Autor: 20 Noviembre 2006

Alfonso López Alfonso

Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,

se presentó al infierno que Dios le había marcado,

y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,

las ánimas en pena de hombres y de caballos.

(Jorge Luis Borges)

Cosas de andar por casa

No recuerdo haber escuchado en la infancia demasiadas historias sobre guerrilleros, sobre “los del monte”, los “huidos”, “bandidos”, “rojos”, etcétera. Por Moncóu ­había pasado la guerra y se había llevado a los mozos que estaban en quintas y a los que ya no eran tan quintos. El abuelo hablaba de vez en cuando de las penurias pasadas con el ejército nacional por Extremadura, de los muertos, las trincheras, las balas y la sangre, pero nunca le oí hablar de los maquis o de la guerrilla antifranquista. Quizá por eso convertí en pariente cercano al primer guerrillero del que tuve noticia.

La resistencia antifranquista no había dejado huella en Moncóu, pero sí en las sucesivas aldeas de la Montaña de Ibias —municipio de ese confín asturiano que culturalmente tiene ya más que ver con las zonas limítrofes de León y Galicia— en las que mi padre se había criado de ma­nera itinerante al ser hijo de madre soltera. Cuando mi padre era un zagal de dieciséis años vino a Cangas del Narcea para trabajar en las minas. Corría el año 1957 y por aquella época, a falta de pensiones, los vecinos de las aldeas del río de Rengos en cuyas inmediaciones comenzaban a instalarse pequeñas empresas mineras, acogían en sus casas a los trabajadores que venían de fuera. Les daban techo y comida a cambio de algunas pesetas extraídas a las entrañas negras de la tierra manchándose los pulmones. Mi padre fue a parar a casa Simón, la más alta de una aldea inaccesible que le debe el nombre a la pelada mole de impresionante caliza que la corona —“Montem Calvum”, dicen que la llamaban los romanos—. Como era joven y andaba un tanto desamparado, mi padre decidió liarse la manta a la cabeza y cortejar a la hija de su patrón —al parecer contra la voluntad de este, que la ­tenía reservada a más altos pretendientes—. La jugarreta le salió bien y consiguió quedarse en casa.

Desde que llegó mi padre, en mi casa siempre hemos sido muchos. Quizá porque él se vio más de una vez solo en el mundo, quiso asegurarse de no volver a estarlo enhe­brando una ristra de siete hijos. Tanta proliferación de gente —éramos nosotros, más el abuelo, la tía soltera y algún espontáneo que arribaba a casa como si aquello fuera la fonda universal— obligaba a que durante determinadas épocas de superpoblación hogareña, mi hermano Ramón y yo durmiéramos en la misma habitación que mis padres. Era una habitación muy grande, casi del tamaño de un salón, en la que cabían con holgura dos camas de matrimonio. En una de ellas dormían mis padres y en la otra nosotros dos. Fue durante una de aquellas temporadas que pasábamos los cuatro en el mismo cuarto cuando una noche me desperté acunado por el murmullo de la conversación que mantenían mis padres. Al principio, la anestesia de la somnolencia no me dejó entender con claridad lo que decían, pero poco a poco fui dejando que los oídos se abrieran al silencio de la oscuridad porque me dio la impresión de que la conversación tenía ese aire íntimo y confesional que solamente utilizamos cuando estamos a punto de contarle a otra persona lo que casi no nos atrevemos a confesarnos a nosotros mismos. Era mi padre el que hablaba.

—Querían pasar a Francia. Mi hermana y yo dormíamos en una cama al lado de mi madre, más o menos como estos ahora. Pero nosotros, encima, justo encima, teníamos la hierba de unos vecinos de Buso, que eran los propietarios del pajar y la cuadra, porque aquello en realidad era una cuadra que le habían dejado a mi madre por pura compasión. Ya sabes que en Ibias casi todos somos familia. Yo tendría unos cuatro o cinco años y mi hermana era un bebé. Querían pasar a Francia, ¿y qué haríamos entonces nosotros dos? Porque no iban a poder llevarnos, eso es seguro, tendrían que dejarnos al amparo de la buena voluntad de mi familia. Por aquel entonces yo ni siquiera sabía quién era mi padre. La gente me decía­ que me parecía mucho a él, pero yo no lo había visto. Ahora pienso que lo que ocurría es que le tenía miedo al Santeiro y por eso no aparecía. Fue cuando mataron al Santeiro cuando mi padre vino a buscarme para llevarme a Busante. Tendría seis o siete años. Y me llevó, pero mi madre volvió por mí algún tiempo después y me raptó.

—¡¿Cómo te iba a raptar hombre?! —preguntaba mi madre entre sorprendida y risueña.

—¡Tú dirás! Mira, yo estaba en un prado con las vacas, una finca buenísima que tenían cerca de Torga, cuando veo llegar a mi madre. Me puse contentísimo. Me dijo si quería ir con ella y contesté que sí. Allí dejamos las vacas sin avisar ni nada. Así que llámale como quieras.

—Lo que no entiendo muy bien es qué demonios hacía tu madre liada con el Santeiro, porque ese era rojo, ¿o no?

—No sé si era rojo o verde, pero creo que era un tío muy trabado. Mi madre, en las condiciones en que estábamos, supongo que no tendría muchas alternativas de vida.

—Pero… ¿entonces tu hermana es hija del Santeiro?

—Sí…

Debió de ser entonces cuando di media vuelta para ponerme cómodo y escuchar mejor. Hice algo de ruido, mi padre se dio cuenta de mi presencia y se calló. Después ya no entendí lo que murmuró mi madre, pero él profirió por toda respuesta un chistido autoritario, como reclamando silencio o diciendo que ya estaba bien de tonterías, una de esas fórmulas pactadas para casos de emergencia que suelen practicar los matrimonios cuando son capaces de entenderse sin hablar. Ambos guardaron silencio y al rato los tres volvimos a dormirnos. Esa fue la primera vez que oí hablar del Santeiro.

Esos hombres legendarios

Las vidas de algunos hombres se parecen como dos gotas de agua. Los héroes y los villanos tienen unos rasgos­ característicos que, por encima de peculiaridades personales, los elevan a esa categoría. Las peripecias vitales de los vencidos en la guerra que se quedaron atrapados en España después de la contienda y no tenían elección más allá de la disyuntiva entre el monte o la muerte —Santiago Macías dixit—, a menudo se parecen bastante. A medida que van cayendo los frentes, casi todos regresan a casa, donde comprueban que no tienen sitio y acaban echándose al monte para sobrevivir. Poco a poco, en el monte van organizándose y con el apoyo de los partidos —el PCE fundamentalmente, aunque no eran escasos ni poco importantes los integrantes de ideario anarquista y socialista— acaban poniendo en pie guerrillas articuladas por zonas diseñadas tanto para la autodefensa como para perturbar aquella Paz con mayúscula —que poco tenía que ver con la que había pedido Azaña porque la de los vencedores era Triunfal— de la que Franco alardeaba temeroso ante el mundo. Muy parecida es la trayectoria de los guerrilleros y muy parecido suele ser su final: casi siempre el martirio seguido de asesinato o el asesinato sin más, el suicidio o, con mucha suerte, el exilio.

Por coger dos casos distantes, digamos dos gotas de agua que pertenecen a la misma tormenta pero caen en lugares alejados entre sí, no demasiadas diferencias hay entre la vida y la muerte de dos personajes como Manuel Girón Bazán, el último guerrillero de El Bierzo, y Quico Sabaté, el rey de la guerrilla urbana catalana. Salvando las distancias de procedencia —Girón era jornalero y Sabaté pertenecía al lumpemproletariado urbano— e ideología —Girón estaba afiliado a la UGT y Sabaté se inclinaba por la FAI— ambos se mueven con desenvoltura en su medio, ambos tienen hermanos implicados en la guerrilla, ambos resisten mucho más allá de ese 1945 que marca el final de las esperanzas puestas en la intervención de las potencias aliadas en España tras la segunda guerra mundial, al comprobar que Franco no sería tratado como­ Hitler y Mussolini. Ambos tienen un enemigo íntimo dentro de las fuerzas de orden, un enemigo que los persigue con saña y al que dan esquinazo siempre. El de Girón es el comandante de la Guardia Civil Arricivita, el de Sabaté el comisario Quintela. Ambos logran salir ilesos de cercos que parecían insalvables para morir en circunstancias a priori menos comprometidas. Manuel Girón Bazán fue asesinado por un infiltrado de la Guardia Civil en 1951, cuando estaba escribiendo a la puerta de una covacha muy cercana a un paraje con el evocativo y premonitorio nombre de Las Puentes del Malpaso1. Por su parte, Quico Sabaté moría los primeros días de enero de 1960 tras salir herido de la matanza de Mas Clarà y protagonizar una espectacular huida asaltando trenes. Al llegar a San Celoni, cuando iba a alcanzar la casa de un médico y llamó a la puerta equivocada, forcejeó con un vecino y aparecieron los alertados somatenistas.

Sí, las vidas de los guerrilleros antifranquistas, en líneas generales, se parecen como se parecen las gotas de agua de una misma tormenta, pero también entre las gotas de agua, si las miramos con atención y de cerca, podemos ver algunas diferencias. Por seguir con este ejercicio de vidas paralelas con el que comenzamos y para ir acotando un poco más el terreno, podríamos decir que la vida de Manuel Girón Bazán es muy parecida a la de Serafín Fernández Ramón, el Santeiro. Los dos son oriundos de El Bierzo, los dos luchan en el frente del norte hasta su caída en octubre de 1937, los dos vuelven a su tierra y terminan por formar partidas guerrilleras. Sin embargo, también hay algunas diferencias. En primer lugar, cabe decir que Manuel Girón estuvo entre los fundadores de la Federación guerrillera León-Galicia en 1942 —la primera de las guerrillas organizadas contra el franquismo y una de las pocas en las que no se imponían los comunistas—, mientras que Serafín Fernández Ramón, el Santeiro, nunca perteneció a la Federación, a pesar de colaborar con ella en bastantes ocasiones. En segundo lugar, Manuel Girón se movió siempre de las tierras de El Bierzo y La Cabrera hacia el sur —Zamora y Portugal—, mientras el Santeiro lo hacía por las montañas y valles de Fornela —en el noroeste de León—, Ibias y Cangas del Narcea —en el suroccidente asturiano—, y por las tierras lindantes de Lugo. Por otra parte, al contrario que Manuel Girón, no parece que el Santeiro tuviera una ideología excesivamente definida más allá de un vago sentimiento de pertenencia un tanto primario a los postulados anarquistas por su experiencia y contacto con otros obreros en las minas de Fabero y, quizá también, por la influencia de su primo Amadeo Ramón Valledor, militante anarquista al igual que su padre y hermanos. Las zonas con atraso endémico y economías deprimidas suelen ser un buen caldo de cultivo para la proliferación anarquista. El valle de Fornela, del que era natural el Santeiro, entra en la categoría descrita y es, por tanto, normal que durante los años previos a la guerra, una religión más moderna redimiera del catolicismo —superponiéndose sin estridencias— a los campesinos, arrieros y trabajadores.

Precisamente por lo apuntado no es extraño encontrar al Santeiro, en la bibliografía que existe sobre él, calificado como bandido o bandolero. Incluso el historiador que probablemente mejor conoce la guerrilla leonesa, Secundino Serrano, no las tiene todas consigo a la hora de tipificarlo y para ello recurre a lo que Eric Hobsbawn definió como expropiador social, “que podría llamarse cuasi bandidismo, es decir, a los revolucionarios que no pertenecen directamente al mando originario de Robin de los bosques pero que, de una manera u otra, adoptan sus métodos y quizás incluso su mito”.2

A pesar de lo difícil que resulta separar taxativamente guerrilleros de bandidos y demás ralea desde un punto de vista metodológico, damos por buena para el Santeiro la definición de Hobsbawn, porque aunque participó en algunas acciones de signo esencialmente político, se mantuvo siempre al margen de la Federación de guerrillas León-Galicia y caben pocas dudas de que era un hombre de acción cuyo modo de expresión era la violencia —algo que muestran muy bien los golpes perpetrados para la supervivencia y con poco o ningún fundamento político— expresada a partir de una visión de la sociedad de orígenes religiosos y dividida por tanto de forma maniquea entre buenos y malos, entre los que están conmigo y los que están contra mí. Como también señala Secundino Serrano —de nuevo siguiendo a Hobsbawn— “los expropiadores sociales terminarán siendo sujetos de leyenda, pero las leyendas nunca han producido revoluciones. Esa sería la línea política del Santeiro, como la de Facerías o Sabaté”.3

Para comprobar que Santeiro sigue siendo un guerrillero legendario, solamente hace falta visitar el valle de Fornela y hacer algunas preguntas. En esa tierra siguen hoy hablando de su paisano como de un semidiós que vivió tiempos aciagos y murió como un héroe. Y todos sabemos que las hazañas de los héroes, por sí solas, si no sirven a causas más elevadas, son inútiles. Sin embargo, al menos en alguna ocasión, las hazañas de este hombre intentaron perturbar una dictadura impuesta. No sabemos si su vida fue más útil o menos que cualquier vida, pero está muy claro que fue más intensa e interesante que la mayoría.

Santeiro de viva voz

El verano de 2004 estaba bastante aburrido en Moncóu y decidí coger el coche y poner rumbo a Fornela. Había estado espigando algunos libros sobre la guerrilla antifranquista en busca de Serafín Fernández Ramón, el Santeiro, y me entró curiosidad por conocer Guímara —el pueblo en que había nacido— y el resto del valle donde transcurrió su vida.

No recuerdo quién me indicó que la ruta más rápida para llegar desde Rengos hasta Fornela era yendo por la Montaña de Ibias: “En la Campa de Tormaleo se coge­ un camino de tierra —de tránsito difícil para el coche— que te llevará hasta el otro lado de la montaña, por él puedes llegar hasta Guímara”, me dijeron. Así lo hice, comprobando en el trayecto que la Campa, aquella cima­ llana que estallaba de verde todo el año y donde los de Tormaleo celebraban sus fiestas, ya no existía. El temido “empresario” Victorino Alonso la había sustituido por una mina a cielo abierto.

Subí y bajé, volví a subir y volví a bajar bamboleándome en el coche por el camino que discurría como un reguero seco entre brezos y piornos, hasta divisar, entre prados y tierras de labor, robles, abedules y castaños, Guímara.

Llego algo asustado debido a los prejuicios vertidos en mis oídos por mis paisanos cangueses acerca de los fornelos, pero entro en el bar de Sebastián y enseguida el tabernero y dos o tres parroquianos me hacen sentir en casa­. No serán ni las diez de la mañana. Me pongo a hablar del Santeiro y las caras de quienes escuchan salen rápidamente de ese amodorramiento que trataban de espantar con café. Hago algunas preguntas que solo pueden contestar vagamente y entonces Nicomedes Cerecedo Martínez se presta encantado para acompañarme a casa de quien sí podrá responder. “¿Cómo no voy a acompañarte después de lo que los falangistas le hicieron a mi padre? Y todavía tienen la cara de llamarles a estos otros del monte bandidos. Los jóvenes como tú sois los que tenéis que contar la verdad”. Salimos del bar y dando un breve paseo por el pueblo llegamos a casa de Manuel Martínez de Gabela.

Martínez de Gabela es un hombre enjuto, con la cara afilada y la espalda corva por el peso de los años. Según me cuentan sus hijos, la cabeza ya no siempre le responde y está bastante duro de oído. Nos gritamos durante un rato y me doy cuenta de que su conversación no es demasiado coherente. Aun así, saco en claro que nació en 1910 y que estuvo con Santeiro más de un año en el frente de Asturias. Según me cuenta, antes de la guerra Santeiro trabajaba en las minas de Fabero y estaba afiliado a la CNT. Luchó hasta la caída de Asturias como cabo de ametralladoras, actividad en la que era asistido por Manuel Martínez de Gabela. Luego Manuel intentó huir y fue apresado en el mar y llevado a algún campo de concentración, mientras Serafín volvía a Fornela.

Salgo con Nicomedes de casa de Martínez de Gabela y le pregunto por el lugar donde nació Santeiro. No está­ muy seguro porque la casa como tal ya no existe y lo consulta con Fabián Martínez, quien nos acompaña hasta allí y por el camino nos va contando que antiguamente la casa era un corralón con varias viviendas que pertenecían a los padres de Santeiro, pero que ahora los herederos la habían dividido y reformado. Les pregunto si queda por allí algún pariente del guerrillero y me contestan que sí, que precisamente Manuel, el mayor de sus sobrinos, vive justo frente a la casa que fue de sus abuelos. También me dicen que es bastante probable que ande por allí.

La casa que me indican como de Felipe y Ulpiana, padres de Santeiro, pertenece actualmente a una sobrina-nieta­ del guerrillero. Le pido permiso para hacer algunas fotos y me lo concede. Atareada, dice no saber nada de lo que le pregunto y me envía a hablar con su tío Manuel, que vive justo enfrente. Llamo a la puerta que se me indica y a recibirme sale un hombre más bien bajo, pero bien formado. Andará con los setenta y tiene el pelo blanco, pero hay en su manera de moverse y de vestir un aire juvenil. La madre de Manuel García Fernández era hermana de Santeiro. Manuel es amable en sus maneras y utiliza en sus respuestas un laconismo muy despierto. Le comento que, a pesar de haberlas buscado, no he encontrado ninguna fotografía de su tío. Es un detalle que me parece curioso, porque raro es el guerrillero sin foto, hasta del escurridizo Manuel Girón Bazán existe una en la que se le ve muy difuminado entre un grupo amplio. De Amadeo Ramón Valledor, sin ir más lejos, existen bastantes publicadas, pero no conozco ninguna de Serafín. Asiente y me dice que no puede ayudarme porque ni él ni su familia tienen tampoco ninguna. La única foto que posee y me puede interesar, me dice, es la del doctor Lodario Gavela Yáñez, que se ocupaba de curar a muchos guerrilleros de la zona, en particular a su tío, enfermo de tisis.

Le pregunto si Serafín estuvo casado alguna vez y me confirma que siempre fue soltero, pero que, que se sepa, tuvo una hija con una mujer de Chano. La hija todavía vive en este pueblo, muy cerca de Guímara por la carretera que va a Fabero. Estoy a punto de decirle que yo conozco a otra hija suya, pero finalmente me vence el pudor y me callo.

A medida que charlamos se va soltando y me cuenta la última vez que vio a su tío con vida. Fue hacia octubre de 1947, unos dos meses antes de su muerte. La madre de Manuel estaba a la hoja y su hermano la ayudaba. Manuel, que tendría 12 o 13 años, vigilaba desde un alto por si venían los guardias. Cuando acabaron, cuenta Manuel emocionado, “me mandó ir a buscar unas cervezas. Las bebimos juntos, en silencio. No lo volví a ver”.

De Manuel García Fernández también saco una versión de segunda mano de la muerte de Santeiro. A él se la contó una mujer de El Otero: “Según me dijo ella, uno de la casa Iglesias de Fresnedelo lo había matado con un pico y luego lo llevaron al reguero donde lo encontraron sobre un tronco de castaño”.

Salí de Guímara satisfecho y agradecido, crucé el puente sobre el Cué y me adentré en ese pequeño país que es el valle de Fornela, tan igual y tan distinto a los de Ibias y Cangas. El valle de Fornela lo componen siete aldeas —Guímara, Chano, Trascastro, Faro, Peranzanes, Cariseda y Fresnedelo— de piedra y pizarra, endurecidas por las miserias económicas y madres de comerciantes ambulantes y arrieros. Son aldeas de una hermosura recia y austera que deja imborrable huella en el viajero. El ayuntamiento está en Peranzanes —que tendrá poco más o menos cincuenta habitantes— donde comí muy bien antes de seguir camino. Quería ir hasta Fontoria, saliendo de Fornela hacia el municipio de La Vega de Espinareda —muy cerca de los Ancares— porque allí tuvo lugar el tiroteo entre los guerrilleros y la Guardia Civil en el que muchos autores —entre ellos Hartmut Heine, Carlos Santullano y José Manuel Pérez, Francisco Aguado Sánchez o Eduardo Pons Prades— aseguran que murió Santeiro. En Fornela todo el mundo sabe que la historia no fue así, que, en realidad, el guerrillero salió ileso de aquel tiroteo y murió muy poco después en Fresnedelo.

En Fontoria pregunté por la casa en la que había tenido lugar el tiroteo y me indicaron —con algún que otro reparo y precaución— que era la última del pueblo hacia el monte, lo que tiene todo el sentido del mundo, pues los guerrilleros procuraban refugiarse en las casas de los enlaces que estuvieran a la entrada o salida de las aldeas para favorecer la escapada en caso de cerco.

Anita me recibe con miedo. Es curioso que haya pasado más de medio siglo desde los hechos —1947— y todavía la gente siga teniendo miedo a hablar de aquello. La represión brutal, indiscriminada y sin paliativos produce miedo, ese miedo humillante que uno no se puede sacar jamás del cuerpo porque vuelve siempre, cada vez que se recuerda el hecho que lo produjo. Anita sabe algo acerca de ese miedo porque lo vivió en sus carnes y es testigo de que el régimen de Franco se empleaba a fondo para que la gente confesara, aunque fueran delirios. Anita está con su marido escogiendo alubias a la puerta de su casa y cuando le pregunto por lo del Santeiro, al principio se asusta tanto que le tiembla la voz.

—Mire, yo no sé nada de eso. Aquí nunca pasó nada de lo que dice. ¿Es usted guardia civil? Esos delincuentes nunca estuvieron aquí. Daría algo por saber quién le dijo a usted que era esta la casa.

Le explico que no, que no soy guardia, y que lo único que quiero es escribir algo. Me posiciono moralmente a favor de los guerrilleros y entonces comienza a relajarse. La voz se le serena un poco, el rostro pierde rigidez y me veo ante una señora de edad muy avanzada, a la que la vida le ha dado muchos golpes, pero ha sabido aguantarlos en pie. Todavía no las tiene todas consigo y, aunque empieza a reconocer que algo sabe, como es loba vieja toma sus precauciones.

—Yo apenas puedo contar nada porque ese día estaba a las castañas en casa de mis suegros, en Bustarga, cuando vino a detenerme la Guardia Civil. Me llevaron a Fabero y allí me encontré con un médico que era conocido de la familia y me dijo: “Lo que declares ahora sostenlo pase lo que pase. No te muevas de esa declaración porque te fusilan. Da igual que te digan que te van a matar o hacerte esto o lo otro, tú no cedas, mantente en el que no sabes nada y que ya pueden hacer contigo lo que quieran”.

Seguimos charlando y a medida que lo hacemos se establece una conexión amical entre nosotros. En unos pocos minutos tengo la sensación de que conozco a Anita de toda la vida. Y al fin acaba por admitir que sí, que el tiroteo tuvo lugar en su casa.

—Durante la refriega, a mi marido de entonces le dieron un tiro en sus partes, pero en sangre caliente pudo llegar hasta la boca de la mina de aquí al lado. Lo detuvieron y se curó, después estuvo en la cárcel y no lo volví­ a ver hasta que arreglamos los papeles del divorcio. Yo no estaba implicada ni tenía nada que ver con aquella gente. Él llegaba muchas veces tarde a casa, supongo que porque andaría de enlace. Sé que después se casó y vivía en Villablino, y ya hace unos años que falleció. Yo también me casé y tuve una hija. Y sigo viviendo aquí, en la casa de la que salió el Santeiro empujando a un teniente por las escaleras y lanzando bombas de humo, al mismo tiempo que trepaba monte arriba y seguía disparando hacia atrás.

Decidido a visitar los espacios más representativos de la vida y la muerte de Serafín Fernández Ramón, resolví ir hasta Fresnedelo. Medio perdido en Fontoria, pregunté cómo llegar hasta allí y me indicaron que debía deshacer el camino, volver desde Fabero hacia Fornela y en San Pedro de Paradela coger una pista a la izquierda que me subiría hasta Fresnedelo.

El pueblo se deja ver desde mucho antes de llegar. Serían las siete de la tarde cuando paré el coche en una pequeña plazoleta a la que daban forma dos o tres casas. A la puerta de una de las casas había varias personas charlando.

Pregunto si alguien puede indicarme el lugar donde encontraron muerto al Santeiro y Gerardo Martínez Ramón se ofrece para llevarme hasta allí.

—¿Así que eres asturiano? Pues yo tuve mucha relación con asturianos porque estaba afiliado a Comisiones Obreras y la gente de allí siempre nos apoyó mucho durante las huelgas. Yo conocía a Gerardín, estuvimos en más de una comida juntos.

Mientras salimos del pueblo por un camino que nos conduce hacia unos prados le aclaro que soy asturiano pero de allí al lado, de Cangas del Narcea.

—Ah, ya, ya… Pues a Santeiro, el que lo encontró fue un tío mío. Siempre decía que César Terrón y Santeiro eran los tíos más valientes de todo por aquí, y que le había­ dado mucha pena encontrarlo en el reguero, recostado y con los sesos desparramados sobre aquel tronco de castaño.

Le pregunto si se suicidó o pudo matarlo alguien.

—No lo sé, pero no creo que lo matara nadie. Él estaba enfermo. Cuando llegó desde Fontoria tenía que estar­ exhausto. Aquí en Fresnedelo tenía amigos, dicen que se alojó en esa casa del final del pueblo. Así que lo único que pudo haber pasado es que se muriera en la casa y que los dueños, para no tener problemas, lo trajeran hasta­ aquí y, estando ya muerto, le dispararan con su propia pistola. Aunque tampoco creo, porque dicen, y aquí en el pueblo hay gente que aún se acuerda, que el día que encontraron a Santeiro muerto había nevado mucho y que cuando llegó la Guardia Civil estuvieron comprobando las huellas y concluyeron que el rastro era de una persona y solo de ida. La verdad es que ahora, pensándolo, también tendrían que estar las de mi tío, ¿no? Bueno, a lo mejor eso ya lo tuvieron ellos en cuenta. El caso es que también se cuenta que vinieron un teniente y un sargento y que el sargento, al ver muerto al Santeiro, se tiró encima de él y le mordió una oreja. Entonces el teniente lo reprendió diciéndole: “Se lo haces porque está muerto, si estuviera vivo no te acercabas”.

Habremos caminado como quince minutos y por fin llegamos a un diminuto puente de hormigón, de creación muy reciente, que cruza el reguero. Lo cruzamos y nos adentramos en un prado, lo atravesamos en dirección a un soto de castaños y una vez en él Gerardo me señala, entre helechos, piedras y hojas secas, un tronco semienterrado.

—Aquí es donde encontraron a Santeiro.

Santeiro en los libros

Serafín Fernández Ramón nació en Guímara en 1915, era hijo de Felipe y Ulpiana. Su padre se ganaba la vida como santeiro, llevando la Virgen de Trascastro de pueblo en pueblo y de casa en casa, tanto por el valle de Fornela —provincia de León— como por la lindante comarca de Ibias —Asturias—. La dominación eclesiástica de Fornela duró muchos siglos, desde la Edad Media estas tierras fueron administradas y gobernadas por la Iglesia, primero por el obispado de Astorga y después por el monasterio de San Andrés —Vega de Espinareda—, hasta la desamortización de Mendizábal, en 1835. No debe extrañar, por tanto, la veneración de vírgenes, la adoración e imaginería religiosa en esta parte del mundo.

El joven Serafín acompañaba a su padre en las salidas con la Virgen y pronto comienza a trabajar en las minas. Según nos dice José Antonio Landera, Santeiro “tomó parte en los sucesos revolucionarios anarquistas del año 1933 en Fabero, donde se declaró el comunismo libertario y los mineros quemaron el Registro Civil y tomaron el cuartel de la Guardia Civil de Vega de Espinareda, llegando incluso a Ponferrada, donde la revuelta fue sofocada por el Ejército”.

Antes de la guerra, un día Felipe Fernández no regresó de una de las excursiones con la Virgen, aunque sí lo hizo su caballo. Parece que un molinero de Ibias lo había asesinado para robarle y después lo arrojó por un puente.

Durante la guerra Serafín, como tantos otros bercianos que luego fueron compañeros de monte, con la provincia de León en manos nacionales, se encamina hacia Asturias para combatir con el ejército de la República hasta la caída­ del frente del Norte. Derrotado, vuelve a su tierra como desertor —parece que el ejército franquista lo había llamado a quintas5— y decide entonces vengar la muerte de su padre deshaciéndose del molinero.

A partir de este momento, como nos indica Secundino Serrano6, es difícil reconstruir la trayectoria del que ya se conocía como Santeiro o hijo del santeiro. Santullano y Pérez sostienen que durante estos años anduvo en compañía de otros desertores del ejército franquista como Xope, natural de Pola de Allande y también muy conocido en Ibias al haber trabajado con un carpintero de Lagüeiro, o Luis, otro desertor natural de Lagüeiro, así como con la Rubia de la Sierra, pareja de Xope.

La composición de este grupo se basaba en un elemento común: huir del Ejército, rebelarse contra una estructura —sin juzgar su carácter concreto— que les apartaba de su mundo (…) Santeiro, Xope y Luis huyen del franquismo, no se enfrentan a él. Repudian el control y las imposiciones de unas instituciones ajenas a ellos que siempre habían tenido como limitaciones en sus actos las marcadas por su tierra, su gente y sus costumbres. Su organización, por tanto, no es ofensiva, férrea, disciplinada, sino más bien apta para cumplir los escasos cometidos de una actividad basada en la supervivencia: conseguir alimentos, ropas, dinero y refugio fundamentalmente. No hay, por tanto, estructura organizada. La conexión del grupo la mantiene la imagen del Santeiro, basada además en la necesidad de subsistir. Se mantienen unidos en torno al jefe, y una vez que este es muerto, el grupo languidece hasta desaparecer. Las relaciones entre ellos no hacen más que transmitir el tipo de relaciones sociales que conocen y a las que están habituados; al igual que el meirazo ostenta el poder local en la aldea, y es al que se recurre para solucionar los problemas entre los habitantes de la comunidad, así el Santeiro no solo es el jefe que ordena y manda, sino el que resuelve las necesidades y dificultades del grupo. Ambos ostentan el poder y, en ocasiones, también hacen­ de hombres buenos y justos7.

En términos generales se puede admitir que no hay muchas diferencias entre el significado de expropiador social que hemos aceptado y el que se desprende de las palabras de estos autores que denominan a Santeiro y su grupo como bandidos. Sin embargo, Santeiro estará en más de una ocasión en contacto con la Federación de guerrillas León-Galicia y llevará a cabo más de una acción de signo esencialmente político. Además, a juzgar por el testimonio de Martínez de Gabela y lo que escribe José Antonio Landa, hay dudas razonables sobre la afirmación de que el elemento común del grupo era “huir del Ejército”, al menos en lo que se refiere a Santeiro esto no sería así, pues era ex combatiente del Ejército Popular de la República. Es justo, también, matizar la comparación con el meirazo, afortunada solo en parte, pues meirazo hay uno en cada casa —suele ser el hijo mayor— y no uno en cada aldea —aunque sí hay muchas aldeas que dan ese nombre a alguna casa.

Es casi un lugar común en la primera historiografía sobre las guerrillas decir que Santeiro “no se andaba con chiquitas”. Desde los historiadores más afines al régimen de Franco, que imponen la fórmula y le atribuyen más asesinatos de los que pudo cometer, como el teniente coronel de la Guardia Civil Francisco Aguado Sánchez8, hasta militantes de la izquierda libertaria como Eduardo Pons Prades9, se mantiene esta afirmación, y quizá no esté del todo desencaminada, pero parece bastante indu­dable que se le atribuyen más méritos de los que atesoró. A este respecto es esclarecedora la anécdota que cuentan Santullano y Pérez10 sobre un zapatero cojo de Pola de Allande que se dedicaba a perpetrar atracos en nombre del Santeiro. Como a río revuelto todo son truchas, hubo muchos casos parecidos a los del zapatero, y es bastante más que probable que muchas de las muertes que se le atribuyen a Santeiro no fueran obra suya. Sí son ciertos los atracos a coches de línea y la toma de aldeas —dos tipos de acciones, nuevamente, esencialmente políticas—. Durante esta época de andanzas con Xoque y Luis, los autores coinciden en que el 22 de marzo de 1942, cruzan unos troncos en la carretera que une San Antolín de Ibias con Cangas del Narcea por el puerto del Counio y asaltan una camioneta en la que viajan treinta personas, un guardia civil y tres soldados. En lo que ya no se muestran tan de acuerdo es en el número de heridos y muertos. Mientras Hartmut Heine11 y Secundino Serrano afirman que mueren el guardia civil y los tres soldados, Santullano y Pérez dicen que mueren estos cuatro y hay además pasajeros heridos —entre ellos Avelino Arango, alcalde de San Antolín— y, por último, Aguado Sánchez mantiene que mueren los cuatro, más algunos viajeros y hay heridos.

El 23 de octubre del mismo año la partida de Santeiro toma la aldea de Folgoso de Caurel (Lugo), donde asesinan al párroco de la localidad, Benigno García Méndez. En los años siguientes se le atribuyen también los asesinatos del meirazo de Folgueras de Boiro y su mujer y del de Dou y su hijo (ambas aldeas en el término municipal de Ibias).

Las incorporaciones y salidas en la partida de Santeiro debieron ser constantes. Aunque en principio lo acompañaran Xoque y Luis, pronto llegaron más hombres, sobre todo a partir de las muertes de César Terrón —en julio de 1940— y de El Maestro —febrero de 1941—, quienes controlaban la parte de Fabero. Los supervivientes de la cuadrilla de estos —formada también por ex combatientes en el frente asturiano— Antonio Vega Guerrero, Rizoso, y Joaquín Lage Fernández, El Xoqui, se incorporan a la de Santeiro.

Otra acción importante de la partida es la espectacular liberación de varios presos de las minas Moro, S. A., de Fabero —donde redimían penas por trabajo— la noche del 25 al 26 de diciembre de 1942. Entre los liberados estaría Amadeo Ramón Valledor12, que se incorporaría a la partida de su primo Santeiro. Además de los citados, Hartmut Heine13 dice que formaban parte de esta partida Manuel Bermúdez Fernández, el Asturiano, Félix Yáñez González, el Vasco o Comunista, Arturo Martínez, Arturín, Antonio Martínez Lage y Jovino Lage Canóniga.

Ya hemos adelantado que casi todos los autores —salvo Secundino Serrano— sostienen que Santeiro murió en el tiroteo de Fontoria. Los hechos, sin embargo, fueron más o menos como sigue: durante el año 1946 y principios de 1947 la partida se mantiene inactiva. En julio de 1947 el Santeiro y Amadeo se unen a dos guerrilleros de la Federación, César Ríos y Edelmiro Alonso —con sus respectivas compañeras, Antonia Rodríguez y Adoración Campo— para intentar huir a Francia. Para el día 27 de ese mes se encuentran en Pobladura —cerca de Ponferrada— en casa de un enlace cuando los alertan de la presencia de la Guardia Civil en el pueblo. El grupo sale en dirección a Paradiña, pero los guardias les dan el alto y se establece un tiroteo en el que son heridos tres guerrilleros. A pesar de todo consiguen huir y dispersarse.

Santeiro vuelve a su zona natural, la parte más septentrional de León y la frontera con Asturias. A finales de noviembre de 1947 en Taladrid (Ibias) entra en casa de la joven Concepción Pérez Cadena. Está toda la familia y encuentra resistencia por lo que sale llevándose a la muchacha. La familia no ceja en el empeño de recuperarla, hay un intercambio de disparos —algunos dicen que el padre de la joven tenía hasta bombas de mano— que tienen como fatal consecuencia la muerte de la chica. A partir de este momento le siguen la pista y el 5 de diciembre es descubierto en Fontoria, en casa de un enlace, de donde logra huir con tres compañeros —puede que entre ellos Amadeo— siendo herido en los testículos el enlace.

Desde este momento, y dado que su versión coincide casi punto por punto con la de las personas con las que hablé en Fornela, seguiremos lo expuesto en su libro sobre la guerrilla leonesa por Secundino Serrano14.

En esa casa [la de Fresnedelo, aldea que nombra erróneamente como Penedelo] tal vez fue donde tomó una decisión drástica: suicidarse (…) Una cosa es cierta: no fue muerto por la fuerza pública, y existe, como después con el caso de Girón, una prueba sólida —por si no fueran suficientes los múltiples testimonios de los habitantes del valle de Fornela y zona de Fabero—: en la Relación de los servicios más destacados de bandolerismo realizados por la Fuerza del Cuerpo, con las correspondientes recompensas, no aparece mención alguna de la muerte de Santeiro. Conociendo la condición de pieza favorita de las autoridades policiales, resulta extraño que no se recompensara al autor de su muerte.

Después de salir de la casa de Fontoria, Serafín Fernández Ramón, el Santeiro, se encontraba atrapado, más que por el cerco policial, por una razón que únicamente hemos mencionado hasta ahora de pasada: el 24 de septiembre de ese mismo año 1947 había sido asesinado el doctor Lodario Gabela Yáñez15, médico del valle de Fornela, amigo y protector de guerrilleros, especialmente de Santeiro, quien estaba enfermo de tuberculosis y era asistido periódicamente por él.

Fracasado su intento de huida a Francia, enfermo, abatido y desmoralizado, Santeiro siguió siendo un rebelde con causa hasta el final y prefirió quitarse la vida a que se la quitaran los defensores de un régimen contra el que llevaba luchando desde su implantación. El 6 de diciembre de 1947 apareció a unos cientos de metros de Fresnedelo, en el lugar que me enseñó Gerardo Martínez Ramón, muy cerca de un reguero, en posición sedente, apoyada la espalda contra el tronco caído de un castaño. Sus sesos estaban desparramados por el árbol y la nieve y la pistola al alcance de la mano.

Cuando encontraron el cadáver, un somatenista le disparó varios tiros. Había muerto ligero de equipaje, como el Robin de los Bosques que había sido: llevaba una chaqueta azul, un pantalón de pana y una boina. También tenía puestas unas hermosas botas negras que están grabadas en el recuerdo colectivo de las gentes de Fornela porque después las paseó un falangista de la comarca. Las auto­ridades no dejaron enterrarlo dentro del recinto sagrado del cementerio de La Vega de Espinareda16. Mucha gente fue a ver muerto al Santeiro, y algunos todavía recuerdan el escarnio infligido al cadáver, al que arrastraron con los pantalones caídos y dejaron tan mal enterrado que sobresalía un brazo —o quizá una pierna—. Supongo que mi abuela estaría entre el numeroso público que acudió a su entierro, y seguramente lloraba.


5 Respuestas to “Serafín Fernández Ramón, el santeiro”

  1. chema gómez pontón:

    Soy Chema Gómez Pontón y ante todo le quiero felicitar por lo escrito sobre el Santeiro. Los días 5 y 6 de agosto del presente participo en una jornadas en Fornela sobre la guerra y en concreto voy a hablar sobre Serafín. Estoy inmerso en la confección de un libro. He accedido a varios expedientes que se abrieron sobre el santeiro. Como veo que esta interesado en el tema no tendría inconveniente en enviarselos si es que no los tiene ya así como de intercambiar pareceres e información al respecto. En dichas jornadas también se hablará sobre Lodario, el médico. Mi correo es hipatia25@hotmail.com, ahí puede si lo desea ponerse en contacto conmigo. Gracias, enhorabuena por su reportaje y un saludo

  2. javier:

    Enhorabuena por su articulo.Creo que es un tema sobre el que hay que indagar mas profundamente.
    He leido recientemente la memorias de Benjamin Rubio, enlace del Santeiro y Xope (por Bustarga le llamaban El Boiro) y arrojan informacines esclarecedoras, pero….todavia existen muchos detalles sin aclarar.
    Por ejemplo, ¿que fue de la Rubia da Serra que desaparece misteriosamente de Laciana?.
    He conocido a dos G.Civiles que en su juventud estuvieron en las acciones contra el Santeiro, ya fallecidos. Contaban historias a veces irreales.
    Enfin animo y a seguir indagando.
    Saludos

  3. Primitivo Martínez Fernández:

    Serafín, encuentro justificada y valiosa tu información sobre el mito Santeiro. Desciendo de Faro (Fornela) y desde mi infancia oí los relatos que tú cuentas, como los del médico D. Lodario, y son coincidentes con los tuyos. También a mí ambos personajes me llaman poderosamente la atención y considero muy importante que sobre ellos se escriba para que aquella triste, por trágica, historia jamás se repita.
    Si me permites, te recomiendo un libro fornelo que está gratis in internet, desde hace muy pocos días: Efemérides y semblanzas fariegas, http://boriken.info/primitivo/semblanzas. Un abrazo, Primitivo Martínez Fernández.

  4. Primitivo Martínez Fernández:

    Alfonso López Alfonso, perdona que haya trocado tu nombre por Serafín.
    Lapsus, no linguae, sí dactilográfico; lo siento, de veras; pero el mensaje de arriba es para tí, Alfonso. ¿El subconsciente?, podría ser . Un abrazo,
    Primitivo.

  5. Tarsicio Carballo:

    Me encanta todo o que escribes, porque el domingo pasado estuve con Ernesto en Fresnedelo. Pero hay algo que me molesta mucho, que lso maquis,como el Santeiro, eran de León. El Santairo, Giron, el Chiapas y otro muchos maquis, era de la reigón de El Bierzo, enla únic parte de España donde estuvo organizada la lucha antifranquista, y que no tinen nada que ver con León.
    Un saludo cordial.

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