Autor: 15 Noviembre 2007

Roberto Bolaño: La universidad desconocida

Anagrama, Barcelona, 2007

Todavía es demasiado temprano para saber quién fue Roberto Bolaño y cuál fue su aportación a la literatura, pero parece evidente que el prestigio que se ha instalado sobre su nombre y su obra es mucho más que una moda o un malentendido pasajero. Después de la aparición de la apoteósica (y apocalíptica) 2666 (ese sublime acercamiento al mal en el que sentimos que Bolaño estuvo a punto de acceder a una verdad desconocida e insoportable), que se unía a Los detectives salvajes, Amuleto, o esa obra maestra de página y media titulada «Jim» (cuento incluido en El gaucho insufrible), como muestras del talento abrumador del escritor chileno, nos llega ahora reunida toda su obra poética, tal como él —al parecer— la tenía ordenada y preparada.

La universidad desconocida es, desde luego, un libro irregular en todos los sentidos. Uno estaría tentado a decir que Bolaño era mejor prosista que versificador, pero parece fuera de lugar en autores como él, en los que toda la obra participa de algo mágico y mayor. Sin embargo, creo que lo mejor de este libro está en los fragmentos en prosa, y especialmente en los que, bajo el título «Gente que se aleja», ya se publicaron en Amberes: 57 párrafos en los que se insinúa una de esas historias inquietantes que él sabía forjar, concebidos desde un punto de vista explícitamente cinematográfico, como queda claro en «acotaciones» del tipo «Fundido en negro», «Primer plano de…», «La cámara se va alejando» (y es, por cierto, una película que podría dirigir David Lynch: bucles temporales, policías y detectives, pasillos siniestros, chalés abandonados, sexo mecánico, mujeres sin boca, un «jorobadito»…). Hay un personaje que afirma que “escribo para ver qué pasa con la inmovilidad y no para gustar” (p. 222) y no es difícil ver en ello una declaración de principios del propio Bolaño, así como, seguramente, cuando de otro (¿o el mismo?) personaje se dice que «Nunca ha pedido gran cosa de la vida, le basta con un cuarto y tiempo libre para leer» (p. 188).

Cuando escribía esas páginas, a comienzos de los años ochenta, trabajaba como vigilante en un camping de la costa catalana. Para entonces no podía saber que había superado ya el ecuador de su vida, pero quizá sí pudiera intuir que a partir de entonces su etapa de aprendiz de escritor se acababa y que iban a empezar a llegar los buenos resultados. Mientras tanto, seguía escribiendo furiosamente, y buena parte de ello en verso.

Pero también esta poesía en verso es vocacionalmente narrativa en Bolaño, y, desde luego, antisolemne, alérgica a cualquier intento de responder a las preguntas que no se pueden responder o que no tienen respuesta (aunque, paradójicamente, a veces con esa actitud se llega a una respuesta convincente): «El misterio del amor siempre es / el misterio del amor / y ahora son las doce del día y / estoy desayunando un vaso de té / mientras la lluvia se desliza / por los pilares blancos / del puente» (p. 148).

A mí tampoco me gusta escribir sobre lo que no comprendo del todo, así que resulta difícil escribir sobre un libro como este, tan preñado de misterios, tan lleno de interrogantes, desde su mismo título (esa Universidad que aparece aquí y allá en los poemas), y de obsesiones privadas: una tal Lisa, un tal Gaspar, Chile, México, Barcelona, los «detectives», la lluvia, los faros, o incluso ese omnipresente «Roberto Bolaño» que podría considerarse —muysignificativamente— el protagonista del libro, el habitante principal de La universidad desconocida.

¿A quién se dirige ese precioso poema titulado «Tardes de Barcelona» y qué significa?: «En el centro del texto / está la lepra. // Estoy bien. Escribo / mucho. Te / quiero mucho» (p. 164). Quizá lo más fascinante de Bolaño sea precisamente la imposibilidad de descifrar completamente los enigmas que construye en sus páginas, en las que se baraja su vida íntima, su memoria, su fantasía, la literatura o la metaliteratura, y creo que en este libro podemos encontrar también la mejor definición posible de su obra, ahora y en el futuro: «Un sueño maravilloso / que atraviesa países y años / Un sueño maravilloso / que atraviesa enfermedades y ausencias» (p. 402).

Juan Marqués


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