Autor: 22 enero 2006

José Ignacio Foronda

Puede que dentro de unos cuantos años, cuando tengan hijos los hijos de mis hijos, no quede ningún pájaro en cielo y la Tierra sea un planeta aornos. Puede que entonces sólo crucen el aire sofisticadas máquinas, o que sólo puedan volar las personas que tengan las alas de la imaginación o que alcancen la levedad del sueño. Para ese tiempo sin plumas, para ese planeta sin pájaros, para ti, lector, que te aventuras por el cielo de papel de la literatura, escribo estas páginas con pájaros que vi volar o que otros escribieron. Y para esas personas que no conoceré pero que llevarán en algún eslabón de su código genético mi apellido, preparo este testamento, cofre de papel, tesoro de baratijas en el que nada se mueve si no es la sombra de un deseo: el vuelo.

Aquí dejo las cinco plumas de pavo real, con sus iris verde esmeralda y la pupila negra, que encontré una mañana en el Parque del Carmen, junto con otras tantas plumas, llenas de lunares irregulares, de gallina de Guinea que traje del Parque Kruger, y junto a una rémige de picaraza, aún tornasolada pero ya sin memoria del lugar de su caída. Aquí meto también una reproducción del Ala de carraca de Durero, otra de El jilguero, el trampantojo que pintó Carel Fabritius, y otra de La malviz muerta que dibujó con su lápiz mágico Rosa Castellot y guarda todo el aliento de la muerte. Como testimonio de un tiempo en que los pájaros estaban en todas partes, también pongo en esta caja unas monedas que volando de mano en mano, a pesar de su peso, a pesar de su valor, llegaron hasta mis manos: como esta chaucha de 10 céntimos de los antiguos escudos chilenos en la que bate sus alas un cóndor, o estos 20 céntimos de corona eslovena donde parece esconderse en el vacío de su anverso un tímido mochuelo, o la pequeña moneda de 10 escudos de Cabo Verde donde el martín pescador da la cara luciendo la espada de su pico. Y junto a ellas estos sellos que el otro domingo compré en los puestos helados de la plaza del Mercado: ocho estampillas de Guinea Ecuatorial con patos que se llaman en inglés; una de Omán, con un cernícalo demasiado sonrosado; otra enorme, con un pelícano de la Posta Romana matado en el pico; y una oropéndola exquisita, una abubilla fanfarrona y un arrendajo delator que alguna vez volaron pegados a sus sobres por la fría Polonia. Y para calentar los cuarteles de invierno de estos pájaros peregrinos, dejo el aliento de unas palabras, palabras encadenadas en refranes en los que una vez volaron pájaros, refranes que todavía nos regalan con un sencillo pensamiento la complejidad de la sabiduría popular: “No puede ser más negro el cuervo que sus plumas”; “Cantó el pardal, cantó para su mal”; “Palabras y plumas, el viento las tumba”. Y para que el viento no se lleve estas palabras las dejo escritas aquí, para propios y extraños (para propios extraños), como homenaje a unas criaturas que alegraron mis días, huellas de un destino que se pierde en las nubes, testimonio de alguien que quiso volar y tuvo que conformarse con escribir.

Aornos

Leyendo ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? encuentro este párrafo: “Primero habían muerto —era extraño— los búhos. Eso había­ parecido entonces casi divertido: esas aves gruesas, plumosas, blancas, caídas en los parques y las calles… Como no aparecían antes del crepúsculo, y así había ocurrido cuando vivían, los búhos pasaron inadvertidos. […] Y después de los búhos, por supuesto, todas las demás aves; pero para ese momento el misterio ya había sido comprendido”. La novela de Philip K. Dick, en la que se basa la película Blade Runner, plantea su ficción en la ciudad de San Francisco después de la Guerra Mundial Terminal. Pero esa ciudad aornos, es decir sin pájaros (o más propiamente, sin aves) no es la primera, ni mucho menos, de la literatura. Y a mí, ya el simple hecho de que exista una palabra como aornos, oscura, compleja, desnuda, para nombrar un lugar así, un lugar sin pájaros, ya me parece escalofriante.

El primer lugar sin pájaros de la literatura lo encuentro en la Eneida, de Virgilio. Así, en el Libro VI, vv. 237-242 se lee: “Había una profunda caverna imponente por su vasta boca, / riscosa, protegida por un lago negro y las tinieblas de los bosques; / sobre ella ninguna criatura voladora podía impunemente / tender el vuelo con sus alas, tal era el hálito / que de su boca negra dejaba escapar a la bóveda del cielo. / [Por eso los griegos llamaron a este lugar Aorno]”. Y qué parecidos suenan aorno, que no figura en el diccionario de la Academia, y averno, que sí figura, primero como “lugar de castigo eterno” y después como “lugar que habitan los espíritus de los muertos”.

Pero la literatura, por lo menos hasta donde yo he alcanzado a leer, nos ofrece otro lugar sin pájaros, un sitio fuera del tiempo, habitado por los espíritus de los muertos de la última batalla de la Segunda Edad. “A ambos lados y al frente de los viajeros se extendían grandes ciénagas y marismas […] Unas brumas y vahos brotaban en volutas de los pantanos oscuros y fétidos. Un hedor sofocante colgaba en el aire inmóvil. […] —¡Ni un solo pájaro! —dijo Sam con tristeza. —¡No, nada de pájaros! —dijo Gollum—. Nada de pájaros aquí. Hay serpientes, gusanos, cosas de las ciénagas. Muchas cosas, montones de cosas inmundas. Nada de pájaros —concluyó tristemente”. Ese lugar es la ciénaga de los Muertos, frente a la Puerta Negra de Mordor. Otro de los grandes infiernos de la literatura, obra de J. R. R. Tolkien.

Leo en el periódico que han muerto en Asia más de ciento cuarenta millones de aves. Hoy serán doscientos. Nunca he creído que la realidad superara a la ficción. Nunca, tampoco, lo que querido. Por eso tengo miedo de que la realidad cumpla con las verdades de la imaginación y que en un día no lejano mi ciudad, la Tierra, se convierta en un lugar aornos, un sitio sin pájaros, donde vivir sólo podrá ser, como en el averno, un castigo eterno.

Ruiseñores

Detente, caminante, y escucha el soliloquio del ruiseñor en la enramada. Detente que atardece y no hay razón para las prisas, ni tan siquiera huir. Siéntate, pues, y no te importe que la piedra no sea berroqueña: vale este mismo poyo de hormigón. Lo importante es que escuches la canción del ruiseñor humilde y que te dejes llevar por su soberbio trino.

Así que, amigo, si no tienes prisa, si nadie te persigue (ni tan siquiera el tiempo), si no te espera nadie, no abandones tu sitio y déjame poner letra a esa música, contarte la historieta que la mitología reserva al ruiseñor, el pájaro inmortal, el insomne, el melancólico.

Tereo, gobernador de los tracios, después de mediar en una disputa fronteriza en nombre de Pandión, rey de Atenas, se casa con la hija este, Procne. De tal ayuntamiento nace un niño: Itis. Pero al poco tiempo, Tereo se enamora de su cuñada Filomela, la seduce, la viola y después, para que no fuera a nadie con el cuento, le corta la lengua. Pero Filomela consigue contarle su historia a su hermana Procne bordándosela en una tela. Cuando Procne se entera de todo, perpetra con Filomela una cruel venganza: mata a Itis, lo guisa y manda que se lo sirvan a su esposo de almuerzo. Cuando Tereo, a quien un oráculo había advertido que su hijo moriría en manos de un familiar muy cercano, descubre que se está comiendo a su hijo, sale con el hacha en persecución de Procne y Filomela. Pronto les da alcance y cuando va a consumar su venganza, los dioses, siempre tan metetes, resuelven el drama convirtiendo a Tereo en abubilla (ave fétida, soldado fanfarrón), a Filomela en golondrina (en cuyo canto “alguien quiere contarnos, sin lengua, una historia”) y a Procne en ruiseñor (llorando día y noche, eternamente, la muerte de su hijo).

No te levantes todavía. Como sabes, amigo, todos los mitos buscan una explicación del universo y todos los poemas desentrañarlo. Y tal vez el ruiseñor sea, por la extraordinaria belleza de su canto, el animal en el que más poetas han querido cifrar tanto la eternidad como la esencia misma de la poesía (si es que ambas cosas no son la misma). Tal vez el primero de todos fuera Heráclito (el poeta, no el bañista) o tal vez Calímaco. Después el ruiseñor hizo placenteros los prados de Berceo, para luego volverse traidor en Fontefrida y después galán de todo el romancero. Y fue dolor en Garcilaso, ornamento en Herrera, flor en Quevedo y llanto en Góngora. Keats (que lo oyó “para todos, para siempre”) lo hizo inmortal. Para Juan Ramón, el ruiseñor es armonía; para Miguel Hernández, fe; para Enrique Lihn es insomnio; para Trapiello, arte y para la novia de Niall Binns, uno de esos pájaros que vuelan “como vuelan los hombres en sus sueños y cantan / como cantan los poetas”.

Pero ya callo, que ahora está cantando para ti. ¿Estás ahí?, ¿oyes al ruiseñor?, ¿percibes la hermosura de su pena? ¿Y no se cifra en sus notas la partitura de la melancolía? Como Procne, su canto es su consuelo. Y como pájaro, su canto es un camino que va a la eternidad, ese lugar sin tiempo que persiguen todos los caminantes.

El simurgh

De todos los pájaros que vuelan por el cielo de mi ciudad, el que menos simpatía me produce es el estornino. De todos los pájaros que vuelan por el cielo de la literatura, mi favorito es el simurgh. Al estornino es fácil verlo componiendo su canción en antenas y cables, o picoteando por el césped de los parques. El simurgh, según cuenta Borges, lo creó el poeta sufí Farid al-Din Attar, y significa “treinta pájaros”. Para Borges se trata de un pájaro “inextricable e imposible”. Pero en esto último se equivoca Borges, que tal vez sólo escuchó cantar al ruiseñor en la oda de Keats. Porque el simurgh existe, y vuela ahora por el cielo de Logroño: son las bandadas de estorninos pintos, que encuentran en las afueras sus cuarteles de invierno.

He visto volar al simurgh algunas tardes de invierno, cuando el sol se tumba en el horizonte. Lo he visto volar sobre los jardines perdidos del Seminario conciliar y encima de los espejos de las balsas de Viana y la Grajera, y estos días sobre los cipreses del cementerio. Habrá pocos espectáculos más hermosos en los cielos de enero: miles de estorninos volando juntos y, como si cada individuo obedeciera a una disciplina colectiva, componiendo formas que se retuercen en el aire con una lógica azarosa: un ovillo, un tornado, un cometa, un hongo atómico…

En todos esos momentos, los estorninos dan vida al simurgh. Y es una sensación excitante colocarse debajo de ese ser compuesto de otros seres que parece atender, como dice Lautréamont, “la voz de un solo jefe”. Pasar una tarde en el cementerio, mirando al cielo y no a las tumbas, debajo del simurgh, expuesto al aire de sus mil alas, a su reclamo coral y a su ametralladora de excrementos, es, además de una sensación inenarrable, una experiencia a la que les invito.

No es mi pájaro favorito el estornino, y creo que el simurgh no le gusta a muchos vecinos. Más que a hacer noche en los pacíficos cipreses del cementerio —donde duermen pinzones y currucas, gorriones y mosquiteros—, el simurgh parece que ha venido a cagarse en nuestros muertos. Y eso no hay cristiano que lo aguante.

El azor

Muchas tardes, una hora antes del ocaso, se le ve pasear junto al río. Es un hombre grande, todavía joven aunque medio calvo, lleva gafas y una barba bermeja mal recortada. Suele ir enfundado en lo que parece ropa de trabajo: unos vaqueros desgastados y con manchas de pintura y un polo que alguna vez tuvo un color. Unos cuantos metros por delante camina cansado un mastín del Pirineo. En su muñeca izquierda el hombre porta un soberbio azor.

Algunas tardes, cuando paseo por el soto con los críos y lo vemos, nos cruzamos en su camino para detenerle y contemplar el azor. El azorero se muestra distante, como si no quisiera entretenerse con niños ni padres, aunque no sé si lo hace porque el azor le ha transmitido algo de su altanería o porque, sabiendo lo que lleva sujeto por las pihuelas, tiene miedo de que el ave reaccione de una manera imprevista. El ataque del azor es fulminante, pero este pasea en la alcándara del brazo, sin su capuz, luciendo una mirada penetrante, feroz. El mastín, que siempre se nos acerca, es todo un ejemplo de mansedumbre y misterio, ya que nunca consigo saber si mueve la cola para mendigar una caricia o porque se alegra de que alguien hable con su dueño.

Sujeto al duro guante, a la lúa, por sus armadas garras amarillas (del mismo color que la maquinaria de obras públicas), ni el azor ni el hombre se fijan en nosotros. Los niños intentan que no se les aproxime demasiado el perro, pero yo no puedo apartar mis ojos del ave y me recreo en su pico oscuro con cera amarilla, en su discreta librea blanca y rayada, en el iris amarillo anaranjado: “Tiene una mirada brasa: queman, pues, sus ojos”, dice del azor Joaquín Araujo, mejor naturalista que poeta. Vistos desde la distancia a la que me obliga la escritura, los tres, perro, hombre y azor, componen una estampa contradictoria que siempre me produce tristeza.

Hace mucho tiempo que el azor anidó en los escarpes de mi memoria. Recuerdo la caja de cartón que un día Fausto abrió en la cocina de su casa. Al fondo aparecieron tres polluelos de azor, blancos, todavía con cañones, que no cesaban de gritar. Tuvimos que bajar a la carnicería de Mayayo a comprar chofle y darles algo de comer. Después, tras una hora de absoluta y rendida contemplación, hicimos nuestro más importante descubrimiento: los azores (y desde entonces sé que todas las aves) no evacuaban dentro del nido sino que lanzaban sus excrementos varios metros más allá de la caja, en este caso hasta el armario que servía de alacena. Al día siguiente los polluelos de azor desaparecieron.

El azor es un ave secreta y esquiva, que vive con discreción, escondida en los bosques. Apenas un par de veces he tenido ocasión de ver volar un azor por cielo de la poesía. Y eso que es el segundo pájaro de nuestra literatura, ya que aparece en el verso quinto del Poema de mío Cid: “Vio puertas abiertas e uços sin cañados, / alcándaras vacías, sin pielles e sin mantos / e sin falcones e sin adtores mudados”. Y de allí vuela, también para perderse, hasta un poema de Ángela Vallvey: “Se han desprendido / azores de río y cereales negros / del tejado de luz / que es la mañana”. Pero antes pasó, cómo no, por la Tierra en el cielo de Antonio Cabrera, quien, en el haiku que le dedica, sólo consigue herirlo: “Súbitamente / aparece lo oculto. / Belleza o rabia”.

Herido me deja a mí también el azor que pasean por el río cada vez que lo veo, pero no de belleza ni de rabia. Parece un afilado tirano en las manos de un hombre adusto. Tal vez sea la penitencia que este paga por tener tan feroz cazador, tan magnífica ave, todo el día en su mano.

Gorriones

El teléfono rompe, con sus dentelladas, la noche. La casa es un laberinto hasta que descuelgo el aparato y oigo tu voz: “¿Dormías? Vaya… Yo estoy comiendo un perrito caliente en la calle San Juan de Manhattan, cerca del Puente de Brooklyn. Sólo veía volar banderas norteamericanas, pero hace un minuto se ha posado un gorrión frente a mí… He pensado que igual estabas escribiendo… ¿Te he despertado?”. Pues sí, me has despertado, y has espantado mis sueños, pero tus palabras han atraído, como las migas de un mantel sacudido en mi memoria, a todos los gorriones que encontré leyendo. Y una de ellas me lleva a donde estás tú: ¿sabías que los gorriones llegaron a América del Norte en 1850, y desembarcaron allí, en el puerto de Brooklyn?

Pero mejor volemos. De todos los poemas con gorriones que he cazado, tal vez los que más huella me dejaron los han escrito autores americanos. Uno de ellos es obra del estadounidense William Carlos Williams, y en él se cuenta cómo los gorriones hicieron abandonar “bajo la lluvia de deyecciones” a todos lo humanos de un parque en El Paso. Pero no es en esta ni en otras anécdotas donde reside la grandeza del poema, sino en el hecho de que Williams ve en el gorrión más que un ser natural “una verdad poética”. Y ese gorrión lleva, en sus modestas plumas, la modernidad a la poesía norteamericana.

Una verdad poética, pero vestida de alegoría, es la que propone Pablo Neruda, el mayor de los poetas pajareros, en “Muerte y resurrección de los gorriones”, un poema con un inicio inolvidable: “Yo estaba en China / por aquellos días / cuando Mao Tse-tung, sin entusiasmo, / decretó el inmediato / fallecimiento de todos los gorriones”. Es más que seguro que este poema se haya vuelto, con el tiempo, contra el propio autor, porque no creo que una dictadura pueda simbolizarse con más fortuna. Ya otro chileno, Enrique Lihn, lo dejó claro: “alas de gorriones, símbolos del salvaje / orden libre”.

Han sido, sin embargo, dos poetas argentinos quienes me han dejado los mejores gorriones. Uno de ellos es Orlando Mario Punzi, quien en El gorrión y la luna habla de un “gorrión analfabeto”, de otro que juega a la rayuela con sus saltos, de uno más que toca “la guitarra sobre los alambrados”, y llega a crear un hermosos neologismo: gorrionear. El otro es Rafael Felipe Oteriño que en las últimas Jornadas de Poesía dejó volando en la Casa de los Periodistas estos versos: “Así lo vi yo, / dando saltos / como quien dice ‘gracias’, / acuerdo con el mundo, / conciliación. / No canta, / no se exilia, / no vuela de noche. / Vuela para llegar”.

Levanto la cabeza del cuaderno y miro a la ventana, esa misma ventana donde José Watanabe, Ida Vitale o Eugenio Montejo vieron llegar a sus gorriones americanos. Pero el cielo siempre esconde algo y en lo profundo descubro las luces de un avión. Ojalá fuera el tuyo, me digo. Y agacho la cabeza, la cubro con mis alas y, esperando tu regreso, me duermo.

Golondrinas

Fue Keats, ese poeta cuyo nombre fue escrito en el agua, el que con una oda hizo inmortal al ruiseñor. Fue Bécquer, ese poeta cuya efigie hicieron popular los billetes de cien pesetas, quien con una rima volvió fugaces y efímeras a las golondrinas. No sé si conocen aquella oda, pero estoy seguro de que recuerdan esa rima.

No deja de sorprenderme el poder que tiene la poesía para acuñar verdades que, aunque desciendan al “mundo real”, sólo encuentran en ella misma su razón. El ruiseñor y la golondrina, hermanos en el mito griego de Filomela y Progne, son tan inmortales como efímeras en estas tierras ya que ambas aves llegan y se van en parecidas fechas. ¿Es ruiseñor que en abril escucho en el parque del Ebro el mismo que cantaba cuando cruzaba el puente de Hierro camino de las piscinas de la Playa? ¿Es esta que roza con su pico el espejo del río la misma golondrina que se posaba en la cornisa del colegio Escuelas Pías los primeros días de septiembre, mientras formábamos, bien prietas, las filas? Keats me dice que sí, que es el mismo ruiseñor, el que nació para no morir: “la voz que oigo esta noche que ya pasa fue la misma que oyeron / desde el emperador al campesino en épocas remotas”. Bécquer me dice que no, que, aunque vuelvan las golondrinas que anidaron en nuestro balcón, “aquellas que aprendieron nuestros nombres… / Esas… ¡no volverán!”. Y son esas las que uno quiere que vuelvan.

Cualquiera que quiera perder un poco de tiempo puede observar dos diferencias entre ambos pájaros. La primera es que el ruiseñor canta y la golondrina, “la menos dulce y más quejosa —dijo Góngora— de las aves parleras”, trisa. La segunda es que el ruiseñor esconde su plumaje pardo en las sombras de un árbol y la golondrina exhibe su traje de licra o neopreno en acrobáticos vuelos.

Menos líricas y más cristianas (“gallinitas del Señor” las llamó Fancis Jammes), las golondrinas también han dejado su huella en la literatura. Así, los poetas han visto en ellas primavera y vuelo. Primavera encuentran Rafael Azcona, Claudio Rodríguez y Pablo Neruda, quien no deja sus plenos poderes poéticos para nombrarlas “tijeras del cielo” o “saetas del aroma”. En cuanto a su vuelo, José Gorostiza descubre caracteres ­hebreos, Thomas Hardy dice que dibujan “un ocho”, Sánchez Rosillo les da más cielo: “Viene y van, van y vienen, / más lo que en el cielo escriben / nadie lo entiende” y el gran Lugones no pierde la ocasión de demostrar su maestría: “O con sutil donaire / Su veleta dibuja / En la sublime aguja / Del castillo del aire”.

Efímeras o no, las golondrinas seguirán volando y algunos buscaremos en su caligrafía aérea­ la extraña felicidad que solemos cifrar en esa estación de paso que llaman primavera.

Los ánades, la focha

Cada vez que la vida me provoca una arcada me llego hasta el río, y me paro a mirar cómo el agua se lleva las horas, a dejar que el aire me sorprenda con sus alas. Ahora estoy apoyado en la baranda del puente de Piedra. El Ebro baja chocolateado por los barros de las últimas lluvias. Sobre su espejo opaco veo deslizarse una focha común, con su sotana negra y su escudete blanco, y un grupo de ánades reales que realizan una singular coreografía. Los ánades empiezan en esta época su cortejo nupcial y tres machos, con su capuchón verde, lustroso y aterciopelado, dan vueltas alrededor de una hembra estirando sus cuellos. Cada vez hay menos ánades nadando en la zona de entre puentes, a pesar de que todas las primaveras crían en abundancia y de que los pensionistas vienen casi a diario a echarles de comer tronchos de lechuga y pan de ayer. Dicen los que vienen a la orilla a pescar carpas que eso es debido a que los siluros que viven entre el salto de la harinera y el del cementerio se comen a los anadones. La focha, por su parte, más que común es la misma de siempre.

Escrito en el agua, como en un contradictorio epitafio, leo el haiku que Antonio Cabrera le dedicó al ánade: “No ve su estela / dulce sobre la lámina / del agua. Vive”. Y si alguien le escribió un poema a la focha, al aire no le da la gana susurrármelo. Pero hoy, por primera vez en unos cuantos años, no miro a esos ánades que se cortejan ni a esa focha solitaria con poesía sino con verdad. Un plan aprobado por el Ministerio de Agricultura, y publicado un día de estos en los periódicos, ha unido a estas dos aves: al parecer anátidas y fochas son el tipo de aves que con mayor frecuencia albergarán el H5N1, es decir, el virus mutante de la gripe aviaria.

Es posible que esta primavera, cuando regresen de sus cuarteles de invierno, algunas de esas aves migratorias que ahora cruzan como flechas el cielo de nuestro otoño se encuentren con estos ánades, con esta focha. Y puede que resulten infectados por ese virus codificado. Y muertos tampoco verán su estela sobre un agua que ya no será dulce sino amarga. Los pensionistas no tendrán a quien echarle pan, ni los siluros anadones que comer.

Cuervos

Hay pájaros a los que un libro les ha dado las alas de la gloria y otros a los que les ha cargado con el peso de la culpa. La paloma es un ejemplo de los primeros, mientras que el cuervo es el más claro representante de los segundos. Sobre los cuervos pesan una maldición bíblica y una bendición espectral. Esa condena se narra en el capítulo octavo del Génesis, donde el amanuense cuenta que Noé, para comprobar tras el Diluvio “cuánto había menguado el nivel de las aguas, soltó un cuervo”. El pájaro no regresó, por lo que Noé soltó una paloma, que acabó volviendo al arca con una rama verde de olivo. Ese es el origen de la paloma como símbolo de la paz y ese es el momento en el que nace la culpa del cuervo.

La bendición del cuervo como monarca espectral le llega con el poema “El cuervo”, de Edgar Allan Poe. Cuenta Poe en “Método de composición”, que el primer pájaro en el que pensó para que le repitiera el famoso estribillo (never more, ‘nunca más’) fue en el loro. Sin duda el poema no habría sido lo mismo, así que no se equivocó al cambiarlo por un cuervo, tanto porque es un animal más acorde con el tono melancólico de poema, como porque es políglota. Sí, los augures romanos le llegaron a distinguir sesenta y cuatro tipos distinto de graznidos, cada uno con su significado. Pero no, no fue Poe el primer escritor moderno que “hizo hablar” en verso a un cuervo. Treinta años antes, el poeta alemán Heinrich Heine lo utilizó en el octavo de sus “Ensueños”. Su estribillo es menos conocido pero más próximo a las voces originales de los cuervos. El cuervo germano grazna Kopf-ab!, que literalmente significa ‘sin cabeza’. En ambos casos nos hablan de lo que nunca llegará, de lo que no tiene sentido.

Los cuervos, en España, hablan desde El conde Lucanor, pero son dos escritores contemporáneos los que vienen a este nido de cuervos parlantes. El primero de ellos es José Jiménez Lozano, que en una de sus maravillosas Elegías menores hace al cuervo hablar en latín. “Cras, cras!”, dice, o sea, ‘mañana, mañana’, casi lo contrario que el de Alan Poe. Javier Tomeo fabula, un su divertido y poético Bestiario, una conversación entre el cuervo y la paloma, los dos protagonistas del episodio bíblico, en la que el cuervo pide que se revoque su condena por egoísta porque en realidad lo que le pasó fue que se desorientó y no supo volver al arca: “Después del Diluvio —dice el cuervo—, yo fui un pobre pájaro perdido en la desolación”.

Y es un poeta logroñés, Manuel de las Rivas, quien con un verso resuelve el conflicto que en este cielo se plantea: “Sobre el marfil del aire / vuela un cuervo de paz”. Y ese cuervo de paz nos avisa de que lo que se selló entonces no fue una paz de águilas ni de palomas sino, como la historia ha demostrado, una paz de la que sólo salen beneficiados los cuervos.

Pájaros muertos

En uno de mis raros ataques de optimismo me digo que la muerte sirve para dar sentido a nuestras vidas. Pero esta tarde, viendo el globo deshinchado de un vencejo caído al pie de una columna, descubro que no hay nada que tenga menos sentido que un pájaro muerto. Un ave como este vencejo, un ser nacido para vivir en el aire, que sólo necesita un hueco sólido para hacer el nido, ahora, con sus alas hechas hoces­, sus patas como pequeñas escarpias y sus plumas ya escamas de hojalata oxidada, parece simplemente chatarra. Quien fuera el príncipe del aire ahora es poco más que nada: algo que da asco a unos niños que a mi lado lo miran.

Recuerdo esa sensación de asco y de miedo cuando vi mi primer pájaro muerto, una picaraza que había cazado mi hermano con su carabina, y con la que anduvo atemorizándome toda la mañana. Después vinieron más: los gorriones que encontrábamos muertos en la campa y que los chavales de la banda enterraban bajo una losa de cristal para ver cómo les iba saliendo el esqueleto, o los pájaros que dejaban encima del fogón de la cocina mi vecino el cazador: codornices, perdices, malvices y tordos, naturalezas muertas con las que componía, las tardes sin veda de domingo, los bodegones más terribles de mi infancia. Estos de Fausto fueron, seguramente, los últimos pájaros muertos que me dieron asco y miedo. Luego vino la muerte de verdad, la de los hombres, y poco más tarde la salvación por la poesía.

La poesía, tan dispuesta al canto de la vida en sus odas, tan atenta a los vacíos de la muerte en sus elegías, y que tantos pájaros ha echado a volar, ha construido también nichos de papel, tumbas de versos, para los pájaros muertos. Y lo ha hecho a veces con un canto, a veces con un llanto, y las más con perplejidad. Canto y llanto hay en “Pájaro muerto”, el poema en el que Luis Cernuda nos habla de un pájaro sin nombre que encuentra muerto: “Parecías / una rosa cortada, o una estrella / desterrada del trono de la noche”, se extraña. Pero el poeta siempre herido de amor pronto lleva el pájaro a su terreno: “Inú­til ya todo parece, tal parece / la pena del amor cuando se ha ido, / el sufrir por lo bello que envejece”. Y finalmente en el pájaro encuentra la lección de la muerte: “Ahora, silencio. Duerme. Olvida todo. / Nutre de ti la muerte que en ti anida. / Esa quietud del ala, como un sol poniente, / acaso es de la vida una forma más alta”.

El “Pájaro muerto” de Cernuda fue, como la picaraza de mi hermano, el primer pájaro muerto, pero he tropezado con otros que han compuesto, con el tiempo, un singular bodegón de naturaleza lírica. En él están el pájaro que se encuentra el poeta mallorquín Miguel Ángel Velasco, un cadáver todavía caliente, que con el ala se oculta “el rostro con pudor, / como si avergonzado de no ser / ya cosa de los cielos”; y el pelícano que dejó la huella putrefacta de sus tendones sobre una piedra en el soberbio poema del poeta peruano José Watanabe, unos versos que nos recuerdan “que podemos imaginar un ave, la más bella, / pero no hacerla volar”; y la “Garza muerta” que le duele a Salvatore Quasimodo, y el cadáver definitivo de un gorrión que descansa en la paz de un poema afilado y tierno, cargado de verdad y de piedad, del polaco Adam Zagajewski: “Incluso la piedra del camino parece / un príncipe de la vida en comparación / con el gorrión muerto”.

Pero si la poesía, como creemos quienes profesamos su fe, es capaz de hacer que cualquier cosa, hasta la muerte, alce el vuelo la muerte (el colombiano Giovanni Quessep consigue descubrir que “en el aire / hay un pájaro muerto” y el nobel polaco Czeslaw Milosz ve llegar “bandadas de pájaros muertos” por el cielo de Cracovia en 1945), de qué no será capaz la antipoesía. El chileno Nicanor Parra, el antipoeta canónico de nuestra lengua, no sólo asiste a la muerte de un pájaro (una paloma, curiosamente, o no, el pájaro que más veces me he encontrado muerto en un poema) sino que además contempla su resurrección: “Una vez en un parque de Nueva York / una paloma vino a morir a mis pies / agonizó durante algunos segundos / y murió / pero lo + insólito / fue que resucitó de inmediato / sin darme tiempo para reaccionar / y emprendió el vuelo / como si nunca hubiera estado muerta / a lo lejos sonaron unas campanas / y yo me quedé mirándola zigzaguear / entre las estatuas de mármol / & me crujieron estrepitosamente las tripas / & me puse a escupir este poema”.

Supongo que cosas como esta sólo les suceden a los antipoetas, porque lo que es a mí, que aspiro como mucho a poeta provinciano y pajarero, lo más seguro es que si alguna vez presencio la resurrección de una paloma no sé qué hubiera acabado escupiendo, pero seguramente no hubiera dejado que se escapara con vida.


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