Autor: 16 junio 2008

Javier Fresán

Si la patria de un traductor son los libros que ha dado a un nuevo idioma, la de Miguel Martínez-Lage (Pamplona, 1961) linda al norte con su adorado Beckett, que le permitió acuñar el término despalabro; al sur, con poetas como Auden o Pound, que también escriben prosas excelentes; y tiene frontera al este con Stevenson, Conrad, Kipling, Orwell, y al oeste, con autores contemporáneos de la talla de Coetzee —suya es la versión española de Desgracia—, Don DeLillo o George Steiner. Pero poco a poco una ínsula extraña, ajena a los rigores de la geografía, se expande con fuerza en medio de este territorio perfectamente cartografiado. Desde hace casi un lustro, un extranjero se sienta cada tarde entre Samuel Johnson y James Boswell en el Club Literario que fundaran en el Londres de la segunda mitad del xviii Edmund Burke y sir Joshua Reynolds para disfrutar de la conversación del doctor. Solo lo acompañan una pluma azul y una pila de cuadernos en los que anota cuidadosamente las palabras que enviará a otro siglo y a otra lengua, más de doscientos años después. Me los enseña en su estudio, mientras disfruto de su conversación apasionada sobre los pormenores de la traducción de la Vida de Samuel Johnson (Barcelona: Acantilado, 2007).

—Empecemos por el principio de su relación con el doctor Johnson. En el epílogo a su traducción de los Deseos del hombre y la Carta alemana de Samuel Beckett (Segovia: La Uña Rota, 2004), señala que, aunque «la colisión de cualidades en contraste de Beckett y Johnson no puede ser más abismal», el dramaturgo irlandés sintió durante toda su vida una fascinación por la figura de Samuel Johnson. ¿Cómo llega Martínez-Lage, desde su fascinación por Beckett, a traducir la Vida de Johnson?

—Como diría Francisco Rico, a día de hoy no sería descabellado poner en un examen de tercer o cuarto curso de filología hispánica una pregunta para desarrollar titulada «Demuéstreme la influencia de César Vallejo en Quevedo». Y no es exactamente la influencia de Beckett en Johnson, sino que uno puede llegar tranquilamente a Samuel Johnson a través de Beckett. El origen de mi fascinación por la Vida de Johnson de Boswell está en una pieza teatral de Beckett, la primera que escribió, titulada Deseos del hombre. Es una obra inacabada, donde ya se prefigura un poco lo que va a ser Godot, porque los personajes, que son el extraño mejunje de seres que vivía en casa de Samuel Johnson, están esperando a que llegue el doctor, que nunca aparece. Para traducir ese fragmento dramático, me empecé a sumergir en un libro que había visitado desde años antes y que solo había leído a trozos, como creo que ha leído prácticamente todo el mundo la Vida de Samuel Johnson.

La fascinación de Beckett por Johnson es muy similar a la que tiene el propio Boswell por Johnson, y yo poco a poco empiezo a sospechar que en realidad a todos nos gustaría ser Johnson; lo que sucede es que todos somos Boswell, o Beckett, o Martínez-Lage en este caso, es decir, muy poquita cosa. Johnson es un ideal en muchos aspectos, pero es un ideal alcanzable, porque es un hombre de carne y hueso que resuelve una serie de problemas que todos tenemos, a través de algo que es más antiguo que él: un estoicismo aplicado a rajatabla. En su caso, un estoicismo de raíz cristiana; en otros, no necesariamente. Por eso el personaje, a pesar de lo repugnante que era —un tipo desaliñado, gordo, feo, con tics nerviosos, con un mal genio mayúsculo y, en cambio, también con un sentido del humor muy llamativo, al que se ha prestado poca atención hasta la fecha— resulta un modelo al cual uno desea tender. Yo creo que eso le sucedió a Beckett. Curiosamente, aunque nunca terminó esa obra teatral, siguió conservando la misma edición de Birkbeck Hill que ahora está ahí mismo, detrás de mí. Yo he visto un documental hecho en casa de Beckett, en París, muy poco después de su muerte, y esos seis tomos estaban todavía igual de cerca que ahora los tengo yo. Se puede recurrir a la Vida constantemente, se la puede abrir por cualquier página, y uno va a encontrar siempre elementos provechosos.

—En sus clases de literatura inglesa, Borges solía contar que Boswell de algún modo había presentido su destino: «Así como Milton supo que sería poeta antes de haber escrito un solo verso, Boswell siempre sintió que él sería el biógrafo de algún hombre ilustre de la época». Por eso visitó a Voltaire, se hizo amigo de Rousseau y llegó a entrevistar a Kant y a Hume. ¿Qué pudo tener de mágico el encuentro entre Boswell y Johnson para que sintiera que había dado con el hombre definitivo?

—Boswell era una especie de groupie, y no lo digo en el sentido peyorativo, sino para entender su personalidad. Le iba la marcha de los famosos, no porque quisiera subirse al carro de la fama, ni mucho menos, sino porque aspiraba, a raíz de todos sus complejos de inferioridad y de sus inseguridades, a que se le pegasen las cualidades de aquellos hombres que más habían descollado en su siglo. Por eso, siendo un jovencito, cuando realiza su Grand Tour por media Europa, se presenta en casa de Voltaire y de Rousseau, sin previo aviso: «Buenas tardes, soy James Boswell y vengo a tomar un té con usted». En el caso de Hume, al haberle alquilado su piso en Edimburgo y siendo los dos de la misma ciudad, el trato era más llano. Pero con Kant ocurre lo mismo: se planta en su casa de Königsberg y dice: «Hola, soy Boswell y vengo a saludarle».

En la amistad con el doctor Johnson, sin embargo, confluyen ese afán por tratar al gran hombre con algunos elementos de carácter distinto, como la relación pésima de Boswell con su padre, que le hizo la vida imposible en muchos sentidos. Era un hombre terriblemente severo, con un planteamiento calvinista muy duro de la vida, que incluso llegó a desbaratar su carrera en la abogacía. Si se admite una interpretación psicoanalítica, Boswell estaba buscando una father figure, que pudo haber encontrado en muchos y que curiosamente encontró en Johnson. Hay que tener en cuenta también el movimiento inverso, es decir, por qué Johnson prohija a Boswell. Así como Boswell se da cuenta de que quiere tratar asiduamente a Johnson, el doctor se da cuenta de que quiere tratar asiduamente a Boswell. No solo porque es un hombre vital, entretenido, divertido, amable, ligeramente lisonjero; sino porque pronto comprende que está llamado a ser su biógrafo. De modo que, subvirtiendo la idea de Borges, yo no creo que Boswell encontrara su destino de biógrafo antes de haber escrito una sola línea de la Vida, sino que la biografía de Johnson, que estaba esperando a alguien, encontró a Boswell willing and able, dispuesto y capaz de lidiar ese toro.

Los dos sentidos del movimiento son importantes para saber lo qué ocurrió, porque la Vida de Johnson es un libro muy descompensado. En realidad, no trata de la vida del doctor en general, sino sobre todo de aquellos años e incluso días en los que Boswell tuvo trato con él, desde aquella escena memorable en la librería de Tom Davies, en la que el librero le dice: «Mirad, mi señor, ya viene», citando palabras de Hamlet. Lo que está viendo Hamlet en ese momento es el espectro de su padre, de modo que no está de más señalar que Boswell encuentra una figura paterna en Johnson; es él mismo quien nos lo cuenta implícitamente.

—En una reseña de su traducción publicada en el «Cultural» de ABC, apunta Luis Alberto de Cuenca que Martínez-Lage ha llegado a convertirse en un miembro más del Club de Johnson. Desde esta atalaya privilegiada para asomarse a lo que los ingleses llaman precisamente «el siglo de Johnson», ¿cuáles son los valores de época que más destacaría?

—Mi posición ni es atalaya, ni es privilegio; es más bien la de un infiltrado. He tenido la sensación de estar circulando por aquel Londres del tercer cuarto del siglo xviii, y además interponiéndome en una relación a dos, que es la de Boswell y Johnson, porque no hay que olvidar que el libro está basado en un trato muy íntimo, a través de conversaciones y cartas, en las que Boswell habla poco, aunque no deja de hacer preguntas para que Johnson se explaye. De algún modo, sí que he sido una persona presente, en términos ideales, en ese momento histórico, pero de forma clandestina, procurando que no se me note más de la cuenta. La convivencia con la Vida de Johnson, que no es precisamente una novela de doscientas páginas, lleva años, y uno se va sumergiendo en todo ese territorio terriblemente alejado de nuestro aquí y ahora, pero al mismo tiempo con grandes similitudes.

Lo primero que debo decir es que uno echa un poco de menos que la vida fuera así, aun a sabiendas de que la vida de aquella época era infinitamente peor que la que tenemos hoy. Tal vez por la facilidad del trato entre las personas, o por la llaneza y la democracia que primaban en el Club y en muchos círculos sociales. Son precisamente los que conocemos a través del libro, porque no sabemos cómo fue la relación de Johnson con la realeza. Son episodios que Boswell no puedo contar porque no tuvo acceso directo a ellos, y las personas que sí los tuvieron, fundamentalmente Hester Thrale, más conocida con el apellido de su segundo esposo, Piozzi, y Fanny Burney, a su vez conocida como Madame D’Arblay, no le facilitaron la llave de entrada. La ventaja de mi edición es que incorpora unas notas complementarias con muchos materiales de estos libros, que probablemente nunca se traduzcan al español, y que sirven para ampliar nuestra imagen de Johnson.

La época en sí es apasionante. Es ese Londres previo a la Revolución Francesa y a la independencia de las colonias; un Londres en constante agitación, con un fermento intelectual mucho más pausado que el de París, donde no hay revueltas en las calles, y sigue habiendo condenas de muerte todas las semanas. De hecho, Boswell tenía bastante afición por ir a ver las ejecuciones; era incluso amigo de los alcaides, que le reservaban una butaca en primera fila para que viese cómo se ahorcaba a la gente sin ningún tipo de miramiento. Es un momento histórico en el que confluyen una serie de personas cuya mera nómina impresiona mucho. La conversación era el deporte por antonomasia, se cultivaba como ya no se cultiva. En lo que se conoce como el Club literario —que es algo que organiza sir Joshua Reynolds, el mejor retratista de la época, para que Johnson tuviese con quien hablar y para beneficiarse de su conversación—, estaban Adam Smith, Oliver Goldsmith, el mejor dramaturgo del momento; había también médicos, un banquero, científicos, un farmacéutico borrachín muy interesante, y estaban, por supuesto, el que sería el fundador de la biografía moderna y un sabio de la magnitud de Samuel Johnson. De modo que, simplemente por haber compartido mesa y mantel con ellos, uno daría cualquier cosa por visitar el Londres de la época. Es un lujo que yo me he podido permitir con la traducción.

—Dice Todorov en Los aventureros del absoluto que «al evocar momentos que, en principio, no estaban destinados al público, el biógrafo comete una especie de violación. […] ¿No es, acaso, arrogarse un poder exorbitante decidir uno mismo que tales rasgos de carácter, tales incidentes, tales encuentros deben resaltarse, cuando no desvelarse, mientras otros merecen el olvido?». Pero tenemos la sensación de que si a algún biógrafo en toda la historia de la literatura le ha sido concedido ese poder es a Boswell. ¿Qué opina?

—Es uno de los puntos críticos en el estatus de la biografía, siempre a caballo entre la novela y la historia, entre la ficción y la no ficción. La Vida de Johnson es el libro fundador de un género que en inglés tiene una vitalidad asombrosa, y que funciona muy bien en francés y en alemán. Curiosamente en español no se han escrito, que yo sepa, biografías literarias memorables. Ni siquiera las de los políticos y los famosillos tienen el más mínimo interés, desde mi punto de vista. No ocurre lo mismo con las memorias, que están muy cerca de la biografía: ahí sí que veo un movimiento. En el caso de Boswell, la biografía está basada en un trato personal muy estrecho, inmediato, constante, durante veintidós años, y además es una biografía autorizada.

Johnson sabía que Boswell iba a escribir su vida y, en muchas ocasiones, se puede interpretar que está hablando para la posteridad, porque sabe que Boswell va a recoger hasta la última coma que salga de sus labios. Por eso, lo de que vulnere el derecho a la privacidad de las personas, como señala Todorov, en este caso me parece dudoso. El propio Johnson, que escribió dos biografías (la de un amigo suyo, Richard Savage, buen poeta y un pieza de cuidado, y la de una persona a la que no conoció, sir Thomas Browne), defendía que una vez muerto uno, se puede contar hasta lo peor que haya hecho, porque eso al muerto no le va a afectar, y a su familia tampoco debería afectarle; no hay por qué ocultar absolutamente nada. Al mismo tiempo, la biografía no puede ser un panegírico, tiene que aspirar a contar la verdad. Y la verdad está hecha de luces y de sombras.

Puede haber biografías escritas con una elevada dosis de mala leche, pero eso ya es otra cuestión. Hay biografías que se escriben como ajustes de cuentas, y otras que sirven para paliar un ajuste de cuentas o una versión tergiversada de los hechos. Es un género que creo sinceramente que va a ir a más, ante los síntomas de flaqueza de la novela, de un cierto agotamiento de la ficción por la ficción. Observo que la literatura que ahora más interesa está teñida de no ficción —pienso en Vila-Matas o en Marías, en todos los libros de Sebald, y en algunos de Magris o Pierre Michon. Por eso, la biografía es un género cuyo crecimiento constante iremos viendo.

—Volviendo al destino del género biográfico en español, está claro que a la literatura castellana le ha faltado un Boswell. ¿Cuáles cree que pueden ser las causas de que en el mismo momento histórico, donde en España había una figura, el padre Feijoo, que Samuel Johnson admiraba mucho, no surgiera un movimiento similar?

—Curiosamente, la obra completa de Feijoo estaba en la biblioteca de Johnson, traducida por un capitán de la Marina Mercante, y también en español. Son dos figuras muy semejantes, dos ilustrados todavía no agnósticos que tienen mucho en común. Hay que tener en cuenta que la biografía moderna nace por un puro azar, porque había un escocés llamado James Boswell que iba todos los años a Inglaterra y una vez coincidió con Samuel Johnson. El doctor pedía a voces una biografía, y de hecho se escribieron quince antes de la Vida; Boswell, por su parte, estaba loco por escribir un retrato ajustado a la verdad de un personaje al que idolatraba y veneraba. Así que hay algo de coincidencia. Pero, desde luego, el género siguió con una vitalidad desconocida en otros idiomas; no hay año en el que no aparezcan dos o tres biografías muy provechosas. De hecho, después de la de Boswell, ha habido otras biografías —como la de Joyce por Ellmann, la de Nabokov por Brian Boyd o las de Beckett por Knowlson y Cronin—, que son literariamente comparables a la Vida, aunque no estén basadas en un trato tan estrecho.

La biografía no surge en España, me parece, por razones culturales. Quizás el sustrato católico impida que las intimidades que necesariamente tienen que formar parte de una biografía se ventilen por escrito en un documento público. La pacatería, la mojigatería, el punto timorato que tiene el catolicismo, donde uno se confiesa arrodillado delante de una ventanilla sin saber quién está detrás, aunque luego se sepa, pretenden circunscribir ese tipo de intimidades al ámbito de la Iglesia. Esa podría ser una explicación. Tiene sentido si pensamos que el sustrato protestante ha dado lugar a costumbres como la de que las casas no tengan cortinas, porque no hay nada que ocultar. Otra justificación posible sería que dentro del catolicismo más fundamentalista no se admite que la verdad esté sujeta a tratamientos no veraces, que aquello que ha sucedido realmente sea narrado con procedimientos propios de la ficción. Es algo muy similar a lo que sucede dentro del fundamentalismo israelí, que no acepta ninguna novela sobre el Holocausto. Sí documentos de primera mano o recreaciones de alguien que lo ha sufrido, pero no narraciones noveladas. Tal vez también haya algo de eso.

—Comienza Boswell su Vida de Johnson reconociendo que «Escribir la vida de quien con excelencia sin par ha destacado en escribir las vidas ajenas […] es empeño arduo y, por lo que a mí se refiere, quizá pueda tildarse incluso de presuntuoso afán». Con ese título, Presuntuoso afán, se acaba de publicar una traducción suya del libro de Adam Sisman en el que se analiza cómo se gestó la Vida de Johnson (Barcelona: Belacqva, 2008). ¿Qué novedades aporta? Y, sobre todo, ¿cómo ayuda la mirada del traductor, que quizás es quien más ve, a entender la trama del tapiz de Boswell?

—Efectivamente, el traductor es el que no se ve o no se tiene que ver, pero es el que más ve, al menos en todos los casos en los que la traducción está hecha con tiempo, con criterio, con conocimientos. El libro de Sisman es una maravilla. Cuando lo descubrí, a fuerza de honestidad, me quedé más tranquilo, porque me evita tener que escribirlo. Ahí está todo; de hecho, si hubiera llegado antes a él, me hubiera ahorrado otras lecturas más tediosas, más de corte académico. Se trata de una auténtica biografía de la Vida de Samuel Johnson. Después, el autor ha hecho algo similar: en lugar de publicar una biografía de Coleridge y otra de Wordsworth, ha escrito un libro titulado La amistad. Creo que es un estadio posterior de la biografía, en el que no se abordan los personajes históricos de forma aislada y unitaria, sino entroncándolos con algo que nos permite verlos de forma distinta. Así se hizo la Vida de Johnson es trepidante, tiene un ritmo exquisito y, a pesar de su capacidad de síntesis, revela una cantidad de detalles asombrosa, que en un libro de esa complejidad viene muy bien conocer. Por eso me parecía imprescindible encontrarle un editor en español, y he tenido la suerte de encontrar uno extraordinario.

Respecto a mi misión, yo me siento todavía autorizado a contar cómo funciona la Vida. Una de las cosas más fascinantes que tiene es la aplicación de procedimientos de la ficción al relato de no-ficción. Boswell tiene un sorprendente manejo de la distancia estética, que en muchos pasajes no se percibe a primera vista. Por ejemplo, todo el final del libro, todo lo que precede a la muerte de Johnson, no es testimonio directo, porque la última vez que Boswell vio al doctor fue seis meses antes de que muriera. Y sin embargo, sabe salvar muy bien esa laguna con una serie de cartas escritas por el propio Johnson, que forman una novela epistolar de apenas una treintena de páginas, con acotaciones mínimas de Boswell, en las que sólo dice dónde está y qué momento atraviesa el doctor, que es totalmente consciente de que va a morir. En otros pasajes, hay otro género literario, el teatro, que permite entender cómo está hecha la Vida. Boswell está creando escenas, reproduciendo cómo era Samuel Johnson, por ejemplo, en la entrevista que mantiene con el rey en la biblioteca de palacio. Vemos una figura que se mueve en el espacio; con un mínimo talento escénico sería fácil emplazarlo en un escenario, gracias a las acotaciones y a los parlamentos que pone Boswell, que no olvidemos que no pudo registrarlos verbatim, sino que los reconstruye.

—De hecho, no le permitían tomar notas en las reuniones del Club…

—Con el pobre Boswell sucede una cosa muy curiosa. Una vez muerto, poco después de que se publicara la segunda edición de la Vida y mientras se preparaba una tercera, entra en una especie de purgatorio, del que no saldrá hasta finales del xix. Se le tiene por un descerebrado que tuvo la fortuna de estar ahí, que recogía todo lo que decía Johnson, lo pasaba a limpio y lo daba a la imprenta: un plumilla sin ingenio, una grabadora andante. Pero hay que tener en cuenta que en la época no había grabadoras, ni siquiera procedimientos que permitieran escribir en cualquier sitio: el bolígrafo aún no se había inventado y el lápiz no era común; lo normal era usar plumas de ave con tintero, que no es la herramienta más portátil que digamos. Es cierto: a Boswell se le impedía entrar con libreta a las reuniones del Club, lo cual es absurdo, porque tenía una memoria auditiva fantástica, incluso yendo, como parece ser que iba, muy pasado de copas. Aprovechaba cada receso de la conversación para anotar taquigráficamente lo más destacado del momento, y luego, cuando tenía tiempo, al día siguiente o, a veces, dos meses después, recreaba la escena desarrollando aquellas notas. Lo sabemos porque se han encontrado muchos de estos papeles. Así que de grabadora nada, ni de notario del oído tampoco; hay una reconstrucción manifiesta, con notables dosis de creatividad literaria, que precisamente es la que da verosimilitud y convicción a los personajes. Y aquí es donde aparece la paradoja de que creemos conocer a Johnson mucho mejor que a ningún otro personaje histórico, y en realidad lo que conocemos es un personaje salido de la pluma de Boswell. El arte de la biografía es tal en sus manos que hoy las obras de Samuel Johnson prácticamente no se conocen, y en cambio nunca ha dejado de reeditarse la Vida. Johnson, el hombre, ha devorado la obra de Johnson, pero el hombre es producto de una obra, esta vez ajena, claro.

—Entrando ya en su versión española, ¿cuáles han sido las dificultades más importantes a la hora de traducir la Vida de Samuel Johnson? ¿Cómo debe prepararse un traductor, incluso uno con una trayectoria como la suya, para esta especie de prueba olímpica? ¿Ayuda leer a los contemporáneos?

—En primer lugar, es evidente que hay que tener ilusión y criterio, y llevar mucho traducido para emprender un proyecto de esta envergadura, pero también es necesario un punto irracional. Nadie en su sano juicio se mete porque sí en un berenjenal como éste. ¿Que cómo se hace? Leyendo algunas páginas de Feijoo o de Jovellanos antes de traducir un discurso de Johnson, uno se ubica mucho mejor en lo que podríamos llamar la longitud de onda mental de la época. Eso me ha ayudado mucho en esa operación extraña que es la de dar verosimilitud de época a algo que realmente no la puede tener, porque el lector sabe que está hecho hace dos días. Me gusta la broma de que hay traductores que cuecen y otros que enriquecen, y en este caso está justificada, porque el propio Boswell llamaba a sus notas «caldo portátil». Un traductor enriquece cuando sabe introducir un vocablo de época sin que chirríe, sin que sea incomprensible para el lector actual. Y en este caso se enriquece sólo para no restar al texto la riqueza que tiene. El estilo de Boswell realmente no es difícil, pero hay que andar con pies de plomo para no incurrir en anacronismos mucho peores que el arcaísmo per se, como sería traducir mind —que en la Vida aparece en cada párrafo, pues, al fin y al cabo, se trata de una biografía de la mind de Jonson—, por «mente». Al recurrir al Corominas-Pascual o al Diccionario Histórico de la RAE, se encuentran todas las variantes que tienen que aparecer: sensibilidad, intelecto, alma, espíritu, emoción, entendimiento, caletre… siempre dependiendo del significado del pasaje.

Otra dificultad importante consiste en saber respetar las voces de los personajes: está claro que no pueden hablar ni escribir igual sir Joshua Reynolds y Johnson o Boswell. También hay que distinguir el registro oral de los documentos escritos. Y luego el libro tiene dos momentos de terrible escollo, que son una disquisición larguísima de Johnson sobre el derecho hereditario en Escocia, y un pasaje en el que Boswell decide meterse a filólogo y diserta pesadamente sobre las Vidas de los poetas que escribió el doctor. Es una diferencia importante entre las dos traducciones de la obra publicadas este año, la blanca y la negra: la mía contiene estos pasajes, mientras que la otra los omite, a pesar de que en la portada dice que es íntegra. Pero quizá lo más difícil del libro esté en las citas de otros autores. No hay que olvidar que Johnson hace la primera gran edición de las obras de Shakespeare, y no es lo mismo traducir a Shakespeare —cosa que yo nunca haría, porque ya disponemos de excelentes versiones—, que reescribir en castellano una nota que Johnson pone a Shakespeare. No porque sea una traducción metaliteraria, sino por lo imposible de los juegos de palabras. Recuerdo que muchas de las citas de Shakespeare que están taraceadas en el texto de Boswell me dieron muchos quebraderos de cabeza, porque Johnson, autor de una ingente edición anotada de Shakespeare, saca de contexto la cita, que experimenta así una modulación tal que las traducciones aceptadas —la de Astrana o la de Ángel Luis Pujante, que yo prefiero—, no terminan de servirme. Por ejemplo, este verso de Otelo, «To suckle fools, and chronicle small beer», en Astrana es «para hacer reír a los tontos en las cervecerías», y en Valverde «para criar mocosos y echar cuentas», mientras Pujante da «para criar idiotas y llevar las cuentas». Creo que debiera más bien decir «para dar de mamar a los bobos y contar bobadas», aunque sea en detrimento del metro y la rima, que a mí en este caso no me hacía falta respetar, encajando con la nota de Johnson, que explica perfectamente qué es «small beer».

—Esto me recuerda a la eterna polémica entre los intérpretes de música clásica, que renace periódicamente, sobre si se debe tocar la música con los instrumentos de la época, intentando que suene de la forma más parecida posible a como la escuchaban los contemporáneos del compositor, o, en cambio, aceptar de una vez por todas que nuestro siglo es otro y que no es malo escuchar música diferente.

—La diferencia de grado que obra a favor de los traductores frente a los intérpretes de música clásica es que la percepción de la literatura no entra a través de un único sentido, no entra solo a través de la vista, aunque sea fundamental para la lectura. Por eso la lectura permite hacer verosímil algo que en teoría no lo es, mientras que la percepción musical no puede. Allí no sólo se trata de que el instrumento suene como sonaban los de la época: el auditorio también debería ser de época, y también los vestidos de las damas y las toses, que seguro que eran distintas. En música es un absoluto inalcanzable. En literatura, sin embargo, se puede hacer mediante una buena traducción o mediante una novela histórica como la última de Francisco Casavella, Lo que sé de los vampiros, que está ambientada en la misma época de Johnson, y en donde una serie de pactos entre narrador y lector y de recursos de suspensión de la incredulidad permiten conseguir esa verosimilitud que en principio parece inviable.

—El año pasado, con apenas unos meses de diferencia, se publicaron dos traducciones distintas de la Vida de Samuel Johnson: la suya, en Acantilado, y otra en Espasa, que firman Cándido y José Miguel Santamaría. Sorprende, en primer lugar, aunque temo que pueda ser sintomático, que la crítica apenas se haya detenido en una mínima comparación de las virtudes y defectos de ambas versiones. Antes señalaba que su edición es la única verdaderamente íntegra, ¿qué otras diferencias existen?

—Ese cotejo sería más idóneo para un trabajo de corte académico que para la apresurada crítica de los periódicos. En general, en la crítica de suplementos de prensa intervienen una serie de factores que no siempre son conocidos por el gran público. Una de las reseñas se refería a la publicación simultánea de las dos traducciones, cuando la mía es casi noventa días anterior, de modo que, cuando apareció aquella crítica, la mía ya estaba en la calle y aún faltaban dos meses y medio para que el lector tuviera acceso a la otra. El que hacía la reseña sólo había leído parcialmente la mía, y habló de las dos por razones no estrictamente literarias, sino de objetividad periodística al servicio de un interés comercial. En cuanto a los críticos, muchas veces no tienen tiempo; otras no tienen competencia, porque no leen la lengua original, o simplemente no tienen acceso a la fuente. En este caso hubiera sido muy fácil, porque la Vida de Samuel Johnson está colgada en Internet y se podría haber hecho una cala y un cotejo. También es cierto que para evaluar una traducción no es estrictamente necesario compararla con ese ente abstracto el original: tampoco valoramos una interpretación musical con la partitura delante, en el supuesto de que sepamos leerla.

Desde luego, siendo parte implicada nunca podré juzgar imparcialmente, pero sí hay una serie de elementos que saltan a la vista: en primer lugar, mi traducción tiene la unidad de quien la ha hecho solo. Decía Arcadi Espada que la otra está hecha por muchos: anunciaban que era obra de tres, y finalmente la firman solo dos. Esto en principio no es ni bueno ni malo, pero es más difícil mantener la coherencia, y en este caso no siempre se consigue. Ahora que me acuerdo, Samuel Johnson hizo por sí solo un Diccionario equiparable al diccionario que la Academia Francesa encargó a cuarenta individuos, y si él vale por cuarenta franceses bien vale mi trabajo por el de dos esforzados traductores, aunque parezca pretencioso. Ya he dicho que la mía es la única íntegra y que intenta reproducir el lenguaje de época, mientras que en la otra se hace evidente desde la primera línea que es un producto de comienzos del siglo veintiuno. Todos los poemas que se incluyen en el libro yo los doy en una versión rimada que calca en la medida de lo posible el ritmo del dístico heroico del dieciocho inglés. En estos pasajes, la otra es literal, pedestre, y, desde mi punto de vista, sencillamente repugnante. Tampoco puedo entrar mucho más a fondo, porque no la he leído con toda la profundidad que un análisis de estas características requiere. Pagar por ese libro habría sido como pagar por acostarme con una antigua novia a la que el tiempo hubiese tratado mal. Eso sí, la traducción blanca tiene una ventaja: es más barata que la mía. Por lo que hace a los defectos, las dos tienen el mismo: piden a gritos un índice, cuya ausencia es una falta de respeto al lector. Aquí, la diferencia estriba en que en la blanca nunca se lo pensaron, descartándolo por razones de coste. En la negra se pensó y, de hecho, yo compuse un índice onomástico razonado, que no se ha incluido porque en este mundo ya se sabe que es mejor hacer las cosas deprisa que hacerlas bien.

—Después de varios años de muchas horas de trabajo, sentado entre Johnson y Boswell cada tarde, ¿cómo llega el traductor al momento final de la obra, a la entrega a la imprenta? ¿Es fácil recuperarse de esa especie de tristeza postcoital? ¿Y qué le gustaría traducir ahora a Martínez-Lage?

—Siempre inspira mucha curiosidad cuánto tiempo me ha llevado hacer esto. Suelo contestar que cuarenta y seis años, lo cual nos devuelve un poco a la idea de Borges que citaba usted al principio: a lo mejor yo estaba llamado a traducir la Vida de Samuel Johnson. El tiempo real fueron unos cinco años. El ochenta por ciento del libro está traducido en versión manuscrita, de seis a ocho de la mañana, y entre las ocho y las diez de la noche. A partir de esta versión preliminar, en la que no están necesariamente los pasajes más fáciles ni los más difíciles, sino un cuerpo consistente de trabajo, voy pasando el texto al ordenador, rehaciendo pasajes, y me dejo algunas lagunas todavía, los fragmentos más complicados, en los que inserto la versión original. Luego imprimí y encuaderné el libro, primero en ocho y aún después en cuatro volúmenes de más de cuatrocientas páginas cada uno, ajustados a las cuatro partes del libro, con interlineado simple, dejando el dorso de la página anterior para todo tipo de correcciones y modificaciones, o para señalar defectos en los que uno incurre en una primera versión, como son los tratamientos de los personajes. ¿Vos o usted? Más tarde descubrí que era el mismo procedimiento de trabajo que empleaba Boswell. Al mismo tiempo, voy aligerando las notas de la edición que manejo e incorporando otras estrictamente mías, como las que ya he comentado. Durante las primeras y segundas pruebas, aún trabajé mucho el aparato crítico.

Si la tristeza fuese poscoital, habría sido un coito larguísimo. No, creo que la sensación con que se queda uno al terminar es muy distinta. Al entregar el libro, uno se desprende de él, tiene que olvidarse, aunque siempre queden correcciones por hacer. Ahora ya solo puedo responder a preguntas tan amables y atinadas como estas, y poco más. Lo que me queda es, sobre todo, la satisfacción del deber cumplido. Era una aberración que no existiese este libro en castellano, porque la literatura traducida forma parte del patrimonio cultural de la lengua de llegada. Será mi contribución minúscula al acervo común. Pero para recuperarme un poco mejor, no estaría mal traducir el Diario de un viaje a las Hébridas, del propio Boswell, que es un libro que de algún modo forma parte de la Vida, es como un esqueje o un ensayo in vitro. Hay por fortuna mucha literatura todavía por traducir: algunas cosas de sir Thomas Browne que me estoy planteando hacer, y también me gustaría traducir lo que falta de Wilkie Collins. Otra cosa es que el día menos pensado todos los hispanohablantes sepan la lengua de Shakespeare tan bien que la traducción resulte redundante. ■ ■


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