Autor: 2 Noviembre 2008

Rosa Navarro Durán

Los griegos crearon su religión con tanta riqueza imaginativa que los mitos que la forman se han convertido en uno de los pilares fundamentales de nuestra cultura; se han recreado en todas las artes, y seguirá haciéndose porque la sola evocación del nombre de uno de sus personajes lleva consigo su historia; así el creador, si quiere, no tiene que contar nada, porque el lector, el observador o el público, sabe ya de qué le está hablando o qué está traduciendo al lenguaje de la música o de las otras bellas artes. Los mitos se viven además cotidianamente en formas muy diversas: dando nombre a vivencias o a complejos; podemos ser Narcisos o tener un Edipo, y todos somos sufrientes Sísifos si no hemos conseguido imaginar una forma estimulante de llevar una y otra vez la enorme piedra a la cima del monte de nuestro diario discurso vital.

Son pocos los mitos modernos que han enriquecido ese acervo cultural y existencial; pero nadie duda de que el de don Juan es uno de ellos y que desde su nacimiento, hacia 1615 en España, de la pluma de un fraile de la Merced, fray Gabriel Téllez, conocido por su seudónimo de Tirso de Molina, ha mantenido una vitalidad extraordinaria. ¿Surge realmente de la nada? ¿Tirso no se inspiró en personaje alguno preexistente para esbozar esa forma de conducta masculina que se ha convertido en prototípica? ¿Qué es lo que define al don Juan? Tal vez si se traza su perfil, se podrá ver mejor a quién se parece.

1. Don Juan, seductor y burlador

Don Juan Tenorio no pisa por primera vez el escenario seduciendo a una dama, sino tan solo burlándola. Se ha hecho pasar por el duque Octavio para gozar de la duquesa Isabela; y cuando ella se da cuenta de que no es su amado y le pregunta «¿Quién eres, hombre?», él le dará una respuesta que no corresponde a su condición de seductor, sino de burlador: «Un hombre sin nombre». No le queda más que huir porque Isabela empieza a gritar despertando al rey de Nápoles, en cuyo palacio sucede la escena. Así comienza El burlador de Sevilla y convidado de piedra de Tirso de Molina (no hablo de su discutida autoría porque hay suficientes pruebas para demostrar que es la obra maestra del gran dramaturgo).

Si don Juan siempre hubiera actuado así, no hubiese alcanzado la alta cima del mito. No es la única vez que se va a comportar de esta forma canallesca aunque no va a lograr parecido éxito: intentará gozar de doña Ana haciéndose pasar por su amigo el marqués de la Mota, que es también el enamorado de la joven, pero ella se dará cuenta a tiempo. El episodio acabará con la muerte del padre de doña Ana, don Gonzalo de Ulloa, el comendador, que se enfrenta a don Juan defendiendo el honor que cree perdido. Esa muerte abrirá la puerta a la dimensión trágica del personaje, porque va a desembocar en su propia muerte y en su fama universal.

Don Juan nace cuando seduce a cara descubierta, y la dama no puede resistir ni el encanto de sus palabras y de su gallardía, ni el de su privilegiada condición social (sabe que es hijo del Camarero mayor del Rey). Y esta escena ya no sucede en un palacio de Nápoles, sino en la playa de Tarragona; y la protagonista es Tisbea, una bella pescadora desamorada, que desdeña a todos sus pretendientes porque hasta ese momento se ha librado de sentir el abrasador amor que va a despertar súbitamente en ella un náufrago extranjero. Ella contempla la escena del naufragio y ve cómo uno de los dos hombres que se lanzan al mar —don Juan— coge al otro —su criado—, que se está ahogando, en hombros; como dice Tisbea «Anquises le hace Eneas, / si el mar está hecho Troya» (y no deja de sorprender la forma de salvamento, más literaria que real).

Don Juan, antes de gozar de Tisbea, ya ordena a su criado Catalinón que tenga preparadas dos veloces yeguas, que la propia joven les ha dado, para huir de ella. Y cuando Catalinón le reprocha su conducta: «Buen pago / a su hospedaje deseas», don Juan le contesta: «Necio, lo mismo hizo Eneas / con la reina de Cartago». Después de consumado su abandono, Tisbea, que intenta suicidarse lanzándose al mar, le dice en desesperado apóstrofe: «¡Ah, falso huésped, que dejas / una mujer deshonrada!», y añade un extraño «¡Nube que del mar salió / para anegar mis entrañas», que no suelen saber anotar los editores porque no tienen en cuenta el modelo de don Juan que se ha ido perfilando en este episodio y que los lectores habrán ya visto: Eneas, el héroe troyano, el protagonista de la Eneida, una de las obras que más han influido en la literatura occidental; aunque es solo el Eneas burlador de Dido, no el de las grandes hazañas épicas.

Eneas es hijo de Venus, y al llegar en su nave medio destrozada al reino cartaginés, la diosa lo envuelve a él y a su fiel amigo Acates en una nube para que los tirios no puedan verles, y esta solo se disipa cuando la reina Dido da hospitalidad a los troyanos que habían ido a pedirle ayuda. Esa es la nube a la que se refiere Tisbea, porque ella es la nueva Dido frente al extranjero que llega también por mar a su ciudad, Tarragona, elegida por Tirso precisamente por su condición de romana.

El fuego que cierra la historia de la reina Dido, que se suicida, también sella la de Tisbea y don Juan, con fondo del mar Mediterráneo; «¡Fuego, fuego, que me quemo, / que mi cabaña se abrasa!», gritará una desesperada Tisbea al ver la huida del caballero que la ha burlado. Su cabaña hace las veces de la cueva que albergó a la reina con su seductor huésped en medio de la tormenta; así dirá ella: «será la cabaña / del amor que me acompaña / tálamo de nuestro fuego»; y al ver la traición exclama: «¡Ay choza, vil instrumento / de mi deshonra y mi infamia».

Dido en las hermosísimas Heroidas ovidianas le escribirá a Eneas: facta fugis, facienda petis, o lo que es lo mismo: «Huyes de lo hecho, corres a lo que hay que hacer»; ese es el comportamiento de don Juan con las mujeres: conquista por conquistar, y en cuanto lo ha conseguido, abandona a la dama para ir en busca de la siguiente.

Son los versos de la comedia de Tirso los que nos llevan a esa asociación diáfana, y así vemos cómo ese mito tan potente, el de don Juan, nace de un episodio vivido por el personaje creado por el gran Virgilio: Eneas, y que es el más conmovedor de toda la obra. Dido, como Tisbea, había rechazado a todos sus pretendientes; la pescadora era fiel seguidora de Diana, la diosa casta; y es precisamente el hijo de Venus, la diosa del amor, el que da al traste con su actitud desdeñosa. La primera vez que Tisbea lo ve, náufrago en el mar, lo ve como Eneas, llevando en hombros a un hombre; y cuando la abandona, lo recuerda como nube que salió del mar, otra vez como el héroe de Virgilio.

2. El impío Don Juan

Don Juan, como Eneas, será hijo de Venus, la diosa del amor, aunque en él la diosa ha perdido ya su carácter divino. Pero si el Burlador solo hubiese engañado a las mujeres no se hubiera convertido en mito universal; hay un elemento esencial en su forma de actuar que es antitético al comportamiento de Eneas: su impiedad. El héroe troyano abandona a Dido porque Mercurio, el mensajero de Júpiter, le recuerda su deber, le muestra cómo junto a la reina Dido está perdiendo el tiempo y olvida su alto destino, el logro de su gloria y la de su estirpe. Eneas abandona a Dido por obedecer a los dioses, por piedad; y el epíteto pío acompaña siempre al héroe. Don Juan es precisamente lo contrario, es un impío porque manifiesta un desprecio absoluto por la divinidad, por el castigo que puede infligirle a causa de sus desafueros.

Su criado Catalinón es quien le advierte de lo que le espera: «Los que fingís y engañáis / las mujeres de esa suerte / lo pagaréis en la muerte». Y don Juan le replica diciendo por primera vez su famosa frase: «¡Qué largo me lo fiáis!»; luego la repetirá cuando Tisbea, después de que él le haya jurado ser su esposo, dulcemente le diga: «Advierte, / mi bien, / que hay Dios y que hay muerte». Es esa negación implícita del poder de Dios la que lo condena y la que lo lleva a morir envuelto en el fuego eterno, y al mismo tiempo lo hace renacer eternamente convertido en desmesurado héroe literario.

Molière se dio perfecta cuenta de que el personaje de don Juan no tenía temor de Dios y subrayó ese rasgo en su propio Dom Juan. Su criado Sganarelle le pregunta si cree en el cielo, en el infierno, en el diablo, en la otra vida…, y don Juan evita responderle; pero cuando al final quiere saber en qué cree, don Juan le dirá: «Je crois que deux et deux sont quatre, Sganarelle, et que quatre et quatre sont huit».

Al don Juan de Tirso es el juramento que hace a la pastora Aminta, antes de acostarse con ella, el que le va a precipitar en el fuego eterno porque no se da cuenta de que no valen restricciones mentales con Dios, de que no hay burlas con Él. Como la pastora insiste en que jure por Dios, don Juan le dirá para que le admita en su cama:

Si acaso

la palabra y la fe mía

te faltare, ruego a Dios

que a traición y a alevosía

me dé muerte un hombre…

(muerto,

¡que vivo Dios no permita!)

Esa reserva que él dice para sí (que sea un hombre muerto el que le dé la muerte) y que cree, como burlador, que le salva del perjurio, es la que le condenará, porque Dios cumplirá el ruego que le dirige: le dará muerte un hombre muerto. Será el Comendador, al que él matará en defensa propia, pero al que se atreverá a desafiar y a ultrajar después de muerto mesando la barba de piedra de su estatua. Y, en efecto, el Comendador de piedra lo matará «a traición y a alevosía»; le va a pedir: «Dame esa mano, / no temas, la mano dame», y, cuando el confiado caballero le da la mano, lo abrasará con el fuego eterno, castigo a todas sus burlas, diciéndole:

Las maravillas de Dios

son, don Juan, investigables,

y así quiere que tus culpas

a manos de un muerto pagues;

y así pagas de esta suerte

las doncellas que burlaste.

Esta es la justicia de Dios:

quien tal hace, que tal pague.

Eneas, hijo de Venus, llegó por mar al reino de Dido. Vivió un apasionado amor con la reina, pero tuvo que abandonarla para cumplir la misión que los dioses le habían encomendado, así lo contó Virgilio. Pero Ovidio nos dejó oír la queja de la propia Dido, y su versión no es exactamente la misma. Lo acusa de faltar a su palabra, de ser un mentiroso y de no ser ella su primera víctima; admite su argumento del mandato divino, pero le dice que le hubiera gustado que también los dioses le hubiesen prohibido pisar su tierra, y se matará para que él no pueda ser cruel con ella mucho tiempo. Así la figura de Eneas quedó en entredicho y pudo ser el modelo de ese Burlador del mito moderno.

Don Juan llegó también con su nave destrozada por el mar Mediterráneo a una playa, la de Tarragona, donde una bella mujer que había logrado escapar del amor, la pescadora Tisbea, caería en sus brazos seducida por su irresistible encanto; y él, don Juan, dejaría burlada a su generosa anfitriona porque tenía un modelo a quien imitar: otro extranjero que sedujo a Elisa Dido, que le acogió en su palacio, que hizo reparar sus naves y que contempló, desesperada, su huida.

El pío Eneas, burlando a Dido, dio pie a don Juan, el burlador de Sevilla, para sumar conquistas y abandonos. El castigo de su impiedad, de su desmesura al atreverse a engañar a Dios en el juramento que hizo a la última de sus burladas, lo convirtió en un personaje «mitológico», que debe de estar sufriendo su castigo eterno junto a otros impíos, tal vez junto al perjuro Tántalo. En sus últimas escenas estuvo espléndido, mostrando su valor y manteniendo su palabra de caballero dentro de los límites que él creía que tenía tal condición: «Honor / tengo, y las palabras cumplo, / porque caballero soy»; y así acudirá a la cita de la estatua del Comendador porque le ha dado su palabra y porque sabe dominar su miedo. Pero no se acuerda de lo que había dicho a Aminta en su juramento y de que está acudiendo a su cita con la muerte.

Don Juan encarna el mito del eterno seductor; su maestro fue Eneas, y consiguió su gloria no por los continuos abandonos de las mujeres que seducía, sino por su impiedad, a diferencia del pío héroe virgiliano. Ser un donjuán implica ciertos riesgos, como hemos visto, si se quiere imitar en todo al modelo. Confío en que los caballeros se den cuenta de ello. ■ ■


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