Autor: 1 noviembre 2008

Manuel Neila

A finales de los años cuarenta, Juan Ramón Jiménez se extrañaba de que el aforismo, tan popular en España bajo la forma de refranes y sentencias, y tan frecuente en la escritura de algunos clásicos españoles, «no sea semilla propia de más escritores españoles contemporáneos, como lo ha sido y lo sigue siendo en la escritura jeneral europea». Al mismo tiempo, declaraba haberlo cultivado desde sus diecinueve años, es decir, desde el año inaugural del siglo, y reclamaba «la satisfacción disgustora de escitarlo de diferente manera en la escritura española contemporánea». Respecto a la escasa incidencia del género aforístico en la literatura española de su tiempo, no parece que el lírico de Moguer estuviera en lo cierto, a juzgar por el número y la calidad de nuestros aforistas, que a la sazón ya habían hecho públicas algunas de sus obras más significativas. Respecto a su primacía y a su influencia posterior como aforista, solo admite la comparación con el innovador Ramón Gómez de la Serna, que pretendía haber creado en 1910 la greguería, esa suerte de aforismo alado y risueño.

La aforística española del siglo xx nace, hoy lo sabemos, con voluntad de innovación y bajo el signo lírico, en medio de la gran «bancarrota» espiritual del cambio de siglo, como reacción a la retórica vacía y al sistema de representaciones simbólicas de la sociedad decimonónica. Estaba en lo cierto Pedro Salinas al advertir en el célebre ensayo «El signo de la literatura española del siglo xx» que «es la desintegración de sus formas discursivas, su fragmentación, a veces atomística, de la que resultan esas variantes del mismo hecho, llamadas “glosas”, de Eugenio d`Ors; “aforismos”, de José Bergamín, y “greguerías”, de Ramón Gómez de la Serna». Los escritores novecentistas aportaron a las letras hispánicas, como todo el mundo sabe, una decidida voluntad de ruptura con el pasado y de renovación hacia el porvenir. En todos ellos se produce, de manera más o menos consciente, una suerte de reacción renovadora frente al monolítico discurso decimonónico de estilo grandilocuente y de temática más o menos grave. El fenómeno no fue exclusivamente español, de modo y manera que podemos hallar numerosas coincidencias en el ámbito cultural europeo de la época.

La renovación del aforismo español se produjo, en efecto, bajo el signo lírico. Como señaló Pedro Salinas en el ensayo citado: «Ese lirismo básico (lirismo no de letra sino de espíritu), se manifiesta en variadas formas, a veces en las menos esperadas, y él es el que vierte sobre novela, ensayo teatro, esa ardiente tonalidad poética que percibimos en la mayoría de las obras importantes de nuestros días». También se manifestó, como no podía ser de otra manera, en la escritura aforística; una escritura que, como la poética, busca potenciar al máximo, mediante procedimientos retóricos, la capacidad de la palabra para inventar el pensamiento. Nacía así el aforismo metafórico español, caracterizado por la preponderancia de la imagen, y cuya finalidad consiste en reproducir impresiones momentáneas de manera más o menos ingeniosa; una modalidad que, como saben los amantes del género, inauguró en Francia Jules Renard, y que desarrollaron varios escritores novecentistas como Pierre Reverdy, Jean Cocteau o Max Jacob, y otros más relacionados con el movimiento surrealista.

Este tipo de aforismo, vinculado a la estética impresionista, se desarrollaría en España de la mano de Juan Ramón Jiménez y de Ramón Gómez de la Serna, cuyos ejemplos han seguido otros muchos como José Ángel Valente y Carlos Edmundo de Ory, o el mexicano Julio Torri y el argentino Antonio Porchia. La obra aforística del primero es inmensa; sus «ideas líricas», que así gustaba de llamarlas en algún momento de su vida, ascienden a más de cuatro mil en la excelente edición de Ideolojía (1897-1957), preparada por Antonio Sánchez Romeralo. La aportación de Ramón Gómez de la Serna no es menos significativa; siempre que se acepte la pertenencia de las greguerías, como decidió llamar a las suyas desde un principio, a la tradición aforística. Se estima que compuso más de cien mil, aunque el melindroso Josep Pla sostenía que podían reducirse a cien, sin que se perdiera demasiado en el cambio. Sea como fuere, la influencia de ambos se dejó sentir desde el primer momento, y se sigue sintiendo, no solo entre sus imitadores, que son legión, sino entre aforistas de orientación metafísica, como José Bergamín y Ramón J. Sender, de quien tomamos el título para este trabajo, o de tendencia moralista, como Max Aub y Juan Gil-Albert.

Dejemos sonar estos magníficos aforismos modernos de orientación metafórica, que son al fin y al cabo auténticos «juicios en alarde»:

Raíces y alas; pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen (Jiménez).

Éramos yo y el mar. Y el mar estaba solo y solo yo. Uno de los dos faltaba (Porchia).

Los violines que el artista afina dejan sembrado el aire de pelillos musicales (Ramón).

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí (Torri).

El grito sale de los dientes, el suspiro de los pulmones, el silencio de los ojos (De Ory).

Las aguas del mar tienen mala memoria: no recuerdan los peces que las surcaron (Serra).

No pongas esa voz grave. Debajo de la voz tintinea la mañana. Déjala nacer (Valente).

El aforismo moderno presenta en ocasiones una marcada orientación metafísica, que en el ámbito español e hispanoamericano adquiere mayor relevancia, habida cuenta de la tradicional impregnación religiosa de la cultura hispánica. Pensemos en obras y autores como el Diario íntimo, de Miguel de Unamuno; El cohete y la estrella y La cabeza a pájaros, de José Bergamín; Aforismos del solitario, de José Camón Aznar; Memorias bisiestas y Toque de queda, de Ramón J. Sender. Estos aforistas, a los que habría que añadir de inmediato el mexicano Amado Nervo y el colombiano Nicolás Gómez Dávila, por limitarnos ahora a los más conocidos, se ocupan preferentemente de problemas metafísicos y religiosos, con independencia de sus ideologías y de sus creencias personales. Todos tienen como antecedentes, de manera más o menos explícita, los Pensamientos de Blaise Pascal y las obras aforísticas de Friedrich Nietzsche, fragmentos en ambos casos de sendas obras inconclusas.

En un excelente trabajo, el hispanista Werner Helmich considera el aforismo metafísico como una de las «dos variantes mayores» de la aforística española del siglo xx (la otra estaría representada por el aforismo metafórico). Al mismo tiempo, intenta demostrar que «también esta variante del género se incorpora en una tradición más amplia»: la «moralística espiritual» que inaugura Pascal en Francia, a la vez que se consolidaba la moralística clásica. La influencia de Pascal en nuestros aforistas puede constatarse, como ha mostrado Helmich con acierto, en testimonios y alusiones directas, en moldes de reflexión y expresión, como pueden ser la paradoja religiosa y la analogía ontológica, o en procedimientos de corrección de dichos y sentencias. La imagen de Pascal sirve a los aforistas, en efecto, para legitimar una nueva moralística espiritual, para dotar de un nuevo sustento espiritual al pensamiento dialéctico y al hedonismo verbal propio del género aforístico y para servir de contraveneno frente a las ideas de Nietzsche. Pero la influencia del pensador alemán entre los escritores del ámbito hispánico fue inmediata y duradera, como demostró cumplidamente Gonzalo Sobejano en el admirable estudio que dedicó en su día al tema.

Recordemos, ahora, algunos de estos aforismos de orientación metafísica, o dicho de otro modo, de estas «palabras en vilo»:

El gran misterio es la conciencia y el mundo en ella (Unamuno).

Si Dios no existiese, el hombre, a través de los siglos, lo habría creado ya a fuerza de creer en él (Nervo).

En la pura actividad del espíritu, como intuición o inteligencia —creación o conocimiento—, todo lo que no es arte es religión; todo lo que no es ciencia es filosofía (Bergamín).

La escala de Jacob: antes de Cristo para buscar a Dios en las alturas, después en los abismos (Camón Aznar).

Jesús decía a los suyos: «Me tenéis a vuestro lado y no me reconocéis». Eso puede decir cada hombre de imaginación no sólo a su vecino, sino a su hermano. Y a su amante (Sender).

Si el hombre es el único fin del hombre, una reciprocidad inane nace de ese principio como el mutuo reflejarse de dos espejos vacíos (Gómez Dávila).

La aforística española contemporánea presenta además una vertiente moralista perfectamente definida, cuyos principales cultivadores son Antonio Machado, Max Aub, Juan Gil-Albert y Rafael Sánchez Ferlosio, a los que cabe añadir el cubano Enrique José Varona y el guatemalteco Augusto Monterroso. «A la ética por la estética», proclamaba Juan de Mairena, el heterónimo preferido de Antonio Machado. Se trata de una modalidad preocupada por los problemas comunitarios: una moralística de sociedad mediante la que el sujeto aprende a ser mortal en el cumplimiento de los deberes cívicos, como Aquiles tras su estancia en el gineceo. Estos aforistas se ocupan ante todo de problemas éticos o de costumbres, conforme a las normas y preceptos establecidos en la moralística clásica francesa, actualizada con rasgos intimistas y temas nuevos. Las máximas y sentencias de La Rochefoucauld, pasadas por el cedazo de Nietzsche, son sus modelos, independientemente de las creencias (gnóstica, cristiana o atea) y de las ideologías (progresista, reaccionaria o conservadora).

El profesor Werner Helmich se lamentaba en el ensayo citado anteriormente de que, habiendo de constituir la «moralística convencional de sociedad» la variedad estadística más representativa, como sucede en otras literaturas, la aforística española se destacara por las variedades metafórica y metafísica, lo que la confiere un carácter particular, proclive a la proclamación de la sonrisa. Pensaba a la sazón en los aforismos de autores dramáticos como Jacinto Benavente, los hermanos Álvarez Quintero, Jardiel Poncela y en los textos literarios breves de Ramón y Cajal. Los temores del hispanista alemán se habrían desvanecido de haber prestado más atención a las sentencias, donaires, apuntes y pecios de Antonio Machado, Max Aub, Gil-Albert y Rafael Sánchez Ferlosio, entre otros. La aforística hispánica del siglo pasado presenta, junto a la modalidad metafórica y a la modalidad metafísica, caracterizadas por la agudeza de la visión y por el arte de ingenio, una modalidad moralista tan rica en calidad y cantidad como aquellas, caracterizada por la triste sonrisa cervantina.

Recordemos, finalmente, algunos de estos aforismos de orientación moralista, o dicho de otra manera, de estas «llamas en la lengua»:

En política, como en arte, los novedosos apedrean a los originales (Machado).

¿Libertad? En las nubes. ¿Igualdad? Bajo tierra. ¿Fraternidad? En ninguna parte (Varona).

Era un filántropo: no podía ver anunciada una tragedia, en el teatro de la realidad, sin adquirir una butaca de primera fila (D’Ors).

Nos metieron en un laberinto, al salir del Paraíso. Y se me perdió el hilo: estoy perdido. Estamos perdidos. No saldremos, ni con los pies por delante (Max Aub).

Debajo de cada fanático hay un incrédulo escondido y muerto de miedo (Gil-Albert).

Es cierto, la carne es débil; pero no seamos hipócritas: el espíritu lo es mucho más (Monterroso).

Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere (Sánchez Ferlosio).

Las formas breves de pensamiento no son entidades intemporales; antes bien, están sometidas a las distintas mutaciones históricas. Durante los tiempos modernos, esos textos gnómicos y apodícticos, que versan sobre los temas típicos de la ciencia del hombre y de la conducta, una de cuyas manifestaciones particulares es el aforismo tradicional, configuraron tres modalidades sucesivas con características propias; esto es, la máxima clásica de carácter moralista, el fragmento romántico de filiación metafísica y el aforismo moderno de orientación literaria; modalidades que configuran ya sendas tradiciones específicas en los distintos países de occidente.

El aforismo moderno no se consolida en las letras hispánicas hasta el siglo xx. Algo barruntaba Juan Ramón Jiménez al respecto, y así lo hizo saber en la nota a la que me refería al principio, aunque no acertara al infravalorar la labor de los escritores españoles contemporáneos. Contamos, es cierto, con antecedentes notables, como los Dichos de luz y amor, de Juan de la Cruz, las Migajas, de Francisco de Quevedo, o el Oráculo manual, de Baltasar Gracián, por referirme a los más conocidos. Pero estos precedentes no tuvieron continuidad en nuestras letras, a diferencia de lo que sucedió en otros países europeos, como Francia, Alemania, Inglaterra e Italia. No se trata de que desapareciese la tradición moralística en España, sin dejar apenas huellas en los siglos siguientes, como afirma Werner Helmich al hilo de sus atinadas reflexiones; pues el catálogo del aforismo tradicional continuó siendo tan extenso como variado. Lo que se interrumpió fue la evolución histórica del género, de modo que nos vimos privados tanto de la máxima clásica, como del fragmento romántico. Hubo que esperar al siglo pasado para que el pensamiento aforístico aflorara de nuevo en el campo de la cultura hispánica, como hemos intentado mostrar, vinculado estrechamente al florecimiento de la poesía lírica, hasta convertirse en una tradición propia. ■ ■


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