Autor: 25 Enero 2007

Eduardo Lourenço: Pessoa revisitado
Pre-Textos, Valencia, 2006

Con suma prudencia, temeroso de acabar cayendo en esas hipérboles superficiales que hinchan la importancia de un libro con palabras ampulosas sin llegar a demostrar nada, algo tan frecuente en nuestro acelerado mundillo de la crítica literaria en prensa, hago una primera advertencia: Pessoa revisitado. Lectura estructurante del “drama en gente” (traducción de Ana Márquez) es uno de esos estudios que uno lee asombrado de principio a fin, viviendo la mágica sensación de cómo es posible penetrar en una obra de forma tan completa, inteligente y sensible. Ocurre en poquísimas ocasiones en lo que respecta a ensayos literarios, creo yo, pero este libro de Lourenço, publicado en 1973, constituye un ejemplo superlativo de lectura poética, en la forma y en el fondo, en la belleza de sus análisis y en la profundidad de su comprensión de las creaciones pessoanas.

De este lector, de este filósofo y profesor nacido en 1923 en una aldea de Portugal, no teníamos la fortuna de conocer nada en español, pero sus brillantes títulos ya captan nuestra atención, actuando de cebo formidable, informando con sutileza de a qué tipo de investigador nos enfrentamos: Heterodoxia, O laberinto da saudade, O fascismo nunca existiu, Poesia e metafísica, Tempo e poesia, O esplendor do Caos, O espelho imaginário; publicaciones por las que, asimismo, ha recibido los galardones lusos y europeos más importantes en el ámbito del ensayo, y por los que ha recibido una consideración especial en el país donde vive, Francia, como lo atestigua que en el 2000 fuera nombrado Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres.

El ensayista, a mi juicio, ha llegado a un nivel de conocimiento de Pessoa difícilmente igualable, no solo porque explica su poesía a conciencia y con la mayor exigencia sino porque da continuamente las claves para su lectura. Así, el estudio de los poemas de Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos, de esa máscara llamada Fernando Pessoa, se abre en su fabulosa complejidad hasta, mediante el filtro de la reflexión literaria, la comparación entre heterónimos y entre estos y los primeros textos escritos del poeta, llegar a compartir con el lector esas claves, aun considerando, como dice Lourenço, que “no tenemos ni queremos otro guía que el propio Pessoa”, por cuanto este será siempre su mejor comentarista.

Ya en la primera página, Lourenço alude a un concepto que irá repitiendo a lo largo del libro. Dice que la genialidad de Pessoa es “una especie de luz o de fuego que ilumina y transfigura la realidad, como esta se nos presenta desde fuera y antes de esa iluminación”. Un poco más adelante, señala cómo uno se transforma en otro tras la lectura de un poema determinado, quedando “iluminado por dentro”; la poesía de Pessoa, en sí misma, es “autoiluminación”… Esta idea, la de la iluminar y dejarse iluminar, agrada mucho a Lourenço; con ella, va a la raíz de la concepción poética del creador y a la recepción sensitiva del que le lee. Eso es lo único importante, se diría, pues además ciertos análisis mal enfocados de reputados exégetas han terminado por sumergir “a toda la crítica en un espejismo creador de espejismos, fuente de una perplejidad insoluble e incesantemente renovable”, tal es el desconcierto que provoca la heteronimia pessoana. Excepto en el caso de Adolfo Casais Monteiro —al que, por cierto, está dedicado el volumen—, según Lourenço, en el resto de críticos la obsesión por desvelar el secreto primigenio de la explosión heteronímica ha sido contraproducente para entender a Pessoa: “Hay un solo Poeta, autor de poemas de apariencia diferente que como tales deben ser tomados y comprendidos, y se acabó”, señala, para añadir párrafos después: “Es decir, no deberíamos entrar en el mismo juego de Pessoa, prestando a los diversos mundos poéticos suscritos por Caeiro, Reis, Campos, ese género de automía poética que su irónico autor les atribuyó. Nos debería bastar, pues, con tratar a cada uno de esos poetas como es habitual tratar las fases o maneras diferentes, tantas veces irreconciliables, de muchos poetas que no pretendieron nunca ser varios”.

Me he permitido extenderme en la cita porque resulta capital para apreciar la interpretación que hace Lourenço de la poesía pessoana. Consecuente con lo dicho, el ensayista aborda los poemas de los tres principales heterónimos desde una “totalidad fragmentada”: “Justo por eso y por esencia no tienen lectura individual, como no tienen dialéctica sino a la luz de esa totalidad de la que no son partes, sino plurales y jerarquizadas maneras de una única y decisiva fragmentación”. He aquí, por lo tanto, el punto de partida para estudiar, y cito algunos títulos de las secciones del libro, “La curiosa singularidad del maestro Caeiro” —el poeta incapaz de nombrar la realidad—, “Ricardo Reis o el paganismo inaccesible” —el poeta del lema: “ser consciente es ser infeliz”; la experiencia esquizofrénica mayor de la literatura universal para Lourenço—, “Álvaro de Campos o las ficticias audacias de Eros” —el autor de “Oda triunfal”, “Oda marítima”, “Tabaquería”, “la poesía más dolorosa y lúcida de la lengua portuguesa”—, etcétera.

Los asuntos que comprende la visión de Lourenço ante el alma y la creatividad de Pessoa son diversos y en sí mismos inagotables: “la visión ocultista de la realidad”; la decisiva influencia de Whitman, su polo opuesto y complementario, su espejo oculto: “Es a la luz de la ocultación de Whitman en Caeiro como el drama de la heteronimia debe ser concebido”; la nostalgia de la infancia, “el centro de la pulsión poética de Pessoa”; la ausencia del padre, “donde su radical sentimiento de inexistencia del yo, del mundo, de la vida, adquiere sus raíces” (no ha de ser casual que justo tras la muerte del padre naciera el primer heterónimo); el temor al sexo; los primeros referentes literarios, Shakespeare y Camões… Lourenço alcanza todas las aristas del poliedro Pessoa, entendiendo que los disfraces pessoanos no son un mero camuflaje, un fingimiento, un juego, sino que conforman una “máscara pegada al rostro”, prueba de su perpetua herida abierta, que sangraría en caso de que quisiéramos retirarla.

Toni Montesinos


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