Autor: 5 septiembre 2007

Carmela Greciet nació en Oviedo en 1963, pero ha vivido en Avilés, León, Valladolid, San Sebastián, Cuenca y Madrid, entre otros lugares. Es licenciada en Literatura por la Universidad de Oviedo y profesora de Educación Secundaria. En la actualidad, reside en Santander y colabora con artículos de creación y de crítica en diversas revistas y suplementos literarios. En 1989 obtuvo el premio Asturias Joven de cuento y en 1995 publicó su primer libro de relatos, Des-cuentos y otros cuentos, con el que quedó finalista del premio Tigre Juan. Entre otras, ha sido incluida en las antologías de Andrés Neuman, Pequeñas resistencias. Nuevo cuento español (Páginas de Espuma, Madrid, 2002), y Neus Rotger y Fernando Valls, Los microrrelatos de Quimera (Montesinos, Barcelona, 2005). Los descuentos que ahora publicamos pertenecen al libro, en curso de realización, Amores tragaperras, que ha gozado de una beca a la creación literaria del Principado de Asturias. Todos son, por tanto, inéditos, excepto «Cierta luz», que es una nueva y más breve versión de su relato «Mareas cálidas».

Amores perifrásticos

— Subraye las perífrasis del texto, indique si son de obligación o devoción y adivine, por último, quién llama.

Me estoy enamorando de una mujer que no es la mía, pero no he de enamorarme, porque tengo que atender a mi propia esposa, a la que debo permanecer fiel, como así tengo jurado desde hace tantos años. No puedo evitar pensar en la otra y a veces creo que estoy a punto de cometer adulterio, pero voy a dejarme de tonterías y a empezar a cumplir con mi deber. Seguiré estando felizmente casado hasta que termine de vivir, como así vengo haciendo, como así acostumbro a hacer y como asimismo tengo pensando seguir haciendo siempre. Suele pasarme esto de enamorarme a destiempo —lo que viene a decir que me ocurre más a menudo de lo que debiera suceder—, pero siempre que comienzo a enamorarme de otra, la mía, que no acaba de acostumbrarse a ello, rompe a llorar y se pone a echarme en cara mis devaneos sin dejar de lamentarse, por lo que yo vuelvo a reconducir mi matrimonio una y otra vez. Así lo estoy llevando, peor o mejor, desde que me casé hace muchos años, porque así lo tengo decidido, como tantas veces he dejado dicho. Me lo ando repitiendo todo el día a mí mismo: «He de hacer lo que hay que hacer. No puedo enamorarme y punto». Y ahora debo interrumpir este relato porque lleva sonando sin cesar el teléfono desde su comienzo. Debe de ser ella. Ay.

Economía sumergida

Aquel médico montó una empresa pirata en la misma planta de amnésicos del hospital donde trabajaba. Por un módico precio y como quien va a la perrera municipal, cualquiera podía adoptar como pareja a un hombre, a una mujer sin pasado.

Cierta luz

Quise reconciliarme con Marga haciéndole el amor en la bañera, donde, como tantas veces, ella se había refugiado. La amé con dulzura y saña entre la bruma hasta que apagué mi furia y entonces reparé en la terrible quemazón del agua. Quise apoyarme en Marga para incorporarme, pero mis manos chapotearon en un líquido hirviente y denso sin conseguir encontrarla. Salí de la bañera de un salto, muy asustado, y empecé a llamarla, mientras, de rodillas, seguía tanteando, pero de nuevo mis dedos se hundieron en aquel caldo. Aún hubo de despejarse el vaho para que pudiera ver con claridad qué le había pasado: Marga se había deshecho, se había licuado en una sopa viscosa y algo rojiza en la que aún podían distinguirse los promontorios de sus senos y de sus rodillas y su largo pelo negro flotando a la deriva. Las órbitas de sus ojos, ya muy separadas, me miraron suplicantes y quise ayudarla. Sin embargo, cuando ya solo se distinguía de Marga nada más que su rostro descabalado, me pareció ver en él cierta luz, una semisonrisa triunfal, aunque distorsionada, que quizá tan solo fuera espejismo, pero que reavivó mi rabia, así que tiré del tapón y aquel líquido espeso que era Marga mezclada con mi semen se fue por la tubería girando trabajosamente en remolino. Marga.

Ajuste de cuento

Se presentó en casa de la amante de su marido pistola en mano. Iba a humillarla obligándola a quitarse la ropa, a bailar por la casa supliendo a aquel con una almohada, a exigirle que le mostrase las técnicas amatorias con que lo tenía encandilado…

Cuando, al final del día, él, orondo y repeinado, abrió con su propia llave la casa de su amante, las encontró dormidas en el sofá, desnudas y abrazadas.

(N. de la A.- En el momento de cerrar este relato ya se habían despertado y le estaban apuntando a cuatro manos.)

Sirena en silla de ruedas

La sirena pidió a los servicios sociales que la llevaran con urgencia tierra adentro porque iba a surcar los mares el atractivo, astuto, fecundo en ardides, saqueador y felizmente casado Ulises.

Algunos días de sol la llevan al parque de paseo y a veces se la puede ver con su hermoso pelo suelto, leyendo a Joyce junto al estanque. Lleva una mantita de cuadros sobre —la que dicen es— su majestuosa cola plateada, y ya nunca nunca canta.

Amor y basura

Correr una vez más en medio de la noche al vertedero. Sumergirme hasta el cuello en la montaña hedion­da que emana gas y moscas. Buscarte y rebuscarte frenético y a tientas entre el caldo de grasas y vísceras podridas, de vinagre y de bilis, de orines y cebolla, de entrañas maceradas, de amoniaco, de sangre. Encontrarte indefensa y fetal y rescatarte. Cargarte a mis espaldas como un fardo humeante y, ya en casa, amor mío, limpiarte la carita y desamordazarte y regresarte y besarte y peinarte y amarte, amarte, amarte hasta que ya de hastío pueda odiarte. Hacer entonces, contigo, un fardo, vida mía, y arrojarte después a la basura, para de nuevo correr al vertedero, y una vez más, mi amor, poder salvarte, amarte, odiarte y arrojarte.


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