Autor: 16 Mayo 2007

Julio José Ordovás

Antes que ornitólogo, Francisco Ferrer Lerín fue poeta, jugador de póquer, traductor, pionero del ecologismo y espía. Insaciable lector de diccionarios y enciclopedias, Ferrer Lerín es dueño también de un afilado y desconcertante sentido del humor. Este hombre, que llegó a Jaca en 1968 y que allí vive y escribe bajo las agradecidas miradas de los buitres y cuervos por cuya conservación tanto ha hecho, es, por carácter y por destino, una perfecta rara avis.

Cuando lo llamé por teléfono para concertar la entrevista me sorprendió que me preguntara por mi primer apellido: “Oye, ¿tú sabes que tu apellido es de origen templario?”. Por eso no me sorprendió, o no me sorprendió tanto, que al entrar en el salón de su casa me preguntara que si estaría interesado en comprarle la antigua mesa granadina, de madera repujada, que allí tiene.“Una ganga, oye. Si la quieres es tuya”.

—Supongo que ya estarás harto de la leyenda que te persigue.

—Estoy un poco agotado del mito que yo cultivé en la novela Níquel, que se tacha de autobiográfica pero que indudablemente es ficción, y que a mí me ha colocado una aureola que me está resultando incómoda.

—Sin embargo, tú escribes en tu novela que “todo texto ha de tener un sustrato de experiencia personal de cierto riesgo”.

—Sí, sí, sí.

—Una de las lecturas que ofrece Níquel es la de novela picaresca.

—Es un poco el Quijote también. Pero lo que es interesante es la trayectoria de su publicación, porque este libro no se llamaba Níquel, sino pam. Se cambió el nombre porque al publicarse en Aragón, Joaquín Casanova, de Mira Editores, me dijo que pam —las tres iniciales del protagonista, Pablo Amatller Moragas— recuerda mucho a par, el partido político, y no es que yo desprecie a ese partido pero es verdad que se podría prestar a una lectura equivocada. La primera versión de la novela la escribí hace tres años. Yo tenía una agente editorial muy importante en Barcelona que me decía que iba a ser un boom y que íbamos a hacernos ricos. Pero aquello fue una cosa de pesadilla. Esa pobre mujer tuvo una experiencia durísima, la llegaron a insultar y a mí me empujaron por unas escaleras por el carácter de la novela, que ellos consideraban totalmente anticatalana. Yo no soy en absoluto anticatalán, pero estoy en contra de la inmersión lingüística y de ciertas peculiaridades de la política catalana y de lo que tiene de reaccionario todo esto: la utilización de la lengua por parte de la Iglesia y de las cajas de ahorros. Realmente es que la primera versión era un poco fuerte. Bueno, aquello fue una cosa tremenda y yo desistí, me despedí de la agente literaria y el manuscrito lo metí en un cajón. Hasta que alguien me habló de Joaquín Casanova, nos pusimos en contacto y en veinticuatro horas esto estaba en marcha. Ahora me han hecho el gran fichaje del siglo. Random House Mondadori ha leído esto y ha leído las cuarenta y ocho páginas que tengo escritas de la segunda novela, La Bestia de Gévaudan, y me han pedido que continúe la segunda novela y recuperar Níquel.

—Tu novela tuvo una recepción crítica nada desdeñable.

—En general yo no he recibido nunca una mala crítica. Alguien, a título personal, me ha dicho: hombre, da la sensación de que el final es un poco atropellado, y que quizá hubiera convenido alargar o desarrollar más determinadas cosas… Es que esta novela no es así. Esto es fruto de un guion cinematográfico que se llama Die rabe. Yo pensé publicarlo con la novela dentro de un mismo libro, que hiciera de coda, pero la editorial no estaba en esa línea. Die rabe sería como otra vuelta de tuerca del mismo asunto, la búsqueda del padre.

—Níquel tiene mucho también de novela en clave, y es inevitable identificar a determinadas personas con ciertos personajes, como Potente con Gimferrer o Brillante con Azúa.

—Yo con Pedro, Pedro Gimferrer, no he tenido una relación. Él presentó mi novela en Barcelona y de vez en cuando nos llamamos, pero la amistad y el trato lo mantengo con Félix. Félix es mi amigo, y entonces como él me hace a mí aparecer en el Diario de un hombre humillado, donde soy el Buitre, lo metí ahí. Y porque además él es uno de los personajes más brillantes que conozco. Un hombre que tiene una escritura nerviosa, vigorosa, llena de reflejo. Y ahora que se ha convertido en un perfecto caballero español, da gusto ir con él.

—También con Leopoldo María Panero mantuviste cierta relación.

—Mi relación con él fue mucho más lateral o tangencial. Panero aterrizó por Barcelona en aquellos años, era un hombre muy virulento en sus relaciones sexuales, estaba obsesionado con los chaperos y salía por las noches organizando como razzias. Luego estaba muy metido en el mundo del alcohol. En aquel momento se alimentaba de pipermín exclusivamente. Y le dio también, de modo muy compulsivo, por jugar al póquer. Nuestra relación fue casi, casi de portales. Yo siempre llevaba una baraja en el bolsillo e íbamos a los portales de las casas e incluso llegábamos a entrar en los pisos, una cosa muy interesante, llamábamos a las puertas y les decíamos, oiga, es que queríamos jugar a las cartas, ¿usted tendría inconveniente? Íbamos muy bien vestidos, con corbata… Y jugábamos en las casas sin conocer a nadie. Yo lo desplumaba siempre, entonces él llamaba a su madre, a Felicidad Blanc, y la insultaba, y le decía este cabrón de Ferrer Lerín me ha vuelto a desplumar, la herencia vamos a perder, mándame un giro. En aquellos años el tipo era estupendo. Ahora es un despojo. Físico, eh, porque mentalmente la cosa funciona. Él es el mejor poeta de los novísimos.

—Eso es lo que te quería preguntar: ¿qué salvarías de los novísimos?

—A Leopoldo María Panero. Indudablemente Pedro y Félix son dos magníficos escritores, pero como autor revolucionario, vanguardista, genial… Leopoldo María Panero. Él es de los pocos que en este país han sabido utilizar otras lenguas incluyéndolas dentro de su discurso sin que rechinara. Es un genio. Y sigue siéndolo. Lo que es lamentable es que lo paseen por ahí como si fuera un monstruo de feria.

—¿Y qué interés crees que tienen hoy por hoy los novísimos, piensas que su poesía ha sobrevivido o que únicamente despiertan un interés, digamos, arqueológico?

—Fue un revulsivo en aquellos años. Tú piensa que yo no estaba allí, o sea, yo ya me había ido de Barcelona. Yo soy un poco anterior a todo esto. El primer libro de Pedro Gimferrer se termina con una cita mía que luego en ediciones posteriores suprimió. Él, los primeros textos que lee dentro de ese mundo del cambio, son los míos. Y luego los dos libros que publicamos al unísono, De las condiciones humanas y Mensaje del tetrarca, salen en la misma edición. Él presiona al editor para que el suyo salga primero. Pedro es un hombre muy listo, lo era ya entonces, y nunca ha tenido el más mínimo pudor.

—¿Y tu Bestiario?

—Lo publica Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores. Es fruto de mi tesis doctoral, que hice hace muchísimos años, cuando estudié Filología. Tú aún no habías nacido ni estabas en proyecto. Yo intento una tesis doctoral sobre Ornitónomos del Diccionario de Autoridades. Entonces, con este material, cuando yo me vuelvo a Barcelona para irme con Carlos Barral, cuando Carlos Barral se separa de Seix Barral y crea su propia editorial, Barral Editores, y entro a formar parte del consejo editorial, uno de los proyectos que tenemos es transformar esa tesis doctoral y sacar el Bestiario. Luego, ya sabes toda la aventura mercantil de Carlos Barral, que era muy buen editor y buen poeta, pero como hombre de negocios… Eso nos pasa a casi todos. Entonces la cosa queda aparcada.

—¿Has leído a Cirlot?

—Cirlot era amigo de mi padre. Alguna vez he contado que mi padre era ginecólogo-dentista, que no es exactamente cierto, porque es una figura que todavía no hemos inventado, aunque sería sin duda apasionante. Mi padre era médico y dentista y hacía cirugía maxilofacial, y uno de los clientes que tenía era Cirlot. Yo tengo libros de Cirlot dedicados a mi padre. A mí me interesó Cirlot no como creador, no como poeta, pero sí como teórico del arte. Su Diccionario de los ismos fue una herramienta para mí casi definitiva en algunas cosas. A mí siempre me ha interesado lo que me ha podido sorprender, y no me han sorprendido tantas cosas en la vida, pero sí me sorprendió el surrealismo en su vertiente plástica. Y a Cirlot le debo el que me abriera determinadas puertas.

—Cuesta imaginar a un tipo como tú, con tu biografía, viviendo en una ciudad como Jaca.

—A mí Jaca me ha anulado, los buitres se me han comido. Yo he estado cerca de treinta años sin escribir, entonces un buen día me puse a escribir —yo escribo muy rápido— y salió Níquel. Para mí aquello de naturaleza versus literatura es total. Así como a muchos escritores y artistas les inspira la naturaleza, a mí no. Porque para mí la naturaleza es la necesidad del inventario, yo tengo una mentalidad muy científica, casi cartesiana. Yo tengo diarios de todas mis observaciones. Eso me anula a mí. Entonces yo he vuelto a la literatura por una peripecia, por una cosa absolutamente extraña. A mí me llaman de Barcelona, del Instituto Francés, por si quiero, dentro de un ciclo de conferencias sobre la pasión, hablar sobre la pasión por el juego. Total que fui allí para hablar de El jugador de Dostoievski, que es una novela que puede interesar a la persona que no tiene conocimientos de lo que es el juego, pero no a un profesional. Termino la conferencia, que fue un poco delirante, como todos mis asuntos, y se me acercan unos individuos, una especie de hooligans, era gente que estaba allí como en una fase larvaria, y cuando me volvieron a ver dijeron este es aquel que había escrito Cónsul y yo qué sé. Y a partir de allí esta gente me lleva a otros, conozco a Frederic Amat, el artista plástico y escenógrafo, y este hombre quiere hacer conmigo una película. Él había rodado dos guiones, el único que tenía Joan Brossa y el único que tenía Federico García Lorca, Viaje a la luna. Entonces yo escribo el guion en cuatro meses pero al final el hombre da marcha atrás. Pero como ya tengo el guion, con él escribo la novela.

—Lo que me ha resultado muy curioso es que tus diarios se parecen mucho, muchísimo, a los diarios de Moratín. ¿Los has leído?

—¿Los diarios de Leandro Fernández de Moratín? No. Conmigo ocurre una cosa muy curiosa que es el plagio inverso. Yo no he sido nunca un gran lector. He tenido todos los libros del mundo en mis manos, los he olfateado, los he pesado, los he guardado, pero a mí los libros normalmente se me caen de las manos. Ha habido muy pocas lecturas que realmente yo fuera capaz de aguantar. Pero repasando y volviendo atrás y gente que me comenta igual que me estás comentando tú… Me da la sensación de que a mí Moratín, por ejemplo, me ha copiado. Como está tan claro que yo no he copiado a Moratín, he de creer que este hombre me copió a mí. Eso me está pasando constantemente. El otro día, fíjate, yo no había vuelto a leer a Rilke, el famoso poema ese del Corneta: Cabalgar, cabalgar, cabalgar… Yo tengo una edición argentina del año 61 o por ahí que tenía metida en una caja y vi aquello, que yo no había leído, y me dije este tío me está copiando, Rilke desde la tumba. Es una cosa absolutamente genial esto.

—¿Qué influencias has tenido entonces?

—A mí me han influido muy pocos escritores, pero algunos me han influido mucho, y St. John Perse para mí ha sido definitivo en la poesía. Esa poesía del inventario, del catálogo, que también lo tiene Borges, pero que sobre todo en poesía lo tiene Perse. Cuando yo empiezo a escribir, mis fuentes son Camilo José Cela, por el estrambote, y luego Ana María Matute, porque Ana María Matute tenía unas novelas en las que hablaba de la infancia campesina desde la perspectiva urbana. Todos los movimientos de corte ecologista, naturalista, se originan en la urbe. Bueno, pues esa visión del campo que tenía desde casi la postura del veraneante es lo que a mí realmente me abre los ojos. Y a mí el que me abre los ojos por encima de todos es un falangista, Ernesto Giménez Caballero. Pero no su obra. Cuando yo estudio cuarto o quinto de bachillerato, el libro de lengua y de literatura está escrito por él. Es un libro realmente maravilloso, muy grueso, muy grande, y ahí está absolutamente todo. Y en un libro escrito por un falangista en 1946 ya se incluyen las lenguas vernáculas, término al que quizá habría que volver. Ahí inserta poemas en vascuence, en catalán y en gallego ¡un falangista en el año 46! Habría que revisar muchas cosas y veríamos que mucho de lo que se dice no es muy cierto.

—Comenzaste a escribir siendo un chaval.

—Yo empecé a escribir casi de niño. Tenía un ruido en la cabeza y ese ruido en la cabeza se mitigaba exclusivamente emborronando cuartillas. Puede parecer retórica pero hay algo de verdad en ello. Si se puede hablar de escritura automática, que nunca ha habido escritura automática, pero yo era el automático de los automáticos. Yo hacía como unos ejercicios que eran una especie de liberación de la mente. Pero yo nunca le di ninguna importancia. Y esto molestó incluso a algunos compañeros de profesión, porque yo no es que minusvalorara lo suyo, pero al minusvalorar lo mío ellos se sentían afectados.

—Como poeta eres una completa rara avis.

—Ahora estoy entrando en un terreno en la poesía que denomino paleografía, en que vampirizo o copio descaradamente textos antiguos o no tan antiguos, del xviii y alguno del xix. Yo voy leyendo y los sintagmas o incluso las palabras que me chocan, las voy anotando y con eso luego construyo mis poemas. El último poema de Ciudad propia, “Fámulo”, es el primer fruto de esta experiencia.

—A Faulkner lo homenajeas en Níquel. Pero yo diría que eres absoluta y totalmente borgiano.

—Totalmente. Borges es la clave, la inteligencia. Y sobre todo lo que yo admiro en Borges es su manejo de la erudición. Borges probablemente no es un especialista en nada, tiene una visión miscelánea de las cosas, y la sabe manejar de tal modo que a mí me subyuga.

—Uno de tus poemas/relatos, “Bibliofilia”, es puro Borges, un Borges delirante.

—Son las líneas que estoy abriendo en este momento. Bibliofilias es un género literario, aunque no quiero que resulte muy pretencioso lo que estoy diciendo, pero tengo actualmente facsimilis, paleografías y bibliofilias, son los tres géneros en los que estoy trabajando y que te abren un campo infinito de posibilidades.

—¿Y Pound?

—Pound es un poco la leyenda. A mí me marcó mucho pero como teórico de la poesía, no como poeta.

—¿Y Kafka, que es el escritor-cuervo o el escritor-buitre por excelencia?

—En mi caso no hay que ir nunca más allá del buitre. Yo descubro la ornitología cuando hago el servicio militar, en un campamento del Pirineo catalán, y allí reparo en que en aquella España que pugna por salir del subdesarrollo, todavía hay unas estructuras, unas plataformas aéreas de dos metros setenta de envergadura que sobrevuelan nuestras cabezas. A mí esto me produce una sensación y un placer arqueológico, porque yo me retrotraigo a escenas medievales, a campos de batalla. Luego, por ejemplo, me entero de que en Belchite, cuando la guerra civil, los buitres se posaban en las ruinas de los edificios a la espera de comerse los burros. Pero en el buitre veo el buitre, nada más. Yo recuerdo que cuando salíamos de Barcelona con carne del zoo para alimentar a los buitres me acompañó Javier Marías en alguna ocasión, que entonces vivía en Barcelona, e íbamos con una novia suya. Y siempre Javier me decía: “Estoy seguro de que para ti el buitre es la metáfora…” Y nada de eso, no hay que buscarle tres pies al gato.

—¿Y el cuervo?

—El guion se llama Die rabe, que en alemán quiere decir ‘el cuervo’. Y no es por pedantería, sino porque en alemán y también en inglés el nombre del animal acude a la voz del graznido, rabe es la onomatopeya, es el canto del animal. En cambio en latín, corvus atiende a la forma curva del lomo del animal. El cuervo es un animal inteligente, así como el buitre no. Dentro de la pirámide de la taxonomía, los cuervos, los pájaros —ya sabes que todos los pájaros son aves pero no todas las aves son pájaros…— Dentro de la pirámide hay una serie de órdenes, los cuervos están dentro de los pájaros que son, dentro de la evolución, los últimos. Son los animales más plásticos. Cuando tú acostumbras a ir a un sitio, a un punto concreto del monte a echar comida, el buitre siempre desconfiará y tardará mucho en acudir. Sin embargo al cuervo, a los cuatro o cinco días, ya lo tienes allí. El cuervo llega a saludarte, a conocerte, y cada vez que te ve hace piruetas haciéndose el gracioso.

—En la literatura española el cuervo nunca ha tenido mayor importancia, pero en cambio en la literatura sajona sí.

—En las antiguas literaturas germánicas que recoge Borges se habla constantemente del cuervo. Pero también en nuestra literatura, dentro sobre todo del cristianismo. San Benito, por ejemplo, siempre iba acompañado de un cuervo. Y San Roque siempre tenía pegado un cuervo que llevaba un trozo de pan.

El canto impertinente de un pájaro artificial me advierte de que ya es hora de concluir la entrevista. No es un graznido, sino un cucú. Lástima que en lugar de un reloj de cuervo, Ferrer Lerín tenga un convencional reloj de cuco.


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