Autor: 16 septiembre 2007

Lino González Veiguela

«República Autónoma Socialista de Komi, mil kilómetros al noroeste de Moscú. Taiga, pantanos y noche, noche blanca. Un tren pasa resoplando, serpenteando por la vía plateada. Era un tren viejo y conocía bien el camino. Transportaba a trabajadores búlgaros que viajaban a esta tierra inhóspita para intentar ganar algún dinero, o al menos eso creían». Así comienza la novela Hambre de perro (Texto Editores, 2006) del escritor búlgaro Christo Saprjanov, una obra que se inscribe en la tradición rusa de la literatura escrita sobre Siberia.

Estamos a mediados de la década de los ochenta. Las autoridades soviéticas ya no deportan a los disidentes al Gran Norte, pero como se sigue necesitando mano de obra esta es reclutada en las repúblicas más pobres del Imperio Soviético. Saprjanov fue uno de los miles de búlgaros que voluntariamente decidieron abandonar su tierra en busca de un salario que nunca hubiesen podido ganar en su patria.

—¿Qué le llevó a dejar sus estudios de Ingeniería Agrónoma para irse a Siberia a trabajar?

—En el tiempo del socialismo, si no habías aprobado alguna asignatura o si habías faltado a un cierto número de clases, debías trabajar un año para obtener el derecho de seguir con los estudios. Estabas obligado a cumplir con este servicio aunque podías elegir libremente el sitio en el que trabajar. Yo elegí Komi por razones económicas. Los sueldos allí eran el triple que los que pagaban en Bulgaria.

—¿Trabajó usted, como Vasil —el protagonista de la novela—, en la construcción de una carretera de hormigón?

—La mayoría de los temporeros en Komi trabajaban como leñadores pero a mí me atraía la construcción de carreteras. Los inviernos en Siberia son sumamente duros y es inútil construir una carretera de asfalto por lo cual la única solución era el hormigón. Después de este año trabajando en Siberia acabé mi carrera universitaria.

—¿Su vida en Siberia fue como la vida de los personajes que describe en 
la obra?

—Sí, mi vida en Siberia fue casi idéntica a la que describí en el libro.

—¿A qué autores prefiere de esa tradición de «Literatura siberiana» que va desde Dostoievski a Shalamov, pasando por Solzhenitsyn, Ginzburg…? Unos trabajando a partir de sus experiencias para ofrecernos «ficción» —con todas las comillas posibles— y otros sin salirse del relato estrictamente autobiográfico.

—Algunos críticos, al comentar mi obra, han mencionado a Dostoevski. Supongo que lo mencionan por dar un nombre de referencia bien conocido… Somos diferentes en lo que respecta al tratamiento del material biográfico. Yo escribí una obra de ficción.

—¿Cuándo y cómo comenzó a escribir Hambre de perro?

—Escribí mi libro en medio año, escondido en el sótano de un bloque de apartamentos situado en un barrio popular de Sofía. Mentía a los vecinos. Les decía que preparaba un estudio científico, por miedo a que se extendiese el rumor de que creaba un libro incómodo, y pudiera alertar a las fuerzas de seguridad. Luego escondí el texto en un cajón hasta la caída del muro.

—¿Cuál fue el camino editorial que siguió The flayed dog?

—Impresionado por las condiciones de la vida en Komi, después de mi regreso, escribí varios relatos. Más tarde, dándome cuenta del material que tenía en mis manos, decidí trasformarlo en una novela. El hecho de escribir tanto los relatos como la novela resultó muy importante, sobre todo a nivel personal, no tenía nada de literario, ya que las opciones de que mi obra fuera publicada eran nulas. Los editores funcionaban estrechamente controlados por los servicios de seguridad búlgaros, fieles a los intereses del partido comunista. Todo lo que era permitido tenía que favorecer al sistema y no criticarlo. También existía una norma: el libro podría ser solo editado por el autor que ya había escrito en prensa y en la prensa podría escribir solo el autor con libros editados… Por otro lado, si el libro se hubiera editado, probablemente hubiera tenido muchos problemas, entre ellos la cárcel.

Hambre de perro fue mi primera novela publicada. Luego escribí un libro de relatos titulado Venganza, editado en ruso, y por último la novela La cigüeña negra, además de algunos textos para el teatro.

Tengo ideas para otras novelas pero es un proceso lento, llevar la vida de escritor en Bulgaria no es nada fácil. Es un mercado pequeño y las tiradas de las ediciones son cortas. Tampoco se traduce mucho del búlgaro a otros idiomas. Para dar un ejemplo: mi novela es el único libro búlgaro editado en Alemania desde 1989, y el único editado en Holanda. Parecida es la situación 
en Inglaterra.

—¿Cómo está siendo en Bulgaria la digestión —a nivel social y literario— de la época comunista?

—Mi visión particular es que hoy en Bulgaria existe mucha gente con nostalgia del periodo comunista. Quizás porque así está hecho el hombre: cuando pasa el tiempo se acuerda solo de lo bueno. La gente tenía su trabajo asegurado, los escritores famosos de turno eran los dioses…

Lo que nos faltaba era la libertad. Ahora somos libres, solo que como en las fábulas de Zhorzhe Amadu nadie nos quiere, ni siquiera los antiguos dueños, los rusos.

—¿Hay cifras de búlgaros asesinados por los Servicios de Seguridad o condenados a trabajos forzados en Siberia?

—Yo no viví el periodo del estalinismo, cuando se forjaban los fundamentos del socialismo. Por regla general, los grandes cambios sociopolíticos y la expropiación 
—tanto de la tierra como de las fábricas— siempre están marcados por las represiones y la violencia. Bulgaria no fue una excepción, aunque todo tuvo una dimensión menor que en Rusia: cárceles, tribunales del pueblo, deportaciones, campos de concentración, reformatorios… En el nombre del pueblo, estos cambios se llevaron por delante la vida de muchas personas, acusadas de traidoras.

A mí, sin embargo, sí me tocó vivir el tiempo del renacimiento del socialismo o como se llamaba habitualmente «el deshielo». En este periodo, la maquinaria estaba bien engrasada y la sociedad marchaba ­hacia el prometido comunismo, el que debería venir algún día pero que nunca llegó.

Nadie sabe exactamente la cantidad de las personas asesinadas. En Bulgaria todavía los informes secretos siguen siendo «tabú». En el año 1990 la mayoría de estos documentos fueron destruidos por los que gobernaban.

No tengo datos de búlgaros deportados a Siberia. Nadie los tiene. Sí puedo decirle que la gente nativa de Komi miraba a los temporeros de otros países como a delincuentes porque los rusos que trabajaban allí estaban por castigo y estrictamente controlados por la policía.

Bulgaria tuvo su «Siberia»: una isla penitenciaria llamada Belene. Realmente era un campo de concentración que funcionó hasta 1956. El hermano de mi abuelo estuvo allí. A mí abuelo le expropiaron la fábrica de textil de la que era dueño. Toda mi familia se vio afectada de uno u otro modo por esos cambios a los que me refería. Probablemente es una de las razones por la que me convertí en escritor.

—¿Cómo gestionaban los escritores esa «sed de libertad» que se siente en un régimen autoritario para evitar que interfiriera «políticamente» en la creación literaria?

—Combatir el sistema por aquel entonces resultaba imposible. Ni siquiera los autores mimados por la aristocracia comunista podían editar algo independiente. Por eso los escritores más progresistas aprendieron a sugerir sus ideas entre líneas, usando metáforas. Los temas históricos eran lo más apropiados.

—¿Qué autores y qué obras considera usted sus referentes literarios?

—En mi forma de afrontar la creación literaria me han influido sobre todo los autores latinoamericanos y rusos. Entre los favoritos están Juan Carlos Onetti, sin duda ninguna Dostoevski y también el autor búlgaro Iordan Radichkov. Si tuviera que elegir dos obras de la narrativa universal escogería el Quijote, de Cervantes, y Hadyi Murad, de León Tolstói.

—¿Cómo se las ingeniaban para tener acceso a las obras literarias prohibidas bajo el régimen comunista?

—El término libro prohibido es inadecuado. Los autores incómodos, como Orwell por ejemplo, simplemente no se editaban. Si por algún error estas novelas llegaban al mercado simplemente se retiraban sin mucho ruido, como ocurrió con El fascismo de Zheliu Zhelev —un escritor que sería el primer presidente de Bulgaria después de la caída del muro.

—¿Hay alguna obra o autor del régimen comunista que haya resistido a la caída del muro de Berlín y que las nuevas generaciones sigan leyendo aún hoy en día?

—Hay que subrayar que en el periodo del socialismo, un periodo de oro para la literatura búlgara, se editaban muchísimos libros en grandes tiradas y los autores disfrutaban de muchos privilegios: viajes y vacaciones pagadas, conferencias, buenos honorarios por cada libro escrito… en fin, eran los ideólogos del régimen y el partido comunista les prestaba una atención especial. Algunos de aquellos escritores ya han desaparecido por completo del mercado y de la memoria de los búlgaros pero había otros con talento que todavía marcan un alto nivel de referencia.

—¿Podría citarnos algunos nombres de autores búlgaros pertenecientes a distintas generaciones que usted destacaría?

—No sé hasta qué punto puedo ser útil en este asunto. La literatura búlgara actual se mira mucho el ombligo, no sale de temas regionales y suele ocurrir que cuando se tratan temas más interesantes la obra no es de suficiente calidad. El acto de escribir se ha transformado en un ejercicio de aristócratas, pero como sabe, en Bulgaria no hay aristócratas, ni siquiera Su Majestad Simeón ha regresado como monarca sino como el Primer ministro…

En mi opinión, no hay ningún autor actual que destacar en lo que se refiere a la narrativa. Puedo citar, sin embargo, algunos autores importantes y algunas obras del tiempo del socialismo. Dimitar Dimos, su libro Osadeni dushi (Almas condenadas) trata temas de la guerra civil española; Emilian Stanev, Kradetzat na praskovi (El ladrón de melocotones); Gencho Stoev, Zenata na zlatoto (El precio del oro); Iordan Radichkov, que escribe solo relatos, pero su creación literaria ha marcado toda una época; o Victor Pascov, y su Balada de Georg Henih (El mito de Georg Henih).

—¿Bulgaria se puede considerar culturalmente eslava? De ser así, ¿se consideran a sí mismos los escritores búlgaros escritores eslavos, en lo que respecta a pertenecer a una tradición literaria eslava transnacional?

—En mi opinión la narrativa búlgara no se puede definir estrictamente como literatura eslava, pero la influencia de la política rusa ha sido históricamente enorme y debido a esto la literatura eslava ha tenido siempre una buena acogida y ­está claro que ha influenciado a los escritores de mi país. Muchos autores búlgaros han estudiado en Rusia, incluso uno de los patriarcas de nuestra literatura Ivan Vazov escribió su famoso libro Bajo la higuera en Odessa. También tiene influencia la literatura austrohúngara aunque en menor grado. Como rasgo distintivo destacaría que nuestros escritores son más fuertes en la narrativa corta, en las fábulas y en los relatos.

—¿Se presta atención en Bulgaria a la literatura escrita en español, sea española o hispanoamericana?

—Las literaturas española e hispanoamericana han estado bien representadas en el periodo del socialismo, sobre todo los autores con una clara inclinación hacia la izquierda. Se mantenían muchos contactos con Cuba y escritores como Márquez y Mario Vargas Llosa fueron premiados con la medalla «Georgi Dimitrov», el más alto galardón de aquel tiempo.

Hoy en día el panorama está cambiando. De España y los países de Sudamérica se publican solo obras premiadas. El mercado editorial búlgaro, sin embargo, todavía es bastante pobre: podemos encontrar, por ejemplo, muchas obras mediocres de la literatura norteamericana, pero no autores de la talla de William Faulkner.

—En una reseña que hicieron de su libro en Inglaterra recogían unas declaraciones suyas en las que decía que usted instaba a los escritores a desafiar las circunstancias políticas y sociales a través de la calidad de su literatura, la cual siempre será más fuerte que cualquier sistema político. ¿No cree que la única fortaleza de la literatura, de la buena literatura, es que sobrevive a cualquier régimen político? En cualquier caso, parece un consuelo relativo para los autores represaliados.

—Estoy de acuerdo, pero ¿qué otra cosa pueden hacer los escritores?


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