Autor: 8 Enero 2007

Andrés Pau

“Los intelectuales deberían crear un nuevo movimiento —un movimiento desesperado, una rebelión de los desesperados—. En lugar de intentar apaciguar a los poderes actuales, en lugar de defender los tejemanejes de los banqueros y demás burócratas despóticos, nosotros deberíamos protestar alto y fuerte, y expresar del modo menos equívoco posible nuestra amargura y nuestro horror. Hemos llegado a tal punto que solo el gesto más dramático, el más radical podría despertar la conciencia de las masas ofuscadas e hipnotizadas. Centenares, incluso miles de intelectuales deberían hacer lo que hicieron Virginia Wolf, Ernst Toller, Stefan Zweig, Jan Masaryk. Una ola de suicidios cuyas víctimas fueran los espíritus más destacados y más conocidos, sacaría a los pueblos de su letargo y les permitiría darse cuenta de la extrema gravedad de la crisis que el ser humano ha provocado sobre sí mismo por su propia estupidez y egoísmo”.

Este apocalíptico párrafo aparece en un texto póstumo de Klaus Mann —hábilmente retocado por su hermana Erika para ponerlo en boca de un estudiante de Uppsala cuando se publicó en junio de 1949 en la revista neoyorquina Tomorrow— titulado “La crisis del espíritu europeo”. Consecuente con sus palabras, Klaus Mann se quitó la vida el 21 de mayo de 1949 tomando una sobredosis de somníferos en la habitación que había alquilado el mes anterior en la villa Madrid, en Cannes.

Klaus Mann había coqueteado con el suicidio en numerosas ocasiones —en su propia persona y en la de sus personajes— pero ese día de mayo, lluvioso y triste, se produjo el desenlace fatal. A su entierro asistió una docena de personas, entre ellas su hermano Michael, que tocó un Largo de Benedetto Marcello con su saxo alto. El resto de la familia Mann andaba lejos o estaba demasiado ocupada.

Sin embargo, Klaus Mann había tenido todo aquello que cualquier persona puede desear: una familia acomodada y culta, una educación liberal —tan bien narrada en Hijo de este tiempo— que le permitió no asistir a las clases en el elitista colegio de Odenwald para “pasarme todo el día paseando, leyendo, escribiendo y elucubrando”, un temprano éxito como escritor y crítico literario… Pero no; la felicidad —esas pequeñas rachas inapreciables por fugaces—, la tranquilidad o el amor fueron hostiles a Klaus Mann a lo largo de su corta e intensa vida. La muerte, siempre presente en sus trabajos y en su vida —siendo un niño se enfrentó a una operación quirúrgica de extrema gravedad donde vio su rostro— resultó una obsesión mórbida. Como señala Reich-Ranicki en el desabrido retrato que hace de Klaus Mann en Thomas Mann y los suyos, “se observa en él una pertinaz necesidad de estilizar el suicidio”.

En efecto, tenemos múltiples ejemplos: en el artículo “Suicidas”, de 1931, donde habla de amigos que se han quitado la vida, afirma rotundamente: “Han decidido la más elegante forma de dejar de existir (…) Con qué envidia nuestras miradas siguen hacia lo desconocido a estos que han tenido el coraje de realizar el gesto más noble de todos: desembarazarse de esa carga. A partir de ahora ya están aliviados”. En un artículo de 1932 ensalzando la figura de un amigo suicida, escribe: “Su voluntad estaba del lado de la vida… Seguro que quería vivir… Pero la enfermedad de la muerte le perseguía implacablemente”; su “Himno a la Muerte”, de 1941, donde escribe, “Tiemblo de curiosidad. ¿Por qué no tomas mis manos? ¿No quieres besarme? ¡Oh, Muerte, permíteme, sumergirme entre tus brazos como bajo el remolino devastador de una negra catarata!”; su artículo titulado “The Last Decision”, 1942, donde incluso llega a juguetear con los titulares que la prensa escribiría al día siguiente: “El hijo de un celebre novelista se suicida a causa del fracaso de su revista” o “El hijo mayor de un premio Nobel se suicida, decepcionado por el fracaso de una revista literaria”, Decision, son un pequeño ejemplo de ello. Y concluye el artículo: “He tenido que dejar la revista, y deseo morir porque era —porque soy incapaz de afrontar y de soportar la acumulación exorbitante de mediocridad y de maldad, de ignorancia y de egoísmo que rigen el mundo y este país”.

Pero Klaus Mann era y es, ante todas las cosas, un escritor. Primero un escritor decadente, provocadoramente frívolo, que nunca ocultó su homosexualidad. Su vida en la primera juventud era poco más que un hermoso juego hasta el punto de que ni siquiera sintió en su persona la gran inflación de 1923 gracias a un mecenas llamado Theo que obtenía divisas y las compraba y vendía satisfaciendo a sus excéntricos y divertidísimos amigos; organizaba escandalosos bailes, estrenaba obras de teatro, daba la vuelta al mundo en compañía de su hermana Erika y escribía crítica literaria y canciones para el cabaret dirigido por esta, El Molinillo de Pimienta. Acusado por muchos —entre otros Herr Brecht y Kurt Tucholsky— de ser quien era gracias a su padre, Klaus Mann, que nunca lo negó aunque se tratase de un arma de doble filo y muy peligrosa, siguió con su ritmo de vida —desordenado aunque cultísimo para su edad— y triunfaba en todos los ámbitos, aunque una íntima insatisfacción, siempre presente en sus Diarios, nunca le abandonaría.

Y, de repente, llegó el desastre. Visionario como pocos, cuando el nsdap obtuvo el segundo puesto en las elecciones de 1930, Klaus Mann se convirtió en un “escritor comprometido”, según la terminología de la época. Atacado con verbo canino desde el Volkischer Beobachter —diario del partido nazi— y defendiéndose enrabietado y valiente, con orgullo de ser alemán, Klaus Mann fue uno de los primeros en advertir el peligro físico y tomar el tren nocturno hacia París, “la tierra prometida”. Esto era el 13 de marzo de 1933, poco después del incendio del Reichstag. Aquí comienza el obligado exilio de Klaus Mann por Europa —Viena, Amsterdam, Praga, Copenhage, Helsinki, Zurich, Budapest, Moscú, la guerra de España…— y, después, en 1938, los Estados Unidos. En 1934 tuvo el honor de perder la nacionalidad alemana —sus libros ardieron en toda Alemania la noche de la quema de libros “antialemanes”— y en 1935 consiguió el pasaporte checo tras circular por Europa con visas húngaras y francesas. Más tarde, en 1941, pasó a ser ciudadano estadounidense.

Y así, con las maletas nunca terminadas de deshacer, con las piernas llenas de heridas infectadas por las inyecciones de morfina —su adicción nunca dejó de ser su amante más íntima—, con amores pasajeros y siempre desengañados, con alguna que otra cura de desinintoxicación y una necesidad permanente de dinero, fue como Klaus Mann escribió sus cuatro grandes novelas. En 1934, Huida al Norte; en 1935 Symphonie Pathétique; en 1936, Mefisto y, al fin, en agosto de 1939, un mes antes del inicio de la segunda gran guerra, apareció El volcán. Entre todas ellas, compuso una deliciosa nouvelle, La muerte del cisne, que recoge las últimas cuarenta y ocho horas del Rey Luis II de Baviera antes de ahogarse voluntariamente en el lago que hay junto al castillo de Berg.

La hiperactividad de estos primeros años de exilio —también dirigió la revista para y por emigrados alemanes Die Sammlung, en la heroica editorial Querido de Amsterdam, que al mismo tiempo publicaba sus libros— fue tal vez lo que mantuvo vivo al siempre neurasténico Klaus Mann. Una imperiosa necesidad de avisar al mundo entero —mantenía una correspondencia colosal e impensable actualmente con toda la intelectualidad de los años treinta— del terrible peligro que se cernía sobre la humanidad: Hitler y sus pistoleros. Tal vez por eso resulte antipático y despiadadamente injusto leer las siguientes líneas que le dedica Reich-Ranicki en el citado libro: “Klaus Mann escribía en los años treinta como si la prosa moderna no hubiese existido nunca (…) La obstinada predilección de Klaus Mann por las expresiones prosaicas y por los tópicos es francamente asombrosa (…) A veces sabía muy bien expresar lo que quería decir de manera muy simple y con pocas palabras, pero era demasiado nervioso e impaciente para trabajar en un párrafo o en una sola frase. Se limitaba casi siempre a escribir las palabras que en el momento se le ocurrían. No se esforzaba en buscar otras mejores o más exactas. No tenía ganas de buscarlas”.

Klaus Mann escribía bien; muy bien diría yo. Desde su primera obra de teatro, Anja und Esther, interpretada por él mismo, su hermana Erika y el marido de esta, Gustaf Gründgens, y Pamela Wedekin, una musa adorada por Klaus a quien incluso llegó a pedir la mano, el escándalo le acompañó. “Irritado por adulaciones y alfilerazos continuos, me comporté (…) tan indiscreta y caprichosamente como, evidentemente, se esperaba de mí”, escribe en su autobiografía —inédita en español, un hecho insólito— Der Wendepunkt, Le tournant, en la edición francesa. Pero, como suele decirse, el recreo terminó pronto, y en ese tren nocturno hacia París nació el Klaus Mann verdadero: el novelista de raza, con brío expresivo y personajes atormentados, sincero, vitalista y depresivo a un tiempo, un Klaus Mann que 
—no tiene por qué ser un reproche— vierte gran parte de sus fantasmas íntimos en los personajes de sus novelas, ya se trate de Alejandro Magno en Alejandro, Tchaikovski en Symphonie pathétique, Ragnar en Huida al Norte, Luis II de Baviera en La muerte del cisne o el morfinómano Martin Korella, que huye de una clínica de desintoxicación y posteriormente muere en El volcán.

En el prefacio a Le Condamné à vivre —recientemente traducido al español—, Dominique Miermot escribe: “En efecto, Klaus Mann ha oscilado constantemente desde la infancia entre dos polos: el deseo de vivir y la tentación de morir, la esperanza y la desesperación”. Ese desequilibrio interior, esa búsqueda continua de una felicidad siquiera pasajera, la imposibilidad de amar, hacen de Klaus Mann un escritor con un —permítasenos la expresión— músculo narrativo mucho mayor que el de otros contemporáneos suyos, acomodados en sus chalés del exilio dudando qué adverbio terminado en “mente” sonaría mejor en una de sus frases rehechas docenas de veces.

En Huida al Norte plantea “la cuestión del momento”: el compromiso contra Hitler o la aquiescencia y la inhibición política. Para ello se sirve de un personaje femenino, Johanna, que ha partido hacia Finlandia para pasar unas vacaciones con Karin, una vieja amiga de estudios en Berlín. Surge el amor con Ragnar, hermano de aquella, y emprenden un viaje en automóvil ­hacia el punto más septentrional de Europa para embarcarse ­hacia Islandia. Johanna ha dejado en Alemania a sus padres y a un amigo y un hermano en Francia, huidos, uno de los cuales es detenido con propaganda política en una incursión a Alemania. Al final, Johanna debe elegir entre la política y el amor. Vence el compromiso: “No tenemos derecho a esa reflexión. No nos queda elección. Todo nuestro heroísmo consistirá en aceptar nuestro destino. Todo nuestro heroísmo consistirá en no sucumbir antes de que nuestro destino lo exija”, concluye Johanna al separarse de Ragnar.

Symphonie pathétique es una biografía novelada de Tchaikovski que se edifica sobre numerosos flash-backs pero que tiene el punto de mira en los últimos meses de vida del compositor ruso, justo hasta que firma su testamento estético, la colosal Sexta sinfonía, y bebe a propósito agua corriente durante una epidemia de cólera en San Petersburgo. Si dijéramos que Mann adora a su personaje, no exageraríamos en absoluto. Klaus Mann —con un estilo indirecto libre envidiable— entra en la piel de Piotr Ilich Tchaikovski y se deja llevar por las emociones, los desengaños, los amores insatisfechos y el sufrimiento que acompaña todo acto creador. “Transformar el dolor en melodía” es la gran obsesión del compositor. Tchaikovski, que sabe que tras la Patética no compondrá nada mejor, durante una celebración pide a un criado “un vaso de agua fresca”. “El maestro querrá decir, quizá: un vaso de agua mineral. El maestro debe saber que hay una epidemia de cólera en San Petersburgo. Sería una gran imprudencia beber agua corriente”. “¡He dicho un vaso de agua fresca! —replicó Tchaikovski en tono imperioso”. A los pocos días muere rodeado de sus más fieles seguidores, entre los que destaca su sobrino y musa, Vladimir.

Mefisto, incluso antes de su publicación en la editorial Querido de Amsterdam, fue motivo de polémicas extraliterarias. Calificada por el Pariser Tageszeitung como un roman à clef cuando todavía estaba en galeradas, los problemas surgieron pronto. En el personaje principal de la novela —un actor arribista que vende su alma al diablo, a saber, los nazis, para triunfar— todos vieron al primer marido de Erika Mann y amigo de Klaus, Gustav Gründgens. Klaus lo negó y escribió al periódico un telegrama advirtiendo que Mefisto era una novela “en la que los personajes representaban tipos y no retratos”. Los periodistas y críticos habían visto una similitud exagerada entre Hendrik Höfgen y el actor Gründgens. Tras la guerra, la novela solo pudo publicarse en 1981 —aunque desde 1965 circulaban ediciones ilegales de la misma—. 
La responsabilidad de los intelectuales y los artistas que permanecieron en Alemania durante el III Reich, que era el hecho que quería tratar Klaus Mann en la novela, se convirtió durante décadas en el llamado “Juicio de los muertos”, pues los protagonistas ya habían fallecido. Para terminar con el affaire Mefisto, algunos críticos apuntan el motivo del suicidio de Klaus Mann en la negativa de su editor, Georg Jacobi, de publicar en Alemania, tras la guerra, Mefisto, “pues Gründgens ocupaba un cargo político muy importante en Munich”. En efecto, en la entrada —en realidad su diario no son más que breves apuntes, notas, palabras sueltas— del 12 de mayo de 1942 (nueve días antes de su muerte), escribe: “He escrito una carta al editor Jacobi (muy acerba)”.

Klaus Mann consideraba su novela El volcán la más ambiciosa y conseguida de todas sus obras. Se trata de una recreación de la diáspora alemana durante el nazismo. Hay otra novela sobre el mismo tema, también inmensa y también sorprendentemente inédita en español, Exil, de Lion Feuchtwanger, que disputa el primer puesto en calidad literaria con El volcán. También conformada por unos personajes fácilmente reconocibles, Klaus Mann crea osadamente —tal vez necesitado de ella para la supervivencia— la figura del Ángel de los exiliados, que vela por los mejores de ellos hasta que regrese la cordura al mundo.

En 1942 consiguió alistarse —tras superar acusaciones de homosexual, comunista y heroinómano— en el Ejército estadounidense y llegó a ocupar un importante cargo en el departamento de propaganda. Regresó a Europa a través del norte de África e Italia y entró triunfal en una Alemania irreconocible y devastada. La anhelada victoria no tenía ninguna similitud con la Europa que se dibujó en la conferencia de Yalta. Así, Klaus Mann escribió un durísimo artículo de 1946 titulado “El nazismo tiene de nuevo el viento de cara en Alemania”, donde se lamenta de la cantidad de nazis anónimos que siguen en Alemania: “El proceso de reo­rientación ética y política ni siquiera ha empezado todavía. En este momento, las personas están más confusas y obstinadas que hace un año. No veo ningún signo de mejora, sobre todo en los jóvenes. La mayoría de los que conozco siguen todavía bajo el conjuro de la propaganda de Goebbels”, pone en boca de un profesor de la Universidad de Berlín.

A partir de aquí, solo cabe esperar el final. Las grandes obras de los alemanes exiliados eran ninguneadas por una población que quería, sobre todo, olvidar. Tras varios intentos de suicidio y de una aparentemente exitosa cura de desintoxicación en la carísima clínica Saint-Luc de Niza, Klaus Mann moría dos semanas después de recibir el alta médica. Las últimas entradas de su diario están plagadas de expresiones como “llueve”, “agotado” o un tajante “es preciso terminar cuanto antes”.

Novelista sobresaliente, agitador político, melómano, promiscuo, heroinómano, hiperestésico, solitario, buscador de un amor nunca hallado, esnob…, cualquiera de estos adjetivos caben en su personalidad, pero solamente todos ellos juntos la conforman. Y, por encima de todos, el de grandísimo escritor nunca reconocido con la justicia que merece. Tal vez tengamos que empezar a plantearnos en serio las palabras de Bernard Frank en Le nouvel Observateur, donde se pregunta si “el mejor de los Mann no es otro que Klaus, el hijo, quien se suicidó en Cannes un día lluvioso, el 21 de mayo de 1949”.


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