Autor: 21 Septiembre 2007

Antonio Rivero Taravillo: Viaje sentimental por Inglaterra
Almuzara, Córdoba, 2007

«Si mi carne igualara al pensamiento / jamás me detendría la distancia.» En estos versos de Shakespeare se concentra la llaga del viajero que no alcanzará su horizonte. El viajero es simple carne mortal; pero el sendero es siempre inmortal, el camino hacia la infinitud de una puesta de sol en el tiempo del olvido. Viajeros y lectores comparten la misma enfermedad de la vastedad. Acabado un viaje, el viajero ansía doblar la esquina de un próximo viaje, que quizá sea el periplo de un no retorno. Acabado un libro, el lector desea devorar otro libro más, porque siempre le atormentará la bulímica sensación de que aún queda mucho por leer. La patología irrefrenable del viaje y la literatura se da en Antonio Rivero Taravillo, poeta, traductor, ensayista y cronista de paisajes líricos como el que ofrece en este Viaje sentimental por Inglaterra.

En realidad el libro de Rivero Taravillo es un homenaje cubierto de hojas cobrizas y dedicado al autor del Tristan Shandy, Laurence Sterne. Sterne, escritor, sermoneador de conciencias y bisnieto del arzobispo de York, escribió en sus días su libro Viaje sentimental por Francia e Italia. En sus páginas daba cuenta de la tipología varia de los peatones que atraviesan la vida a sotavento de la más inquieta curiosidad, lo propio en quienes son culillos de mal asiento. Distinguía así entre viajeros ociosos, viajeros inquisitivos, viajeros mentirosos, viajeros vanidosos y viajeros melancólicos. Todos ellos acaban en una sola categoría, el viajero sentimental, adscripción que se otorga el propio Rivero Taravillo. De ahí el homenaje a Sterne. De ahí, en definitiva, este libro que es en cierto modo apéndice y coda del viaje sentimental que empezó por Francia e Italia y acaba, al menos de momento, en Inglaterra.

Uno siempre se ha preguntado de dónde deviene aquello tan traído de la «pérfida albion». Por la Wikipedia sabemos que albion proviene del latinazgo «albo», en referencia al color blanquecino. Desde Francia, lo primero que se atisba en Gran Bretaña son los blancos acantilados de Dover, de ahí pues la conocida expresión de «pérfida albion», porque aparte de blanquecinos los ingleses siempre nos han resultado históricamente pérfidos, traidores anglicanos y corsarios de nuestros tesoros procedentes de la Carrera de Indias. Hoy las cosas han cambiado para mejor, aunque nos quede aún sin resolver el aguachirle anglo-andaluz de Gibraltar (o Gibrartá).

Viaje sentimental por Inglaterra comete la imprudencia de incluir a Gales en su amable recorrido. Inglaterra y Gales forman parte de la Gran Bretaña. Conservan las dos el paisaje lleno de un verdor sacramental, donde cae la misma lluvia oblicua de esas nubes que descargan las gotas de la añoranza y el aburrimiento melancólico. Pero Inglaterra tiene su bandera de San Jorge y la línea musical y fronteriza del God Save the Queen, mientras que Gales tiene su otra bandera verde y blanca con el rojo dragón, y su hímnico memento que pone los pelos de punta hasta a los alopécicos cuando la grada entona la Tierra de nuestros padres en esa basílica del rugby, auténtica religión ovalada, en el imponente estadio de Cardiff.

Salvador de Madariaga anduvo por las galesas regiones de los Beacons. Sus notas las recogió en su libro Arceval y los ingleses. Madariaga veía ciertas similitudes entre Gales y España y, en concreto, con las provincias vascongadas. Las colinas y sus hombres tierra abajo, los ferrocarriles trepando ladera arriba por entre las vías de la pausa y la indiferencia ociosa. Por eso los galeses le parecían a don Salvador más iberos que celtas y, más específicamente, vascos de chapela sobre todo: «Vasco y galés dan la impresión de que los valles estrechos y de limitado horizonte en que habitan han modelado sus ideas religiosas, haciéndolas estrechas y cortas». El majadero de Sabino Arana nunca se enteró de que lo vasco es lo español quintaesenciado. Tiene razón el escritor y ocurrente ensayista Manuel Gregorio González cuando afirma que los de la eta son solo unos españoles cabreadísimos que la han tomado con el resto de los españoles impuros. El castillo imponente de Caernarfon o el famoso pueblecillo de libros de segunda mano Hay-on-Way, son algunas de las estaciones de paso de Rivero Taravillo. Pero quizá sea en Gales donde uno acabe reventado por el más fatigante de los viajes merced al topónimo más largo del mundo. Tome aire el lector: Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllandysiliogogogoch, topónimo (o vomitera más bien) abreviado por fortuna como Llanfair P G («La Iglesia de María del hueco avellano blanco cerca de la iglesia del arremolinado torbellino de San Tysilio cerca de la cueva roja»).

Rivero Taravillo es de hecho un viajero que atraviesa el paisaje medievalizante de las lenguas heroicas y casi extintas, con leyendas célticas, artúricas o gaélicas de por medio. Es el suyo un viaje trufado de romances, poemas y epopeyas de bosque que nos transportan al mundo de las ensoñaciones más bellamente ciegas: la región de Northumberland, la favorita de aquel invidente de la luz que fuera Borges. No falta el recorrido literario por las casas de los fantasmas que arrastran cadenas de insomnio, como las de De Quincey, Wordsworth, Evelyn Waugh, Swinborne, Tennyson o Thackeray. Tampoco faltan las menciones a los Inklings, aquel grupo oxoniense que fundía literatura, teología y fabulación, como C. S. Lewis o Tolkien, quien ya perpetraba El señor de los anillos en estas reuniones de camaradas, unidos por la mística, la charla y la cerveza en los pubs nicotinados de aquel Oxford de los años treinta. Previsiblemente decepcionante acaba resultando la visita a la ciudad-souvenir de William Shakespeare, donde el bardo ha acabado escribiendo a la fuerza el drama del mercadeo de su propio nombre.

No es solo la única decepción de Inglaterra con que se topa el viajero sentimental. La degradación estética de los pubs y sus pantallones para el fútbol, la monotonía comercial de los Body Shops o los Mark & Spencer, el pringoso viaje culinario en cualquier Fish and Ships No hay tierra sin terruño de mácula, pero uno prefiere quedarse con el límpido viaje que uno atesora bajo la escafandra del alma, como bien anota Rivero Taravillo: «A veces me pregunto si los paisajes que voy viendo en mis viajes —abadías, fortalezas, ruinas— no serán el ectoplasma que yo proyecto sobre los lugares que visito: mi mundo interior hecho visible, instantáneas o postales que el alma se envía a sí misma». Hoy día, con tanta tecnología, no hay viaje sin la cámara digital del alma.

Javier González Fernández-Cotta


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