Autor: 4 Enero 2007

José Ángel Cilleruelo

Harto conocida resulta la confusión entre los términos generación (el conjunto de personas nacidas en un mismo periodo, sujeto por esta condición de un devenir histórico común) y grupo generacional (pequeño número de artistas con determinadas relaciones de carácter biográfico y estético). Esta confusión estuvo en los albores de los estudios generacionales aplicados a la literatura (Petersen y Salinas, fundamentalmente) y se ha ido perpetuando en los escritos críticos pese a la claridad con la que en este momento se definen ambos términos. La ausencia de un marco teórico de historia literaria auténticamente generacional, donde se conjuguen tanto la centralidad —el canon reconocido— como sus diferentes márgenes —geográfico, sociológico o estético— e incluso la posible existencia de una historia oculta, inédita, solo conocida más tarde, contribuye a que se perpetúe la confusión entre la centralidad de una generación y la generación misma.

Tal vez exista, sin embargo, alguna razón de fondo que alimente esta confusión. ¿Qué sentido tiene en arte —es posible preguntarse— el conocimiento histórico, universal, de una generación si lo determinante es siempre lo excepcional, el genio? Es una cuestión de perspectiva: la mirada historicista se interesa por el genio porque representa a su época; mientras que la mirada crítica se interesa por una época porque forma parte del contexto de un genio. Desde este segundo punto de vista, paradójicamente, la vieja confusión cobra sentido: solo tiene interés el estudio generacional de una época, en crítica literaria, cuando un determinado grupo generacional le ha proporcionado carácter e identidad. Así, la marca artística de una generación histórica sí vendría dada por la presencia de un grupo concreto y vertebrado de artistas con capacidad para imponer su gusto más allá de la esencial singularidad del arte; de modo que confundir una y otros no resulta, en el fondo, el despropósito que parece.

La justificación al viejo galimatías terminológico puede servir de pórtico a este pequeño acercamiento al presente poético. Si el crítico cede a la tentación de estudiar, en sincronía, cuanto está sucediendo a su alrededor —algo que las opiniones académicas sensatas suelen desaconsejar— y se pregunta por los rasgos de una nueva generación poética —en el sentido histórico, universal, genérico— en el mismo momento en el que esta aparece, es posible que la selección de datos, necesariamente parcial, le conduzca a vaguedades, generalizaciones o trivialidades. Las razones de fondo de aquella vieja confusión pueden proporcionarle, sin embargo, una primera pista: si el camino que lleva a la generación pasa por el grupo generacional, bueno será observar cómo se hilan las relaciones —biográficos y estéticas— en el presente para después valorar su posible aportación generacional; su posible, digámoslo así, capacidad de futuro. Cada vez más el tiempo es un inmenso vertedero de hechos artísticos del que solo se libran los auténticamente significativos.

Cuando se observa la formación de grupos generacionales en el presente llama la atención un fenómeno: la inversión de papeles entre centro y periferia geográficos que había dominado buena parte de los movimientos generacionales durante el siglo xx. Ahora no solo resulta innecesario viajar a los centros tradicionales (Madrid o Barcelona) para formar parte del eje vertebrador de un grupo generacional, pues los núcleos desde los que emergen ideas y actitudes literarias novedosas se han multiplicado, sino que en buena medida aquellos centros tradicionales se han convertido en periferia de otros epicentros mucho más dinámicos y activos (en actos, reuniones generacionales, publicaciones o emisores de una red de afinidades poéticas). Uno de estos nuevos centros que vertebran la generación reciente es, sin ninguna duda, Córdoba. Un haz de lazos biográficos y estéticos unido a una actividad literaria infrecuente ha otorgado protagonismo a esta ciudad. Siempre ha sido alta la actividad literaria en Córdoba, pero sobrevivía limitada a un margen geográfico que rara vez lograba trascender (o solo al cabo de décadas, como ocurre en el caso de Cántico, considerando un hecho central de la poesía de posguerra solo cuarenta años después de que la revista se dejara de publicar). Con el ascenso de la generación de 1976 (en la teoría de Ortega-Marías, los autores nacidos entre 1969 y 1983), Córdoba ha adquirido una centralidad ampliamente reconocida.

Un segundo fenómeno que se observa vinculado a la inversión de relaciones entre centro y periferia tradicionales es la dispersión de la sede geográfica en el mismo momento que adquiere centralidad. Básicamente este hecho se debe a la combinación de dos fenómenos, uno endocéntrico, por el cual escritores con residencia en otros lugares del país estrechan vínculos de amistad, colaboración y actividades compartidas con los que residen en él, y otro exocéntrico, pues el cambio de residencia de una ciudad a otra por motivos laborales cada vez es más frecuente en todos los ámbitos, incluido el poético. Ambos fenómenos apuntan a la creación de grupos generacionales en los que el factor geográfico, tan determinante en otras épocas, es cada día más virtual.

Dentro del grupo generacional cordobés voy a seleccionar algunas obras de tres autores que comparten un rasgo literario, que si bien no es determinante en ninguno de ellos, sí constituye una singularidad a la que vale la pena prestar atención.

En 1997 la publicación de Las afueras (DVD poesía, Barcelona) de Pablo García Casado (Córdoba, 1972) tuvo una acogida impropia de un título primerizo. El libro lo merecía porque como ningún otro en aquel momento aportaba un punto de vista no subsidiario de las líneas estéticas vigentes. Pronto se descubrió en Las afueras un hito en su generación; aunque su generación en aquel momento interesara solo a algún raro crítico inquieto y a sus coetáneos, como ha ocurrido siempre.

Las afueras está concebido como un conjunto unitario cuyas partes están sutilmente trabadas gracias a ciertas recurrencias formales, que establecen vínculos entre sus secciones, y a una tenue trama argumental de índole narrativa: los periodos de un amor. Por encima de esta estructura, inmediatamente destaca el hecho de que la voz poética que suena en los poemas no se corresponde con un yo lírico, ni real ni dramático, sino con un yo vinculado al tema. Y el tema de Las afueras es la expresión del amor contemporáneo, más sociológico que sublime, que se concreta en la feliz metáfora de los actuales lechos de amor: los coches aparcados en las afueras. Esta voluntad temática da vida al yo disperso que ­habla en los poemas; y a su vez, este yo disperso encuentra su cohesión al encarnar —con ironía, crítica o sentimiento— una sensibilidad contemporánea. Ahora bien, esta identidad que el sujeto poético establece con lo contemporáneo no es “social”, puesto que no afecta a las aspiraciones o conflictos del conjunto de la sociedad, sino “sociológica”, pues afecta al magma lírico de un sector determinado por cierta coyuntura, los jóvenes. Así pues, el yo que inauguraba Las afueras bien podría denominarse un “yo sociológico”, un sujeto poético que representa y encarna a un estrato concreto, con su particular punto de vista, dentro de la dinámica social. Mapa de América (DVD poesía, Barcelona, 2001), segundo libro de García Casado, dará un paso más allá en la experimentación con este sujeto sociológico: lo llevará hasta la memoria cinematográfica de una generación, en la que insertará, con una brillante habilidad técnica, su ácida visión de una sociedad abotargada por su propio egoísmo y deshumanización.

Dos años más tarde un discreto premio recae en el volumen Mester de Cibervía, (Pre-Textos, Valencia, 2000), segundo título de Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970), autor que más tarde publicará dos libros imprescindibles de la nueva generación, Nova (2003) y Construcción (2005), dos auténticos retos para la crítica futura.

En una nota final a Mester de Cibervía se lee: “Este es el primer poemario que conozco sobre Internet”. El autor presenta el libro como el fruto de una investigación sobre el mundo de Internet y sus efectos sobre las relaciones. El sujeto de estos poemas, por lo tanto, no se encuentra donde los lectores de poesía suelen hallarlo: ya sea en los sentimientos o en la biografía, como afirma la tradición romántica, ya sea en la propia escritura o en sus procesos de conocimiento, como quiere la vanguardia. Tampoco el interés por Internet cabría emparentarlo con el gusto culturalista; ni, se ve enseguida, con la poesía social, aunque se hable de la sociedad, se denuncien actitudes y se enfrente una concepción moral a una situación concreta. El sujeto lírico de estos poemas se transforma en ese sujeto sociológico capaz de encarnar los comportamientos que son el objeto del texto. Por ejemplo, en un poema de amor con todos sus elementos: encuentro (“La vi en un web”), relación afectiva (“me enamoré en ese mismo instante”)… La virtualidad de Internet impone sus reglas: “no he sentido su cara ni su aliento / podría ser un hombre…”, y el sujeto lírico las asume como un devoto: “… qué más da / la comunicación es lo que importa”. La clave de identidad entre el sujeto sociológico y el sujeto real del poema, que se percibe en el nivel profundo de lectura, es, evidentemente irónica.

La ironía se convierte así en el más directo aliado de los poemas de Mora, como lo era, aunque con mayor acidez, también de García Casado. No se trata, sin embargo, de ilustrar irónicamente un sentimiento, sino de indagar sistemáticamente en la razón irónica despersonalizada como vía lírica de comprensión del mundo, interpretarlo desde un acto rutinario, sociológico (el amor en un automóvil aparcado o ante una pantalla que parpadea). En este camino no hay demasiados precedentes, aunque sí es posible identificar uno con claridad: José María Fonollosa. Esa Ciudad del hombre, que imaginó como un sistema de comportamientos anónimos que reclamaban su expresión lírica, es el fenómeno poético más próximo a la condición sociológica que asumen libros como los escritos por estos poetas del grupo generacional cordobés con voluntad de dar pautas a la época.

El tercer poeta en cuya obra se puede rastrear un claro yo sociológico es Alberto Tesán (Santa Perpètua de Mogoda, Barcelona, 1971), autor de El mismo hombre (Pre-Textos, Valencia, 1996) y Piedras en el agua (Pre-Textos, Valencia, 2003). Un poema de este segundo libro está dedicado a Pablo García Casado. Su título parece una declaración de intenciones: “Afinidad”. García Casado ha correspondido a este poema con otro dedicado a Tesán, “Cena” (La hamaca de lona n.º 17, Madrid, 2005), que cierra el círculo abierto por aquel. Hechos poéticos como este tal vez en el futuro incluyan dentro del grupo generacional con epicentro en Córdoba al barcelonés Tesán. Es uno de los fenómenos propios de nuestra época: la afinidad ha relegado la geografía.

“Estaban en la cama cuando el techo cedió”, así empieza el poema “Es sencillo” de Piedras en el agua. Una pareja que acaba de amarse y de jurarse “amor eterno”, en su pequeña casa del centro, en su estrecho mundo limitado, con amigos “juiciosos y aburridos”, sin excesos ni sobresaltos. Es la perfecta extensión de la paz burguesa. Un día, sin embargo, “aparece / una grieta que parte el techo en dos mitades” mientras los amantes sueñan con sendas infancias antes de que el techo ceda sobre sus cuerpos desnudos. Otro poema del conjunto se titula “Fuera de juego”; en él se cuenta con sobrecogedores detalles como es la fulgurante carrera de un deportista de élite hasta que una “imposible” lesión le devuelve como única moneda del paraíso prometido “la humillación y el miedo”. Un techo que cede inesperadamente sobre su cabeza. Tal como se observa en los dos poemas aquí evocados, conviven dos sujetos poéticos distintos en la poesía de Alberto Tesán. Uno, el que protagoniza “Fuera de juego”, indaga en la propia biografía, con las más punzantes armas líricas, las raíces del dolor: “unos versos de sombra que se pudren / en las aguas de la experiencia clara”. Son poemas que, en el polo opuesto de la autocomplacencia, sacuden el sentido de lo vivido de modo implacable. Su intensidad y su visión global de la vida, sin embargo, impiden que se prodiguen. Junto a este inmisericorde yo lírico convive otro tipo de poema, como el de la pareja cuyo techo cedió mientras soñaban en sendas infancias, que posee un indiscutible aire generacional, próximo a los textos de Pablo García Casado o de Vicente Luis Mora. A veces estos poemas están narrados en una tercera persona que los acerca al relato. En otras ocasiones, aun estando el poema en primera persona, resulta evidente que su contenido se aleja —literariamente— de la biografía del poeta. Cabría denominar al protagonista de estos poemas “sujeto sociológico”, pues remite antes al juicio del ámbito social en el que el poeta vive (“Mis amigos se casan, tienen hijos… Mis amigos no salen por las noches”…) que a su mundo lírico.

Estos poemas de Alberto Tesán con sujeto sociológico, que suelen seguir un desarrollo narrativo, buscan desvelar y denunciar la crisis, el desgarro y la degeneración que se ocultan bajo la apariencia de felicidad que muestran las imágenes estereotipadas de la sociedad del bienestar. Una idílica sociedad que se jura amor eterno ajena a la grieta que divide el techo del amor en dos mitades; adolescentes a los que se les promete el paraíso y se les entrega el vacío. Para hablar de estos asuntos desde la poesía resulta, pues, obligado asumir la primera persona, como vivencia lírica que es.

El yo sociológico ha sido nexo común en la obra de estos tres autores de la generación que empezó a escribir y publicar a finales de los noventa, aunque este rasgo no agote en absoluto la exégesis de sus respectivas obras literarias, cuya ambición poética va mucho más lejos. Ahora bien, los libros citados ilustran la aparición de un rasgo singular entre los poetas más jóvenes, que han sabido reescribir la tradición de la otredad lírica (desde el monólogo dramático romántico hasta heterónimos y correlatos objetivos de las diversas vanguardias) para adaptarla a una necesidad nueva de expresión: la que busca encarnar sentimientos (actitudes, conflictos, contradicciones…) específicos de un determinado grupo social que se encuentra más allá del yo, pero más acá de la sociedad; que no habla de un presente eterno, sino de un presente irónico; que no renuncia, en suma, a una literatura que encarne una revisión profunda, lejos de lo anecdótico, de la vida cotidiana, epicentro también de la emoción poética.


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