Autor: 15 Septiembre 2007

Martín López-Vega

(Os envío el siguiente texto por si os parece que puede cuadrar en algún número de Clarín. Lo había escrito para la antología que está preparando Juan Carlos Abril, pero hoy me ha puesto un mail diciéndome sin ningún pudor: «Querido Martín, leo estos días tu poética y veo algunos puntos para señalarte: te metes con Villena, con Caballero Bonald, con Sánchez Robayna, con Manuel Rico y hasta conmigo. He suprimido esas partes con mucha delicadeza, apenas se nota, y no afectan al texto». No sé que me ha alucinado más, si la censura descarada o ese tono paternal que tal parece que no soy consciente de con quién me meto.

Le he dicho que retiraba los textos de la antología, claro, que no quiero que me incluya, y me ha contestado: «Tienes otros foros donde descargar tus filias y tus fobias, no me comprometas ni me chantajees en mi libro, ¿tú me entiendes?»

Claro que le entiendo, que no quiere que le comprometa, dice, como si no lo firmase yo, además… Encima tiene el morro de añadir: «Y te comento otra cosa: ha sido Luis García Montero quien me ha dicho que te pidiera suprimir esas referencias». Que no me lo creo, claro, pero encima le utiliza como excusa. «No me pongas en un compromiso ni me crees problemas», añade.

Está claro que él no quiere quedar mal con nadie… El caso es que al final, después de cuatro o cinco mails dándome sus razones para cortar mi texto, se ha comprometido a publicarlo tal cual, pero claro, ya ni me convence ni me apetece y le he dicho que lo retire. Así que ahí va.

Espero que nadie se haga muchas ilusiones con este preámbulo: la verdad es que no me meto tanto ni con tantos. Además me parece que todos con los que se supone que me meto —incluso Manuel Rico— son más inteligentes que él y seguro que no hubieran dicho nada. En fin.)

Cada vez me gusta menos la poesía. En general, cada vez me gustan menos los gremios, y la poesía lo es, no solo de una forma social (congresos, lecturas, copas…): también los libros de poesía apiñados en las estanterías de mi casa son un gremio, y, si uno se descuida, acaban relacionándose más entre ellos que con el resto del mundo. Eso se nota en los libros de casi todos (incluidos los propios): más que lo que el libro nos dice del mundo pesa lo que nos dice de la poesía. Y a mí la poesía solo me interesa por aquello que es capaz de decirme­ del mundo, por lo que puede explicarme de mi lugar en él, no por lo que diga del resto de la poesía.

Tampoco me gustan mucho las poéticas. No me gusta la escritura que no va directa al grano (aunque por unas razones o por otras, uno acabe haciendo de todo). No me 
gusta la literatura sobre literatura. No 
me gusta la literatura, en definitiva, que se recrea en sí misma.

Escribo poesía porque quiero ser feliz, porque cuando una experiencia se pone por escrito se convierte en un escalón que ya hemos ascendido. Todo lo demás es literatura: o sea, palabrería, basura.

El problema de la poesía no es tanto lo que es capaz de decir como lo que no es capaz de decir. Este, ya se ve, es un problema tanto de la poesía como de la filosofía. Por eso no me interesa la poesía que se recrea en sí misma, que da vueltas una y otra vez sobre los mismos tópicos. Si un poema ­habla de la muerte, debe aportarnos algo sobre cómo convivir con esa idea, reflejar la angustia de esa certeza de una forma que nos desvele algo nuevo o nos consuele: pero escribir un poema —otro más— para decir que nos vamos a morir, por muy logradas que sean sus metáforas, será pura churriguería sin interés. Un libro de poesía es un libro de autoayuda para lectores que no confían en los libros de autoayuda. Un poco, también, como la filosofía. Un poema empieza por intentar decir algo que hasta ese momento no se ha podido decir.

Escribir poesía tiene algo de filosofía, algo de matemática y algo de medicina. Con todo, no es nada científico. Tiene su propia morfina: la ironía, aunque es cosa del siglo abusar de ella tanto que muchos poetas se quedan complacientemente adormecidos entre sus vapores (¿tiene vapores la morfina? es igual: la ironía sí) sin ser capaces de ir más allá.

Si escribir poesía es una búsqueda, escribir sobre esa búsqueda es especialmente complejo: debiera bastar lo que está en ella. Cualquier poética va por detrás de la poesía de quien la escribe: toda poética está en movimiento. Es probable que los poemas que ahora escribo anulen lo que diga en esta poética, que invalidará a su vez, probablemente, la mayoría de los poemas que he escrito hasta ahora. Es una búsqueda, además, tan antigua como nosotros, y que ha dejado demasiada bibliografía… Leer poesía es parte de la búsqueda de la felicidad: un poema es una máquina para explicar el funcionamiento del mundo, y esa máquina llevamos siglos intentando escribirla entre muchos. Para ponerse a la tarea es imprescindible un conocimiento exhaustivo de la tradición: para aprender, para dialogar, para discrepar.

Es importante ser consciente de que esta búsqueda nuestra no es exclusiva de la poesía. No creo que nadie pueda escribir un buen poema sin dialogar con las otras formas de creación y pensamiento (que son, ya lo he dicho, una misma cosa). Algunos de los mejores poemas del siglo los han escrito Ron Muek, Wolfgang Laïb… El contacto con otras expresiones artísticas revela aspectos del propio trabajo y ayudan, cuando escribimos, a ser más conscientes de qué partes de nuestro trabajo pertenecen a nuestra búsqueda y cuáles son solo retórica, vicios adquiridos. No es que la pintura o el videoarte no tengan su propia retórica, que la tienen, por supuesto: pero al sernos de alguna forma más ajena esa retórica podemos acercarnos a sus resultados de una forma más «limpia». Personalmente, a la vez que escribo poemas pinto, hago collages, toco música… Nada de eso verá nunca la luz, pero todo lo que encuentro por esos caminos acaba, de alguna forma, en mis poemas. Cuando escribo un poema me enfrento a la creación de algo que tiene consistencia material, que no está hecho solo de palabras. Mi trabajo no es demasiado distinto al de un escultor.

Está bien estar al día, porque hay mucha gente dedicándose a lo mismo que uno. Pero estar al tanto de los logros ajenos no significa copiarlos sin más, apuntarse a las modas, que en esto de la cosa poética las hay, y muchas. La última es el ashberismo. Ashberismo, dame más de lo mismo. Cualquier día un poeta joven publicará un libro titulado Autorretrato en espejo de Ikea, ya lo verán. Es fácil seguirlas, las modas: Luis Antonio de Villena, que es la Paris Hilton de la poesía española, se apunta a todas, con tanta rapidez que a veces él mismo cree que las ha inventado.

Algo que me parece imprescindible es recuperar cierta inocencia lectora: estamos demasiado resabiados como lectores, hay demasiadas referencias que colocamos sobre el texto antes incluso de comenzar a leerlo. Y deberíamos ser más cautos con esto: si esas referencias no estaban en la intención de quien escribió el texto, nos llevan a leer mal. Por poner un ejemplo propio: al publicar mi libro Extracción de la piedra de la cordura, mucha gente me dijo que llevada por el título había pensado primero en Pizarnik. Yo conozco su libro y no es que no me guste, pero en ningún caso fue una referencia a la hora de escribir el mío. Y el tópico de la piedra de la locura es anterior e independiente de ella: tengo derecho a usarlo independientemente de lo que ella haya hecho con él. A eso me refiero: podemos sacar un espejo en un poema sin que el lector piense inmediatamente en el pesado de Borges, que parece haberse quedado con toda la cacharrería literaria mientras susurra: «mi tesoro», como el Golum de El señor de los anillos…

Mi poética cabe en un par de líneas: creo que escribir poesía (y podría decirlo igualmente de cualquier otro género artístico) es un intento de reconstruir el libro de instrucciones de la vida que no nos dan cuando nacemos. Así que solo creo en la poesía, en la literatura, en el arte que me resulta útil para llegar a entenderme. Claro que además me gusta que me engatusen: hay cosas que me gustan y que me gusta que me den en esas obras.

Cuando uno piensa en la tradición, lo ­hace de forma cronológicamente inversa, quiero decir: importan más los que están más cerca que los más remotos. En mi caso, diría que importa más Brodsky que Gilgamesh, por ejemplo. Aunque el Gilgamesh me apasione y devore todo lo que tenga que ver con él: mientras escribo estas líneas tengo sobre la mesa el texto de la obra de teatro Gilgamesh de Derrek Hines. A estas alturas del cuarto folio tocará empezar a citar nombres. Léanse con todas las prevenciones posibles: ellos no tienen la culpa de gustarme ni son responsables de lo que yo haya hecho con su «influencia». De todos modos me arriesgaré a dibujar mi árbol genealógico. Creo que los padres de mi sensibilidad poética son sobre todo dos, y ya los he mencionado: Kenneth Rexroth y Claude Roy. Ellos llevan dentro toda la herencia asimilada de lo mejor de la poesía oriental. Matizados después por, sobre todo, Joseph Brodsky y Yehuda Amijai. Otros nombres: Milosz, Seferis, Jorge de Sena, Eugénio de Andrade. Luego, Ashbery, Montale, y Mário Cesariny, tan distintos. Y no muy lejos, Nordbrandt, Szymborska, Fernandes Jorge. Y en medio de todos, médula, el Eliot de La tierra baldía, claro. De otros, solo cosas sueltas. Se me olvidará alguno, probablemente alguno importante, pero no me importa. Será por algo.

Ahora toca decir algo de la tradición de aquí, y luego tocará del ahora. Vamos allá. Sinceramente, me cuesta encontrar en la tradición española nada que no sea arqueología. Hay sonetos de Quevedo que están muy bien si uno va a verlos como al Partenón, pero no nos quedaríamos a vivir en ellos. Eso también le pasa a Manrique o incluso a Garcilaso: son partenones preciosos, panteones admirables, pero no podemos quedarnos a vivir en ellos. Yo solo me quedaría a vivir en San Juan de la Cruz. La poesía española está llena de nombres que fueron importantes «para nosotros» pero que rara vez aportaron algo a la tradición universal. En el siglo xx pasa un poco lo mismo. A los autores de la generación anterior a la mía les alucinaba la poesía de lo que se ha llamado «Generación del 50». A mí, y lo digo con toda sinceridad y sin ningún ánimo de que nadie se enfade conmigo, pero un poco alucinado por los reconocimientos y las canonjías, a mí por ejemplo Caballero Bonald me parece un hombre muy respetable y un admirable ciudadano, pero su poesía no me interesa nada. Esta afirmación, evidentemente, dice más de mí que de él, pero es que tampoco pretendía otra cosa. A mí me parece que los mejores del 50 hicieron algo que le hacía mucha falta a la poesía española: limpiarla de barroquerías, que es una cosa que siempre ha gustado mucho por aquí, empeñarse en que el poema dijese algo, no fuese una sucesión de churriguerías metafórico-circenses. Lo hicieron siguiendo a Cernuda y eso fue algo fundamental, de lo que espero que no consiga librarnos el nuevo barroquismo valenciano. Luego los poetas figurativos supieron mantener eso, pero no fueron capaces de llevarlo mucho más allá. Hay poetas que están bien, pero… Yo entrevisté una vez a uno de los de más nombre y le pregunté: ¿cuál es el lugar de la poesía española en la poesía europea? De las más importantes, me respondió. Y quise seguir: ¿y qué poetas actuales europeos te interesan más? Y me dijo que él de eso no leía. Digamos que prefiero sin duda a Valente antes que a Gil de Biedma, pero también sin duda a García Montero antes que a Sánchez Robayna.

Los poetas jóvenes: por fin parece que todo el mundo lee mucho de lo que se hace fuera, lo que no estoy tan seguro es de que se haga con mucho orden. Hay una gran variedad de voces, eso es más o menos verdad, pero no deberíamos caer en el todo vale, porque no todo vale ni todo interesa. A mí me interesa, de los poetas españoles en activo, sobre todo, Luis Muñoz. Probablemente es el primero que ha sido capaz de situarse en una tradición universal, sin deudas con lo provinciano de aquí pero también sin complejos por ser de aquí. De la gente de «mi edad», me gusta leer lo que van haciendo Ana Merino, Abraham Gragera, Carlos Pardo, Mariano Peyrou, Jordi Doce, Lorenzo Plana, Elena Medel. Y me río mucho con el decimonónico blog cordobés, casi tanto como con las reseñas de poesía de los suplementos nacionales. Hay más cosas que uno lee con gusto, desde luego. Creo que no me parezco nada a los nombres que he mencionado, pero eso es solo un parecer. Yo siempre digo que mis poetas favoritos son Franco Battiato y Karlos Arguiñano.

Yo escribo poemas, pero no quiero hacerme amigo de otros poetas, no quiero que me 
inviten a congresos, ni que 
me reseñe en «Babelia» Manuel Rico, que no se entera de nada, ni que me den el premio de la crítica asturiana, ni que ninguna loca me envíe por mail los artículos en los que se meten con García Martín porque es amigo mío, ni salir en ningún blog infinito que recuente a todos los poetas que en España han sido. Bueno, no es que no lo quiera ni que me parezca mal todo eso, pero me da igual. Lo juro. Además, conoces a otros poetas y acaban pidiéndote que escribas una poética de no sé cuántos folios, y aunque sabes que algún día escribirás algo así, pues de momento no te apetece, y lo acabas haciendo porque te sientes comprometido por no sé qué.

Vaya, pues, una última no-creencia: creo que la teoría literaria y la poética 
es una pérdida de tiempo. ¿Un libro de 
instrucciones para entender un libro 
de instrucciones? La existencia de la teoría literaria supone los defectos de la literatura: si esta fuera como tiene que ser, no necesitaría más explicación que ella misma. Así que vamos con los poemas.


Una respuesta to “Si escribiera una poética diría más o menos algo así”

  1. Cain Gonzalez:

    Llevo toda mi vida queriendo pertenecer a un gremio, a una generación, a una manada, o en mi caso y respecto a mi condición de eterno soñador, a una bandada de calavericas golondrínas. En cambio se de buena tínta que por una razón u otra, este misterioso destíno que me aguarda, lleva intentando decirme, directa e indirectamente, y a lo largo de mi inamovible pasado y presente, que quizás y justamente a raíz de esta absurda necesidad de encajar y ser reconocído por aquellos a los que yo he creído reconocer, jamas sere coronado por los reyes de la anarkía, a la que tantas y tantas veces he soñado pertenecer, simplemente, y por mucho que me duela, por que la anarkía nunca tendra reyes.
    Es por esto que hoy, y tras leer esta poética, escríta por un tipo al que, y perdonen mi ignorancia, acabo de conocer, siento que la única corona que jamás reinara mi pequeña mollera, sera la que un servidor se coloque en las profundidades de la mas oscura soledad, donde por gracia o por desgracia, me importa mas bien nada lo que piensen los demas, y es por esto, que no entiendo por que a la luz de mis mañanas me perturba tanto el que dirán.
    Por eso, y lejos de atribuirle a esta poética o a su autor la decisión que hoy he tomado, pero si agradeciendo a la razón que se esconde, o en este caso que se exíbe, sin ningun tipo de tabúes en este texto y detras de cada palabra, hoy he decidído, como tantas otras veces, pero esta vez, con la pequeña diferencia de que en esta ocasión me acompaña la inusual sensación de victoria, y no la acomodada sensacion de fracaso a la que estoy acostumbrado, abanderar mi espiritu de eterna incomprensión y enterrar las comodas trincheras que durante años refujiaron, la que yo crei inexistente, pero hoy doy fe de su existencia, maldita cobardia que reina en mi.
    Por que ser valiente no es mas que radiografiarse a uno mísmo y dejar que el mejor de los doctores diagnostique la enfermedad… y que mejor doctor que la vida mísma, que la casualidad que se cierne sobre los calculos del individuo, que mejor doctor que el instínto asesino de las lenguas de trapo, que el pensamiento por encima de lo estipulado, que mejor doctor que el miedo a ser distinto, que el miedo a no ser aceptado y bautizado por la enferma religión del ser humano.
    Porque al fin y al cabo, si nunca me importó lo que de mí pensara ni mi própia madre, por que ha de importarme lo que piense un tipo culto que de mi nada sabe, y que quizá o solo tal vez, nunca sabra nadie… Por que yo soy yo, por encíma de mi mísmo, me guste o no me guste, pero nunca, y, hasta este día, me exprése mejor o me exprése peor, me he sentido yo, por encima de la poesía.

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