Autor: 27 Mayo 2007

José Luis Morante: Reencuentros
lf Ediciones, Béjar, 2007

Nunca como en los últimos veinte años el género diarístico está presente en la obra de un sinfín de reconocidos escritores españoles. Mucho se ha escrito, denostando o alabando esta forma de poner en entredicho la intimidad, pero el caso es que el lector se ha acostumbrado a este tipo de literatura y a leerla a gusto. Tanto es así, que el género ha tomado carta de naturaleza en los miles de blogs que pululan por Internet y en donde se hacen públicas desde las intimidades más puritanas hasta las más execrables.

El humanismo, al centrar en el hombre toda la problemática de la vida, agudiza el sentido del yo, y, en consecuencia, la necesidad de explicarse y reconocerse. Para este ejercicio de pretendido autoconocimiento, nada mejor que enfrentarse al rito cansino de registrar al hilo de los días esos instantes que se suceden y que son desplazados desde la oscuridad del secreto a la luz de la divulgación. Porque, desengañémonos, pocos escritores escriben un diario si no es con el afán de un receptor. Un lector al que hay que brindar elementos suficientes para acrecentar su curiosidad sabiendo que nada satisface más al ser humano que descubrir el mundo íntimo de un semejante, sea este ajeno o cercano.

El poeta, crítico y ensayista José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956) se introduce por primera vez en este mundo ancho y profundo del género diarístico con el libro Reencuentros, publicado por Luis Felipe Comendador en su excelente y cuidada colección, como tantas otras, “La viuda alegre”.

En la página 22 de Reencuentros, en una de las notas que corresponden al día 25 de agosto de 2002, José Luis Morante escribe, señalando que fue una amonestación que redactó en 1999, lo siguiente: “Los diarios pertenecen a los llamados Géneros de Ficción aunque, de tarde en tarde, subscriban datos históricos o rigurosamente ciertos. Suelen tener efluvios narcisistas. Los engranajes funcionan como diminutas piezas de un mecano. El conjunto concluye un retrato agradable y perfecto, una retocada fotografía de estudio con angular y luz a medida, un estético todo del sujeto escribiente…” Y sigue, con cierta sorna, no demasiado convencido de la utilidad de los diarios y de su publicación, su “amonestación” para concluir: “Dicho lo cual, retorno entusiasmado a mi diario”.

Desconocía entonces el autor —y la inclusión de este párrafo de 1999 le sirve de disculpa y a la vez de autoburla— que años más tarde también él se vería envuelto en esa red de los días fechados, recopilando escrupulosamente los acontecimientos de su existencia. Y poco importa que estos acontecimientos sean de ficción o realmente vividos. Al lector le basta con que estos, gracias a la habilidad del autor, sean creíbles.

Y creíbles y cercanas se nos antojan estas notas que José Luis Morante ha ido pergeñando con minuciosidad y buen hacer, desde la primera fecha que apunta, 3 de julio de 2002, hasta el 25 de diciembre de 2006.

Reencuentros, como cualquier diario, nos invita en su lectura a pasearnos por la cíclica enumeración de las peripecias vitales señaladas día a día, que aparecen en su momento, por dosis, sumando rasgos íntimos que atascados en el subconsciente van emergiendo ante los ojos curiosos del lector.

De esta manera, José Luis Morante va llenando las fechas del diario de reflexiones hechas al hilo de un acontecimiento, de confesiones, de veladas críticas, de apuntes biográficos evitando —seguro que por pudor— llegar a ese punto donde lo íntimo da un paso para convertirse en “impudicia”, de largas listas de lecturas y gustos literarios bien fundamentados, de preocupaciones relacionadas con su labor de enseñante, de logros y decepciones intelectuales y editoriales, de encuentros con poetas y narradores, del valor de la amistad…

Pero detrás de todo esto nos llama la atención las elecciones que el autor ha hecho a la hora de enfrentarse a la redacción de Reencuentros. Sin duda, las más interesantes son: la utilización de la tercera persona en muchos de los apuntes y el uso de un lenguaje altamente literario. Ambas cosas podrían hacer pensar a algunos lectores que se encuentran ante un personaje frío y distante. Nada más lejos de la realidad. Si se lee con atención, puede verse que detrás de él hay un ser humano rico en matices, y por lo tanto complejo, que a la hora de desvelarnos su otro yo, el más profundo, lo hace a través de la tercera persona. Porque tomando la distancia debida, la visión de ese otro extraño que todos llevamos dentro es más objetiva. Igualmente hace cuando nos habla de algunas personas que son o han sido importantes en su vida o cuando lanza dardos, no demasiado envenenados, sobre algunas figuras del panorama literario actual. En cuanto al uso del lenguaje, desde luego no es este el que recrea los sucesos que le rodean con palabras cotidianas, a ras de suelo. Para un hombre enamorado de las palabras —de los paraísos que se encuentran en ellas— y de la literatura, el cuidado del lenguaje es algo imprescindible. De tal manera que Reencuentros es un diario por donde, como dice Gutiérrez Turrión en una reciente reseña sobre él, “no es la prosa, es el verso el que anda de ronda en la concreción escrita de cada día”. Prosa, poesía, aforismos, greguerías, observaciones cercanas a la filosofía… De todo hay y de todo cabe en estos fragmentos por los que transitan los latidos de un excelente poeta y escritor, pero, fundamentalmente, de un hombre a secas que desde el gran ventanal que supone todo diario ha desnudado su yo para someterlo al escrutinio del lector. Un hombre solo que nos habla de todo cuanto acontece en su interior y de la relaciones que entabla su yo social con el entorno inmediato. Un hombre, un poeta, un padre, un esposo, un hijo, un profesor, un amigo que, nota tras nota, nos va acercando a las múltiples facetas que, como cualquier ser humano, posee y esconde. Pero con ser esto ya de por sí atractivo y emocionante, no debemos olvidar la importancia que en todos los diarios tienen los silencios involuntarios que, quizá, puedan ser causados por lagunas de la memoria o bien por la incapacidad del sujeto de traducir al lenguaje la fuente de las emociones que ha vivido. En este caso y citando a la profesora Vicenta Hernández: “El silencio aparece como la forma de la sinceridad, como un nuevo lenguaje, la forma de la enunciación más pura”. Y este nos conmueve.

Herme G. Donis


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