Autor: 10 Marzo 2007

Traducción y nota de Liliana Tabákova

La historia del pueblo búlgaro y de su cultura se remonta a tiempos inmemorables. Su presencia en Europa, según las fuentes históricas, coincide con las marchas del emperador Trajano por los Balcanes. En aquel entonces los llamados protobúlgaros, procedentes de lejanas tierras asiáticas, fundaron su primer Estado en Europa —la antigua Gran Bulgaria, según la registran los cronistas romanos—. Se encontraba en la zona entre el Cáucaso y la península de Crimen, en el Mar Negro. Los enfrentamientos con los kázaros provocaron el desplazamiento de los protobúlgaros al nordeste. Allí surgió la Bulgaria del Volga, que existió casi a lo largo de un milenio rechazando los embates de varios pueblos asiáticos y frenando los avances de los mongoles al oeste. En aquella época de enfrentamientos turbios, grupos aislados de búlgaros se instalaron en Europa central y en Italia. El khan Asparuj (680-700) pasó con sus huestes al sur del Danubio, aunque según datos más recientes, proporcionados por los arqueólogos, parece que los protobúlgaros llevaban tiempo incursionando en estos territorios. La victoria militar del khan sobre el emperador Constantino IV Pogonato es reconocida por Bizancio en un tratado de 681, y este es considerado el año en que nace la actual Bulgaria.

De modo que a los búlgaros nos gusta afirmar que entre los Estados europeos, el nuestro es el más antiguo que ha conservado el mismo nombre desde que fue fundado.

Dado que la península balcánica siempre había sido una encrucijada de pueblos, antes de la llegada de los búlgaros ya había conocido la alta civilización de los tracios, la conquista de los romanos y la casi pacífica invasión de los bárbaros eslavos. Entre estos últimos y los búlgaros fue instituida una alianza política, que condicionó la creación del nuevo Estado. La paulatina evolución ulterior de los procesos de mestizaje llegó a configurar la especificidad tanto de las estructuras estatales como de la propia nación.

En el año 865, bajo el rey Borís, los búlgaros se convirtieron oficialmente al cristianismo ortodoxo por influencia bizantina. Por aquellas mismas fechas también fue inventado el alfabeto eslavo, obra de los santos hermanos Cirilo y Metodio, que tradujeron la Biblia a un idioma “bárbaro”, adelantándose con casi siete siglos al reformador alemán Martín Lutero. En Bulgaria ya a finales del siglo ix se escribía y leía en la lengua vernácula, y las misas se oficiaban en el búlgaro antiguo,1 en vez de en alguna de las “lenguas sagradas”. A partir del siglo ix se fueron traduciendo los libros religiosos de la época, al mismo tiempo que se crearon dos escuelas literarias principales —la de Ojrida y la de Preslav— donde fueron redactados una serie de sermones, loas y hagiografías originales. Bajo el rey Simeón (893-927) la literatura y las artes en Bulgaria vivieron su primer siglo de oro. El país se convirtió en un centro de irradiación cultural en los Balcanes y en todo el ámbito eslavo.

La vecindad de Bizancio en gran medida determinaba el desarrollo de la cultura búlgara, al crearse un complejo dinamismo de rivalidades, hostilidades e influencias mutuas. Como consecuencia de los dos siglos de dominio bizantino —entre 1018 y 1185— la cultura oficial decayó, sin embargo, las letras tuvieron una gran acogida entre el pueblo, sobre todo con la difusión de los escritos apócrifos y los libros de los bogomiles (quienes, perseguidos y expulsados de los Balcanes, posteriormente llegaron a establecer un parentesco estrecho con los cátaros del sur de Francia). Un pope bogomil —Jeremías— escribió la primera novela medieval búlgara, que tuvo por título La novela del crucifijo.

Entre 1185 y 1396, durante el segundo reino búlgaro, las artes y las letras volvieron a experimentar un nuevo auge, conocido como el segundo siglo de oro.

Es consabido el hecho de que en aquel periodo en los Balcanes se dieron las más tempranas manifestaciones del Renacimiento europeo, pero esta trayectoria ascendente fue bruscamente truncada por la llegada de los turcos en la segunda mitad del siglo xix: Bulgaria cayó en 1396. Los turcos —osmanlíes— edificaron un Estado musulmán militar perfectamente organizado, pero carecían de la cultura refinada y del potencial intelectual de los moros de Al-Andalus. La población balcánica fue reducida casi a la esclavitud; fue sometida a presiones violentas para que renunciara a su fe; le fue prohibido el desplazamiento libre por los territorios otomanos; se llegó a reglamentar todos los aspectos de la vida cotidiana, etcétera.

Los primeros siglos del yugo turco (xv-xvii) fueron de resistencia tenaz. La vida espiritual sufrió una considerable merma. La literatura se había desangrado y por mucho tiempo su único refugio fueron los monasterios escondidos en las montañas inaccesibles para los turcos, donde los clérigos cuidaban celosamente de los pocos manuscritos que se habían salvado de los saqueos, los incendios y las matanzas. Los hombres de letras —monjes ortodoxos en su mayoría— siguieron trabajando en la redacción de hagiografías de santos locales, adjudicándoles un cierto espíritu laico. Tampoco faltaron obras religiosas impregnadas de un lirismo devoto y de un profundo misticismo. A principios del siglo xviii los escritores de la poco numerosa comunidad católica empezaron a desarrollar una labor divulgativa, pero pocas veces escribieron en búlgaro, sino en latín, italiano y alemán.

En el año 1763 un monje, Paísiy de Jilendar, redactó su Historia eslavo-búlgara, que, copiada por manos anónimas, fue destinada a despertar la conciencia nacional. Es una obra que por su contenido coincide con algunas ideas de la Ilustración europea. Es entonces cuando acaba el prolongado Medievo y empieza un acelerado, aunque tardío Renacimiento para Bulgaria. Después de casi cinco siglos de oscurantismo, la cultura búlgara tenía que sincronizarse con la de la Europa cartesiana y romántica, sin perder del todo de vista las necesidades concretas del país, poniendo al servicio de una nación que renacía de sus propias cenizas la sabiduría acumulada por otros. Muchos de los próceres de la patria fueron al mismo tiempo revolucionarios, poetas y educadores. El genial poeta Jristo Bótev (1848-1876), con un grupo de rebeldes, pasó el río Danubio a bordo del barco Radetski. Perdieron la vida pocos días después, mas sembraron la semilla del espíritu independentista.

Paralelamente a las luchas armadas los búlgaros empezaron a formularse una serie de preguntas sobre su destino histórico y su identidad nacional: ¿quiénes somos?, ¿cuáles son nuestras fronteras?, ¿qué es lo que está pasando dentro de estas?, ¿existe un idioma búlgaro? y en caso de que sí exista, ¿es apto este para la creación de una literatura nacional? Y un largo etcétera. A mediados del siglo xix, el escritor Liuben Karavelov (1834-1879), cuando hablaba de patria, se refería tan solo a la patria chica, al terruño en que había nacido. Poco a poco el contenido de la palabra se fue ampliando, se fue configurando la idea de que existía una unidad de varias partes, que se desconocían a sí mismas y también desconocían a las demás. Surgieron obras literarias —escritas antes que nada en prosa— que proporcionaban información sobre las costumbres, la naturaleza, las particularidades de las distintas regiones. En este proceso de autoconocimiento el interés por el rescate del folclore desempeña un papel especial. Las búsquedas iban en varias direcciones, las disputas eran apasionadas y a veces virulentas, y podemos afirmar que su eco sigue retumbando en muchas conciencias hasta hoy en día.

En este sentido, a lo largo del siglo xix, a la literatura búlgara se le adjudican una serie de importantes finalidades ansilares: la de servir de instrumento de conocimiento; la de asegurar la preservación de la memoria histórica, la de forjar y pulir el idioma búlgaro —“la lengua sonora y cristalina”, “la lengua sagrada de nuestros ancestros”—; la de ser un instrumento didáctico y moralizador, la de tender puentes entre los búlgaros y las demás culturas. De entonces datan las primeras traducciones o “bulgarizaciones” de obras fundamentales de la cultura universal, como, por ejemplo, la publicación en 1856 en una revista de El licenciado Vidriera bajo el título de El nieto del señor Sancho. La traducción fue hecha a través del francés.

Los procesos de sincronización de la cultura nacional con las europeas se volvieron aún más intensos a partir de los primeros dos decenios del siglo xx. Había que quemar etapas, por esto en las letras nacionales coincidieron tendencias y movimientos que en el resto de Occidente fueron sucesivos.

En los años veinte los complejos y eclécticos simbolismo y modernismo búlgaros, que habían recibido tanto influencias francesas y alemanas como rusas, y a los que pertenecía una pléyade de exquisitos poetas: Peio Yávorov (1878-1914), Teodor Trayanov (1882-1945), Nikolai Líliev (1885-1960), Dimcho Debelianov (1887-1916), Jristo Yásenov (1889-1925), tuvieron que ceder ante las pujantes poéticas de las vanguardias. Nuestros intelectuales, por estar culturalmente muy vinculados al ámbito eslavo, empezaron a concienciarse con la Revolución de Octubre rusa, con los que la cantaban y padecían (Vladimir Mayakovski, Alexander Blok, etcétera). Al mismo tiempo, los procesos históricos entre las dos guerras mundiales y el terrorismo de Estado desencadenado en el país a partir del año 1923 hicieron que los poetas prefirieran la contundente mística revolucionaria a la mística existencial.

A las funciones ansilares enumeradas anteriormente, se añadieron otras fundamentales: la literatura había de ser un arma para la crítica política y social, debía convertirse en instrumento de concienciación de las masas. De la literatura se esperaba que representara la voz de los pobres, humillados y vencidos. La poesía búlgara de las primeras cuatro décadas del siglo xx cumplió esta tarea de una forma contundente, vigorosa, experimental en la forma, muy innovadora y vital: hasta hoy en día poetas como Jristo Smírnenski (1898-1923), Gueo Mílev (1895-1925), Nikola Vaptsarov (1909-1942), entre otros, no han perdido su valor artístico. Fueron escasos los experimentos lúdicos, y quedaron literaria y socialmente aislados, porque no correspondían a los horizontes de expectativa de los lectores.

Este alto nivel de instrumentalización de la literatura fue heredado por el régimen comunista, establecido después de la segunda guerra mundial, en septiembre de 1944, y este se sirvió muy hábilmente del legado histórico para llevar a cabo sus políticas culturales. O sea, llovió sobre mojado. El lema “La literatura al servicio del Partido y del pueblo”, sintetizaba en pocas palabras todas las manifestaciones del compromiso de los artistas.

Es explicable que en las circunstancias dadas, pocos escritores se mostraran dispuestos a “separarse de las masas” y dedicarse a crear obras cuyo único destino posible sería de represalias y divulgación clandestina.

En la época totalitaria se establecieron jerarquías estrictas en el mundo intelectual que, en líneas generales, presentaban el siguiente cuadro:

En la cúspide se encontraban las Uniones de Escritores, de Artistas Plásticos, de Músicos, etcétera, que se dedicaban a “producir” clásicos siguiendo las directrices del PC. Normalmente la censura la ejercían no tanto ciertos escribidores fracasados, como talentos mutados, que decidían los subsidios estatales, a veces absurdamente generosos para obras de pésima calidad que, por supuesto, nadie leía ni veía ni escuchaba.

En el nivel intermedio se encontraba la caudalosa inteligetzia nacional, poseedora de un discurso pomposo, populista, que daba expresión a una mezcla patética de nacionalismo y provincialismo. La acompañaba un público muy amplio que lo devoraba todo, puesto que no disponía de otro tipo de diversiones —el cine era escaso; la prensa, censurada— y que no había tenido la oportunidad de formarse un buen gusto.

Finalmente venían “los de abajo”: cierta bohemia dispersa y autodestructiva, semirrebelde, semiclandestina, que experimentaba a ciegas, sin causa común, sin criterios, pero entre la que de vez en cuando estallaba el breve resplandor de algún talento auténtico. Sin embargo, su resistencia, cuando la había, no superaba el rechazo de los clisés y, curiosamente, no dejaban de compartir la convicción ilustrada y decimonónica de que el arte tenía una “alta misión” y, por tanto, siendo poetas eran seres privilegiados a los que concernía prestar servicio a la sociedad actual y futura.

Bueno, he dicho “privilegiados”, y esto se puede tomar tanto en el sentido abstracto y elevado que acabamos de señalar, como también en otro más práctico y concreto. Los artistas sindicalizados en las llamadas Uniones, gozaban de una buena cantidad de privilegios y prebendas: descansos en las casas de los escritores (pintores, músicos, etcétera) en la playa y en las montañas; puestos administrativos en revistas, periódicos y editoriales; viajes al extranjero (si no a otra parte, al menos a la Unión Soviética o a la RDA), tiradas milenarias aseguradas, y un largo etcétera.

No obstante, y esto no hay que olvidarlo, el privilegio básico de los intelectuales de la época comunista era la inmensa importancia social que se les aseguraba en su calidad de voceros de la revolución, del comunismo, del pueblo. Se suponía que eran los que tenían la responsabilidad de la “elevación” espiritual de toda la sociedad. Sus creaciones artísticas tenían que influir obligatoriamente en las futuras generaciones y, por lo tanto, en el espíritu universal. Precisamente esta convicción se convirtió en uno más de los elementos burocratizados de la utopía comunista.

Según su situación en la pirámide, cada uno de los artistas conocía bien los alcances de las libertades que se podía permitir.

Esta visión estrecha del arte volvió a apartar por mucho tiempo a nuestros artistas de las búsquedas de sus colegas del resto del mundo e impidió que los procesos culturales siguieran una evolución paralela: volvió a “des-sincronizarlos”, forzando a la mayoría de ellos optar por una poeticidad que fuera solamente temática e ideológica.

Por supuesto, los medios de comunicación eran más bien los simulacros de lo que deberían ser y proporcionaban únicamente información reglamentada: no “producían noticias”, sino que “reproducían” la ideología.

En el espacio poético de la época comunista, tal vez el fenómeno más digno de interés fuera la así llamada Generación de Abril (de 1956, cuando se celebró un pleno del PC, en que se proclamó cierta distensión ideológica, ya que se lanzaron proclamas contra las fórmulas hechas, los clisés, las consignas directas, el dogmatismo formal). Por supuesto, el mito que surgió en torno a esta generación, a la larga no resultó más que una pompa de jabón, enorme y vacía. El mecanismo creador de este mito era, una vez más, el Estado totalitario y por lo tanto, no tardaron en convertirse en poetas del statu quo. Los fetiches, los símbolos de la época, eran los logros industriales, la mecanización del trabajo en el campo, los obreros y campesinos, la lucha antifascista, etcétera. Pero la década de los años sesenta resultó realmente fructífera, y a pesar de los estrechos marcos oficialistas, florecieron las individualidades artísticas de varios autores, algunos de los cuales siguen produciendo hasta hoy en día. Un ejemplo sería, digamos, Liubomir Lévchev (1935), que tuvo la carrera política más brillante y duradera y que no pierde para ciertos grupos la aureola de gran poeta nacional contemporáneo, aunque no faltan las voces revanchistas que lo quieren destronar del todo. En ambos casos lo que entra en juego no es tanto la producción poética de Lévchev —antes y ahora— como el funcionamiento de su biografía.

El rechazo que crearon los poetas de Abril por su integración en el poder oficial y las consecutivas manipulaciones en torno a ellos, hizo que se generara paralelamente el cultivo de una poesía que no sería justo catalogar precisamente bajo el rótulo de “cultura de masas”, aunque la mayoría de los textos se convirtieran en canciones populares que con el paso del tiempo llegaron a ser consideradas como “clásicas”. Poetas como Damián Damianov (1935-1999), Stanka Péncheva (1929), Nedialko Yordanov (1940) o Radoy Ralin (1923-2004) 
—cuyos versos satíricos y epigramáticos le ganaron la fama de disidente—, hablaban de los sentimientos y las pasiones, las nostalgias por los amores o por la felicidad perdidos, las preocupaciones cotidianas y las esperanzas de la gente de a pie. El sistema toleró esta poesía, porque encauzaba las energías de la gente —harta del estilo declamatorio y profético de los poetas “estatales”— ­hacia la identificación sentimental con los personajes líricos. También se creaba la ilusión de que la paleta de posibilidades creativas era muy amplia.

El reverso del mito del poeta-líder estadista se da en la figura de Konstantín Pavlov (1933). Su poesía fue vedada en las décadas de los sesenta y setenta y su nombre se convirtió en tabú. Después de los cambios democráticos de 1989, Konstantín Pavlov, a todas luces sin su explícita complicidad ni consentimiento, se ha convertido en el nuevo gran poeta estatal, homenajeado y galardonado constantemente.

Con el cambio del sistema político se tambalearon y derrumbaron todas las estructuras establecidas. Estupor e inseguridad fueron las primeras reacciones ante la nueva situación sociocultural. La poesía de los años noventa del siglo xx configuró una imagen bastante uniforme de la realidad actual del país, que parte de las metáforas de lo apocalíptico: destrucción, desconcierto, miseria moral, atemporalidad, desamparo, soledad y abandono…

Estas visiones las compartieron al menos tres generaciones de poetas, que coincidieron en este decenio crucial. Entre los veteranos algunos sorprendieron con sus voces renovadas, después de largos silencios. Un ejemplo podría ser un poemario francamente surrealista de Iván Arnaúdov (1935), poeta prácticamente desconocido, ya que su primer libro publicado en los sesenta no dejó huella alguna. Sorprende su verso libre, musical, de un trasfondo mitológico, en que el poeta, al modo de un Dalí trasnochado, infunde vitalidad a los objetos inanimados. El regreso a las vanguardias de principios del siglo xx, característico también para otros poetas búlgaros de todas las generaciones, tal vez pueda ser explicado con la necesidad de amarrar los hilos forzosamente interrumpidos con la tradición europea. Esta misma consideración da razón de ser también al radicalismo lúdico al que recurren varios poetas en los primeros años del último decenio del siglo pasado.

Poetas como Lévchev o Konstantín Pavlov, quienes, políticamente hablando, se encuentran en los dos polos opuestos, a pesar del tono intimista y la oralidad de la expresión, conservan su seguridad en la misión que son llamados a cumplir. No han dejado de sentirse tribunos y actúan con el convencimiento de que cada gesto o palabra de ellos son trascendentales y que envuelven con una aureola particular todo lo que tocan.

Stefan Tsanev (1936) y Nedialko Yordanov (1940) se mantienen en el frágil equilibrio entre la rebeldía, la inconformidad y la omnipresencia mediática. Nunca fueron disidentes ni estuvieron en el poder, por esto se pueden permitir una actitud de mentores que aconsejan, adoctrinan, enseñan, moralizan: porque son poetas, o sea, la conciencia vigilante de la sociedad. No bajan de las pantallas de televisión y aparecen a diario en todos los suplementos literarios de los periódicos, llevando columnas y dando entrevistas sobre todo y todos. Una vez más, su poesía genuina ha cedido ante la postura del ciudadano comprometido con su tiempo.

O sea, la mayoría de los poetas veteranos, aunque muy afectados por los cambios, no ha sabido abandonar el tono de gurús de la nación.

Curiosamente, el conflicto generacional después de 1989 posee un signo revertido: los que se quejan de no encontrar sus respectivos nichos y luchan por recuperar las posiciones perdidas son los poetas veteranos, que se vieron bruscamente desplazados por los de mediana edad y los que en la década de los noventa eran los jóvenes (hoy en día casi todos ellos cuarentones).

Los semiveteranos lo eran no tanto por la edad, como por el hecho de haber empezado a publicar en el decenio anterior a los cambios: en los años ochenta. Sería largo y tedioso enumerar aquí un sinnúmero de nombres y poemarios,2 baste con decir que no consiguieron sentir lazos generacionales y, si hubo agrupaciones, estas no siempre se debieron a su unidad en torno a determinados principios estéticos. Con ellos ya se hizo notoria la situación de desintegración de la actual literatura búlgara, su fraccionamiento, la fractura de su estructura monolítica.

Ni a los veteranos, ni a los que los siguieron les fue fácil. La dificultad para los que estaban totalmente integrados al sistema anterior fue descomunal. Muchos poetas muy productivos en el pasado enmudecieron. Pero aún más difícil les fue a los que estaban acostumbrados a subsistir al margen de los cánones comunistas, eludiéndolos o luchando contra estos. Desaparecidas las causas de su resistencia, sus obras quedaron huecas.

No sé hasta qué punto sería legítimo afirmar que la vitalidad de un proceso literario se podría medir según la intensidad de los escándalos que se producen en su seno. En el caso búlgaro, fueron muchos y apasionados, pero la distancia que hemos tomado nos hace verlos hoy como tormentas en un vaso de agua.

Los críticos coinciden unánimemente en que la generación de los noventa es la que da expresión a nuestro posmodernismo sumamente particular y tardío. Las características de este coinciden con las acusaciones que dirigen los veteranos a sus sucesores, y en torno a las cuales se han desarrollado los mencionados escándalos literarios. Enumeremos algunas:

—falta de ideales éticos y morales

—nonsens

—ausencia de autenticidad artística y novedad

—falta de patriotismo

—irreverencia e incluso desprecio por los clásicos.

Se pueden aducir muchos argumentos tanto en pro como en contra de estas acusaciones. Lo que importa es tener en cuenta que las órbitas temáticas de la poesía se han ampliado considerablemente: la poesía búlgara por fin se ha atrevido a penetrar en zonas prohibidas hasta ahora o simplemente marginales, ha recuperado la estética del feísmo, ha jugado hasta la saciedad con la polisemia de las palabras, ha empezado a contemplarse a sí misma en espejos cóncavos y convexos con una sonrisa irónica cuando no sardónica. Rompen todos los tabúes temáticos y reaccionan contra los falsos pudores lingüísticos.3

No obstante, el tema o el problema que más preo­cupa a estos poetas es, una vez más, el de la identidad cultural de los búlgaros. Lo plantean con vistas a la in­tegración del país en las estructuras europeas. Para la generación de los noventa Europa es algo borroso, casi onírico. Bulgaria es una “isla”, o la periferia de un centro inexistente: un Oriente secular, Oriente impenetrable. Hay que recuperar el recuerdo de nuestra pertenencia a Europa, rescatar los significados antiguos y crear nuevos, dar con los discursos adecuados. Pero por el momento Europa es asimilada como ausencia o no-realización. En la poesía trasluce un sentimiento de resignación que repite los tópicos surgidos durante el Renacimiento búlgaro y después de la guerra ruso-turca que trajo la independencia. Estos tópicos responden a una especie de complejo postraumático: Europa nos ha abandonado, nos ha olvidado, nos ha excluido, traicionado. O sea, Europa tiene una culpa histórica, primero por permitir que se recortaran nuestros territorios y después, por haber aceptado el establecimiento del comunismo en el Este.

La propia autoafirmación, por tanto, se busca a través de las manifestaciones de un salvajismo fingido y refinado a la vez que acentúa la ruptura entre los códigos poéticos europeos y los locales.

Se reescriben los textos básicos de los clásicos, entablando un diálogo con y contra la tradición. Se reconstruyen elementos de las costumbres y los hábitos tradicionales o, mejor dicho, se vuelve a los lugares comunes, haciendo de este modo la poesía intraducible e incomprensible para un público no nacional. Todo esto se 
hace en clave irónica, con desafío e irreverencia. O sea, se atenta contra el meollo mismo de nuestra consabida identidad, lo cual explica que muchos tomen algunos poemas por blasfemias.

Las publicaciones episódicas en el extranjero y los tres o cuatro premios internacionales muy sonados para poetas búlgaros, en vez de refutar lo dicho antes, lo confirman. Por ahora la cultura búlgara es una cultura ausente. Cuando habla de Europa, habla de sí misma y se habla a sí misma. En esto los poetas se han adelantado una vez más a los politólogos o los filósofos.

Por otro lado, los poetas actuales ya tienen la conciencia de compartir una situación que se ha vuelto universal. En la época de Internet y de la instantánea comunicación global se ha ido transformando no solo la oralidad, sino también la escritura. Los poetas pueden hacer pública su obra de inmediato, sin someterla al tamiz de la crítica y de los equipos especializados de lectores que asesoran a las editoriales. Sin embargo, esto los condena muchas veces al soliloquio, hace dudosa la comunicación inversa con el público. Por decirlo de algún modo, el poeta ha tenido que bajar del podio, del escenario, de la tarima, para introducirse entre los demás; se le borra la cara, ya no mira a su público desde arriba, sino desde dentro, es uno más de ellos, les habla sin tener la certeza de que sus palabras les lleguen; es vulnerable, su voz se hace cada vez más incierta.

Para conseguir un auditorio más amplio, para salir del aislamiento, algunos poetas muy jóvenes han optado por escribir directamente en un idioma extranjero: inglés, francés e incluso en portugués y español. Pero se trata de casos aislados que no han obtenido reconocimiento alguno.

La literatura de cada país, la literatura en general, es una intrincada red, hecha de correspondencias, alusiones, ecos, parodias, plagios; vasos comunicantes que si se cortan matan al organismo. En medio de grandes dificultades locales y de los confusos y dinámicos procesos universales, la actual cultura búlgara hace un esfuerzo descomunal por crear un canon de significados comunes con las culturas europeas, para conseguir, por fin, entablar un diálogo entre pares.

NOTA: En la traducción de los poemas de Konstantín Pavlov recibí la ayuda de Juan Díaz de Atauri. Quede constacia de mi gratitud.

Pequeña antología de la poesía de los noventa

Hermenéutica

Algo revuelve mis pensamientos.

Por debajo arde un fuego.

(Así mi madre cocía jabón casero

en tiempos de la guerra.)

Pequeño fuego corrosivo.

Encima bulle ceniciento

un cielo con nubes de grasa.

Mis ojos lagrimean por el humo.

Y cada vez me cuesta más

adivinar dónde termina el sueño

y empieza la verdad.

Llaman.

Salgo corriendo hacia la puerta.

No hay nadie.

Cojo el auricular:

señal desierta.

No hay nadie

en ninguna parte.

Pero me buscan.

Esto ya parece

un orificio pequeño

por una bala abierto de 9 milímetros;

una especie de llaga

en la corriente del tiempo restante

como la boca de una vorágine.

Parece que decirme quieren algo de importancia.

Pero me he sumergido en el caos congénito:

no soy capaz de escuchar más cosa

que no sea la torrente de futuro

donde alguien lava

sus manos ensangrentadas

con una pastilla de jabón casero.

(2003)

Los siento extraños

Oye tú, Creador común nuestro,

dame fuerzas

para sentirlos hermanos.

(1992)

Delante de una jarra de cerveza

Delante de una jarra de cerveza

me da miedo mirar dentro de mí:

qué desorden, qué ruina…

Voy a hacer alguna barbaridad.

El nuevo inquilino de mi alma

es más abyecto y miserable

que el anterior.

(1990)

El festín de la palabrería hueca

Aunque no te oiga nadie,

la palabra exacta debe ser pronunciada

(en medio mismo del jolgorio).

Tu palabra

(¡Salud!)

romperá la botella

(y también los huevos) “¡Ay!”

del Charlatán en jefe.

¡Y te oirán!

Y se vengarán de ti.

Tal es el sentido

(qué absurdo)

de la palabra exacta que tú les has lanzado.

(1992)

Oh, dulce agonía mía

Mi primer óbito

—como algo ya vivido—

fue excepcional.

Las repeticiones desgastaron aquella sensación.

Aunque el presentimiento de la muerte en sí

—su aliento, su tono, su olor, su vista—

suscita escalofríos cada vez más placenteros.

Como si cada vez

te acostases con otro tú mismo, inmaterial.

(Poseerse a sí mismo

como se posee a un espejo

K. Pavlov)

Y renaces

de ti mismo.

A un tiempo

hijo, padre y hermano gemelo

de ti mismo.

¿Cómo expresarlo?,

tú, extraño Doble;

ya estás allí

y, sin embargo, sigues aquí.

Eso es; así es ese instante.

Este instante…

Lo demás no es más que aburrimiento, no es más que rito.

Te saludo reverentemente, vieja cargante;

si al menos me hubieras cambiado las sábanas.

(1990)

Oráculo

La muerte de una loba

cambiará la historia del mundo.

Rómulo y Remo chuparán biberones de plástico.

Y Roma no se fundará.

Paisaje de cafetería

Un helicóptero en el techo.

Por encima de las mesas

una flotilla de periódicos

bustos cortados y máscaras.

Por debajo de las mesas

tubos torcidos y tallos rosados.

En el linóleo pastan

las butacas cuadrúpedas

montadas por torsos

parecen centauros.

Calleja

Dibujo de memoria.

De nuevo he de explicar

las cosas que no entiendo:

Norte y Sur, derecha e izquierda

juntos convivían

al fondo del hogar

de mis ancestros.

Aromas y sabor tenía el día

pero una noche asomaron

los rumores

que jamás había oído.

León

Todo exhala olores en la ciudad dormitorio.

la colada huele a las lágrimas nuestras

nocturnas.

Reverbera el verano en las bicis

cual si pelaran el día

y el horror borrara sus cicatrices.

Le esquilaron algunos anoche;

otros tejieron jerséis

de la lana rojiza.

Todos ellos sonríen

hoy

a león todos huelen felices.

(1999)

A la patria

Agarra a un ancianito

y córtale la oreja

de broma

que llore y que chille

y mátalo después

o a una viejecita

y trenza de sus canas

el río de Maritza

ahógala después

Me encanta a mí amar

soy búlgaro vulgar

y pesan pensamientos

vulgares

en el racimo de Dionisio

sin par.

Oh, a mi reina

yo vislumbro

en el maíz de lumbre.

(1999)

Milán

Mustafá está tragando fuego

con cara de piedra

bajo la sombra del gótico flamígero

la catedral ha tapado

el ocaso.

La turba aplaude a Mustafá

en la plaza

la publicidad cual ofidio verde cecea

contra la catedral.

Es lenta y roja la Luna

y tenebrosos los edificios.

Mustafá es italiano.

(1991)

Insomnia Chronica

De noche

la sábana es el Mapamundi extendido

e insomne avanzo a hurtadillas

en el abrazo del norte de América.

Crezco insomne, llego a abarcar 9 996 000 km2,

ocupo el primer lugar

en la producción de níquel, zinc, asbesto y platino.

De noche soy Canadá y te llamo:

emigra en mí.

Hay ku

¡Dios mío, un ángel!

dijo la rata

viendo un murciélago.

* * *

Día de Muertos.

A la tumba del jardinero

acuden las rosas.

* * *

Ella corrió las cortinas

entre el invierno

y yo.

* * *

Al quitarse el vestido

marchitaron las rosas

en la tela.

* * *

El niño ofrece migas

a las aves

de la pantalla azul.

Girl

Quién va a oír mi cuento sobre esta chica

Te acuestas al lado de la chica que

se acostó con su chico quien

se acostó con la chica quien

se acostó con su chico quien

se acostó con la chica quien

Te acuestas y te asocias con todos

Está el Universo entero en tu cama

Ay, cuánta sociedad en una sola chica

(1999)

LauraFíjate en el hombre que tú necesitas, Laura.

Que no rumoree quedito en el baño

sino que mee ruidosamente y con fuerza,

y que no tire de la cuerda porque

… solía hacer mis necesidades en el patio

en el bacín tan vasto de la nieve

con la mirada fija en los ojazos de la luna

que me tiraba estrellas como cálculos.

Mira al hombre que tú necesitas, Laura.

Que no farfulle con la sonrisa a medias

sino que ría a carcajadas

mostrando muelas torcidas,

amarillas, cariadas

y que después…

Oh, rosa en las noches de invierno

¡con temporales y ventiscas!

Por la mañana…

eres la yema otra vez

oh, Laura, de la rosa crema.

(1999)

Las campiñas verdes de mi hogar

a mi abuelo

Pues, qué me cuentas tú sobre Venecia

Venecia es, pues, chapuza verdadera

no me dijiste nada sobre sus campiñas

mas cuentas que las aguas

están por engullirla entera

les escasean los terrenos a los pobres

leí en cierta parte que se hundían

mientras aquí el pozo

con sed su boca abre

qué mal que le han salido las cosas a Aquél

Aquí mi abuelo ve una mosca en su vaso

La mosca se parece a Venecia

tan triste y mojada toda

E interviene mi abuela

la fábula del zorro y las uvas nos recuerda

Probando estoy las uvas nada agrias

con su refutatoria dulzura

Y siento cierta lástima por la Venecia

sacada con el tenedor del vaso

tirada a secarse

sobre el mantel a cuadros verdes.

(1999)

Demora

Un viejecito,

con su boina y su chaleco,

merodea al mediodía,

junto a la cerca

del cementerio de la aldea.

Lentamente, lentamente,

cada vez más lentamente,

y más abajo

cada vez.

(1999)


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