Autor: 10 Enero 2007

Henri de Régnier
Versión de Inés Toledo

Henri de Régnier (1864-1936) fue el más famoso de los poetas simbolistas, el primero que conoció la gloria académica, y es hoy uno de los más olvidados. “La posteridad —ha escrito Dominique Fernández— es dura con aquellos escritores en cuyo estilo falta la sencillez. Lo que a una generación le parece brillante y original, suele parecerles insoportable y amanerado a la siguiente”. Henri de Régnier vivió largas temporadas en Venecia entre 1899 y 1924 (durante la mayoría de ella residió en el palazzo Dario, una de cuyas fachadas da al Gran Canal y la otra al campiello Barbaro). Conoció una ciudad muy distinta de la que pueden ver los turistas ocasionales y de ello nos ha dejado constancia en L’altana ou la vie vénitienne, un libro que al quisquilloso diarista Paul Léautaud le parecía “escrito en estilo florido insoportable”, pero que constituye sin duda uno de los más hermosos homenajes a una ciudad que tantos homenajes literarios ha recibido.

Hoy, un aguacero de octubre cae, desde el cielo gris de Venecia, al Gran Canal, color de jade, y miro llover por mi ventana, enmarcada por doradas glicinias. Llueve despacio en un silencio que a penas turban un choque de remos, unas voces lejanas, un sonido de campanas apagadas. Luego, poco a poco, todo se calló —incluso la lluvia—, y oigo el ruido de mi lápiz, en la página de papel que parecen puntuar, cuando levanto los ojos hacia el cristal, las comas de agua que gotean, fuera, desde las glicinias relucientes.

El paso, la voz, la risa, el canto, toman una sonoridad particular, así como los sentimientos un valor diferente. El hombre es aquí feliz o triste de un modo distinto a como lo es en otras partes.

Después de tantas estancias, Venecia me da los mismos placeres, pero me sugiere menos imágenes.

Los siglos, al igual que la mar, usan y pulen los mármoles y las palabras.

Venecia está construida en colores dentro de la luz.

En la luz de Venecia, la mañana es más matinal que en otros lugares, y más crepuscular el crepúsculo

Mediodía. Campo Sant’Agnese. La vieja campana de la iglesia repica, al descubierto, dentro de su pobre campanile. La veo agitarse, atareada, oscilante, humilde, activa como un ama de casa rústica. Desde el borde de un pozo, un gorrión levanta el vuelo.

Estábamos ante San Giovanni e Paolo. El Colleone se alzaba orgullosamente sobre su pedestal. Unos gorriones volaban y se posaban alrededor del zócalo heroico como una decoración móvil, a turnos hecha y deshe­cha. Hemos ido hasta el Ponte dei Mendicante, y a los Fondamente Nuove. Desde allí, Murano aparecía a veces, mostrando, en el aire límpido, transparencias tan irreales que la isla parece posarse en el agua.

Hay una reunión en el campo San Vio, gentes del barrio, transeúntes, jovencitas envueltas en chales, niños. Un hombre muestra papagayos sabios, más bien cacatúas, puesto que son blancos con una cresta amarilla. Sobre una tarima sostenida por caballetes, hacen diversos ejercicios. Una se sostiene en equilibrio sobre una bola, otra se sienta en un silloncito que una tercera empuja. La más hábil monta y maneja una pequeña bicicleta. Están tristes, se mueven lentas con un aire de dignidad y mal ­humor.

Algunas velas de barcas, con dibujos complicados, arabescos misteriosos, son tan bellas como fachadas de palacios.

¿Dónde está, ese Palacio, sobre qué pobre río de qué barrio miserable? No sé, pero me gusta su húmeda decrepitud. No era muy antiguo, su fachada poco adornada era de un amarillo extraordinario y cerraban todas sus ventanas postigos verdes, de un verde desteñido, singular y como envenenado.

Hay estrechas calli en donde se camina entre la sombra, el silencio y el secreto.

Aquí se lleva una vida de sombras felices en la más bella de las luces.

Se está bien aquí, en este antiguo y extraño Palacio Vernier, en esta gran habitación con revestimientos blancos, en este silencio lleno de ruidos minúsculos, de pasitos de ratones, de temblor de hojas, del silencioso asentamiento de las cenizas apagadas tras las primeras llamas.

En góndola, detrás de San Girogio Maggiore. Las campanas repicaban, luego llegó el crepúsculo. Hemos ido lentamente hasta la isla San Servolo. En el extremo de la isla ladraba un perro. La luna se alzaba sobre el Lido. Bancos de algas afloraban.

El remo del gondolero parece cavar, en el agua, la tumba del silencio y llorarlo con sus lágrimas.

Esta mañana, desde el jardín, miraba, a través de la ventana abierta, reflejarse en el espejo de la habitación los parterres floridos, que allí se enmarcaban y formaban un encantador cuadro floral.

Es dulce sentir toda Venecia alrededor de uno.

En Venecia, por la estructura misma de la ciudad, por su constitución de laberinto, la vida es noble, misteriosa, amablemente complicada.

Por la noche, las fachadas de algunos palacios enflaquecen, se hunden, casi dolorosamente.

Los lugares donde hemos vivido a menudo y que ­hemos amado mucho toman una suerte de personalidad. Las relaciones que tenemos con ellos están sujetas a todos los matices de la pasión. Allí las sensaciones mudan en sentimientos.

Aquí se experimenta una gran actividad de ensoñaciones y una gran pereza de espíritu.

El gondolero nos pidió una flor para colocarla en el pequeño cuernecillo de cobre que se encuentra en la proa de la góndola. Es, dijo él: Per la bella figura

Venecia, ciudad y puerto. Retiene el espíritu en la celosía de sus calli y de sus canales y ofrece su laguna a todos los sueños.

La góndola pasa a lo largo del alto muro rojo del Arsenal. Con sus ladrillos guerreros, sus almenas sarracenas, parece la muralla de alguna ciudad de las Cruzadas, de alguna ciudad musulmana de un cuadro de Bellini.

Venecia, el lugar del mundo en el que el tiempo huye con el paso más ligero, vuela con el ala más inasequible.

Un gusto de cigarro un tanto acre en los labios, una calle pequeña llena de sombra, un muro rojo soleado desbordado por la vegetación dorada, una esquina de cielo azul, un caminar al nuestro lado…

La Venecia de verano es menos misteriosa, menos secreta que la Venecia de extremo otoño.

Hay lugares donde es dulce estar triste.

Parece que aquí, en la especie de bienestar egoísta en que se vive, soportaríamos mejor el olvido, la ingratitud, la injusticia. Estamos como dentro de un laberinto en el que a las penas les cuesta más alcanzarnos que afuera. Todo nos llega aquí solamente en reflejos, en ecos. Cada día es en él un poco un final de vida.

El recuerdo de Venecia deja en el espíritu una especie de ceniza de luz.

Nada más encantador que estos cielos de Venecia en otoño, en los que, tras la lluvia, las nubes se funden en azul, pero ¿dónde está el loco frenesí de los martinetes que, en verano, tejen, con sus negros husos alados, una verdadera red de gritos sobre Venecia?

Llueve. La góndola atraca junto a los escalones mojados del Palacio Venier. La lluvia cae pesada sobre las piedras, el follaje amarillea, una lluvia oscura, misteriosa, con interrupciones, redobles, silencios.

Desde ayer, Venecia está llena de viento, de un viento que viene de la mar y favorece una fuerte marea. El Gran Canal se infla. Me gusta esta Venecia turbulenta y a la que el viento tonifica. La restablece marina, oreada y ruda. Esta noche, en el jardín del Palacio Venier, ­había un ruido de hojarasca agitada, un sordo rumor. Por la mañana, había ramas quebradas, macetas caídas.

He ido, bajo los soportales de las Procuraties, a reservar plazas para el teatro Goldoni. El vendedor ha adosado a un pilar, bajo un cartel del espectáculo, un viejo y pequeño pupitre donde da sus cupones, a la luz de una linterna. ¡Qué conmovedores son, bajo las galerías iluminadas, esta linterna, este antiguo pupitre en medio del viento, este hombrecillo! Todo parece detenido, como cien años atrás.

La costumbre de transportar todo por agua en Ve­ne­cia produce espectáculos bastante cómicos. En una barca, completamente solo, ceremonioso, un sillón parecía ir a visitar a algún mueble conocido.

Hemos ido a la isla de San-Lazaro, allí donde los Armenios. Era uno de esos hermosos y puros días de otoño veneciano en los que el aire está saturado de felicidad y melancolía. Desde lejos, los muros de ladrillo del viejo convento se parecían a un antiguo brocado color de rosa, sobre el cual se destacaba el sombrío terciopelo de los cipreses. Tal hubiera parecido el motivo de algún tejido oriental o el dibujo de algún tapiz persa. En el jardín del claustro, un cedro extendía sus ramas y, en el tronco afelpado de una palmera, trepaba una enredadera cuya flor era del azul más encantador, más tierno, más puro que jamás haya visto.

Hoy, día de Todos los Santos, todas las campanas de Venecia repican en un cielo gris plateado, un cielo de perla, pero de perla sin oriente, de perla muerta…


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