce horas a Balzac y ya nos pasamos toda la vida citándolo como si fuera un inseparable amistad. Yo he ocupado esas mismas horas con muchísima gente de la que no guardo el mínimo recuerdo.

En la cena salieron Baroja, Unamuno, Azorín, Pemán, Castresana, Cela, etcétera. Parecía el colegio. En parte porque ninguno lee ya casi nada de lo nuevo. Pero también porque de estos escritores, aunque tampoco se los lea, con los años, después de tantas conversaciones, alguna opinión se le va pegando a todo el mundo. Todos tenemos algo que decir sobre ellos. Todos somos un poco como aquel que no paraba de hablar de Stendhal y al que algún impertinente preguntó: «¿Pero ha leído usted a Stendhal?», a lo que el hombre respondió, tan tranquilo: «Hombre, claro. Bueno, personalmente, no, pero…»

De aita puedo hablar poco. Le cuidamos unos días en la clínica. Pobre hombre. Tere y yo pensamos que había que tener algo para suicidarse. O por lo menos algún tipo de droga que provocara la tranquilidad. Murió a los pocos días. Tere y yo coincidimos en que la muerte no es para tanto. Pero sí lo es la agonía. Pobre hombre. Pobres todos. Era como un fuego que no terminaba de apagarse. No quedaban más que brasas, pequeñas llamas, algo aquí y allí que aún ardía. Pero no se consumía del todo. Qué tristeza. Respiraba mal, le pusieron una mascarilla de oxígeno. En vez de avivarse, se apagó del todo.

No ha habido un derrumbamiento lacrimógeno. Es la suerte de tener una familia así. Nos hemos reído contando cosas y viendo los absurdos que se producen en estas situaciones. Ama bajó al tanatorio con Antón y se dio un buen susto al levantar la sábana de la camilla de otro creyendo que era la de aita. Iñaki Rotaetxe, que no está muy bien de la cabeza, vino a la clínica, vio a aita muerto, volvió al trabajo y les contó a todos que estaba estupendamente. Si a Tere y a mí, un día en que le cuidábamos, nos hubieran filmado con una cámara oculta y sin sonido, los espectadores podrían haber pensado que estábamos practicando algún ritual sádico, o que, por el contrario, en la cama había un bebé recibiendo muestras de cariño. Nos reíamos de él, le cuidábamos con la máxima ternura, pero nos reíamos de él, de nosotros, de la impresentable condición humana. Quería la radio, pedía la radio, se la pegaba de mala manera al oído y escuchaba con toda atención los últimos avatares de Clinton y la Lewinsky. Parecían interesarle muchísimo. Se estaba muriendo.

Además del género policiaco, fantástico, erótico, rosa, de ciencia ficción,histórico, etcétera, existe otro género en la novela: el de las novelas literarias. En él se encuentran las mejores, pero la mayoría son malas. Este género es el más representado en los suplementos culturales y el que más daña la afición a la lectura.

No bebo. La conversación evoluciona a medida que los otros toman copas. No cambian tanto los temas como el mismo mecanismo de la conversación, que poco a poco te va excluyendo. Suben la voz, parecen entender frases, palabras y argumentos a los que tú no ves mucho sentido. Pero es que ya no hablan como al principio. Ahora es como si se escucharan sobre todo a ellos mismos, cada uno con su charla particular, que a veces se entrecruza en algún punto con la del otro. No argumentan. Cada uno se oye a sí mismo, se regodea en sus propias opiniones, lo que dice el de al lado no es más que un punto de apoyo para coger impulso y continuar cada uno a lo suyo.

Confirmo que la tranquilidad y la ausencia de dolores me llevan a una especie de pasividad estupenda. A tumbarme en el sofá, mirar el techo, las plantas, las moscas. Hoy ha brotado la primera flor en la buganvilla de la ventana.

Presenté la novela de R. tras una semana de pánico y una pastilla de sumial una hora antes. Lo llevaba muy pensado y más o menos escrito, pero preferí hablar. Resulta que soy bueno en esto de hablar en público. Me felicitaban al final como si fuera un cantante. Me doy cuenta de que lo más importante no es el contenido de lo que dije, aunque lo llevababien preparado, sino el modo. El caso es que me senté, me puse las gafas, miré a la gente, empecé a hablar y no paré en media hora. «Has dominado», me dijo Santi Cámara al final. «Ha sido muy cálido», dijo otro. «Serías un estupendo profesor en una universidad americana», apostilló Marta, misteriosamente. «Cuando escriba un libro te llamaré para que lo presentes», ha gritado un empleado de la librería, que no sé cómo se llama, al despedirse.

Cuando he leído biografías (ahora acabo de comenzar una de Proust), siempre las he empezado por las páginas en que el biografiado tenía ya mi edad (pero Proust no la alcanzó nunca). Hay un momento absurdo en la vida. Cuando te das cuenta de que todos los grandes de este mundo son más jóvenes que tú. Ayer leí que hasta Atila se murió con menos años que los míos.

He pasado unos días releyendo casi todo Borges.

Borges suele asimilar lo prodigioso a lo ordinario, lo fantástico a lo trivial. El Aleph es una cosa asombrosa, pero para contemplarlo hay que ir a casa de un imbécil, someterse a sus groserías, bajar al sótano, tumbarse de espaldas en la oscuridad y dirigir la mirada hacia un determinado peldaño de la escalera.

Funes es un ser extraordinario cuya mente le permite recordar con pelos y señales cualquier cosa que pasa por su vida. Es un tipo portentoso, pero a la vez no es más que un tullido, el hijo de la planchadora de un pueblo perdido en el campo, que se pasa el día tumbado en la cama, mirando una higuera o una telaraña.

Esta es una técnica de Borges. En parte supongo que la tomó de Kafka. Cuando dijo que el relato «Walkfield», de Hawthorne, prefiguraba el mundo de Kafka por la «profunda mediocridad del héroe, que contrasta con la magnitud de su maldición», estaba hablando de sus propios cuentos.

Lo eminente y lo mínimo vienen a ser lo mismo en los cuentos de Borges. Todos los habitantes de Babilonia han sido alguna vez procónsules y alguna vez esclavos. Los sacerdotes de la Secta del Fénix se nombran entre los esclavos, los leprosos y los pordioseros. El orden inferior no es más que el reflejo del orden superior, y viceversa.

Nada más zarandeado que el lugar de Dios, o de los dioses, en los libros de Borges. Es posible hallarlos en la mancha de la piel de un jaguar o en una letra minúscula escondida en un mapa de la India hallado al azar entre los cuatrocientos mil tomos de una biblioteca. Hay un cuento donde irrumpen en un aula universitaria y resultan ser unos sujetos de aspecto bestial, que ya no saben ni hablar. En uno de los relatos creo que hasta Judas es Dios.

Los Judas, los traidores, son un tema favorito de Borges. Un guerrero lombardo deja a los suyos durante el asedio de Rávena y muere defendiendo la ciudad. Tadeo Isidoro Cruz abandona la fila de los soldados en plena batalla y se pone a pelear junto a Martín Fierro, que también es un desertor. La vindicación, o por lo menos una cierta rehabilitación poética de la traición, la defensa de lo más vil, me parece que es para Borges una forma extrema de aludir a la compasión, a la identificación con el otro, a la fuente de cualquier moral.

Si algo de poder he disfrutado en esta vida, no ha ido mucho más allá de cierta influencia sobre los camareros y algunas mujeres. Pero sin contar a las interinas. Pilar acaba de ordenarme de nuevo los libros desparramados por toda la casa. Ya no hay ninguno en la mesilla de noche, los montoncitos del sofá y de la otra mesa han desaparecido. Los ha puesto en las baldas de la biblioteca que ha encontrado más a mano, como coloca los cacharros y los platos en los armarios de la cocina. Para ella todos son iguales. Un libro es igual a otro libro, como un plato a otro plato. Al principio me he enfadado. Luego, no. Los que tengan que volver, volverán. Ya han empezado a germinar nuevos montoncitos.

El otro día, en el Carlton, Pérez Reverte le quiso dar un cabezazo a Ezquerra porque en una ocasión se había burlado de él en un artículo. «La próxima vez te vas a inspirar en tu puta madre», le dijo. Como Ezquerra se escabulló, Reverte amagó con el cabezazo.

Disfruto con las polémicas entre escritores, sobre todo cuando se arremeten con saña. Primero, porque disponen de una lengua especialmente apta para el ataque brillante y malvado («cual mozos de camino»). Segundo, porque esto ocurre en un mundo supuestamente más tolerante, noble y desinteresado que el del común de los mortales. Por eso, aunque ya sé que está mal, me reí cuando me enteré de que unos cuantos a los que Sánchez Ostiz satirizaba y despreciaba en una de sus novelas, un día le agarraron en un bar y le dieron unos golpes. No me parece del todo reprochable. ¿Qué iban a hacer? ¿Aguantar? ¿Escribir otra novela? ¿Contraatacar, como el conde de Greffulhe, cuando se publicó A la recherche…se vio caricaturizado en el personaje del duque de Guermantes, y avisó: «Salgo de París. Me marcho a mi castillo a escribir un libro para contestar a Proust»?

Conozco a muchos escritores que dicen tener en su mujer a su mejor crítico. Supongo que siempre ha sido así. Proust, en una carta sobre su amante y chófer Agostinelli: «Un ser extraordinario, ¡que posee quizá las más grandes dotes intelectuales que he conocido en mi vida!». Hay citas para todo en Proust.

Más Proust: compara su libro con un vestido, con un telescopio, con una catedral, con un estofado de vaca. También Montaigne comparaba el suyo con un estofado. «Toute cette fricassée que je barbouille ici n´est qu´un registre des essais de ma vie».

Ahora, en las cenas, ya no hablamos más que de asuntos menestrales de escritores. Todos hablan de sus libros, del que van a publicar o del que han presentado o están a punto de hacerlo. No son libros muy buenos, pero de eso es de lo que hablamos. Me pasa con este grupo lo que al final de la carrera. De pronto, de un año para otro, todos hablaban de la empresa en la que trabajaban o de otras empresas. El único asunto era el trabajo. En unos meses habían desaparecido los temas generales y más o menos idealistas de antes. Ahora nos queda la política. Me hizo algo de daño aquella presión, y la de ahora tampoco me gusta.

Alguien acaba de tocar el timbre del portal con una insistencia impertinente. Como me dice que viene de la parroquia contesto que bien, que le abro, pero que no vuelva a tocar el timbre así. Escucho sus pasos por el pasillo. Le voy a mandar a tomar por culo, pienso. Le voy a decir que estoy escribiendo un mensaje por correo electrónico y que no puedo interrumpirlo. Oigo ladrar al perro del vecino. Suena el timbre. Es un cura. Se presenta como el padre Saturnino y va acompañado por uno que parece seglar. Dicen que vienen de la parroquia a hablar porque «el Señor ha resucitado». Me alegro, les digo, me alegro mucho, pero estoy trabajando. Les doy la mano y se van. «Por lo menos usted nos ha atendido», se despiden con una sonrisa.

Hasta los ateos tenemos cierto miedo a que la fe se desvanezca por completo del mundo. De ahí llega parte del placer que sentimos al ver en la TV a gente que asegura creer en las historias más peregrinas.

Vuelvo a hablar con Miguel sobre lo de escribir o no escribir. Resumo lo que le digo: yo no escribo bien, no he escrito cuentos ni se me ha ocurrido empezar una novela, no tengo voluntad, talento ni ambición suficientes para meterme en ese berenjenal de angustias y montaña rusa de vanidades y humillaciones que supone intentar publicar un libro. En fin, que no dispongo del arsenal necesario para ir a esa guerra.

Hay gente que lleva sus rencores, envidias y resentimientos a flor de piel. Hay otros que los esconden y se esfuerzan por parecer que no los tienen, y de pronto les traicionan y surgen como serpientes o conejos entre la hierba.

Ni la novela erótica ni la cómica parece que sean obras respetables. No sé por qué. Nunca lo han sido. Borges dice que el humor no es un talento literario, sino algo así como un género oral, un favor que se nos depara en las conversaciones. Dice que el humor español consiste sobre todo en retruécanos. Siempre me ha parecido que los juegos de palabras hacen parecer más listos a los tontos y más tontos a los listos. El humor demasiado explícito resulta en literatura como el maquillaje excesivo en una mujer. Mihura a Mingote al terminar El melocotón: «Ahora le estoy quitando los chistes».

Para actuar en política te tiene que interesar la política, no las ideas. La política no es más que una lucha personal por el poder entre ciertos hombres, a hostia limpia. «El mejor libro de política que conozco es la Vida de los Doce Césares, de Suetonio», dice Robert Harris. Don DeLillo define la política como «un asunto de hombres reunidos en cuartos». Es posible que en la política haya un componente homosexual. Por lo menos, seguro que hay cuartos oscuros.

«La citation, aveu de faiblesse, récite avec prédilection les discours de la mélancolie« (Starobinski).

Es verdad. La mayor parte de las citas que se salvan en el tiempo y se repiten en una y otra época son más bien tristes, melancólicas. Confesiones o advertencias sobre la debilidad humana, avisos para navegantes, consuelos para el herido, bálsamos. A Peru, en Washington, los funcionarios de la dea le decían siempre que las drogas con un mayor pasado y un mayor futuro son las analgésicas y las tranquilizantes, no las excitantes. El opio y la heroína, no la cocaína o las anfetaminas.

Todavía no he llegado a aprender que un cabrón no piensa nunca, ni en el fondo, en el fondo, que es un cabrón. Lo que piensa siempre es que el cabrón eres tú.

Tengo muy mal oído. A veces me he preguntado si el ritmo o la musicalidad del estilo literario tendrán algo que ver con el oído y el sentido musical propiamente dichos. Pero grandes estilistas como Umbral o Flaubert han asegurado carecer de cualquier sensibilidad para la música. Borges contaba que él y Lugones tenían un oído tan malo que siempre que empezaba a sonar alguna pieza se ponían de pie por miedo a que se tratara del himno nacional.

Nunca me acostumbraré a la distancia que existe en algunas personas entre sus peroratas morales para el público y la deshonestidad con que actúan en la vida privada. A lo que sí me he acostumbrado es a que sean amigos míos.

Avilés. En la primera página del periódico viene una chica en tanga anunciando una sala de strip-tease. Las pintadas en las calles siguen siendo rojas, algunas anarquistas. «Fondo Monetario Internacional, asesinos». Aquí, el periódico todavía trae los movimientos del puerto: «Entradas: rysum, con pabellón de Antigua y Barbuda, procedente de Bayona, a embarcar 55 000 toneladas de zinc, para Rotterdam. Alpine Girl: con pabellón de Bahamas, para cargar 5200 toneladas de ácido sulfúrico, para Añadir». Aquí, en los funerales, se encuentran todas las amigas del colegio. Acacia, a sus 84 años, merienda todas las semanas con un grupo de chicas de su clase. Ahora está encima de la cama, antes de dormirse, de pie, tocando y besando una imagen de Jesús. Pienso en Wittgenstein. En algún sitio defiende la devoción religiosa, y dice que no es más rara que, por ejemplo, dar un beso a la fotografía de alguien ausente.

Como otras veces, he aprovechado para leer a algunos autores de los de siempre en esos libros de colecciones de oferta que hay en casi todas las casas. Libros a veces baratos y a veces espléndidamente editados en ediciones muy decorativas. En casa de la madre de María hay una colección de clásicos encuadernados en un blanco inmaculado, que son como grandes breviarios de primera comunión. He leído algo de Gabriel Miró. Pobre hombre, con qué ardor y con qué vocación literaria y hasta gran talento se equivocaba. ¿Por qué escribía eso? También he vuelto a leer algo de Azorín, de la época en que comenzaba. En un artículo de Tiempos y cosas compara a Baroja con los grandes pesimistas de la historia del pensamiento: «Gracián, Hobbes, La Fontaine, La Rochefoucauld y Stendhal». Dice que Baroja, por su contundencia y concisión, se encuentra a la altura de ellos en frases como esta, pronunciada por un personaje de Mala hierba: «La civilización está hecha para el que tiene dinero, y el que no lo tenga, que se muera». Al leer a estos articulistas de otros tiempos, sacas la misma conclusión que con los de ahora. Que eran muy charlatanes y que la mayor parte del tiempo escribían porque tenían que ganar dinero llenando su columna cada día, con lo que fuera. Abro una página de El espectador, del famoso Ortega, y leo: «Dudo mucho que en ningún porvenir próximo vuelva el paisaje alpino a conquistar nuestra preferencia… Es lo más probable que hacia 1940 el europeo buscará sus paisajes favoritos en el Sahara, fecundo en serranías (a los baños de mar sucederán los baños de arena, mucho más tónicos y desinfectantes)».

La última página de La Voz de Avilés está dedicada a Atxaga, que ayer dio una conferencia en Gijón. En el supermercado de enfrente de casa destacan los ejemplares de El bucle melancólico, de Jon Juaristi. Son tal vez los dos embajadores intelectuales más relevantes del País Vasco. Los dos reciben más reconocimiento del que merece su obra. En ambos casos, por ser vascos. Lo vasco es el gran tema obsesivo hasta la repugnancia de los últimos años. Atxaga viene a ser el representante étnico (aunque no nacionalista) del país, y Juaristi el antinacionalista furibundo. Creo que prefiero tener como embajador a Atxaga. Desde luego, las ventas de El bucle en toda España son desmedidas y absurdas. Es un libro aburridísmo para quien no sea un estudioso de ciertas particularidades. Pero ha sido aclamado por considerarse a Juaristi como un enemigo radical del nacionalismo.

Están construyendo una autopista entre Llanes y Ribadesella. A esto, en Asturias, lo llaman el Oriente: no me entrará nunca en la cabeza que avanzando hacia Bilbao nos dirigimos hacia el Oriente, pero así es. Nos reímos al pasar por la zona. Se ve a muy pocos trabajando. Cada bastantes kilómetros —con muchos coches aparcados alrededor, como si ocurriera algo importante— hay grupitos compuestos por tres o cuatro personas. Se ve a uno que barre, a otro que cruza la carretera con una pala al hombro, a alguien con una cinta métrica. En general están de charla, comen un bocadillo, miran el horizonte. «Eppur», la autopista avanza. Pero nadie me convencerá de que su construcción está planeada racionalmente. Hay algo incongruente entre la magnitud de la obra, el escándalo en la naturaleza que supone semejante tarea y lo minúsculo del número de personas ocupadas en ella.

Las vacas pastan al lado del mar, sobre el pequeño acantilado, entre las rocas y la hierba, por Llanes. Siempre que paso por aquí me acuerdo de Gustavo Bueno. En algún prado, entre esos árboles, tal vez rodeada de vacas y con un bonito huerto, tiene una casa ese filósofo defensor de la pena de muerte y que un día dijo que estaría dispuesto a estrangular con sus propias manos a cualquier terrorista de eta. Creo que no se lleva bien con los vecinos.

Aquí antes había bisontes, le digo a María. Hace millones de años, responde. No, hace solo veinte mil años, cuando pintaron Altamira. Te parecerá poco. Sí, es poco. Y pienso en la exposición de Chillida y Serra en el Guggenheim. Chillida tiene un comienzo de Alzheimer, está deprimido y no hace más que recibir premios. Los recibe con la cara abobada de no entender lo que sucede, o con el gesto tristísimo de entender demasiado bien lo que entendemos todos. Como si tal vez se hubiera dado cuenta al final de su vida de que su obra no habría sido más que un juego de niños sin sentido. Como si se viera protagonista de una farsa monumental. Entendemos mejor «el misterio» de los pintores de Altamira, que también vivían aquí cerca, que el misterio de Chillida Leku. Cuando el Guggenheim no sea más que herrumbre, vendrán expediciones desde Marte a visitar Altamira.

El gusto es el estilo del lector. Cada uno tiene el suyo. El mío es muy raro. Y el poético lo tengo totalmente hecho. Es difícil que me gustennuevos poetas. Casi todo lo nuevo que leo en poesía me parece obra de intrusos o imitadores.

Llega cuando estoy viendo en la tele Lawrence de Arabia. «Me gustó mucho esta película —dice—. Lo que más me gustó es la hostia que se pega el tío al principio en moto». Probablemente es lo único que vio. Las críticas de libros las hace igual, solo lee unas pocas páginas. En fin, existe una teoría que dice que los críticos son como los degustadores de vinos, que no necesitan beberse la botella entera para catalogarla. Boswell decía algo así del Dr. Johnson. El caso es que este las hace bien. Nadie nota nada, o eso parece. El otro día, en la cena, hubo un gran lío. Dije que en la sección de deportes del periódico no admitirían a gente con la caradura y la ignorancia de muchos de los que escriben en la de cultura. Nadie podría escribir sobre un partido de fútbol sin haberlo visto. Le descubrirían enseguida. Los deportes en el periódico están sujetos a un control mucho más amplio y democrático que los libros, que nadie ha leído ni leerá. Me dijeron que me meto demasiado con el mundillo literario y que en todas partes cuecen habas. Citaron a los políticos como ejemplo de cínicos y canallas. Pero los políticos, que comparten con los escritores esa función autoatribuida de la prédica, el altruismo y la revelación de la verdad al resto de los mortales, ya están desenmascarados. Los escritores y lo que rodea a este mundo todavía goza de un crédito moral inmerecido, o que por lo menos habría que poner en cuestión. De todos modos, también recuerdo que Santi Segurola, un gran depresivo y tal vez el primer periodista deportivo de España, me dijo que su mejor crónica de un partido de fútbol la había escrito sin verlo, después de escucharlo por la radio, fuera del campo, presa de un ataque de ansiedad que le impidió entrar. Esto no lo dije en la cena.

Hay escritores que son como esos chicos que patinan en los parques. No van a ningún lado, pero da gusto ver lo ágiles que se mueven.

He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Trafiqué con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó. Solo es cuestión de edad. Todo esto me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos.

Me quejo de la soledad en que vivo ahora. Pero es mi soledad de siempre, la que tantas veces he buscado, la que me ha permitido decirle a Mochales esta tarde: «Únicamente en soledad se vive a lo grande. Los mejores momentos de mi vida los he pasado solo». Me ha mirado como si fuera un extraterrestre.

Siempre recuerdo que lo peor de la cárcel era tener que estar constantemente acompañado. Creo que cuando mejor lo pasé fue cuando hicimos una huelga de hambre por el juicio de Burgos y nos llevaron a celdas, es decir, nos encerraron en una celda para cada uno durante un mes. Esto no impide que a menudo, demasiado a menudo a lo largo de mi vida, me haya quejado de la soledad. Me ha gustado tanto que muchas veces me he enfangado en ella. No es fácil encontrar un término medio entre la querencia por el aislamiento y el gusto por estar con gente.

Hay rostros con un fondo de tristeza que son como una prueba viviente de que la felicidad existe y de que la conocieron.

Alguien ha decapitado y se ha llevado la cabeza del monumento a Unamuno que hay en el casco viejo. La profanación ha provocado un gran alboroto en los periódicos. Ayer oí en la radio a un locutor que se mostraba escandalizado porque habían robado la cabeza de «Luis Miguel» de Unamuno.

Desconfío de los que emplean las palabras lealtad y generosidad. Siempre está en boca de los que piden favores o acaban de cometer una fechoría. Tampoco me gusta la palabra gratitud.

Impaciencia con los otros. Cualquier opinión que nos desagrada se convierte en una imperdonable afrenta personal, en un insulto a la dignidad de todo el género humano, cuyo causante merecería por lo menos un fusilamiento inmediato.

Para Matisse un cuadro debería ser «algo así como un buen sillón que permite relajarse de la fatiga física». Buscaba «un arte de equilibrio, de pureza y serenidad, privado de asuntos turbadores o deprimentes…», de «lujo, calma y voluptuosidad». Matisse: hotel y domicilio.

En la película, la rubia coquetea con el hombre y le roba una llave del bolsillo de la chaqueta. María y yo, simultáneamente: «Desde luego, todos los tíos son gilipollas»; «desde luego, todas las tías son unas putas».

Un requisito para sentirse envidiado es creerse un tipo magnífico y con suerte. Este ha hecho mil perrerías en su vida y se ha ganado otros tantos enemigos, pero él cree que le tienen manía porque envidian sus grandes cualidades.

En los alrededores de la casa de María, un pordiosero joven vende La Farola. María le ha visto muchas veces, pero nunca le ha comprado la revista. Ayer, al cruzarse por la calle con él, que estaba «fuera de servicio», María le saludó, pero sin recordar muy bien a quién saludaba, como pasa a veces cuando te encuentras con alguien al que no sueles ver fuera de su trabajo habitual. Solo al doblar la esquina se dio cuenta de quién era. Hoy se ha vuelto a encontrar con él, que esta vez sí estaba en activo, con un fajo de La Farola bajo el brazo. María ha ido a echar mano al bolso para, por fin, y dado el saludo del día anterior, comprarle de una vez un número de la revista. Pero él ha levantado el brazo en un gesto negativo de complicidad, como diciéndole: «No, mujer, a ti cómo te voy a vender esto».

María estaba encantada de su hazaña. Los mendigos e incluso muchos componentes del lumpen disponen de una autoridad moral que les está negada a otros miembros supuestamente más prestigiosos de la comunidad. La amistad de un mendigo o de un criminal enorgullecen más que otras de las corrientes. Le he contado a María lo de Proust. Durante la guerra, una noche en que volvía a casa a pie, un transeúnte malencarado se ofreció a ir con él. Proust sospechó algo y en el camino se convenció poco a poco de que su solícito acompañante no era otra cosa que un malhechor. Por fin, al llegar a su portal, como no había sucedido nada, se atrevió a preguntarle: «¿Y usted por qué no me ha atracado?». «No, hombre, no —respondió el otro—. Cómo voy a agredir a una persona como el señor». Decía Celeste que estos éxitos le ufanaban más que los obtenidos en los salones.

Hoy leemos muchas veces las novelas más para juzgar la destreza de su autor al ejecutarlas que para participar en la ilusión de las vidas de los personajes que nos proponen. Hoy ya es difícil que nos creamos a los protagonistas de las ficciones literarias, al menos de la manera completa en que pasaba antes, o pasa todavía con las novelas de antes. La novela del siglo xix nos parece más real que la actual, sus personajes, más terminados y vivos. Aquella ilusión se esfumó un poco.

De Edmund Wilson, uno de los mejores críticos del siglo, se dice que era un tipo asqueroso, repugnante. Que leyó muchísimo y que cada vez fue un tipo peor.

Escribir aquí, apuntar cosas, me tranquiliza. Me aferro a esto como el barón de Munchausen a sus pelos. Lo curioso es que, tirando de ellos, salgo un poco del pozo (creo que esta comparación es de Gide). Los tirones más patéticos los he borrado de este archivo, claro.

Éxito en la presentación del libro de Pedro. Por nada de lo que he hecho en mi vida he recibido tantas alabanzas como por algunas presentaciones de libros. Preparo bastante lo que voy a decir. Prácticamente lo escribo todo y lo digo en voz alta varias veces en casa. Cuando llega el momento me lo sé casi de memoria. Pero se me debe de notar la timidez.

No leo, miro al público y alguna vez echo un vistazo a lo que llevo escrito. No tengo una manera de hablar segura y fluida, lo que crea un cierto suspense en los oyentes (¿adónde va?, ¡ya se ha perdido!), pero como llevo apuntado lo que voy a decir, acabo diciéndolo, y además de manera bastante precisa. El oyente se tranquiliza cuando ve que consigo terminar la frase. Incluso se admira de que después de tanto titubeo logre encontrar al final un adjetivo mejor de lo que él esperaba. Esto es lo que gusta.

Plinio decía de un conferenciante romano que su voz quedaba mejorada «por su modestia y su nerviosismo» y que «a un autor le sienta mejor la timidez que la confianza». A propósito de Borges, que fue durante mucho tiempo incapaz de hablar en público, Savater dice que «los mejores conferenciantes no son los que hablan sin miedo, sino los que vencen su miedo a hablar: esa secreta fragilidad hace su discurso más delicado, más precioso».

La novela de P. la ha publicado Anagrama. En la mesa estaba también Jorge Herralde. Empecé así:

«Hace tiempo, hace muchos años, cuando yo vivía en Barcelona, conocí a Jorge Herralde. No es que seamos estrechos amigos, pero la verdad es que las circunstancias en que por entonces nos vimos algunas veces, ocasiones más de tipo festivo y espiritoso que literario, son propicias para que surjan relaciones que la memoria guarda con afecto. Para entonces yo ya era amigo de Anagrama, la editorial que Herralde dirigía. Quiero decir que ya era un fervoroso seguidor de su catálogo. Y también era amigo de algunos de los escritores que él publicaba, o que publicó más tarde. Pienso, por ejemplo, en Enrique Vila-Matas, o en Ignacio Martínez de Pisón…»

Y así seguí. Luego expliqué cómo, ya instalado en Bilbao, continué mi relación con la editorial debido a mi actividad de crítico literario, y cómo, por otro lado, conocí a Pedro. Todo confluía en aquella presentación.

En un momento defendí la lectura de novelas y llevé la contraria a Pla, cuando dice que las novelas son la literatura infantil de los mayores y que quienes las leen a partir de cierta de edad son una especie de cretinos. (No creo en lo que dice Pla, pero me inquieta. Y no llegué a decir que no es una opinión original de Pla, sino de Paul Léauteaud, como lo indica el propio Pla en una de sus «Notas dispersas». Las opiniones no son del primero ni del que mejor las expone, sino del más famoso. En Francia seguro que se la atribuyen a Léauteaud.)

Continué la presentación y expuse mi convicción de que las novelas son el mejor instrumento que se ha inventado para conocerse a sí mismo y entender lo que son las relaciones con el resto de las personas. Proclamé que nadie me ha convencido de que leer a Dickens o a Tolstoi sea algo menos valioso que leer a Kant, o a Hegel, o un tratado de física cuántica. No maticé semejantes lugares comunes para no sembrar más dudas sobre los beneficios de la lectura. (Ahora que anoto esto, recuerdo a Orwell, quien, cuando le preguntaron si había algún libro que hubiera cambiado su vida, respondió que sí, que uno donde aprendió que un aficionado al té debe tomarlo siempre sin azúcar.) Luego hablé de la novela de P. y de sus temas constantes: el trabajo, las mujeres, la ciudad, las relaciones conflictivas entre todo ello. Es decir, la materia prima con la que P. elabora una y otra vez su literatura, en un tono cada vez más oscuro y pesimista. Dije, textualmente: «Las humillaciones, frustraciones, infortunios, desengaños, vejaciones, miedos, decepciones, ansiedades, incertidumbres, angustias, que todo eso produce, es decir, la basura que todos esos dolores van acumulando en el alma, es a lo que P. prende fuego en su libro para librarse de ello. Y empleo esta expresión de “prender fuego” porque recuerdo un documental que vi hace unos meses sobre Philip Roth, el gran novelista americano, donde explicaba cómo hacía sus libros. Aseguraba Roth que, para escribir, lo que hay que hacer es coger basura, luego echar gasolina, luego más basura y luego darle fuego. Decía que si la basura es tuya, la hoguera prende bien y eso es el libro. Pero que tiene que ser basura propia. Roth insistía en que el escritor debe ser honesto con su basura. Supongo que quería decir que el único método científico de hallar una buena basura es buscarla dentro de uno mismo. Esa es la basura de verdad y aquella que más tarde el buen lector reconocerá como basura auténtica, y logrará también hacer arder en la segunda fase de todo libro, la lectura». (Aquí no solo habría podido matizar, sino tal vez llevarme la contraria.)

(El documental sobre Roth lo vi en la televisión francesa, en Cordes, una especie de peñasco-fortaleza medieval situado unos kilómetros al norte de Albi. Estábamos en un hotel que tenía a gala haber acogido a dos de las personas con las que menos esperaría uno encontrarse en un hotel: la reina madre de Inglaterra y el emperador del Japón, Aki Hito. Había fotos que lo atestiguaban. Allí vi el reportaje. Roth vive en una especie de granja en el campo. Tiene un estudio con grandes ventanas. Escribe de pie, a mano, en un atril situado junto a una pared. Luego se da la vuelta y camina unos pasos hasta llegar a un ordenador pegado a la pared de enfrente. Me pareció que solo apuntaba una frase cada vez. Recordé que también Nabokov escribía de pie. Y que alguna vez también lo hizo Pessoa. Primero pensé que era una manera de escribir distinguida, pero luego que a lo mejor era por algún problema en la espalda, o de almorranas.)

Más adelante dije también, textualmente: «Para manejar todos estos fangos, basuras y fogatas de que aquí estoy hablando, hay que disponer de dos instrumentos fundamentales que P. emplea estupendamente. Me refiero a la elegancia y a la ironía. Estas dos facultades son una suerte de guantes imprescindibles para alguien decidido a trabajar con materiales tan sucios. En realidad, sucede como en la novela negra. Todas las buenas novelas negras que he leído están escritas por autores de gran elegancia y finura humorística». (Esta frase es la que más me gustó de toda la presentación.)■


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