Autor: 6 noviembre 2007

Inmaculada de la Fuente

Las últimas publicaciones en torno a Zenobia Camprubí nos revelan nuevos ángulos de una figura que se resiste a ser un mero espejo de Juan Ramón. Son pequeños resplandores en una personalidad poliédrica a la que algunos han considerado sombra del poeta, a pesar de que su temperamento la alejaba de cualquier vocación de opacidad. Estos nuevos destellos ofrecen un espejo más nítido y menos gastado de la esposa de Juan Ramón Jiménez, al tiempo que la dotan de cierto aire enigmático. A la no muy lejana publicación del tercer tomo de sus diarios, editados por Graciela Palau de Nemes y publicados en Alianza Editorial, se ha sumado la primera parte de su correspondencia, recogida por la profesora Emilia Cortés dentro de las publicaciones de la Residencia de Estudiantes. Un extenso volumen, este último, que reproduce sus cartas a Juan Guerrero Ruiz y su esposa Ginesa, una relación de confianza convertida en dependencia al marchar los Jiménez al exilio y encargar al matrimonio la gestión de sus asuntos literarios y económicos en España durante su ausencia. A través de este primer epistolario (que abarca desde 1917 a su muerte, en 1956) y de las punzantes, intensas y francas anotaciones de sus diarios, Zenobia Camprubí relata su vida con Juan Ramón y deja entrever su yo, el de una mujer independiente, práctica y activa. En ningún caso sumisa. Diarios y cartas constituyen una narración autobiográfica de su intimidad y de la relación de entrega, en ocasiones hasta el agotamiento, que mantuvo con el poeta, por lo que no cabe especular sobre su subordinación frente al egoísmo de Juan Ramón, dispuesto a no quedarse solo a toda costa, incluso en el caso límite de tener ella que ausentarse para que le trataran el cáncer que acabaría con su vida.

Ante esta voz, la propia voz de Zenobia Camprubí, vislumbramos una primera hipótesis,y es que la esposa de Juan Ramón, más allá de algunas vacilaciones, no permitió que su personalidad naufragara. Si se plegó a las exigencias del poeta fue más por lealtad al compañero de vida que al marido en sentido legal. Y no solo por amor, aunque sin duda había mucho en aquella relación, sino por la convicción de que formaban un equipo. Sin duda, su figura no puede observarse tan solo a la luz de Juan Ramón. Proyecta luces y sombras por sí misma.

Zenobia Campubrí nació en Malgrat de Mar (Barcelona), el 31 de agosto de 1887. Su padre, ingeniero de caminos, fue destinado a Puerto Rico, siendo esta todavía colonia española. Allí conoció a la que iba a ser su esposa, Isabel Aymar Lucca, procedente de una acomodada familia de ascendencia estadounidense. Sehabía educado en colegios norteamericanos y hablaba varios idiomas. Se casaron en 1879 y poco después de su regreso a España nació Zenobia. Ella misma iba a recibir esa educación bilingüe, esa doble herencia que la iba a convertir en una joven viajera y muy diferente de las españolas de su misma generación. Ni siquiera sus amigas del Lyceum Club, si exceptuamos a María de Maeztu e Isabel de Palencia, ambas bilingües, tenían su resolución, esa conciencia de pertenecer por igual a ambas orillas del Atlántico, ese sentimiento de que el mundo le pertenecía.

Un estricto enfoque feminista, aun siendo útil y esclarecedor, no resuelve todos los dilemas que se ciernen sobre Zenobia. De hecho es una figura que se mueve en los límites del feminismo y del antifeminismo, sin sentir ella misma esa dicotomía. Aunque tal vez podría reprochársele cierta ambivalencia al dedicar su principal foco de atención a las exigencias del poeta, desplazando de modo temporal sus propias necesidades. Como si renunciara a la confrontación directa o respetara un tácito reparto en el que Juan Ramón ocupara una dimensión de mayor envergadura en el entramado doméstico. Pero los enfoques feministas son hoy diversos, y, bajo una mirada retrospectiva y a la vez contemporánea, se podría decir que la esposa de Juan Ramón se mueve en un estadio prefeminista o de feminismo moderado. Pero también se adelanta a ciertos pactos de pareja similares a los que se plantean en el mundo contemporáneo. Es ciertoque aplaza sus deseos, presionada por Juan Ramón, pero no renuncia a ellos, y los retoma, eso sí, con un esfuerzo no exento de tensiones, en cuanto tiene oportunidad.

Desde luego, no se pueden obviar los códigos morales y legales de la época en que se desarrollaron sus vidas. El contexto histórico no favorecía el que una mujer, incluso culta e independiente, pudiera elegir en todo momento su destino. El escenario legal no ayudaba a poner en la misma balanza la propia vida y la del marido que era además un gran poeta. Ese tipo de deliberaciones son más propias de una mujer contemporánea, al contar con suficientes mecanismos mentales como para separar el compromiso afectivo de las servidumbres profesionales y domésticas. Pero resulta equívoco deducir que Zenobia renunció a su propia vida para que el poeta realizara plenamente la suya. A pesar de sus reticencias iniciales a unir su vida con un hombre tan complejo como Juan Ramón, al casarse finalmente con él, Zenobia no elaboró un destino personal al margen de su marido: más bien el poeta constituyó para ella un acicate, un trabajo, una realización. Cuando se conocieron, en 1913, Zenobia no había perfilado tanto lo que quería hacer como lo que no quería. O mejor aún: sabía ya lo que le interesaba, y hasta para qué servía. Pero aceptó con entusiasmo la propuesta de Juan Ramón, que entonces se encargaba de las publicaciones de la Residencia, donde vivía, de traducir conjuntamente un poema de niños de Rabindranath Tagore, La luna nueva. Así se lo contó el poeta a su amigo Juan Guerrero en una visita que le hizo este el 13 de junio de 1915. Fue el comienzo de su colaboración. Sin duda su obra fue el propio Juan Ramón, es decir, que este no decayera como hombre y poeta. ¿A qué precio? Teniendo en cuenta su dedicación, fue alto.

Lo que no puede desdeñarse es que su entendimiento fue perfecto, a pesar de las dudas iniciales de Zenobia y de que su madre no viera con buenos ojos una unión en la que intuía que su hija iba a tener que poner toda la carne en el asador. A la atracción personal se unió un abanico de intereses culturales y humanos. Zenobia, bilingüe en inglés y español, sabía también francés, y tenía nociones de italiano. Juan Ramón llegó a decirle a Guerrero que sabía también algo de bengalí, lo que no está documentado. El poeta decía que ella traducía a Tagore al castellano y luego lo cotejaba con la versión inglesa del propio autor y la francesa. Lo cierto es que, fuera cuál fuera el método, Zenobia se veía capacitada para realizar la traducción, y más si Juan Ramón añadía ese sentido oculto que subyace en todo poema y que no siempre descubre quien lo vierte a otra lengua. Eran ambiciosos desde el punto de vista intelectual y en el terreno humano eran tan distintos como compatibles: las concavidades, relieves y honduras del poeta se acoplaban bien al dinamismo, la agilidad, y las elipsis de Zenobia.

En cualquier caso, el peso de Zenobia Camprubí en aquel matrimonio sin hijos no puede ser subestimado. Era sin duda una mujer versátil, y muy diferente de la mayor parte de las mujeres burguesas de su época. La vida es un juego de elecciones y también una madeja en la que se tejen deseos y se devanan sueños. Zenobia Camprubí fue una adelantada, con recursos económicos, dueña no ya de una habitación propia, sino de varios pisos que alquilaba a extranjeros, generalmente estudiantes estadounidenses.

Vivir la propia vida

En los años veinte y treinta emprendió, además, el negocio de antigüedades y de arte español, recibía encargos para decorar edificios, entre ellos un parador nacional, y conducía un coche por Madrid en el que tan pronto trasladaba al poeta como transportaba un cuadro o un colchón. No era, por tanto, una esposa en segundo plano, sino una mujer activa con agenda propia, aunque su prioridad fuera que el poeta desarrollara su actividad sin incomodidades. No necesitaba el amparo de un hombre, y no tenía el menor reparo en viajar sola cuando el poeta se negaba a abandonar su hogar y sus soliloquios. Con su amiga y colaboradora en la tienda Arte Español Constancia de la Mora, viajó por la España profunda, y más tarde, cuanto esta residía en Roma, al estar allí destinado su marido, Ignacio Hidalgo de Cisneros, Zenobia se desplazó a Italia sin Juan Ramón. Lo que no impedía que fuera consciente de que había echado el ancla en la vida y en las circunstancias de Juan Ramón. ¿Qué deseaba realmente al final? ¿Vivir con independencia o que el poeta fuera razonable y se mantuviera sano? Vivió, sin duda una gran tensión asumida: ser ella misma y sentirse casi siamesa de un alma caótica, espléndida y frágil, la de Juan Ramón. Una labor en ocasiones ingente: además de esposa fue su compañera de traducción y en parte su secretaria, y en las épocas de mayor aislamiento su enfermera, su madre y también su padre, ya que era ella quien pensaba en la familia en términos prácticos. Con razón, al final de su vida apunta, extenuada: «Es demasiado no poder vivir la propia vida».

Lo paradójico es que Zenobia no era en absoluto ese tipo de mujer, extendido en la época, que buscaba realizarse a través de un hombre, o en función de su papel de esposa. Zenobia se habría realizado de cualquier modo. Intentó vivir su propia vida hasta el límite, sin conseguirlo, pero los frenos que ella misma se impuso no se derivaron de estar casada con un neurasténico, sino con un poeta colosal. Más que apuntar a connotaciones de género, los privilegios o prerrogativas de Juan Ramón dentro de su vida doméstica, hay que leerlos en claves artísticas. No obstante, y puesto que ambos fueron coetáneos de un tiempo en el que Marañon y ciertos varones de relieve todavía discutían si las mujeres creaban teorías o solo las desarrollaban y ejecutaban, a la postre la admiración de Zenobia por el poeta no fue del todo ajena a su condición de mujer y a sus circunstancias

Entre los muchos hallazgos psicológicos que depara la correspondencia dirigida a Juan Guerrero, un sugerente párrafo de una carta fechada el 10 de diciembre de 1943 revela algunas de sus aspiraciones en sus años de madurez: «Estamos los dos bien y trabajando mucho. J. R., completamente dedicado a sus libros y muy entusiasmado con lo que lleva por delante. Yo, preparando una charla (para lo que me ayudan, no poco, sus fotografías) para la Universidad de Maryland y con varias clases interesantes, en las que he pasado de alumna a profesora. Todavía le voy a dar la razón a G[ómez] de la S[erna], que dice J.R., se casó con una maestra norteamericana, solo que he tardado treinta y siete años en la metamorfosis (En Retratos contemporáneos, el dedicado a Juan Ramón contiene datos inexactos). La verdad es que siento no haber empezado antes porque disfruto tanto como antes con arreglar casas».

Vemos a una mujer que obtiene placer dando clases y que trata de conciliar esa labor académica con la dedicación a Juan Ramón. Pero no renuncia a ese trabajo ni siquiera en las épocas depresivas del poeta, temporadas en las que tiene que recurrir a juegos malabares como alojarlo en clínicas de descanso o acompañarle ella misma a hoteles y establecimientos de salud para tener asegurada la atención al poeta durante sus ausencias. ¿Se puede ser aún más contemporánea? Incluso en los momentos de agobio o de zozobra, aflora su energía y determinación, haciendo gala de ciertas dotes de superwoman. Al igual que en Madrid, y en Cuba, donde tal como cuenta en su diario, se las arreglaba para hacer pequeñas excursiones o escapadas cuando Juan Ramón se negaba a salir, en Estados Unidos desarrolla también una doble o múltiple actividad: por un lado decora y adecenta las sucesivas casas que van habitando, en busca de la solución más económica y confortable, a la vez que administra con minuciosidad su patrimonio, desperdigado a causa del exilio; por otro, acrecienta su autonomía, incluso en medio de las adversidades, y se aferra a sus clases para respirar hondo y escapar por unas horas del asfixiante imperio de Juan Ramón. Sin olvidar que el dinero que obtenía en la Universidad les venía bien. Las dificultades del exilio, en claro contraste con los pisos, muebles y bienes que habían dejado en Madrid, la obligaban a usar la imaginación para no desdeñar otros ingresos. Después de todo, la economía doméstica pasaba por sus manos. Tenía que velar por los dos y por su estabilidad, un sueño a veces inalcanzable para la pareja de exiliados. «J. R. y yo despertamos muchas veces y tardamos un rato en saber en qué parte del mundo estamos», confiesa al matrimonio Guerrero desde Washington el 20 de marzo de 1947. «Me parece que para cada uno la presencia del otro es como el ancla y la seguridad que le saca de esta incertidumbre», añade.

Qué gran verdad. Exiliados, haciéndose mayores ymás solos y a la vez más unidos que nunca. Tejiendoy destejiendo Zenobia ese pulso entre su sentido de la independencia y su absoluta unidad con Juan Ramón. En una ocasión, al describir cómo habían pasado la fiesta de Año Nuevo, cuenta que, después de cenar, poca cosa hizo más que hablar con Juan Ramón, «que es mi deporte». Humor con una punta de ironía que era compatible con cierta satisfacción íntima por el tipo de vida elegido, a pesar de las dificultades del desarraigo. Más de una vez Zenobia se planteó volver a España, donde su pasado y sus vivencias la llamaban, pero el poeta no quiso regresar mientras el dictador siguiera en el poder. Los años pasaban y la vuelta se convertía en espejismo.

En esos años finales, el pulso entre ese tiempo que se debía a sí misma y los problemas de salud de Juan Ramón, que empeoraban conforme ella se ausentaba, le hizo desfallecer. Pero no tiraba la toalla, seguía con sus clases aunque se preguntara hasta cuándo podría mantener ese ritmo. Solo una mujer fuerte podía haber seguido adelante, y Zenobia lo era. No sabemos cuánto influía en esa abnegación su sentido del deber, o su educación norteamericana de apechar con sus propias responsabilidades. Sus diarios, después de todo, eran anotaciones y desahogos no para lamentarse, sino para encontrarse con ese yo íntimo, agotado por sus múltiples tareas, pero nunca doblegado. Mientras tanto, las crisis de él convivían con la silenciosa y progresiva enfermedad de ella. Hasta que el mal se extiende. Es ahí donde surge el conflicto entre una mujer que necesita acudir a un hospital y un hombre que no está en condiciones de acompañarla y que a la vez le pide que no le deje solo. Dramáticos días en los que Zenobia era consciente de que Juan Ramón la chantajeaba emocionalmente mientras su cuerpo se resquebrajaba. Aun así, encontró una solución práctica: un joven médico que le ayudara a trasladarse al hospital. Quizá demasiado tarde.

Libre y autónoma

Sería excesivo considerar que Zenobia fue una mujer libre y autónoma. Últimamente algunos estudiosos persiguen esta visión pendular: si hace años se la consideró aplastada por la fama de su marido, ahora algunos tratan de rescatarla cargando las tintas en su faceta independiente. La tenía, sin duda, pero sería infundado atribuir equidad y proporción entre ambos miembros del matrimonio. Juan Ramón, después de todo, tenía todavía en su educación y en su imaginario trazas de señorito andaluz. Se puede ver de dos maneras: gracias a su sentido de la independencia, Zenobia pudo salvarse de una entrega excesiva. Y a la vez, gracias a su laboriosidad, cuando Juan Ramón caía en periodos de misantropía y abandono, ella elevaba el tono y llevaba las riendas de una empresa cultural y doméstica que vivía como propia.

Al final, tras los vagabundeos por Estados Unidos y Argentina, el oasis de Puerto Rico coincidió con los años del deterioro físico. Al final solo eran dos ancianos que se amaban y que en algún momento se odiaban sin odiarse. Odiaba ella el egoísmo y el desvalimiento de su marido, y odiaba él su fortaleza y su actividad. Sin embargo era justamente el desvalimiento de él y la fuerza de ella lo que les unía profunda y hondamente, además de la literatura. Amor y dolor juntos, o alternándose. Y grandeza. Cuando Zenobia consigue viajar a Boston desde Puerto Rico, para ser operada de nuevo del tumor que creía curado, ya que ya le habían extirpado uno en 1951, contrata a un médico joven para que la acompañe, pues apenas puede moverse a causa de los dolores. Pero antes de tomar el avión, esta mujer previsora deposita una serie de cartas numeradas en manos de su asistenta, para que se las vaya entregando a J. R. una por día durante su ausencia. También deja en una mesilla los sobres preparados ya con la dirección del hospital para que al poeta le resulte más fácil escribirle.

Por desgracia, había postergado tanto la solución quirúrgica y su cuerpo estaba tan quemado por los rayos X que había recibido, que el cirujano optó por posponer la operación. El año 1956 avanzaba, y aquejada de dolores, Zenobia seguía gobernado el barco familiar desde su cama, como atestigua la última carta enviada a los Guerrero, el 30 de mayo de 1956. Poco antes de morir tuvo al menos el premio más deseado: saber que el poeta de Moguer, aunque quedaba huérfano de sus cuidados, había obtenido el merecido premio Nobel.■


Introducir comentario

Solo se publicarán mensajes que:
- sean respetuosos y no sean ofensivos.
- no sean spam.
- no sean off topics
- siguiendo las reglas de netiqueta, los comentarios enviados con mayúsculas se convertirán a minúsculas.