Autor: 13 Enero 2007

Eduardo Jordá

Cuando tenía once o doce años, me dio por caminar durante horas y horas por Palma, siempre sin rumbo fijo, siempre a la buena de Dios. Supongo que era una forma de combatir la turbulencia interior de la primera ado­lescencia, cuando uno se siente muy raro y busca en el mundo exterior alguna prueba de que la vida no es tan rara como uno empieza a temer que es. Durante aquellos paseos interminables, que duraban desde las tres de la tarde hasta las ocho o las nueve —hora de volver a casa, aunque eran tiempos tranquilos—, descubrí una Palma que no conocía en absoluto. Yo conocía El Terreno y el centro de Palma —y de forma muy imperfecta—, pero había barrios que solo conocía de oídas. El barrio antiguo, desde luego, con sus casonas decrépitas y sus aristócratas tambaleantes, no me interesaba demasiado. Que yo sepa, solo le interesaba a un chico muy esnob que soñaba con ser peluquero de señoras (lo juro) y que solía decir cuando hablábamos de chicas:

—A mí solo me gustan las duquesas.

—Sobre todo si son de pollo —le contestaba Juan Pellicer, pensando en las deliciosas especialidades del Forn Fondo.

Pero había otras muchas Palmas. Fue una sorpresa, por ejemplo, encontrarme con los contrafuertes del Temple (donde años más tarde habría una academia en la que aprendería a escribir a máquina), o entrar en el bar Plata, en la calle Platería, y notar que se interrumpían de golpe las conversaciones de los clientes que charlaban al fondo del local (más tarde supe que eran viejos comunistas que se reunían allí a hacer tertulia). Y nunca me habría imaginado descubrir, más allá del canódromo, los altos muros del hospital psiquiátrico, con aquella enigmática leyenda —“Clínica Mental de Jesús”— que apuntaba a la inquietante posibilidad de que allí hubiera estado ingresado alguna vez Nuestro Señor Jesucristo. O cruzar una esquina y encontrarme con la fachada racionalista, o que a mí me parecía entonces racionalista, del cine Moderno en la calle Fábrica, o el templete que coronaba la torre de la pensión Cuba, o aquel extraño pasaje de la calle de San Felio, tal vez las antiguas caba­llerizas de una casa señorial, donde tenía sus oficinas el Majorca Daily Bulletin, un periódico local en inglés que solo era posible en una ciudad como Palma.

A veces me perdía por unas calles que no había visto nunca, hasta que de pronto me encontraba frente a una casita de dos plantas con un pequeño jardín y una hamaca en el porche, y entonces recordaba que no era la primera vez que había estado allí, porque en aquella casa vivía un amigo sueco del colegio al que llamábamos Hocky —porque se reía como un personaje de los dibujos animados de Hanna & Barbera—, así que no me podían caber dudas: estaba en Son Espanyolet, un barrio que me gustaba mucho y todavía sigue gustándome. Ya sé que es imposible que Son Espanyolet siga igual, pero me gusta imaginarlo tal y como yo lo conocí, con aque­lla hamaca en el porche de una casa cuyo interior siempre estaba en penumbra, y con un jilguero en una jaula, y un chico sueco al que llamábamos Hocky y que sonreía siempre que le preguntaban algo, una costumbre poco habitual entre nosotros.

Un día, durante una de aquellas largas caminatas, una mujer salió de repente de una bocacalle y empezó a correr detrás de mí, gritando: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!”. Un ciudadano ejemplar me agarró del brazo a la vez que me advertía con voz firme: “No se mueva, joven”. La mujer ya había llegado jadeando hasta donde estábamos. Seguía gritando: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!”, y me miraba a mí con los ojos desorbitados. Era una vieja regordeta con el pelo teñido de azabache, un rizo sobre la frente, los labios pintados de colorete y los ojos manchados con rimel corrido. Estaba claro que era una loca que se creía Estrellita Castro, o quién sabe qué otra cantante de co­plas, pero el ciudadano ejemplar no lo tenía tan claro, como tampoco parecían tenerlo claro los transeúntes que se habían detenido a mirar qué pasaba. En aquellos tiempos, un ladrón era un ladrón callejero, ya que no se estilaban las modalidades alternativas que ofrecen las concejalías de urbanismo (o quizá era que todas las plazas disponibles estaban ya ocupadas por tiempo indefinido).

Durante un segundo, me imaginé recluido tras las lóbregas tapias del reformatorio que había en la ca­lle Joan Miró, que entonces se llamaba Calvo Sotelo (“Institución Benéfica Nazaret” decían las letras que había sobre el portón). Por suerte, la mujer siguió gritando “¡Al ladrón!” de una forma tan ridícula que hasta el ciudadano ejemplar se dio cuenta de que estaba loca. El hombre miró a la mujer, luego me miró a mí, volvió a mirar a la mujer y volvió a mirarme a mí. Por fin me soltó, no sin antes amonestarme con un extraño “Tenga cuidado, joven”. La mujer se escabulló. El grupo se disgregó. El ciudadano ejemplar siguió su camino. Y yo volví a perderme por las calles de Palma, sabiendo ya para siempre que la vida era mucho más rara de lo que uno nunca llegaba a imaginarse.

Han pasado casi cuarenta años desde aquella escena en una calle de Palma, pero ahora pienso que aque­lla loca con el rizo en la frente y la cara llena de colorete, a su manera, tenía razón. Imaginé que aquella mujer, muchos años atrás, había entrado en un cine impulsada por el mismo sentimiento de extrañeza que me llevaba a dar vueltas y vueltas por Palma, y que allí dentro, tal vez en el mismo cine Moderno de la calle Fábrica que yo acababa de descubrir, ella había visto una película de Estrellita Castro, y desde entonces se le había metido en la cabeza que sería cantante de coplas —aquella música, para su sorpresa, lograba alejar la sensación de que la vida era muy rara—, y por eso iba cada día al puerto a ver los barcos que salían (algún día ella navegaría en uno de aquellos barcos que la llevarían a la fama), y luego se ponía a vagar por las calles de su ciudad, buscando ese lugar donde se produciría el milagro de que ella cantara coplas tan bien como Estrellita Castro, hasta que un día la noche la había sorprendido en un descampado de Son Gotleu, cerca de un grupo de gitanos que se quitaban el frío con una hoguera, y ella, aterrorizada por lo que estaba haciendo, y peor aún, por lo que había estado hacien­do durante tanto tiempo, había tenido que volver corriendo a casa. Y desde entonces se había encerrado en su casa, y no volvió a salir más, a no ser para perseguir a los ladrones que le habían robado su fama y su belleza y su gloria.

O sea que era cierto. Yo le había robado las escaleras de la calle Danús, la extraña calle del Cristo Verde que llevaba al café Moka, los sacos de especias que se veían en la tienda que había —y espero que siga existiendo— al final de la calle Sindicato, las casitas encaladas de La Soledad o el sonido de las persianas metálicas cuando se ponía el sol en la calle Pursiana. Ya no vivo en Palma desde hace mucho tiempo, pero de alguna manera, cada vez que escribo, intento devolverle a aquella mujer lo que ella creía que yo le había quitado.


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