Autor: 2 Enero 2007

José Luis Atienza

Si uno hace el esfuerzo de teclear en un buscador de Internet (y les aseguro que esta actividad, tan natural hoy día para la mayoría de las personas, es gravosa al máximo para mí, que no solo prefiero el tren al avión para hacer mis viajes —para darme ocasión de atravesar lentamente los espacios y estar más pegado a los paisajes, y no por miedo alguno a volar—, sino que añoro los desplazamientos en diligencia —que alguno de mis muy humildes tatarabuelos quizás pudo realizar con ocasión de un acontecimiento excepcional—, aspiro aún a pasear algún día en calesa por el campo, echo de menos los no vividos tiempos sin teléfono —aquella dichosa era en que un mensajero podía llamar en cualquier momento del día a la puerta, portador de un rápido billete garabateado por una mano amiga urgiéndonos, por ejemplo, a presentarnos en su domicilio para compartir cena y quizás lecho—, me resisto a dejar de manuscribir cartas —¡siempre con estilográfica, por cierto!— y cada día espero con impaciencia la llegada del cartero —hasta el punto de que, si estoy en casa, en cuanto oigo el timbre me precipito escaleras abajo, ¡el inmueble en que vivo carece de ascensor!, anhelando encontrar en el buzón otra cosa que monótonas comunicaciones bancarias o inmunda publicidad que, sin embargo, en ocasiones, ¡ay!, por un instante, hace aletear mi corazón pues la dirección impresa en el sobre imita la escritura manual—, me plazco, en fin, para no prolongar más esta enojosa letanía que me designa como hombre de otro tiempo, en utilizar reloj de bolsillo para hacer perdurar a través de mi cuerpo algo de la presencia y de la gestualidad de mis antepasados), si, repito, uno hace el esfuerzo de teclear en Internet, en lengua francesa y entrecomilladas, las palabras que dan título a este texto, no podrá no asombrarse de lo que, en décimas de segundo, el ciberespacio le devuelve envuelto en forma de 47 600 resultados: “Ruta del Ron: una pasión francesa”, “El mar, una pasión francesa”, “Israel-Palestina: una pasión francesa”, “Disney: una pasión francesa”, “La rosa, una pasión francesa”, “El comunismo, una pasión francesa”, “El pacifismo, una pasión francesa”, “La industria: una pasión francesa”, y también, el duelo, la caza, la genealogía, el blog, Racine, el vino, la bosanova, el impuesto, los cursos de jardinería, la escuela, el laicismo, Egipto, el güisqui, la prevención…, además de otros muchos sustantivos que aparecen —en repetidas ocasiones, como los anteriores— adjetivados del mismo modo en esa interminable lista.

Todo parece susceptible de alimentar la pasión de nuestros vecinos, a pesar de que, o quizás por ello mismo, uno de sus hijos más preclaros, Jean-Paul Sartre, les aldabonease hace ya tiempo la conciencia gritándoles que la vida es una pasión inútil. Pero hay una realidad que se impone a esa fragmentación de objetos parciales sobre los que los hexagonales depositan inmoderadamente sus afectos, algo que no solo concita la unanimidad sino que aparece como un absoluto: la lengua, su lengua, por la que experimentan una pasión desmedida, hipertrófica, solo igualada, ¡e incluso superada!, por la que hacia el francés y lo francés sienten algunos creadores originarios de otros países, lenguas y culturas, que adoptan lo francés como propio o como objeto de todos sus desvelos de estudio. En el entredós de esa puja, se genera un espacio de juegos de espejos y seducciones, de admiraciones, adoraciones y mutuos encantamientos dignos de estudio, que podríamos ilustrar con estas palabras de Théodore Zeldin —sociólogo e historiador británico, profesor de la Universidad de Oxford, autor, precisamente, de una célebre y monumental Histoire des passions françaises (Payot, 1994)—, capaces de hacer enrojecer de orgullo y autosatisfacción a los galos: “Francia ha sido para mí un laboratorio maravilloso, de gentes que tienen una historia muy rica, que son capaces de expresarse muy bien, con belleza pero también con lucidez y precisión, sobre todo lo que es la actividad humana. Es como si tuviese un amigo o una amiga que me pudiese decir todo sobre la vida, porque los franceses han explorado la vida desde todos los lados y han reflexionado sobre ello, y si hubiese escogido otro país sin literatura o con una literatura mucho más mediocre no hubiese podido hacer lo que he hecho” (declaraciones a la Colección La Mémorie Vivante, de la cadena de TV temática Histoire).

El más reciente de los episodios de esta permanente justa amorosa lo ha protagonizado, como todo el mundo sabe, pues el acontecimiento ha alcanzado dimensiones universales, el estadounidense Jonathan Littell, el, subrayan los comentaristas, “joven” (¿por qué esta necesidad de agigantar el prodigio de que un extraño use con tanta destreza lo propio, añadiendo a ese hecho una precocidad que no es tal, pues Littell ha cumplido ya 39 años?) autor de Les Bienveillantes (Gallimard, 2006), gigantesca ópera prima (Little da por no existente una obra de juventud) escrita en francés que, candidata a todos los galardones literarios otorgados por los franceses cada otoño, Renaudot, Medicis, Femina, Interallié y Goncourt, se ha alzado con este último, el más prestigioso, además de con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, institución que se había adelantado a todas las otras para celebrar la lengua nacional a través de este libro. Pero el éxito de este monumento de 900 apretadísimas páginas, del que hablaremos ampliamente aquí en otra ocasión, no debe hacer olvidar que el Renaudot y el Femina, reconocimientos que siguen en importancia a los conseguidos por Littell, han sido también otorgados a autores cuya lengua materna no es el francés. El primero de ellos lo ha recibido Alain Mabanckou, congoleño que vive y trabaja en Estados Unidos, por Mémoires de por-épic (Seuil, 2006), mezcla de fábula filosófica y de cuento africano mediante el que el escritor —que ve en estos tres premios “el coronamiento de la lengua francesa magnificada por escritores venidos desde horizontes lejanos”— revindica “la cultura africana que ha hecho de [él] alguien que sabe recordar para poder conciliar por escrito la belleza y la riqueza de las culturas”; el segundo, ha ido a manos de la canadiense anglófona, instalada en Francia desde hace casi 25 años, Nancy Huston, por Lignes de Faille (Actes Sud, 2006), libro cuya peripecia es significativa: escrito primero en inglés por la autora, pero rechazado por su editor americano —según parece por contener críticas a Bush que ella se negó a eliminar— fue vertido por la propia Huston al francés, lengua en la que, por lo tanto, ha aparecido originalmente, como otras muchas de esta prolífica escritora, que, a propósito de este ejercicio de autotraducción al que está acostumbrada, había escrito en una muy aconsejable obrita en la que reflexiona sobre su mestizaje, Nord Perdu (Actes Sud, 1999): “El vértigo más grande […] me asalta cuando, habiendo traducido uno de mis textos —en un sentido o en el otro—, 
me digo, pasmada: ¡nunca habría escrito esto en la otra lengua! […] ¿Quiénes somos, entonces, si no tenemos los mismos pensamientos, fantasmas, actitudes existenciales, incluso opiniones en una lengua que en la otra?”.

¿Quiénes son?

En cada caso, las razones para preferir la lengua francesa a la propia son diferentes, pero un fondo común parece gobernar los desafíos al destino de muchos de los escritores que eligen exiliarse entera o parcialmente en ella: la búsqueda de una identidad nunca encontrada o, en negativo, la huída de una identidad impuesta. Hector Bianchiotti, nacido argentino de familia italiana del Piamonte —que dice haber ido hacia el francés de manera natural al haber reencontrado en él el sonido “u” propio del piamontés hablado por sus padres en la intimidad, pero cuyo acceso le había sido vedado por ellos— puede hablar de su infancia y de su homosexualidad en la lengua de Molière, lo que le había sido imposible en español; Cioran, que no soporta el lirismo de su lengua eslava originaria, encuentra una serenidad en lo que él llamaba la rigidez de la lengua francesa, allí donde otros, por ejemplo Henri Troyat, de origen ruso —su verdadero nombre es Lev Tarasov—, descubren motivos para sentirse seducidos por su flexibilidad y su refinamiento, la sutilidad de su gramática y el desarrollo armonioso de sus frases; Ionesco, rompiendo con su lengua materna rompe con su padre, igual que la búlgura Julia Kristeva usa el francés como instrumento de un simbólico matricidio a la vez que como protección contra los efectos del exilio, mientras que a Edouard Maunick, originario de Isla Mauricio, elegir el francés le da ocasión para decirse al mundo más universalmente; matrimonio forzado que se transforma en matrimonio por amor, para Jean-Marie Adiaffi, escritor de Costa de Marfil, celebrado sobre todo por su Carte d’identité (Hatier, 1980), la relación con el francés es, para la argelina Assia Djebar, un espacio de conflicto permanente; lugar de traducción más que de traición para el cabileño Mouloud Mammeri, se convierte para el congoleño Tchicaya u Tam’Si en el terreno que le coloniza y que él coloniza a su vez; hay quien renuncia definitivamente a escribir en su lengua de origen, como la húngara Agota Kristof, mientras otros necesitan seguir haciéndolo en su lengua materna tanto como en la de adopción para decir en cada caso cosas distintas, aun cuando sean ellos mismos los que traduzcan sus obras de una a otra lengua, como el griego Vassilis Alexaquis o la ya citada Nancy Huston, quien observa que, a ­pesar de que “desde hace mucho tiempo, sueño, pienso, ­hago el amor, escribo, fantaseo y lloro en las dos lenguas por turno”, sin embargo no son intercambiables, viven en habitaciones separadas en el cerebro, están jerarquizadas, “primero la una luego la otra en mi vida, primero la otra luego la una en mi trabajo. […] es en francés donde yo me siento a gusto en una conversación intelectual, una entrevista, un coloquio, en toda situación lingüística que convoque los conceptos y las categorías aprendidos en la edad adulta. Al contrario, si tengo ganas de delirar, liberarme, jurar, cantar, gritar, dejarme ir al puro placer de la palabra, lo hago en inglés” (Nord perdu).

A veces, sin embargo, la elección de lengua es una consecuencia no deseada de la elección de territorio. “Yo no elegí el francés”, confiesa la china Shan Sa, “sino Francia”, país al que emigra tras los acontecimientos de Tiananmen. La creadora de La joueuse de go (Gallimard, 2001), premio Goncourt des Lycéens de 2001, describe una aventura de renuncia y sufrimiento, de despojamiento: “Tuve que aceptar la absurda situación de desvestirme de la lengua materna, trocar ese suntuoso manto por una camisa en harapos. Me desprendí de mi orgullo forjado por una civilización milenaria, como un mandarino que abandona el mundo de los placeres, se afeita la cabeza y se hace monje. […] El comienzo de mis escritos fue un océano sombrío del que no salió nada: ni la lengua materna ni la lengua de adopción. […] No escribimos ni en francés ni en chino. Cada escritor inventa su propia lengua, su escalpelo del corazón, su réquiem, su monumental fresco. Expresarse en una lengua radicalmente diferente es una aventura que compromete toda una vida. Comienza con el dolor de la disciplina y termina en la búsqueda insensata de la libertad” (declaraciones al Nouvel Observateur, n.º 1941, 17-23 de enero de 2002).

Para su compatriota François Cheng —que hoy se sienta en la Academia de la Lengua Francesa, como Bianchiotti y Troyat—, llegar a escribir en su lengua de adopción fue menos traumático, el resultado de una mezcla de determinación, de inconsciencia, incluso de una cierta extravagancia y sobre todo de paciencia: “Medio siglo de tanteos, de extravíos, de renacimientos, de fulgurantes alegrías mezcladas con lágrimas, de indecibles arrobamientos siempre sobre fondo de inquietud, de temblores…” Lejos, sin embargo, de las renuncias apuntadas por Shan, Cheng subraya que “en el corazón de [su] aventura lingüística orientada hacia el amor por una lengua adoptada, reina un tema mayor: el diálogo”. Y Le Dialogue (Desclée de Brouwer, 2002), es, precisamente, el título de la obra en la que da cuenta del recorrido que desemboca en una “pasión de la lengua francesa” —subtítulo de la obra— hecha posible quizás por ese “viejo fondo del pensamiento cosmogónico chino”, uno de cuyos componentes esenciales es la aptitud para aprender de los otros. Y es en medio del movimiento complejo de ese viaje, cuando un día se da cuenta de ­haber “entrado, como irresistiblemente, en la lengua francesa. Irresistiblemente, porque […] esa lengua se había impuesto a mí como una necesidad evidente”.

Menos larga y tortuosa, aunque no exenta de dificultades al principio, es la marcha hacia el francés del argelino Mohamed Dib, relatada en L’arbre à dires (Albin Michel, 1998). Tras la dolorosa experiencia de separación de su lengua materna en la escuela, el francés, confiesa el escritor, “construyó su domicilio en mi interior antes de que pudiese darme cuenta, antes de que pudiese saber algo de él. Desde entonces no ha cesado de hablarme, voz venida desde lejos para decirme”. Casi octogenario, este es el balance que hace, en la obra arriba citada: “La lengua francesa me va como un guante. Por su temperamento, esto es, por su disposición a decir más, incluso otra cosa, de lo que dice, por medio de ese ligero deslizamiento de las acepciones de una misma palabra del que guarda el secreto, y del teclado de su sintaxis, más temperado de lo que se dice”. Y añade: “A menos que sea lo contrario: que yo le convenga por tempe­ramento. No se trata, cuando digo esto, de mi temperamento de poeta o de novelista, sino de tendencias innatas: hay en el francés una transparencia oscura que me conviene, en la cual, con razón o sin ella me reconozco. Bajo esta su­perficie lisa, duermen indudablemente cien ciudades de Ys con sus misterios y sus traiciones. Como al vivir junto al ser más cercano: al escribir en francés se roza sin cesar un abismo insospechado”. ¿De qué habla Dib mediante este lenguaje misterioso, qué quiere decir con semejantes eufemismos, por qué no sabe designar más claramente aquello que adivinamos se agazapa bajo sus palabras?

Luces que vienen de las sombras

¿Puede Jorge Semprún ayudarnos a rasgar algo de ese velo? En Adieu vive clarté… (Gallimard, 2000), relata su encuentro con la lengua francesa a través de la lectura de Paludes. Al contrario de lo que sucede con la mayor parte de las novelas, incluso las más grandes, dice, por ejemplo Los hermanos Karamazov, que no pierden lo fundamental de su sustancia al ser traducidas, el libro de Gide, “no se puede concebir en ninguna otra lengua que no sea el francés” porque su “esencia […] está en su lengua”. Y, tras citar un párrafo de la obra, subraya lo extraordinario de su prosa, hasta el punto de que, según él, “es inconcebible alcanzar, en una lengua distinta al francés, semejante equilibrio de los elementos de una frase, de lo preciso y de lo precioso, del rigor y de la fantasía”. Pero lo interesante de su relato, allí donde parece que pueda ser posible otear una luz que ilumine las sombras señaladas por Mohamed Dib, es lo que añade: “Yo tenía necesidad de esta claridad como se tiene, sediento, tras un largo camino agotador, necesidad del agua de una fuente”, agua que genera una nueva sed, la de “dominar” la lengua francesa incluso “mejor que los autóctonos”, empresa radicalmente necesaria porque da acceso a una “patria posible, anclaje sólido en la incertidumbre de mi universo”. Finalmente, tras señalar la “transparente densidad” de la prosa gidiana como la luz que le permite franquear “clandestinamente las fronteras de un asilo probable”, concluye con estas enigmáticas palabras: “Es […] al descubrir que la apropiación de la lengua francesa jugó un rol determinante en la constitución de mi personalidad cuando comprendo por qué escribí este primer libro [Le grand voyage] en francés”. Enigmáticas palabras porque no aportan la prueba de lo que afirman: ¿qué es lo que comprende y qué es lo que le lleva a comprender?

Semprún nos deja a las puertas de algo. Para atravesarlas será necesario oír otros testimonios, por ejemplo el de G. A. Goldschmidt. Este escritor de lengua alemana, llegado a Francia a los nueve años, huyendo en 1939 de la represión nazi, publica sesenta años después una autobiografía titulada La traversée des fleuves (Senil, 1999), en algunas de cuyas páginas da cuenta de su relación con el francés, que dice haber aprendido a hablar con una extremada facilidad, sin esfuerzo alguno, en los primeros meses de estancia en el país en el que se refugia: “El francés, de golpe, se introdujo dentro de mí, y ningún giro, ninguna palabra me parecieron nunca extraños, me eran familiares desde siempre”. Si para Nancy Huston el francés, en relación con su lengua materna, está cargada menos de afecto, le resulta neutro e indiferente, frío (“no me hablaba, no me cantaba, no me acunaba […] no era mi madre”), para Goldschmidt las cosas parecen invertirse. Es su lengua materna la que le resulta no solo ajena, sino incómoda, ridícula, inepta para la vida diaria tanto como para las aventuras del espíritu: “Lo teórico formulado en alemán es, de una manera u otra, catastrófico”. Se llamen Adorno o Habermas, los escritos de los pensadores alemanes son retorcidos y simplones, complicados e irrisorios, la obra de niños grandes, charlatanes incapaces de expresarse con elegancia y claridad. Le parece a Goldschmidt natural que el pensamiento elevado se exprese en la distinguida y afilada lengua francesa, pero “todo comentario, todo ensayo, todo texto filosófico escrito con los términos de mi lengua de infancia tiene para mí algo de cómico y de chusco, además nunca es algo vivo, rápido o simplemente generoso”. ¿Cómo entender semejante desvarío? Porque quien esto escribe es un reconocido escritor y… traductor al francés de Nietzsche, Benjamin, Kafka, Stifter, Goethe y Handke. ¿Por qué ese desprecio por una lengua en la que él mismo escribe? ¿Y por qué esa admiración ciega hacia el francés, una de cuyas propiedades, dice, “es la de situarse en la intimidad corporal del que la habla”? Uno está tentado de preguntarse si no hay en todo esto algo de delirio y se inclina a responder afirmativamente cuando, a reglón seguido, lee esta turbadora confesión: “Mi lengua materna […] no me ha producido nunca, ni siquiera en la infancia, esa impresión de fusión como si el alemán se amoldase menos a cada uno”. Y, colocado en esta pendiente, nada parece ya retener al autor: “Los franceses hablan a los niños de un modo diferente a como lo hacen los alemanes, sin el timbre afectado y perezoso de estos. El alemán empleado para dirigirse a los niños es hablado con una voz de cabeza que simula la afección. Casi siempre toma un aire demostrativo, dulzón y mentiroso que siempre me dio miedo: las personas que ­hablan de ese modo a los niños pueden igualmente estrangularlos, a las primeras de cambio”.

Ninguna lógica racional en todo esto, sino el predominio, el discurso en directo, de la lógica libidinal, de la lógica de la estructura deseante del sujeto construida en la primera infancia en la dinámica de juegos de voces y deseos entrecruzados del triángulo familiar. ¿De qué represiones, de qué carencias afectivas, de qué renuncias no aceptadas, de qué muertes impuestas para poder vivir socialmente, para poderse constituir como sujeto al tomar conciencia de sí, dan testimonio estas asombrosas palabras que solo pueden empezar a entenderse si se acepta que vienen directamente del inconsciente, es decir, de un episodio de locura que no es otra cosa que la manifestación libre y sin barreras de aquel?

Porque Goldschmidt no está lejos aquí, en el modo de relación con la madre que adivinamos debajo de lo dicho, aunque la solución de los conflictos sean distintas en cada caso, de las posiciones del estadounidense Louis Wolfson, el célebre esquizofrénico que relata su aventura vital en un libro escrito en francés, Le schizo et les langues (Gallimard, 1970). Este estudiante en lenguas, como se llamaba a sí mismo, traduce incansablemente para huir del dominio de su madre, esa extranjera que se insinúa perversamente a través del inglés. Ahora bien, abandonar la lengua materna es también disolverse como sujeto. Entonces Wolfson inventa un proceder que le permite separarse de esa lengua, y con ello de su madre, permaneciendo, sin embargo, lo más próximo a ambas: traduce el sentido y la letra de los términos ingleses mediante un mecanismo que Deleuze, en el sobrio prefacio del libro, resume de manera económica y eficaz: “Dada una palabra de la lengua materna, encontrar una palabra extranjera de sentido similar, pero que tenga sonidos o fonemas comunes (de preferencia en francés, alemán, ruso o hebreo, las cuatro lenguas estudiadas principalmente por el autor). Una frase materna determinada será pues analizada en sus elementos y movimientos fonéticos para ser convertida […] en una frase de una o varias lenguas extranjeras a la vez, que no solo se parezca a la otra en sentido sino también en sonido”. La finalidad de tan compleja actividad es para Wolfson destruir la lengua materna utilizando para ello todas las lenguas a su alcance. Las palabras de la lengua materna son descompuestas en sus elementos fonéticos y rehechas a partir de de las palabras de las lenguas extranjeras. Pero esta labor destructiva se convierte, de hecho, en un ejercicio sacralizador, lo que Deleuze pareció dejar pasar: porque, si es necesario reunir todas las lenguas para destruir a la materna, eso quiere decir que esta última está compuesta de todas las otras, puesto que todas se encuentran en ella de un modo u otro. Tanto más cuanto que ese modo de huida de la lengua materna deja a esta intacta, contra lo que el estudiante esquizofrénico piensa, y afecta, sin embargo, a las lenguas a las que la traduce porque, de un lado, mezcla todas ellas y, de otro, las transforma —según reglas lingüísticas que él inventa— para que sean fieles al sentido y a la letra de la materna. Creando una nueva lengua, hecha de todas las lenguas, para escapar a su posesiva madre, Wolfson permanece, paradójicamente, volvemos a decirlo, íntimamente unido a su lengua materna… y a su madre.

¿Pero no es esta la posición de todo traductor: dejar la lengua materna para estar más cerca de ella, importar a la lengua materna, para hacerla más viva, más hermosa aún, las riquezas de la lengua extranjera? ¿Y no es eso lo que pretendería Goldschmidt, incapaz de abandonar una lengua que dice odiar tanto como a una madre que supuestamente sería capaz de matar, al dedicarse profesionalmente a la traducción? ¿No es para él —el mantenerse en ese ejercicio constante de trasiego de una lengua a otra, lo que le da licencia para mantenerse siempre ligado a la materna— una manera de dejar abierta la posibilidad de que lo que no pudo ser —una infancia feliz, el amor de la madre— sea algún día, y con ello, también, el amor a esa lengua materna y, por lo tanto —puesto que solo podemos alejarnos con serenidad, sin sentimiento de culpa, de aquello que amamos—, la capacidad de alejarse de ella con la seguridad de no por ello perderla, la fuerza, en conclusión, de escapar de esa posición de indecisión que es la del traductor?

Huir del asfixiante apartamento

Pierrette Fleutiaux, escritora francesa, cuyo último éxito ha sido una novela sobre el doble, Les amants imparfaits (Actes Sud, 2005), relataba hace algunos años, a preguntas de los periodistas, cómo había sido su primer encuentro con la obra de Louis Aragon: “Descubrí a Aragon de un modo tal que me hizo alejarme de él por largo tiempo. Tengo veintitrés años y estoy pasando las oposiciones a cátedra de inglés. Ejercicio de traducción: un pasaje extraído de la novela Les beaux quartiers. Se habla en él del interior de un apartamento burgués de París. Este apartamento está lleno de muebles, cortinajes, recuerdos. Objetos, solamente objetos… Estos objetos tienen, naturalmente, un sentido, traducen relaciones familiares y sociales, y su descripción minuciosa se inscribe en una visión política. Pero yo no veo nada. Desde el primer momento, me ahogo en ese apartamento de ficción. Una confusión afectiva me impide pensar con claridad; tengo ganas de levantarme del pupitre, de abandonar la prueba, de abandonarlo todo. ¿Qué me está ocurriendo? Ocurre que si he realizado estudios de lengua extranjera ha sido justamente con la esperanza de abandonar el asfixiante apartamento (lengua, país, familia, reglas, etcétera). Ahora bien, este texto me vuelve a meter en él con una fuerza casi simbólica” (Le Monde, 24 de septiembre de 1997).

¿Por qué vivir en otra lengua? Para vivir lo que no es posible en la propia: “La transparencia oscura” y el “abismo insospechado” que encandilan a Mohamed Dib; la “transparente densidad” y “la patria posible” que apagan la sed de Semprún; “la intimidad”, “la familiaridad” y “la fusión” que colman la añoranza de Goldschmidt; la libertad que hace huir del “asfixiante apartamento” a Fleutiaux y que Shan Sa encuentra al final de un doloroso proceso de despojamiento; el diálogo al que aspira Cheng desde las profundidades del interés por lo otro que su lengua materna atesora; el vértigo que arrebata a Nancy Huston.

“El lenguaje causa al sujeto”, proclamaba Lacan en una de esas condensadas fórmulas en las que era maestro. “El inconsciente es el discurso del Otro”, añadía. El lenguaje, al acogernos al nacer, al introducirnos en el orden del mundo, en sus reglas, en sus constricciones, nos abre a la conciencia, al sentido, pero al precio de abrir también la herida permanente constituida por aquello a lo que, para ser admitidos como humanos en una sociedad dada, tuvimos que renunciar de nuestras demandas originales. La herida, la huella, el negativo, el agujero, la cicatriz que deja esa renuncia, tiene por otro nombre el inconsciente: ese depósito de intentos fallidos de simbolización en el que los restos de esos fracasos de sentido dan vueltas en espera de una nueva oportunidad donde depositarse, donde encontrar, por fin, satisfacción. Una lengua-cultura extranjera es vivida por algunos, por razones que tienen que ver con su historia singular, como ese espacio de esperanza, y a él se arrojan con pasión, con la pasión de quienes, por primera vez, tienen la impresión de poder escapar a la insistente extrañeza que siempre les ha habitado. No lo consiguen, pero se reconcilian con ella, la admiten como propia y por ello abrazan la lengua que lo hace posible. Descubren en ese abrazo una vida insospechada, algo novedoso del orden de lo humano que ellos son los primeros en experimentar, pero que los demás podemos vivir a través de sus obras, una vida que da nueva vida a la lengua de acogida, que viene a dar a ésta, para decirlo con la fórmula que empleara Breton para hablar del amor, “noticias sobre sí misma”, posibilidades de significar inimaginadas hasta entonces. Por eso los franceses, como una forma de agradecimiento, adoran a esos autores. Por eso estos son capaces de encontrar el sentido de sus vidas en la entrega a su tarea creativa. Por eso quizás, Jacques Derrida, el gran filósofo de origen argelino, decía, pocos meses antes de morir, que su ambición era “dejar huella en la historia de la lengua francesa”, y confesaba vivir “una pasión, que si no es por Francia, sí lo es, al menos, por algo que la lengua francesa ha incorporado desde hace siglos. Supongo que amo esta lengua como amo mi vida, y a veces más de lo que la ama tal o cual francés de origen, y es que la amo como un extranjero que ha sido acogido y que se ha apropiado de esta lengua como la única posible para él”.


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