Autor: 14 Septiembre 2007

Amelie Nothomb: Ácido sulfúrico
Traducción de Sergi Pàmies
Anagrama, Barcelona, 2007

La narrativa de Amelie Nothomb es esencialmente posmoderna, en su acepción de posmodernismo escéptico, como una crítica del sujeto moderno, del ser humano alienado por la televisión, y donde cualquier comprensión temporal es rechazada. Así, en un tiempo indefinido, de un país indeterminado, se emite un programa de reality show llamado Concentración. Por las calles, antes del comienzo del programa, los responsables de la cadena hacen redadas para seleccionar a los participantes, que serán recluidos en un campo de concentración a semejanza de los campos nazis. A partir de aquí las víctimas serán humilladas, golpeadas y tratadas como en un campo de concentración de verdad, para mayor regocijo de los telespectadores, los cuales podrán incluso votar a los presos que desean ejecutar.

Los niveles de audiencia se disparan en cada programa alcanzando nuevos récords históricos, sin que el gobierno intervenga, con los medios de comunicación como catalizadores del fenómeno que se desencadena (tanto con sus alabanzas como, sobre todo, con su rechazo). La autora realiza una crítica implacable contra la hipocresía de las sociedades occidentales, en las que programas denigrantes son seguidos por millones de personas, al tiempo que nadie reconoce verlos, lo que supone una negación de la responsabilidad que tenemos los ciudadanos en la actual bonanza de programas semejantes.

En el texto se avanzan algunas razones que pueden indicarnos con mayor o menor acierto el porqué del éxito de estos reality shows: el instinto de integración de los seres humanos en la convivencia societaria (si los demás hablan de un tema, yo tengo que saber de ese tema para poder integrarme), los atávicos impulsos que provoca el dolor y el sufrimiento ajenos, la conciencia de sentirse alejado de los peligros y penas que les suceden a los demás (lo que deriva en una mezcla de felicidad y mezquindad)…

En medio de un escenario de crueldad en el que capos reclutados por la cadena entre ciudadanos normales (es importante este aspecto de «normalidad» que hacen más escalofriantes las posibilidades de vileza en que podemos caer todos) insultan y golpean a los prisioneros, surge una heroína y una villana, la elemental dicotomía entre bien y mal, con la particularidad de que no es el bien quien se siente fascinado por el mal, sino al revés: la capo Zdena se enamora de Pannonique.

Zdena se siente atraída por la pureza de Pannonique, su dignidad, su magnificencia. No es nuevo en la obra de Amelie Nothomb esta clase de fascinaciones por seres puros, bellos en el sentido más estricto y objetivo posible, frescos y descarados, conscientes de su atractivo, que pueden emplear o no en su beneficio. Higiene del asesino, Atentado, El sabotaje amoroso o Antichrista son solo algunas de las novelas de Amelie Nothomb en las que un personaje, generalmente femenino, se ve devorado por una pasión feroz que le calcina, le construye y reconstruye, al tiempo que le sirve a la autora como vehículo para trazar el argumento de la obra.

En Ácido sulfúrico, la pareja de protagonistas ilustra perfectamente el mensaje pesimista de Amelie Nothomb, que se siente horrorizada ante el éxito de programas zafios y ridículos que, como una pandemia, se han extendido por la parrilla televisiva de todo el mundo. Además, el hecho de que los presos no puedan ser llamados por su nombre, sino por letras y números que les asignan una nueva identidad, subraya aún más la destrucción de su personalidad a través del nombre, y también el poder del nombre como llave para salvar vidas. Ya en Diccionario de nombre propios, Amelie Nothomb ahondaba en la importancia de los nombres como definidores de la forma de ser y sentir. En Ácido sulfúrico, el bautizo con un nuevo nombre es la puerta para dejar de ser, pero, por el contrario, también para sufrir una verdadera amplificación de los sentimientos.

En un momento de la novela, el editorial de un periódico afirma: «Cuanto más hablamos de Concentración, cuanto más subrayamos su atrocidad, mejor funciona». Amelie Nothomb adopta, pues, una postura muy pesimista respecto al fin de esta clase de programas, sin aportar más solución que la de que sean los propios participantes de estos reality los que pongan fin a tales despropósitos. Porque los gobiernos se muestran efectivamente inoperantes para atajar el gusto indigno y escabroso de millones de espectadores que comentan, ríen, discuten y lloran ante la televisión, o sin más, presencian el drama de su propio e inadvertido reflejo.

José Ángel Gayol


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